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Cliché número dos: la polución. A veces, se puede respirar. Y México huele diferente. No huele a ni a Madrid, ni a Barcelona, ni a La Habana ni a Buenos Aires, que son las ciudades a las que les recuerdo cierto aroma. (Vitoria no la huelo porque es muy difícil olerse a uno mismo.) No sé seguro de qué dependerá este rasgo local, pero a mi juicio –nada científico- los factores que forjan la identidad olfativa de las ciudades son el combustible de los vehículos, la composición del asfalto, el calor y la cercanía del mar. Claro que esta mi ciudad actual, atestada de comida callejera, parece el gran mercado de los olores.

Digamos que en época de lluvias se respira bien. Las tormentas vespertinas son cosa de casi todos los días. La altura impide el calor extremo, y en realidad hay más calles arboladas que por lo general en Europa. Las avenidas son anchas, los edificios bajos, por lo que el viento viene a socorrer de vez en cuando. En época seca, algo peor, pero me temo que ya me he acostumbrado. Los autobuses urbanos -peseros, porque antes valían "de a peso"- viajan con las puertas abiertas, y como los atascos son monumentales, uno ya sabe detrás de quién va a oler así o asao. Hace un mes me aventé a comprar una bici y ahora sufro más los tubos de escape. A veces me llevo un pañuelo al cuello y me lo pongo en caso crítico. Pero la mayoría de las veces claudico a favor del pesero y buen libro, por cuestiones de integridad física y de conservar el buen humor.


Los reyes de la ciudad.
Pero el tránsito, causa primera, se merece un buen párrafo. Circulan a diario 3,7 millones de vehículos y no, no me he equivocado con la coma. La mayoría de la gente hace entre 40 y 90 minutos al trabajo, y una cantidad nada desdeñable ronda o rebasa las dos horas, sólo de ida. En la capital no hay siestas, ni que decir tiene. Otra cosa es el provincia. Pero aquí los horarios son corridos y los ejecutivos de traje, minoristas y barrenderos se juntan a comer alrededor de los tacos o las tortas. Por eso, las esquinas son el lugar más democrático del DF: fracs negros con mochila puesta se juntan con coloridas telas indígenas. Una utopía en cada cuadra que apenas dura un par de horas.

El parque móvil de un país suele ser un rasgo diferenciador. Aquí, la supremacía aún la mantienen los vochos, los antiguos Beetle fabricados en Puebla hasta principios de este siglo. Hace unos años, Volkswagen de México dejó huérfanos a los vochos del mundo y se puso a parir New Beetles. La mayoría de vochos son taxis, normalmente de color verde chillón, con el sofá del copiloto arrancado y una cuerdita que alcanza la manija de la puerta al chófer para mayor practicidad. Los segundos dominadores son los tsurus, una especie de Nissan Primera económico. Los tsurus taxis suelen se blancos con una ancha banda roja. Y las camionetas. Las camionetas son las odiadas SUV o sus versiones descapotables, las trocas o rancheras. Las SUV son, por lo general, coches grandes, versátiles y radiantes de gente rica que se cree espíritu libre pero que jamás sale al campo.

Aquí, apenas hace unos años han implantado la norma de los catalizadores y, la verdad, hay más trampa que ley. Es muy triste. Y más si uno viene con conciencia ecológica, esta ciudad es una calamidad. Pero hay consenso en que la situación ha cambiado para mejor. Menos mal.


Sálvese quien pueda.

Os podéis imaginar que en una ciudad así las leyes de tráfico sean como leyendas urbanas. Excepto para la Policía, que hace uso de ellas a su antojo y sólo las hace cumplir cuando le apetece sacar tajada, o mordida, que es el término exacto.

Borja, mi excompañero de piso burgalés, sin carné alguno, se sacó la licencia mexicana. ¿Cuánto le costó? 400 pesos, que son 25 euros, y un día. Vigencia hasta 2011. Si algo va rápido en la burocracia mexicana es esto. Está claro, sin carro no eres nadie.

Las consecuencias son obvias. Los coches no evitan detenerse en las intersecciones, y esta es la madre de todos los problemas. Los rombitos amarillos en los cruces no existen, los pasos de cebra no tienen ni las rayas –para qué-, y los cláxones eclipsan a los pájaros, excepto en los parques. Los intermitentes se unen a otras luces de colores como parte de la decoración, a veces, de improvisados rings donde los conductores buscan la razón a golpes. Es por eso que el defeño tiene una habilidad especial para el pisado del freno y el giro repentino. No obstante, el mejor invento vial es el “uno a uno”, que no es sino el turno para pasar –uno de un lado, uno del otro- que se respeta a veces en vías estrechas, pero más en provincia.

Esto es el tránsito, un gran ejercicio de paciencia, capacidad de reacción y, cómo no, origen de airadas y frecuentes disputas, estreses y excusas laborales.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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