Subiendo de dos en dos, las escaleras del metro Hidalgo me arrojan a la avenida Reforma en medio de un gentío inusitado. Ya es de noche. Faltan apenas tres minutos para las siete y media y no veo un solo hueco para atravesar la arteria, y el concierto es justo del otro lado. Ojalá sí lo fuera pero Kepa no es tan universal como para semejante marea humana en la populosa capital de México. Ni siquiera con los 702.000 euros de la discordia, ni aún con el doble. ¿Qué sucede, pues?, pregunto a un papá, que espera paciente con su mujer y su niña. Es el desfile de Coca Cola, me dice, hoy llega Santa (Claus).
Menudo sacrilegio. Seguro que hasta alteran el sonido del concierto. Por si fuera poco, cientos de personas están encaramadas a algún tipo de valla y no se ve siquiera su estructura. Inmediatamente me acuerdo de lo inexpugnable de las empalizadas de sanfermines a las siete de la mañana y opto por desaparecer bajo tierra en busca de otra salida del metro que dé al otro lado. En ese momento me llama Wendy desde el carro de su padre, para excusarse por un extraño atasco en el que están metidos. Inmediatamente y sin parar, le sugiero que salgan de donde están, buscar la México-Tacuba y vernos en la esquina de Insurgentes. Para entonces ya he comenzado a alejarme por la avenida a Tacuba y he dejado atrás el vocerío, ahora cientos de conductores se dan media vuelta lentamente ante las barreras policiales y sueltan todo tipo de improperios. Nada que no pase todos los días. Un mensaje me avisa entonces de que Kepa va con retraso, menos mal. Continúo alejándome raudo, ya he alcanzado la siguiente parada de metro y en ese momento, tras un fugaz cambio de luces, Wendy salta de un coche que dobla hacia Insurgentes.
Agarro sus bártulos, la tomo de la mano y corremos al metro Revolución. En una parada estamos de nuevo en Hidalgo, pero ahora salimos del otro lado. Estamos detrás del escenario, que está doblando la esquina de la Alameda, sobre una calle peatonal. El gentío del desfile es ya apenas un murmullo. Entre dos largas lonas azules que caen a modo de cortinas hay un resquicio, por él se ve a Kepa desde la lejanía, se distingue la trikitixa moverse cual gusano desenterrado y se escuchan el bajo y el tuc-tuc de una txalaparta, que a diez mil kilómetro hace un sonido celestial. Corremos de la emoción hasta rodear el escenario. Dos centenares de caras esparcidas en grupúsculos, la mayoría mexicanos, están mirando con atención. Observan impasibles, llenas de luz, quizás sorprendidas por aquellos extraños instrumentos y sus sonidos. En el centro localizo a mis amigos mexicanos, a los que había rogado vayan, y enseguida estamos junto a ellos sacándoles las primeras palmas.
Dicen que apenas llevan tres canciones, lo puedo corroborar porque la víspera también acudí al concierto, en el Teatro de la Ciudad. En el escenario lo están dando todo, pero abajo falta un poquito de baile, en el teatro era imposible y hoy no quiero que suceda lo mismo. Así que llamo la atención de Wendy y le señalo a dos chicas en las filas delanteras. ¿Son vascas? Seguro, respondo. Wendy echa a correr y yo acudo detrás, quién sabe cómo las abordará, tan mexicana del mundo ella. Wendy me espera como si me hubiera buscado un tesoro. Es Ziortza, la nueva profesora de euskera de la UNAM, de quien había oído hablar. La otra es una alemana que vive con ella. Hacemos una presentación fugaz y el resto lo hace la música. Aquello se ha convertido en una verbena de pueblo euskaldun y en instantes Wendy, la alemana y yo nos encontremos dando palmas en torno a Ziortza, que ha comenzado a bailar un arin-arin. Ya nadie mira a Kepa.
