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¿Qué tan fácil será describir sin una sola imagen cómo los mexicanos se comunican por símbolos? Veamos.

Ya lo dicen los solecitos, serpientes y dragones aztecas en las piedras. Desde épocas precolombinas, México tiene una amplia cultura visual. Pero por otro lado, sufre un preocupante déficit de lectura. Mal que bien, el resultado es un abrumador inventario de símbolos y una señaléctica tan propia como su cultura.

Entender el por qué de tanta rebeldía parece difícil. La explicación es algo similar a cuando tu madre te dice que ordenes el cuarto y tú respondes que hay un orden desordenado, pero que tú solito te apañas. Dicho en corto: si funciona, ¿por qué no?

Si te plantaran de ojos vendados en medio de una avenida mexicana, tu primera certeza sería que estás en América, quizás aunque nunca la hubieras pisado. El lenguaje visual es, en teoría, universal, y por ello cuando no hay ni tiempo ni espacio como en la carretera es mucho más importante que el verbal. Por lo visto, desde Anchorage hasta Ushuaia, las carreteras del continente tienen un mismo patrón señaléctico, y es el mismo que el cine de Hollywood y las noticias de la tele nos han hecho llegar. Si haces memoria, seguro sabes que en las películas los paneles de la carretera son verdes con letras blancas, que las calzadas se hacen de planchas cemento, no de asfalto, y que las líneas y bordillos van pintados de amarillo (lo de las planchas de cemento no es tan común, pero aquí ya comienza a aplicarse).

Por el contrario, mantenemos en común con los latinoamericanos varias convenciones. En México, los sistemas de medidas son básicamente los nuestros, mas a menudo con nombres gringos. En la carretera, por ejemplo, se han mantenido los kilómetros de toda la vida, si bien nadie los usa: Puebla está “a dos horas” y Guadalajara “a cinco”. Por otro lado, las pantallas se miden en hertz, las bombillas en volts y su potencia en watts. Y la leche en botella se compra por galones (1 gallon= 1,85 liters).

Pero volviendo al aire libre, es cuando dejas la autopista cuando empieza lo bueno. México es el paraíso de la improvisación, y las callejuelas son un gran lienzo donde cada uno pinta lo suyo. Competencia popular. Carteles de todos los colores y con todas las tipografías son válidos y casi oficiales.

En el caso del transporte público, los destinos escritos en cada vehículo o el mismo nombre de la empresa los fija a veces el conductor mismo, por lo que cuesta encontrarse dos unidades iguales. Las serigrafías de las puertas y las pegatinas en los vidrios parecen libran una lucha estética del estilo de “Enchúlame la máquina” por muy corporativos que sean. El tuneo está en todas partes y habla de quién va al volante: puedes subirte a un urbano-discoteca repleto de grandes bafles y neones color lila o a un taxi tétrico con letras góticas y atestado de calaveritas.

Sin embargo, si vas en vehículo propio, en la puerta de las casas es frecuente encontrarse un cartel con un circulito rojo junto al que dice: “Se ponchan llantas gratis” (traducción: se pinchan ruedas gratis, o simple y llanamente, no aparcar delante). Si no es un “Respete mi entrada y yo respeto su carro”. Esto es, un vado permanente de y para gente amable. Cuando no hay cartel, quizás te encuentres cubos de pintura rellenos de cemento para evitar que nadie aparque: cerca habrá un vieneviene, el hombre del pañuelo rojo –este sí es universal- que te ayuda a estacionar. Es por eso que no existe la P de parking, sino la E de estacionar.

Por su lado, las escasas sendas de bicis dan avisos fuera de tono, como “casco obligatorio”. Pero además lo dan en letras amarillas sobre fondo reflectante azul. Quién sabe por qué. Alguno que era de Boca, que aquí se le admira mucho.

Mas esto no es nada. El ejemplo más peculiar, quizás el más ilustrativo y nunca mejor dicho, se ve en el metro. Aquí ocurre algo insólito: en las once líneas las paradas tienen nombre, cómo si no, pero a veces lo cambian por un símbolo que diferencia a cada una. Dos paradas tienen en común como mucho el color de la línea. Así, la parada Chapultepec es un saltamontes (su significado real en lengua náhuatl) y Oceanía es un canguro. Ahora sí, letrados o iletrados, el metro es para todos.

De todas formas, la razón encubierta de tanto simbolismo puede ser evitar las faltas de ortografía. Porque hay carteles oficiales de tráfico que hacen más daño a la vista que el mal de que previenen.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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