Va otra de taxis. Me deja mal sabor de boca que el único taxi que me sale rana en un año se lleve todo el protagonismo.
Hace unos días regresaba de casa de un amigo a las dos de la mañana. A esa hora no hay ni metro ni peseros. No tenía a la mano un sitio de taxis –los taxis seguros- así que paré a uno con placas de la A, la matrícula autorizada. Cuando subes a un taxi público, las fracciones del taxímetro aumentan unos pesos hasta las doce, pero a partir de medianoche muchos taxímetros “no funcionan”. Debes entonces acordar con el chófer el importe de tu viaje. Debes, obviamente, conocer tu recorrido.
Él me quería cobrar noventa por ser tarde. Ni hablar, le digo, suelo hacer el mismo recorrido por menos de sesenta. Me ofrece setenta y yo sesenta, setenta y yo sesenta, setenta y yo sesenta. Ni modo. Entonces me propone un volado de desempate, nada menos que echarnos el importe a cara o cruz. En un volado, las opciones son águila o sol. Elijo águila y pierdo. Pero no me importa, no había excusa válida para rechazar semejante ocurrencia.
Por demás, el viaje resulta de lo más agradable. Nos escoltan decenas de farolas y algunos semáforos en verde, los únicos que miden el tiempo en las calles inertes del DF. El taxista me da un panorama de las buenas y las malas costumbres de los taxis en la noche, y sólo interrumpe la plática su esposa al celular. Hace rato que acostó a los niños y ahora lo extraña a él. Pero también las voces se han contagiado del la paz del momento, y es algo que impresiona al cabo del día. Mientras se tanto, constato que no tengo efectivo y al terminar le pido que me deje a dos cuadras de mi casa, en la esquina del banco, para sacar dinero y pagarle. No sería lo más recomendable, pero ya hemos agarrado confianza y mi zona se ha vuelto envidiablemente segura.
Le pido al cajero un múltiplo impar de cien para obtener un billete chico. Regreso al vocho y le tiendo el rugoso papel rojo, ante el cual hace un gesto de duda, y es que no tiene cambio. Ahora sí, qué hacemos, me dice sonriente. Estamos en las mismas: tiene o cincuenta o diez pesos para el vuelto, así que de nuevo a su manera, esta vez nos jugamos que el viaje me salga a noventa o sólo a cincuenta pesos. Revancha gana, estoy seguro. Escojo águila de nuevo, pero ahora me tiende la moneda y lanzo yo.
Rabia o regocijo, nuestras muecas opuestas comparten carcajada. Era la hora del águila. Me entrega su papelito morado de cincuenta y nos damos un fuerte apretón de manos. Ojalá volvamos a vernos. Fue un auténtico placer.
Un viejito que te roba tiene un punto tierno, casi infantil. Pero eso no quita para que te den ganas de atarlo fuertemente a un árbol hasta que pida clemencia, y quizás en un par de días pasar a verlo para venderle su propia libertad con tu propio dinero.
Ayer desmadramos un poco, nos acostamos tarde y hoy estaba desvelado. A las 9.30h salgo de casa dispuesto a dejarme los últimos dineros en un taxi, pues mi retraso era excesivo. Un taxi al trabajo me suele dejar allá en veinticinco minutos por treinta o treinta y cinco pesos a lo más, dos euros aproximados. Me estoy malacostumbrando, vicio fácil. El pesero, aunque atestado, tarda diez minutos más y cuesta dos pesos.
"A Montes Urales, por favor. Sólo hay que seguir por Reforma". Le pregunto al chófer por su día y él me lo agradece vistosamente, está de humor. Mientras, el feliz vochito, el escarabajo verde destartalado, avanza con marcapasos en el tráfico pesado.
