Tal era mi costumbre al atasco que no me había dado cuenta de la gravedad de la situación.
En ese momento, mi bici discurría por entre la banqueta y el carril derecho, librando felizmente es desastre vial vespertino: ni un coche se movía. Toda la avenida Reforma, por lo menos hasta la Fuente de Petróleos, era un gran embotellamiento de conductores mayoritariamente resignados, y es que el chilango, especialmente el conductor, ha desarrollado una capacidad inusitada para relativizar el tiempo. La masa de autos recordaba a una lengua de lava solidificándose sin remedio por las faldas de un volcán.
Y sin embargo, alguien pitaba. Era una ambulancia, totalmente encallada en aquel río inmóvil. Lanzaba destellos a la vez que su conductora pedía paso con los altavoces por el carril central. No había forma. Sin lugar adonde salirse, algunos coches hacían vanos movimientos de apenas centímetros. Lo único que estaba en mi mano era subirme a la ciclopista, aquella por la que caminan los peatones. Al sortearlos mi ritmo era lento, pero aún así iba dejando penosamente atrás al vehículo de emergencias. Imaginaba al enfermo agonizando allí dentro cual pez en un río seco.
Al cabo de cinco o seis minutos, más de un kilómetro adelante, las sirenas por fin me rebasaron, aún lidiando con algún carro que se incorporaba presto y celoso de aquel vehículo privilegiado. Quiero pensar que la ambulancia llegó a tiempo. Y es que quien se enferma en mala hora, dondequiera que suceda, puede convertirse en una más de las víctimas del tráfico.
En un accidente aéreo aún sin esclarecer, han muerto ocho personas (seguro al fin son muchas más), entre ellas el ministro del Interior mexicano, Juan C. Mouriño, hispanomexicano e hijo del presidente del R.C. Celta. Los hechos me han sorprendido a cincuenta metros del lugar.
Eran las 18:45h., apenas han transcurrido dos horas. Yo estaba en mi silla del quinto y último piso de la agencia de publicidad donde trabajo. A mi espalda, la puerta de la terraza estaba abierta mientras caía una noche cálida de otoño.
Un ruido aparentemente lejano y seco y un empujón hacia delante me hacen voltear. Entonces, un arreón invisible me jala hacia atrás y mueve mi silla rodante y mi mesa. Me asusto y me pongo en pie. Pienso que es un temblor, tan habituales en el país. Doy un par de pasos sin rumbo, por prudencia no quiero asomarme a la terraza. En ese momento, en la fachada de vidrio del edificio de enfrente, veo cómo un hongo de fuego trepa sobre sí mismo y el calor me llega a la cara.
Cunde el pánico en el piso, nadie grita pero dicen cosas inconexas, ininteligibles. Se oye la voz de un empleado llamándonos al desalojo. Por las escaleras, llamo a mi amigo y a mi compañera de piso para contarles que estoy bien. La ciudad es muy grande como para que lo hayan oído, ambas dicen no entenderme nada pero pese a mi acento y las prisas –calculo que en breve se colapsarán las líneas- logro ponerles al corriente.
Al llegar a la planta baja, salgo y me acerco hacia la rampa del estacionamiento. Corro por mi bicicleta antes de que alguien me lo impida porque no veo peligro cercano y, efectivamente, los gritos de un conserje me detienen. En ese momento, el encargado del parking hace ver al otro que no busco un carro sino mi bici, visible a unos metros, y aprovecho la discusión para amarrarla, montar en ella y salir rampa arriba.
Lomas de Chapultepec es el corazón financiero de la ciudad e intercala pequeños edificios de comidas familiares con los altos corporativos donde trabaja la clientela. Todavía no veo dónde ha sucedido el accidente, pero ha sido muy cerca y en dirección a los edificios más altos de la colonia. Tampoco sé de qué se trata, pero mientras peloteábamos ideas en la azotea de la agencia, hemos visto durante toda la tarde tráfico de aeronaves y un helicóptero volando muy bajo, entre los edificios corporativos. Me reservo mi teoría hasta ver más obviedades, pero cuando aquí cae una aeronave en zona urbana -hace años fue el helicóptero donde viabaja Jorge Valdano-, desgraciadamente poca gente reacciona como los legisladores de Nueva York, que vetaron el espacio aéreo urbano, o como hace unos años los vecinos de Sabadell.
Necesito saber qué sucedió. Ante el aparente caos circulatorio y pedestre decido tomar la calle Montes Urales en sentido opuesto. Rodeo dos cuadras ya atestadas de coches –es la hora de salida de los corporativos- y busco una bocacalle vacía que termina en el talud de la ciclopista, que es una actual vía verde urbana por donde antes transcurría el ferrocarril a Cuernavaca. Bajo de mi bicicleta, trepo con ella los cuatro metros de diferencia y me encuentro de bruces con seis personas estáticas y el crudo panorama. Llamas de seis a ocho metros interrumpen la ciclopista a unos cuarenta metros. Cuatro hombres de negocios miran impasibles. Una chica joven llora y se pregunta por alguien a quien no encuentra y la sexta persona, una señora, aparentemente su madre, le ruega que no se vaya hacia las llamas. Entre el grupo de ejecutivos, uno me lo confirma lacónicamente: ha sido una avioneta.
