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Pues hemen gaude los dos, Querétaron.

Hace ya unos meses que acepté la idea de una tal Jaione, y estoy escribiendo historias vascas actuales para la asociación Vascosméxico. (Se las recomiendo si están nostálgicos o si quieren sorprenderse de las anécdotas más inesperadas que tocan Euskadi y México, pueden verlas en www.vascosmexico.com pinchando en “Cuéntame tu historia”, del menú izquierdo.) El caso es que la relación vía email y telefónica se había hecho fuerte y aún no nos habíamos visto nunca. Tomé un autobús a Querétaro y en menos de tres horas ya estaba de copiloto de Jaione fuera de la central de transportes.

Pasamos el sábado hablando del proyecto, tratando de encauzarlo y lanzando nuevas propuestas, había ilusión y fue lo que se dice un buen peloteo de ideas. Al anochecer, Jaione me acercó a la casa de huéspedes y tras comprobar que tendría todo su viejo jardín para mí salimos a dar un paseo nocturno. Las calles aledañas al centro histórico eran también nuestras y sólo las piedras coloniales escuchaban nuestra plática, ya llevábamos un buen rato desmenuzando árboles genealógicos y cuestiones de herencias y linajes vascos. De pronto escucho algo ininteligible pero remotamente familiar. Apenas era un murmullo, no distinguí ni una sola palabra pero alguna antena del subconsciente captó señal. Me detuve, Jaione continuó un momento pero al ver que yo no la seguía guardó silencio y se detuvo, más aún cuando me llevé el dedo índice a la oreja. Volteo y veo, en la calle Altamirano, un único local que tiene un foco prendido al exterior. Es un barcito, el “Aleph”, un nombre inmejorable para albergar cualquier sorpresa. A unos metros de la puerta, un hombre habla por teléfono.

Jaione y yo desandamos unos pasos y volvemos a escuchar. Repetimos la acción, parecemos espías muy malos de película mala, y en un proceso muy cómico de acercamiento terminamos por sonreírnos y afirmar, primero con la cabeza, luego de palabra. “Está hablando euskera”.

El hombre ya no estaba. Había desaparecido dentro del bar, no podía haber ido a otro lado. Era un billar. Estaba vacío, salvo por tres hombres que jugaban en una mesa, al fondo. Cuando nos ven, nos detenemos. “Disculpen, buenas noches... ¿son ustedes vascos?”. Uno de ellos se gira y dice “Aiba”. Hacemos una breve presentación, Jaione cuenta que le hemos oído y les pasa el turno a los sorprendidos jugadores. Resultan ser un mexicano, un zumaiarra y un irunés. Son compañeros de Guascor, la empresa vasca de motores, que trabajan a caballo entre una planta de Gasteiz y otra del Bajo Deba, pero que de vez en cuando los mandan a México, donde la firma se ha expandido. Y nada, estaba hablando con otro migo vasco que lo habían mandado a República Dominicana, así nomás.

Luego, que si conoces a tal, que si mi tío de Irún que si mi abuelo de Zumaia y que si yo en Gasteiz me paso media vida. Para que vea Julio, otra para poner en la lista y ya no sé cuántas van. Es sólo cosa de moverse. Y los vascos lo hacemos muy bien.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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