Al poco, unos jóvenes locales se atreven a colaborar con la causa y sacándose todo tipo de vergüenza empiezan a revolotear en torno a la dantzari. Así le seguimos varios, yo incluido, y ya no podemos parar. Kepa hace notar por ella el hecho histórico del arin-arin y más público se prende, aparecen vascos como setas después de la lluvia y también los alumnos mexicanos de euskera, algunos más torpemente, al ritmo de la clase práctica que imparte la maestra. Pierna aquí, pierna allá, al poco se arma un gusano bien largo que se cuela veloz entre los huecos de los asistentes, de los organizadores y de los que simplemente pasaban por allí. La cadena forma un ocho y llega al punto de que casi hay más gente de la mano que suelta, y los que siguen sin formarse, ya lejos de impresionarse, chocan las palmas por los que no podemos darlas.
Así, tras varios bises y con muchos calores, acababa en un sonoro aplauso el concierto del primer arin-arin de la calle Doctor Mora. Eres lo que bebes, debía de estar diciendo Santa en la otra calle. Eres lo que bailas, pensábamos aquí.
(Lo que nadie sabía ni por asomo era que mientras Kepa luchaba contra Santa Claus, allá lejos Mikel Laboa luchaba contra la vida y a la misma hora que acabó el concierto en México, las 22h locales y 5h del día próximo en Euskadi, fallecía el más grande de los cantautores vascos. Agur eta ohore, Mikel.)
Pues hemen gaude los dos, Querétaron.
Hace ya unos meses que acepté la idea de una tal Jaione, y estoy escribiendo historias vascas actuales para la asociación Vascosméxico. (Se las recomiendo si están nostálgicos o si quieren sorprenderse de las anécdotas más inesperadas que tocan Euskadi y México, pueden verlas en www.vascosmexico.com pinchando en “Cuéntame tu historia”, del menú izquierdo.) El caso es que la relación vía email y telefónica se había hecho fuerte y aún no nos habíamos visto nunca. Tomé un autobús a Querétaro y en menos de tres horas ya estaba de copiloto de Jaione fuera de la central de transportes.
Pasamos el sábado hablando del proyecto, tratando de encauzarlo y lanzando nuevas propuestas, había ilusión y fue lo que se dice un buen peloteo de ideas. Al anochecer, Jaione me acercó a la casa de huéspedes y tras comprobar que tendría todo su viejo jardín para mí salimos a dar un paseo nocturno. Las calles aledañas al centro histórico eran también nuestras y sólo las piedras coloniales escuchaban nuestra plática, ya llevábamos un buen rato desmenuzando árboles genealógicos y cuestiones de herencias y linajes vascos. De pronto escucho algo ininteligible pero remotamente familiar. Apenas era un murmullo, no distinguí ni una sola palabra pero alguna antena del subconsciente captó señal. Me detuve, Jaione continuó un momento pero al ver que yo no la seguía guardó silencio y se detuvo, más aún cuando me llevé el dedo índice a la oreja. Volteo y veo, en la calle Altamirano, un único local que tiene un foco prendido al exterior. Es un barcito, el “Aleph”, un nombre inmejorable para albergar cualquier sorpresa. A unos metros de la puerta, un hombre habla por teléfono.
Jaione y yo desandamos unos pasos y volvemos a escuchar. Repetimos la acción, parecemos espías muy malos de película mala, y en un proceso muy cómico de acercamiento terminamos por sonreírnos y afirmar, primero con la cabeza, luego de palabra. “Está hablando euskera”.
El hombre ya no estaba. Había desaparecido dentro del bar, no podía haber ido a otro lado. Era un billar. Estaba vacío, salvo por tres hombres que jugaban en una mesa, al fondo. Cuando nos ven, nos detenemos. “Disculpen, buenas noches... ¿son ustedes vascos?”. Uno de ellos se gira y dice “Aiba”. Hacemos una breve presentación, Jaione cuenta que le hemos oído y les pasa el turno a los sorprendidos jugadores. Resultan ser un mexicano, un zumaiarra y un irunés. Son compañeros de Guascor, la empresa vasca de motores, que trabajan a caballo entre una planta de Gasteiz y otra del Bajo Deba, pero que de vez en cuando los mandan a México, donde la firma se ha expandido. Y nada, estaba hablando con otro migo vasco que lo habían mandado a República Dominicana, así nomás.
Luego, que si conoces a tal, que si mi tío de Irún que si mi abuelo de Zumaia y que si yo en Gasteiz me paso media vida. Para que vea Julio, otra para poner en la lista y ya no sé cuántas van. Es sólo cosa de moverse. Y los vascos lo hacemos muy bien.
