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En los años ochenta y noventa se desarrolló en Europa una nueva corriente fotográfica que consistía en demostrar mediante accidentes topográficos las incoherencias del mundo moderno. Se la llamó la “Nueva Topografía”. El fotógrafo era testigo mudo de numerosos resultados del pensamiento humano a menudo intervenidos por circunstancias imprevistas, por la burocracia o por la desidia. En México, aparte de las estructuras inertes de concreto y lo que puedan enseñarnos, prevalecen muchas costumbres con una lógica propia que siguen vigentes en las formas de actuar, ya sean en instituciones o en los propios individuos, quizás más que en otros sitios. Estas manifestaciones junto con la improvisación, que en mi opinión es un pilar básico de la mexicanidad, hacen que un trayecto de regreso a casa, como el de ayer, pueda ser todo un viaje en sí mismo.

Habíamos disfrutado de un fin de semana de alta montaña, pero no todo había acabado a las cuatro de la tarde del domingo. Con la satisfacción del que ha dejado atrás muchos días de oficina, la cota de los 4800 metros a nuestras espaldas y bien limpios los pulmones, comenzamos el regreso a la ciudad. Itoiz sonando en el reproductor, montamos en los coches y bajamos desde el refugio al Paso de Cortés, punto clave de la conquista española en el XVI, por demás un paraje de campiña y pinitos muy ajeno a aquellos acontecimientos donde lo único que se escucha ahora es el piar de los pájaros.

Ya en el mero Paso no encontramos la primera ‘espontaneidad’. La caseta de interpretación, puerta de entrada del parque, se emplaza ante una barrera mal colocada y dos vallas de obra que interrumpen la carretera de la forma más abrupta, como si del lugar de un crimen se tratara. No hay nada que explique por qué y tras ellas el asfalto se pierde solitario en una curva entre los pinos. Por lo tanto, sólo queda un camino, que es la carretera que baja a Amecameca, desde donde se enlaza con la autopista México-Puebla. Dejamos pues atrás el cartel y el mínimo monumento conmemorativo -que pasa de lo más desapercibido- y enfilamos la enredosa carretera que serpentea a través de un frondoso bosque, tan espectacular como aquella entre los pinares de Albina.

Al rato salimos a un llano y nos sumimos entre altos maizales que sólo el asfalto atraviesa. Pequeñas casas esporádicas de feo ladrillo nada disimulado, siempre de un sólo piso, tenderetes ambulantes y los odiosos topes en la carretera nos anticipan Amecameca, la capital de la comarca y “el lugar donde los hombres se visten con paños blancos”, tal y como traduce el cartel de bienvenida. El núcleo del pueblo se alinea a ambos lados de la ruta con la tradicional anarquía de provincia, que alterna edificios precarios repletos de abarrotes y tienditas con otras construcciones más sólidas, como un elegante banco cuya fachada era más propia de un western de Lucky Luke. Entre unos y otros, grandes muros producto de quién sabe qué coyunturas sirven como enormes anuncios pintados majestuosamente a mano. Desde sus posición privilegiada promocionan concesionarios locales a base de grandes logotipos bastante aproximados a Pintumex, Pirelli o Movistar.

Lo atravesamos, pero para nuestra sorpresa es saliendo del poblado cuando nos embutimos en un atasco. El tráfico avanza lento, excepto para algún oportunista que aprovecha el arcén para rebasar a riesgo del copioso tráfico humano, canino y gallináceo que frecuenta las veredas. Pasan no menos de quince minutos hasta que, a paso de burra, llegamos al siguiente pueblo. Advertidos por las numerosas lonas del camino, llevábamos tiempo sospechando que en el lugar se ofrecían diversas comidas a base de conejo. Flan de conejo, esquites de conejo, conejo asado, tacos de conejo. La gente deambula y, frente a la carretera, come conejo. En dado punto, del otro lado de la carretera hay un restaurant con gran terraza atestada, y frente a él un grupo de mariachis. Están festejando bajo unas banderolas multicolores lo que el local comunica, lona mediante: “Hoy hay conejo”.

Los conductores que nos preceden, algunos de ellos temerarios okupas del arcén, se vuelven de pronto corteses y ceden el paso a los paisanos que cruzan sin señal alguna, todo con tal de aminorar y disfrutar la escena. Hay que ver el poder de los mariachis. Y del conejo. Rebasados los músicos, los autos retoman sus carreras y en breve se pierden en el horizonte haciendo gala de sus modelos. Atónitos dentro del coche, pero aún bajo los efectos de la catarsis montañera, suspiramos hondo y esbozamos sonrisas resignadas.

Ahora nos aproximamos a la autopista, que discurre a lo lejos al fondo del valle. De hecho, en una recta que enfilamos, se ve cómo la carretera se levanta en un puente reciente que ya es de doble calzada. El terreno es plano, por lo que parece hecho para superar alguna otra vía o curso de agua, pero según nos vamos acercando, no vemos movimiento y empezamos a sospechar que aún no está inaugurado, ya que se ve demasiado limpio y no hay marcas en su asfalto. Súbitamente realizamos un giro brusco para evitar empotrarnos contra los dos bloques de hormigón que, junto a una flecha de latón que apunta a la derecha, nos dan la razón. Discurrimos ahora paralelos al flamante puente, que se empina progresivamente. En su altura máxima, unos diez metros, ya no tiene base de concreto sino que se sustenta sobre grupos de cuatro columnas entre las cuales hay vanos desiertos, como si fueran amplios estacionamientos resguardados en medio de nada. Lo único que hay son carteles que anuncian verbenas de pueblo y tocadas folklóricas, no hay carros, no hay fardos, ninguna vía surge entre los maizales para justificarlo. Continuamos en paralelo. Ahora la pendiente desciende del otro lado del puente hasta que suavemente se iguala con la carretera regular a la altura de otras dos moles de hormigón y un cartel mal puesto. No hay necesidad de aportar respuestas. Nos miramos. Se nos ocurre que igual el espacio era para la feria del conejo, por si llueve. Reímos. Seguramente sucede que les sobraba presupuesto y no supieron qué hacer, hasta que les ocurrió armar un peligroso obstáculo que parece más una lanzadera para aviones en mitad del campo. “México DF a 26”, reza ahora un cartel.

Enseguida, la carretera se desdobla por aproximadamente un kilómetro y vuelve a reducirse sin rastro alguno de obras. En metros, sale a dar a un conflictivo cruce con una vuelta incógnita que, tras recular un poco y corregir la marcha, nos saca por fin a la autopista. Sólo nos falta sufrir el pequeño atasco de entrada de dos horas, preceptivo de domingo por la tarde, y ya. Otro cartel anuncia “México DF a 36”. De dos horas y subiendo, se entiende.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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