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Estás a punto de dejarlo todo y echarte a dormir. ¿Para qué vale? Pero tras todo el día sirviendo a las marcas que pagan a la agencia que te paga a ti, no puedes quererte tan poco como para no dedicarte unos minutos; y echarte a dormir, es decir, a prepararte para servir mejor al día siguiente y defenderte mal que bien de una inexorable somnolencia. Pero es vital. El único modo de soportar este ritmo es quejarte, despotricar, hallar una vía de escape, tener contra qué lanzar tus puñados de palabras como piedras a cristales que son atravesados sin causarles grieta alguna. Todos los escritos de un día de labor en la madrugada están destinados a ser tres cuartos de lo mismo.

Lo sabes desde que estás comiendo unos tacos en el puesto de la esquina, tres cuadras antes de casa. De fondo escuchas el himno mexicano sonando en alguna radio, la señal exacta de la medianoche. Se hace raro que un signo tan preciso paute los días, que aquí transcurren en el orden relativo y en el constante aproximado. Tres tortillas de grasa con bistec y verdura picada, y algo de chile, escurriéndote a partes iguales el limón por sobre de los tacos y sobre tus dedos, las yemas juntas, para desinfectar con más fe que otra cosa las manos que han asido la bicicleta en tu resignada vuelta a casa, a deshora, a trasnoche, porque odias el tráfico de esta ciudad y porque, al fin y al cabo, la bicicleta en la noche es de las poquitas cosas que te hacen sentir libre en el caos colectivo.

Pero en realidad, la libertad o la falta de ella son un hecho deliberado, no quizás con la conciencia más clara del mundo, pero sí una especie de elección, al mismo tiempo condicionada. Es la opción escogida por una parte de juventud creativa, con ansias de ser creadora, donde frustrados del arte, sin un norte como el de nuestra idolatrada generación del sesenta y ocho, que por hache o por be nos sale hasta en la sopa, pero no nos cansa, pues es referente de todo lo que al parecer nunca llegaremos a ser, pero hay que ser utópico en esta vida, porque quien no lo es no vive por nada...

Es la opción escogida, decía, y por ella aceptamos resignados aunque decimos no resignarnos, trabajar durante doce horas, desajustar las comidas, el sueño y el ocio, pero, sobre todo, sacar el tapón de la bañera del tiempo donde miles de libros esenciales se deshojan, donde letras y segundos se esfuman por igual en ese desagüe de juventud en que el tiempo es preciado tesoro y verdugo al mismo tiempo, pues es como la tramontana en tierra basáltica, que seduce y exaspera por igual.

Llegas a casa sin tiempo, pues, de nada, previo paso por la tienda de la esquina, que sacia las necesidades primarias en cualquier momento de la noche, modelo importado del norte para gente sin horarios de salida. Compras un litro de leche y dejas a deber, porque acaban de hacer caja y no tienen vuelto, pero en realidad, porque nadie en este país tiene cambio de billete grande, que es lo que te da el banco. Quien contó las monedas y billetes y calculó la producción para ciento diez millones de personas le erró considerablemente, porque aquí hay billetes de 500 y monedas de cincuenta centavos, a imagen y semejanza de la minoría ricachona y del amplio pueblo llano, respectivamente, pero resulta que las cosas cuestan diez, veinte o veintiocho pesos, así que ridículamente nadie tiene cambio, o, peor aún, no tiene nada, ni cambio ni descambio, ni una triste manta limpia en que dormir en una esquina.

Llegas a casa, decía, y destapas la rosca de la leche, agarras uno de los plátanos viejos y lo salvas de las moscas de mañana, que ya le están rondando, tantos días que lleva ahí, olvidado, abandonado, el mejor de los propósitos. Agarras un puñado de cereales y te lo llevas a la boca, así hasta llenarte, tragas leche del brick cuando la boca se te empasta, le pegas un trago como si recién salieras del Sahara, y rasgas la piel fláccida del plátano, no porque te apetezca, sino porque sabes que a base de tacos no vive el hombre, que así es que media ciudad está anémica o a dieta, los gimnasios llenos, anunciándose por doquier entre los rojos de las cocacolas y sus competidores, cuyos envases desbordan papeleras -a veces- y siembran los suelos –siempre.

