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Creo que debo una explicación. Estoy recién 'desempacado', aún volviendo a la realidad. Con todo el lío gripal, el desmadre laboral y el despelote histérico de la última semana, llegó el viernes y resultó que era festivo. Yo tenía claro que en México hay muy pocos días de vacación como para quedarse un puente en el DF, con tanto por conocer. Esta vez no las tenía todas conmigo, incluso había cancelado el plan por la situación. Pero como el jueves supe que los de la Secretaría de Salud no usan mascarilla, el viernes lo empecé apático. Desde la noche pasada, las cifras subían y bajaban como valores de bolsa y bailaban con el mejor postor. Y el estado de sitio sólo se vivía en la ciudad. Esto era más cierto que otra cosa. Así que se armó un planecito, ocho amigos, una casa de campo a 50 kilómetros de la ciudad, cuarentena campestre. Acepté.

Por tres días no ha habido virus. Sólo una casita de adobe en el balcón de un tranquilo valle. Al pie de la cabaña, en suave descenso, hileras de nopales, cactáceas comestibles secándose al sol. Entre ellos, un aldeano con sombrero y machete curvo en la cintura. Más allá, una línea de arbustos que indicaban un regato seco, como espina dorsal, justo antes de que la exigua planicie se tornara en suave ascenso, en dirección a los riscos que cierran el valle. Y junto a las matas, un caballo alazán y otro caballo negro. Arriba, en la casa, un par de camas. Fuera, hamacas de árbol a árbol, y en la mesa, bajo las copas, huevos rancheros, nopales, naranjas, plátanos, miel artesanal y dos tarros de tequila. El cartel del pueblo no decía Comala, sino San José de los Laureles. Pero en vez de un perro sarnoso de ciudad, por tres días me he sentido el hijo de Pedro Páramo.

Esta tarde, de regreso, el Jeep desvencijado discurría por la sinuosa carretera a Xochimilco. Subía unos repechos y entonces la vista era libre por un rato entre los trigales arados, entre la bruma y el humo de fogatas lejanas. De vez en cuando pasábamos algunas cabañas de madera que ofrecían quesadillas a gritos. Longaniza y huitlacoche –hongo del maíz- eran los últimos manjares, allí bajo un toldo acordonado, ya casi en los confines del paraíso. “Finaliza Estado de Morelos. Principia Estado de México”. Y, en lo que se metía el sol, Milpa Alta y Xochimilco, la antesala de la ciudad. Desde aquí, el humo ya es de carro. Los labios se resienten y la nariz se reseca. Las callejuelas frente a los embarcaderos están concurridas, también hay tráfico. Las primeras mascarillas gritan por vender unas nieves (helados), más nieves que el de al lado. Filas, estrecheces, semáforos. De pronto salimos al Periférico, que nos libera, y a Insurgentes, Patriotismo, y el tráfico se desvanece. Como si alguien se tragara los coches. Llegamos al centro en un abrir y cerrar de ojos. El centro sigue relativamente vacío. Las tiendas, cerradas, también las muchas de las que suelen abrir en domingo. Más mascarillas, no obstante menos que el jueves. ¿Será que estamos mejor?

Y en casa, las noticias. “Van veintidós muertos”, buenísimo, porque hasta el jueves pasado eran casi doscientos. La OMS “avisó de influenza porcina en marzo”, pero el presidente no hizo caso y justo ahora está en televisión presumiendo el desembolso en materia de salud: “México ya puede hacer más pruebas moleculares de virus que Canadá”. Parece que convence, desde luego sabe hablar. Qué bien, ya que no escucha. También pone el grito en el cielo por las “afrentas a los mexicanos en otros países”. México ha sido deshonrado, hacinado, confinado a cámaras insalubres en hoteles y aeropuertos, lo dice la prensa, el mundo lo ha puesto en cuarentena sin motivo aparente. Mexicanos, “no deben viajar a China”, nos tratan mal aunque no portemos gripe. Qué ingratos, porque nosotros “somos la primera trinchera entre el virus y el mundo”. Además, vamos bien, porque “la gripe está en declive”, “ya no hay más muertos desde el día 28”. Tenemos “once muertos más con síntomas similares”, pero no están confirmados, luego no cuentan. Vamos bien, vamos ganando “pero no hay que relajarse, sigamos observando las medidas”. Si todo sigue así, “el miércoles 6, todo vuelve a la normalidad”. Casualmente, la campaña para la elección de diputados ha echado a andar hoy, según lo previsto, con toda su artillería. A temblar.

Suspiro. En realidad, comprendo al presidente. No cabe duda de que debe transmitir un mensaje positivo y de confianza, para eso es el presidente y más en el inicio de campaña. Su cara refleja la lucha por su gente y por la imagen de México ante el mundo. Además, pienso, cuando un niño no entiende nada y se siente solo, necesita unos brazos que lo arropen. Como dijo el titular de Salud Pública sobre del uso del tapabocas, “no arregla nada, pero así la gente se siente mejor”. Lástima que el tapabocas no vaya a servir ni para que hablen menos.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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