Hoy me he juntado con dos amigos venezolanos y nos hemos acercado a la estación Buenavista, al norte del Distrito Federal. El objetivo: conocer el recién inaugurado Tren Suburbano, una megaobra de la beasaindarra CAF. Adjunto fotos y todo.
Cuando uno llega a México, mientras gira y planea sobre la ciudad buscando encarar la pista del aeropuerto –urbano- internacional, se acongoja. El Monstruo de cemento se extiende hasta donde la vista no alcanza, por aquí, por allá, colina arriba y colina abajo, un océano blanco, gris y marrón que hasta oleaje parece que tiene. Refrendando la imagen con las cifras, no entra en cualquier cabeza cómo se organizan los habitantes del Valle de México. Los ocho millones de defeños –capitalinos- están acompañados tras una línea virtual por unos quince millones de mexiquenses, los habitantes del circundante Estado de México. Los mexiquenses lo tienen peor. Los barrios del extrarradio surgieron con una planificación que pronto hizo aguas. Algunos suertudos trabajan por sus pagos, pero otros muchos conforman una marea de almas que fluye por las atestadas autovías de entrada a la capital dos veces al día. En particular, los habitantes de Cuautitlán, en el norte, pueden hacer hasta dos horas y media para llegar al centro.
Solución transoceánica, por los vascos que faltaban.
El nuevo transporte va a hacer que a esas dos horas y media le sobren dos. Cualquiera pensaría que se trata de un error. Desde Buenavista, la antigua estación central defeña, será posible alcanzar Cuautitlán en veinticinco minutos. Y doy fe de ello: los primeros veinte kilómetros se recorren ya desde mayo en diecinueve minutos. Dicho kilometro veinte corresponde a la parada de Lechería, en el municipio de Tultitlán. En octubre se completarán los siete restantes para llegar a Cuautitlán. Y en otros cuatro años se pretende llegar a los setenta y nueve kilómetros, en Huehuetoca, allá en los confines de la megalópolis. Para ello, el Suburbano ha sido construido a lo largo de la antigua línea al norte y en paralelo al ferrocarril de carga, que continúa muy activo. Y es que no se entiende cómo de grande puede ser la desidia y la falta de compromiso que alguien tuvo con el propio país que en algún momento condenó a semejante gentío a la penitencia diaria de la cruda carretera.
Esto me suena.
Ya en marcha, el tren va como la seda. Por escasos cuarenta minutos, la ida y la vuelta, me he sentido si cabe más en casa. Tanto por fuera como por dentro, las unidades se parecen a las series 440 y 446 de RENFE. Testeros planos por fuera y asientos de cuatro piezas por dentro, todo en rojiblanco y si acaso unas líneas negras. Por su parte, cada estación en que se detiene resulta ultramoderna, y más en este país que poco a poco se está poniendo al día. Mucho metal, mucho cristal y baldosas resplandecientes hacen las delicias de los pocos viajeros de un domingo de julio. Y las nuestras. Sin embargo, demasiados policías charlatanes y excesivos limpiadores que limpian lo limpio son un rasgo, más que ibérico, mexicano.
Es lo mismo pero no es lo mismo.
La comodidad europea en el paisaje americano. Popurrí de México, esta vez ferroviario. Qué grato es que comprobar que por mucho que el viajar ponga a trabajar a la memoria, casi como el río de Heráclito, también es muy difícil transitar dos veces por la misma vía.



Cuando uno transita Bucareli a pie, si mira al suelo, es muy probable que dé un respingo al descubrir infinidad de ratas saliendo veloces de las numerosas bolsas de basura amontonadas en cada farola.
Bucareli no es sólo la calle de las ratas, es una calle especial ya desde su propio nombre. Entre arterias con denominaciones tan institucionales como Reforma o Insurgentes, o tan náhuatl (idioma azteca) como Chapultepec o Cuauhtémoc, aparece un italiano que, bien que tuvo un lugar en la historia del México novecentista, al no iniciado le suena fuera de lugar.