Te comes el plátano, decía, mientras prendes la compu porque ya no puedes vivir sin ella, como si no fueran pocas doce horas casi ininterrumpidas de apantallamiento. Menos mal que, para ser creativo, a veces basta con un boli y una libreta y tus ojos descansan, en la azotea, sobre la inmensidad de cemento gris, o, con suerte, del verde del mar de árboles de Chapultepec. Pobre ciudad si no hubiera bosque.

Prendes la compu, decía, porque quieres escuchar el disco pirata de Nacho Vegas, tu gurú de los días sin sentido, con permiso de Corcobado, con quien te alineas para encontrar el mínimo de significado a este bucle de días en que, vaya, se ha convertido tu vida.

Pero siempre hay ocasión para desviarse, tomarse la vía muerta y frenar en seco. Escuchar los pájaros y la vida afuera, quedarse allí en busca de una vía maltrecha que aún no hayan desmantelado, y que, de oculta que está, guarde algún desvencijado tesoro. Siempre decimos que algún día lo haremos. Ese decir, lejos de hacer, constituye nuestra más íntima libertad. Esa posibilidad, aunque muerta día a día por nosotros mismos, nos da la vida. Muerta, pero también revivida cada día por nuestra rutina a la que odiamos y amamos, porque no hemos aprendido otra forma, porque en realidad nos atrapa, porque otra cosa nos da miedo, porque somos yonkis de ella.

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24 Mar 2009

Oyamel de camellón

Oyamel de camellón

Del blanco dicen que el negro;
Del amarillo, que el azul;
Mas del gris cemento es verde,
su contrario, por salud.

Son tan chatas sus agujas
No pueden coserlo al piso
El tallo brota muy fuerte
buscando un cielo perdido.

Tallo que se vuelve tronco
Aunque lo jale la tierra
Así ya ostenta su reino:
Un costado de banqueta.

Veloces almas circulan
Entre grises citadinos
Sin tiempo de reposar
a la sombra de algún pino.

El tronco deviene corteza
Contra esos malos humos,
Para blindarse de amores
rayados de unas y unos.

Vuelen cientos de soles,
calendarios con sus lunas,
él brincará los otoños
para no perder sus plumas.

Pues no suena el viento sin verde,
No se oyen olas del este.
Si cede el hombre esa suerte
Le gana unos pasos la muerte.

© PZP

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09 Dic 2008

Mala hora para morir.

Tal era mi costumbre al atasco que no me había dado cuenta de la gravedad de la situación.

En ese momento, mi bici discurría por entre la banqueta y el carril derecho, librando felizmente es desastre vial vespertino: ni un coche se movía. Toda la avenida Reforma, por lo menos hasta la Fuente de Petróleos, era un gran embotellamiento de conductores mayoritariamente resignados, y es que el chilango, especialmente el conductor, ha desarrollado una capacidad inusitada para relativizar el tiempo. La masa de autos recordaba a una lengua de lava solidificándose sin remedio por las faldas de un volcán.

Y sin embargo, alguien pitaba. Era una ambulancia, totalmente encallada en aquel río inmóvil. Lanzaba destellos a la vez que su conductora pedía paso con los altavoces por el carril central. No había forma. Sin lugar adonde salirse, algunos coches hacían vanos movimientos de apenas centímetros. Lo único que estaba en mi mano era subirme a la ciclopista, aquella por la que caminan los peatones. Al sortearlos mi ritmo era lento, pero aún así iba dejando penosamente atrás al vehículo de emergencias. Imaginaba al enfermo agonizando allí dentro cual pez en un río seco.

Al cabo de cinco o seis minutos, más de un kilómetro adelante, las sirenas por fin me rebasaron, aún lidiando con algún carro que se incorporaba presto y celoso de aquel vehículo privilegiado. Quiero pensar que la ambulancia llegó a tiempo. Y es que quien se enferma en mala hora, dondequiera que suceda, puede convertirse en una más de las víctimas del tráfico.

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31 Jul 2008

El taxista malaonda

Un viejito que te roba tiene un punto tierno, casi infantil. Pero eso no quita para que te den ganas de atarlo fuertemente a un árbol hasta que pida clemencia, y quizás en un par de días pasar a verlo para venderle su propia libertad con tu propio dinero.

Ayer desmadramos un poco, nos acostamos tarde y hoy estaba desvelado. A las 9.30h salgo de casa dispuesto a dejarme los últimos dineros en un taxi, pues mi retraso era excesivo. Un taxi al trabajo me suele dejar allá en veinticinco minutos por treinta o treinta y cinco pesos a lo más, dos euros aproximados. Me estoy malacostumbrando, vicio fácil. El pesero, aunque atestado, tarda diez minutos más y cuesta dos pesos.