Entonces, al buen chófer de hoy se le ocurre tomar la avenida Ghandi, una calle con forma de medialuna que comienza y termina, más adelante, en la mera Reforma. Me lo propone y acepto. Se supone que el camino largo tiene que tener menos tráfico, si no la jugada no tiene razón de ser. Hoy Ghandi está atascada. Intento adivinar el mal trago del taxista, que no tarda en manifestarse por medio de una verborrea exculpatoria sin límite aparente, salvo por una intervención tajante mía: “no se preocupe hombre, no se preocupe”. Concluyendo la medialuna, cuando por fin atisbamos Reforma nuevamente, los autobuses pasan de manera visiblemente más fluida que nuestra pétrea fila de Ghandi. Ya no importa, porque en segundos seremos parte de la corriente.
Pero a cinco metros de Reforma, Ghandi hace una ‘u’ que vierte a la calle Aristóteles, una vía que se le aleja en perpendicular de la avenida. Miro incrédulo al taxista, que ya no habla. Mi desesperación va a más, pese a que al poco enfila por Campos Elíseos para así, diagonalmente, volver para incorporarse a Reforma. Este tramo está extrañamente liberado y así, en poco minutos, salimos al obelisco de Bolívar, referencia muy válida que sin embargo veo pasar atónito desde mi ventanilla. Esta vez, es una nueva ‘u’ que nos enfila hacia Polanco por otra calle transversal. Ni una mísera palabra desde el asiento de delante. Pero de pronto el chófer vuelve a la carga y, no satisfecho con la fregada, me argumenta que en unos metros –metros de metro y medio- nos damos la vuelta y salimos a Reforma, en un punto en que astutamente (?) hemos rebasado el atasco. Es obvio que es un tipo sin rival.
Mientras tanto, seguimos atorados. Los autobuses que antes teníamos a la par, incluso más rezagados, continúan desfilando bien ligeritos como manada de ovejas por el prado, allá al fondo, por la luna trasera de mi taxi. Conseguimos voltear y por fin llegamos a Reforma, no sin antes poner la guinda con un par de pick-ups obcecadas en cruzarse transversalmente.
Miro el taxímetro. Ya van treinta y ocho pesos y estoy a punto de no poder pagar el taxi más caro desde que empecé en mi actual trabajo, hace seis meses, además del más tardón, inocuo y absurdo de los viajes. Le advierto con pesar de lo que queda en mi cartera. En esta ciudad de pactos, uno ya ha aprendido a defender hasta su último centavo, pero en mi situación no había defensa que valga porque por no haber, no había más de los treinta y cinco pesos de siempre.
Sinceramente, pensé que iba a exculparme. “Pues se baja aquí, o son cuarenta y cinco pesos hasta Montes Urales”, responde el pobrecito viejo, penosamente endemoniado, deteniéndose en seco y provocando una orgía de bocinazos que llegaban por la espalda como nube de saetas. Intento analizar y procesar la situación lo más rápido que puedo: mi trabajo queda a diez minutos caminando y ya he pulverizado mi récord de retraso; me está echando el viejito hijodeputa al que yo compadecía por senil, que en realidad se estaba haciendo el güey. Además, estamos en pleno carril principal de la avenida principal.
Pues aquí me bajo, sólo faltaba, mi señor, del único taxi que me ha tardado más que el autobús, que me cobra más que nadie lo ha hecho ¡¡y que tiene el honor de hacerme llegar el día que más tarde!! Un portazo y todo listo, así, y ya no molestamos a los de atrás a no ser que se le venga la puerta abajo.
El agónico paseo por el arcén termina cuarenta y tres minutos sobre la hora. El coche escoba en mi trabajo, abusando, pasa a la media hora, así que a mi llegada el silencio resulta excesivo para mi cantidad de resoplidos. Mi jefa me condecora, siempre silenciosamente, con un recadito que me espera en el email. Entonces, en lugar del champagne mejor me vacío encima medio spray desodorante, respiro hondo y sin levantar ni una ceja me pongo a trabajar.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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