Constituye una de las avenidas que cruzan de norte a sur el plano citadino y sirve de límite entre las colonias Centro Histórico y Juárez. Comienza en el caballito de Reforma, esa gran masa metálica amarilla situada a modo de mojón de referencia en el Paseo de la Reforma, del mismo modo que kilómetros antes lo son la Diana Cazadora o el Ángel de la Independencia. Y termina cortada por Chapultepec, junto a la estación de metro Cuauhtémoc, porque a partir de ese cruce cambia de nombre.
Europa en miniatura
La avenida Bucareli tiene apenas siete cuadras de largo, pero le son suficientes para adjudicar una identidad propia a cada uno de sus costados. De un lado quedan las postrimerías de la colonia Juárez, con sus nombres de ciudades europeas –no por nada- y la elegancia que sus decrépitas fachadas se esfuerzan por mantener como los antiguos aburguesados que seguramente las habitaron. Así, sobre Bucareli mueren Atenas, Barcelona y Lucerna tras dejar atrás la calle Versalles.
Fontaneros contra electricistas
Del otro lado son todas calles de oficios, sólo que sin relación con sus nombres como sucedía en el medievo en los burgos europeos. De esta forma, la calle Ayuntamiento se dedica durante varias cuadras y en exclusiva al mobiliario de baño. Decenas de retretes, bañeras y mamparas desbordan los comercios, colgados de los dinteles, flanqueando puertas o, simplemente, desperdigados por la acera. En la calle paralela, de nombre Artículo 123, son más minimalistas. Se venden exclusivamente interruptores, fusibles, transformadores de corriente y bombillas. Y así, otras tantas calles. Si los oficios alguna vez dieron vida a grandes clubes, se podría armar una liga del Centro Histórico.
Si el poder está en los medios, es una calle poderosa
Bucareli en los libros
La manzana de La Prensa también da a Bucareli, en el cruce sobre la calle Morelos. Unos diez metros antes de llegar a la esquina, viniendo por Morelos, a través de los cristales de la cafetería ya se puede ver media Bucareli. Es el enorme Café La Habana, fundado en 1952 en aquella esquina, como reza bajo el logotipo. Después del Tacuba, que hace la función del Brasileira, el Tortoni o el Majestic de la Ciudad de México, el La Habana puede ser por derecho propio el siguiente café histórico. Es diáfano, de fachada acristalada, techos altos, con muchas mesas y sillas sencillas e idénticas y el suelo de baldosas grandes. No hay tabiques, es un solo espacio. Tanto las paredes interiores como el exterior son de color crema, pero las enormes fotos en blanco y negro que hay en hilera sobre la barra y las mesas respaldan con orgullo en nombre del café. Hay un tintineo constante de cucharas y tazas, y tiene eco debido a su gran tamaño. Un buen grupo de meseros corretea de aquí para allá, casi siempre, o espera clientela poniendo a punto las mesas.
Sin haber oído hablar de él, sólo por verlo día a día, daba la sensación de que las historias no se harían esperar. Así me enteré de que, en los años setenta, el escritor chileno Roberto Bolaño y Santiago Papasquiaro resucitaron sobre una de sus mesas al movimiento poético infrarrealista.
No todas las procesiones llegan a Guadalupe
Volvamos a Atenas y Roma, del lado de la colonia Juárez. Entre esas bocacalles, mirando a Bucareli, se levanta la sede de la Secretaría de Gobernación, una enorme manzana rodeada día y noche por agentes de policía y por las numerosas barricadas que aguardan, aparcadas entre los pocos autos, a la próxima manifestación gremial llegada desde cualquier punto del país. La Secretaría tiene una bella fachada en piedra, balconada sobre una columnata como si de una antigua hacienda se tratara. Donde no luce piedra es de pared blanca, y así es como se extiende hasta doblar las esquinas y completar la cuadra mediante dependencias anexadas con posterioridad. Entre el edificio y la reja de rigor, tan bonitos como inútiles jardines pues apenas se entrevén tras un frondoso cierre, y fontetas románticas que sólo por la noche se escuchan, justifican un sueldo de jardinero.