"A Montes Urales, por favor. Sólo hay que seguir por Reforma". Le pregunto al chófer por su día y él me lo agradece vistosamente, está de humor. Mientras, el feliz vochito, el escarabajo verde destartalado, avanza con marcapasos en el tráfico pesado.

Entonces, al buen chófer de hoy se le ocurre tomar la avenida Ghandi, una calle con forma de medialuna que comienza y termina, más adelante, en la mera Reforma. Me lo propone y acepto. Se supone que el camino largo tiene que tener menos tráfico, si no la jugada no tiene razón de ser. Hoy Ghandi está atascada. Intento adivinar el mal trago del taxista, que no tarda en manifestarse por medio de una verborrea exculpatoria sin límite aparente, salvo por una intervención tajante mía: “no se preocupe hombre, no se preocupe”. Concluyendo la medialuna, cuando por fin atisbamos Reforma nuevamente, los autobuses pasan de manera visiblemente más fluida que nuestra pétrea fila de Ghandi. Ya no importa, porque en segundos seremos parte de la corriente.

Pero a cinco metros de Reforma, Ghandi hace una ‘u’ que vierte a la calle Aristóteles, una vía que se le aleja en perpendicular de la avenida. Miro incrédulo al taxista, que ya no habla. Mi desesperación va a más, pese a que al poco enfila por Campos Elíseos para así, diagonalmente, volver para incorporarse a Reforma. Este tramo está extrañamente liberado y así, en poco minutos, salimos al obelisco de Bolívar, referencia muy válida que sin embargo veo pasar atónito desde mi ventanilla. Esta vez, es una nueva ‘u’ que nos enfila hacia Polanco por otra calle transversal. Ni una mísera palabra desde el asiento de delante. Pero de pronto el chófer vuelve a la carga y, no satisfecho con la fregada, me argumenta que en unos metros –metros de metro y medio- nos damos la vuelta y salimos a Reforma, en un punto en que astutamente (?) hemos rebasado el atasco. Es obvio que es un tipo sin rival.

Mientras tanto, seguimos atorados. Los autobuses que antes teníamos a la par, incluso más rezagados, continúan desfilando bien ligeritos como manada de ovejas por el prado, allá al fondo, por la luna trasera de mi taxi. Conseguimos voltear y por fin llegamos a Reforma, no sin antes poner la guinda con un par de pick-ups obcecadas en cruzarse transversalmente.

Miro el taxímetro. Ya van treinta y ocho pesos y estoy a punto de no poder pagar el taxi más caro desde que empecé en mi actual trabajo, hace seis meses, además del más tardón, inocuo y absurdo de los viajes. Le advierto con pesar de lo que queda en mi cartera. En esta ciudad de pactos, uno ya ha aprendido a defender hasta su último centavo, pero en mi situación no había defensa que valga porque por no haber, no había más de los treinta y cinco pesos de siempre.

Sinceramente, pensé que iba a exculparme. “Pues se baja aquí, o son cuarenta y cinco pesos hasta Montes Urales”, responde el pobrecito viejo, penosamente endemoniado, deteniéndose en seco y provocando una orgía de bocinazos que llegaban por la espalda como nube de saetas. Intento analizar y procesar la situación lo más rápido que puedo: mi trabajo queda a diez minutos caminando y ya he pulverizado mi récord de retraso; me está echando el viejito hijodeputa al que yo compadecía por senil, que en realidad se estaba haciendo el güey. Además, estamos en pleno carril principal de la avenida principal.

Pues aquí me bajo, sólo faltaba, mi señor, del único taxi que me ha tardado más que el autobús, que me cobra más que nadie lo ha hecho ¡¡y que tiene el honor de hacerme llegar el día que más tarde!! Un portazo y todo listo, así, y ya no molestamos a los de atrás a no ser que se le venga la puerta abajo.

El agónico paseo por el arcén termina cuarenta y tres minutos sobre la hora. El coche escoba en mi trabajo, abusando, pasa a la media hora, así que a mi llegada el silencio resulta excesivo para mi cantidad de resoplidos. Mi jefa me condecora, siempre silenciosamente, con un recadito que me espera en el email. Entonces, en lugar del champagne mejor me vacío encima medio spray desodorante, respiro hondo y sin levantar ni una ceja me pongo a trabajar.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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