La casa de los azulejos
Enfrente de la Secretaría, todo a lo largo de ella, permanece pese a su estado un edificio con una espléndida fachada de azulejos oscurecidos por el humo, ventanas estrechas con contraventanas desvencijadas y, generalmente, con todas las puertas abiertas. Pareciera que allí no vive nadie. Pero nada más lejos de la realidad. Se cuenta –una amiga italiana me hizo partícipe- que aquel edificio era propiedad de un avaro chilango. Lo ocupaban decenas de familias que cada mes tenían más dificultades para pagar sus abusivas rentas, por lo que el dueño decidió echarlas a todas. Entonces, la decisión llegó a oídos de un torero afamado, que decidió comprar el edificio completo y permitió a las familias continuar bajo ese mismo techo a cambio de una renta simbólica. Francesca me dice que, desde entonces, en algún rincón del edificio hay una plaquita conmemorativa que los inquilinos dedicaron al torero. Quién quiere dos orejas. Menuda (muletilla).
Pax Romana
Biscaye
Hay otro edificio que, si el paseante se molesta en levantar la vista, no pasa desapercibido. Sobre todo viniendo desde Lucerna, calle que topa con pared contra el mismo.
Es una construcción de seis plantas en un barrio donde nada sobrepasa las tres alturas. El color pardo de su piedra gris le aporta vigor y al mismo tiempo camufla la película de humo adherido que a buen seguro deben de sufrir sus vecinos. Un gran arco porticado hace de entrada, por él se accede a un pasaje sin salida adonde dan las puertas de las viviendas. El pasaje termina en un paredón que exhibe un altarcito a la Guadalupana, supongo, como en cualquier otro barrio capitalino. En la fachada, los seis pisos del edificio están rematados por un tejado muy inclinado de tejas azuladas entre las que surge un buen número de buhardillas, algo singular por estos lares. Sobre todo cuando llueve y las tejas brillan, recuerda a la arquitectura parisina o a alguna ciudad suiza. Sin embargo, es conocido como Edificio Vizcaya. Ignoro el motivo, pero tengo una sospecha.
Ecos de pelota
Antes de llegar al cruce, saliendo a mano derecha, una gran fotografía pixelada de un jugador de cesta punta anuncia el frontón Bucareli. Bajo el cartel nace un pasadizo y quince metros más adentro vuelve a haber luz. Tras la clásica red metálica y oxidada tres paredones verdes forman uno de los frontones emblemáticos de la ciudad. La pelota vasca era muy popular antaño y de hecho no estamos lejos del frontón más grande del mundo, el majestuoso Frontón México, que ahora permanece abandonado e intocable pese (o por) constar en la lista de patrimonio arquitectónico. El Bucareli está en mal estado, pero continúa activo. Todas las mañanas hay clases de cesta y mano y los fines de semana competición.
“La comunidad china a México en el primer aniversario de su independencia”*
Pero Bucareli es eminentemente una vía rápida. Diría que el 95% de quienes la atraviesan van en carro y por la noche el 99%, de los cuales un tercio son camiones que rompen la oscuridad con sus frenos motores, que suenan a grotesca pedorreta y que traspasan las paredes. Poco importa a los conductores qué dejan a los lados, pues lo más en que se pueden fijar es en los niños malabaristas o en los limpiadores de vidrios de los semáforos, que te limpian -y cobran- si no estás ávido para impedirlo.
Prueba de esto es que apenas nadie conoce qué es el Reloj Chino, y quien lo conoce, no sabe por qué se llama así. Si hubiera que escoger alguno, el reloj es el símbolo de Bucareli.
En la plazoleta donde se encuentra, uno puede sentirse extrañamente un náufrago. Se trata de apenas una acera ancha con forma de almendra y situada en el cruce anterior a la Secretaría de Gobernación, a cuya entrada principal de por sí nunca se acerca nadie, salvo vigilancia. La razón de ser de la plazoleta es una pequeña torre de piedra con escasos diez metros de altura que muestra en lo alto un reloj en cada una de sus cuatro caras. Como mucho, la función real de la plazoleta es contener a los pilotos de carreras, que ahora tienen que prestar atención y evadirla por uno de ambos lados. Nadie, ni las ratas, cruza la calle hasta ese islote peligroso a no ser que le mate la curiosidad de leer qué pone en la placa lateral justo debajo del reloj.*
Definitivamente, cualquier filólogo vasco debe venirse de este lado del Atlántico para una temporada. Intuía algo de lo que podía significar la cultura vasca en México a raíz de las historias de emigrantes que pasaban en ETB, como en Sustraiak, de nuevo desterrados a altas horas de la noche.
No es necesario acercarse al Centro Vasco de la colonia Polanco, en la capital, para encontrar la pista. Si bien la gran mayoría de mexicanos, vascos incluidos, ignoran los elementos euskaldunes de sus vidas, los guiños a nuestra historia son frecuentes por toda la ciudad y algunas del extrarradio. Más de lo que cualquiera pueda imaginarse allí, tan lejos.
Claro que en la puertita que hay junto al restaurante Loyola, el local colindante, está la historia más fresca. Allí, en el txoko y el frontón se dan cita varias generaciones de desarraigados, bien sean exiliados de la posguerra o diplomáticos de la Delegación del Gobierno Vasco; jóvenes trabajadores de CAF, alumnos de Estudios Vascos en la U.N.A.M. o chilangos entusiastas del euskera. Estos ikasles morenitos acuden martes tras martes a las clases de Gabriel, la mayoría, como dice él, “porque conoció una neska y no la puede olvidar”. Geográficamente, lo que más predomina en las comilonas son baztaneses, seguidos de donostiarras y bilbainos. Hace casi un año incluso conocí a un gasteiztarra, cosa rara, aunque junto a un gran mapa de Euskalerria los pósteres de Athletic, Real, Osasuna y Alavés se encargan de asegurar una equidad más de derecho que de hecho.
Pero volvamos a la calle. Uno se siente una suerte de arqueólogo moderno con el simple pulular de la ciudad, clavando la vista en cientos de carteles rehuidos por la rutina y la ignorancia –a veces inocente y lógica- que homogeniza el crisol de voces y grafías, unas académicas y otras populares.
Comencemos por los negocios, que son un claro indicador de que, por lo general, hacer las Américas se les dio bien a nuestros antepasados. Así, durante décadas, millones de mexicanos han hecho sus compras en la Bodega Aurrerá, una sexagenaria cadena de hipermercados que ahora mantiene su nombre como submarca del gigante Wal-Mart. Los carros en México, que más que en ningún otro lugar son una extensión natural del individuo, queman mucha rueda. Entre las marcas internacionales de neumáticos se cuela exitosamente una mexicana: Euzkadi. El primer día fue de no creerlo. Ahora, cuando digo de dónde soy, confieso que “sí, como las ruedas, al norte de España”. Pero si la avería depende de ti, mejor que vayas a una ferretería y te aprovisiones. Te darán herramientas Urrea. Y si requieres un electrodoméstico entero, muy probablemente acabes comprándolo en una tienda Viana.
En la lengua hablada, al cabo de los días es fácil escuchar palabras como chamarra, aquelarre, o como parte de los modismos callejeros incluso escuché a mi jefa referirse a una probabilidad como “seguro segurola”.
Pero, sin duda, lo más gratificante es contar a ciertas personas el significado de su apellido vasco. No veas la cara que se les pone, si lo desconocen, entre la vergüenza por no saberlo y la ilusión de aprender algo más de sí mismos, algo por lo que muchas veces ni se habían preguntado.
Y lo más increíble, lo más interesante, es descubrir apellidos sospechosamente vascos y totalmente inauditos. (Algo me hace pensar, sin ningún rigor, que México con sus 110 millones de mexicanos podría ser el país con más apellidos vascos del mundo. Habría que consultárselo a Euskaltzaindia y su Nomenclator.) Son casos, presiento, de familias casi enteras que vinieron al Nuevo Mundo y cuyos apellidos se perdieron allí en Euskadi, en los restantes, entre la jerarquía del abolengo. Sin ir más lejos, en mi trabajo hay un Nucamendi y un Amozurrutia. Y mira que me encanta la genealogía, pero para mí eran recién estrenados. Por otro lado, mis amigos son Labastida y De Iturbide. Y si miramos el mapa del Distrito Federal, en el centro histórico hay una serie de calles adyacentes que se llaman Aldaco y Bolívar y son cortadas consecutivamente por Echeveste, Meave y Vizcaínas. Para más inri, son mexicanos históricos y omnipresentes Aldama, Abásolo, Iturbide, Villaurrutia, Azueta, Lasaga, Vértiz, Allende. Y hasta el Vasco Aguirre y la madre de Fox, que era donostiarra. En este punto se me hace muy curioso algo que contrasta con la muy escasa presencia alavesa en América: los apellidos de la llanada son abrumadores en todo el continente, y no menos en México. Los ejemplos más ilustres: Mendoza, Landa, De Anda, Gamarra, Arriaga, Gordoa, Gardea, Murguía, Arciniega, Orduña, Apodaca o un apellido precioso, Ladrón de Guevara.
Como se puede ver, vivir en México no es algo tan ajeno a uno mismo. No fue mi principal razón para venir, pero es prueba fehaciente de que, saliendo, uno se conoce mejor.
PD: En relación a esto, hay un artículo muy sorprendente acerca de la diáspora vasca y lo mucho vasco que se puede conocer fuera de Euskalerria:
http://www.elpais.com/articulo/espana/PAiS_VASCO/estan/vascos/elpepiesp/19990301elpepinac_15/Tes/
Cómo empezar un blog. Es ya la cuarta vez que lo hago, y cada una de estas veces es un intento de hacer el espejo más fiel de uno. Así te van a ver, y así te ves tú a diario, porque uno también se cansa de sí mismo, ya te levantes fresco y feliz o te levantes jetón, dormido, como dicen aquí en México.
La razón de ser de este espacio es la vida de equis persona de origen vasco y que viva en México. Así que, aunque sea a través de mi persona, voy a intentar reflejar los aspectos más mexicanos de la vida en el sentido más universal de ésta. Es decir, cómo viviría un vasco cualquiera entre mexicanos cualesquiera, eso sí, siguiendo mis rutas y respetando el valor individual de cada personalidad que se cruza en mis días.
Como sucederá con otros compañeros desperdigados por otros tantos puntos del planeta, la estructura de los artículos será a menudo comparativa, tarea medianamente fácil en un país tan vasco como México. Y no por los colores de la bandera. Mi vida transcurre entre mexicanos, apenas algún extranjero, pero precisamente hoy iba a acercarme a la Euskal Etxea, con Ilazki y Ainhoa, dos donostiarras que estudian en Guadalajara y que hoy pasaban por la ciudad. La Euskal Etxea es cuna de muchas historias que iré vertiendo aquí, pero hoy no es el día, es domingo y apenas llego de la agencia.
Gracias por entrar y gabon, aunque allí ya es de día (8:15 am, 1:15 am hora local), desde la calle Ayuntamiento del centro histórico capitalino. Nos vemos pronto.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
Tags
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
Archivos
Secciones
Últimos Comentarios
Inventario de la cerveza mexicana (con un toque vasconavarro)
13 comentarios MANOLY Pedro Rodrigo daniel Carlos LeyBucareli, antiguos esplendores en la calle de las ratas
8 comentarios francisco Rodriguez Raúl Briseño karen Pablo Zulaica Parra AnónimoLo vasco en México, algo más que coincidencia en los colores.
57 comentarios Zatarain claudia lizarraga Antonio Apodaca Gerardo Puente Zavala Gerardo Puente ZavalaCómo encontrar un perro en la Ciudad de México (III/III)
6 comentarios claudia Pablo Zulaica Parra jarrillerorojiblanco IVENNA Pablo Zulaica ParraPor qué la Pampa no está en México
2 comentarios Pepe Villatoro Julio MartinezAcentos Perdidos, viento en popa. Prensa.
26 comentarios Pablo Zulaica Parra noel Pablo Zulaica Parra Pablo Zulaica Parra Eugenia Barrientos- 12 comentarios Karla Vizuett jarrillerorojiblanco LOre CHERYL Ser-Lore-eta-Amaia
- 5 comentarios Ale Arreola Tamara elregio Interesado Anasan
Euskara eguna’08: creatividad, participación y por supuesto, buena cocina.
4 comentarios teresa Pablo Zulaica Parra jarrillerorojiblanco Omar Bucio- 15 comentarios Pablo Z. Noel Kari Noel LIb
PUBLICIDAD