Del otro lado de la ciclopista hay un parque arbolado que termina en un retorno vial al Periférico, uno de los anillos de circunvalación del centro. Sin encaramarme, giro hacia allí el manillar de mi bici y avanzo en curva guardando una distancia de unos 20 metros con las llamas. En la oscuridad se escuchan pequeñas explosiones y un creciente ruido de sirenas que empiezan a llegar. Mientras esquivo ramas sin mirar al suelo, los primeros bomberos avanzan acordonando la zona. Pasan la cinta ante mí y un hombre entre las sombras me advierte de los cables de alta tensión, que han quedado colgando hacia el suelo. Vuelvo a quedarme solo por un momento. Observo las llamas imponentes que siluetean a un bombero que quiere moverse, pero está sólo y no sabe adónde ir. Poco a poco, el perímetro acordonado empieza a llenarse de una triste mezcla de morbosos y encorbatados que exigen móvil en mano ver con sus ojos a quienes buscan, más allá de las noticias en la línea. Las llamas continúan, parecen crecer por momentos.
Permanezco tras el cordón intentando recrear los hechos en mi cabeza. Siguen llegando patrullas y dotaciones de bomberos. De pronto veo a un mozo vestido de blanco con un skate en mano y teléfono móvil en otra, que ha pasado el perímetro y con paso jovial y la más indolente de las actitudes, ya está a las espaldas de los agentes grabando a su antojo. Cuando salgo de mi ensimismamiento veo que toda la gente que estaba a mi lado ha hecho lo mismo. No puedo creerlo, pero ahora están todos a apenas a cinco metros de los primeros carros siniestrados. En ese momento, una camilla avanza presurosa entre el gentío llevada por muchos brazos, entre los que veo unas piernas desnudas inmóviles con unos pocos restos de ropa. La he visto por la nube de flashes que llevaba consigo, son carroñeros del infame diario Metro y algún que otro rotativo sensacionalista que están preparando la foto de portada. Ellos son quienes día a día erosionan en las mentes la percepción de lo que es grave. (Si este diario existiera en España -no es mismo que el gratuito Metro, sino mera coincidencia- no sería digno de llamarse prensa.) Viendo el panorama, me pregunto cómo los peritos van a llevar a cabo una investigación mínimamente fiable con semejante labor de vigilancia. Me da tristeza.
Traspaso el cordón. Me acerco a un camión de bomberos y entonces me fijo en un Polo de color granate que está estacionado. Tiene algo adosado. Es la hélice de la avioneta, que se ha hendido en la puerta y la capota como en lata de sardinas. Tras él, entre las llamas, los límites del cruce que tan bien conozco se desdibujan entre hierros grises de carros incandescentes, fuselaje ardiente y cables que flamean en los postes. A este cruce llego todas las mañanas al dejar Reforma, a quince metros, y en él tomo Monte Pelvoux, la calle de la derecha, que en cincuenta metros me lleva al trabajo. Por las tardes, muchas veces en torno a esta misma hora, llego a él por la calle de la izquierda, de nombre Pedregal. Como ayer. Pero al tratarse de una agencia, nuestros horarios de salida son más bien difusos y ello hace posible que salgamos tanto a las 18:30h como a medianoche, y hoy, por suerte, iba para largo.
Pienso en la vida, pienso en la suerte, en la muerte y en el morbo. Pienso en las pocas probabilidades de haber estado ahí en el mal momento, pero contemplarlo tan de cerca eclipsa el cerebro y no permite profundizar mucho. Ya he visto demasiado. Enfilo Reforma a contracorriente, ya cortada al tráfico, entre ambulancias y camionetas del ejército que descargan personal. Cuando me alejo de la zona, compro unos chocolates que me ayuden a apreciar mejor la vida. El desenlace, ya lo veré por la tele.
Por lo que veo en la prensa, la concentración del sábado, donde miles de personas se unieron vestidas de blanco y velas en mano contra la inseguridad en el país, ha tenido eco internacional. De puertas adentro, si bien no sé a cuántos sicarios y secuestradores logrará ablandar en caso de hacerlo, sí veo por fin la cara positiva de un nacionalismo que a mi juicio es más de camiseta y bandera, se expresa en multitud de formas gráficas, lo gritan las presentadoras de televisión y tiene su apogeo cuando juega la selección. Entusiasta de las banderas, creo no obstante que el verdadero nacionalismo es el que va por dentro y que lo demás, lo que más se ve, no vale para mucho, ni en Hernani, ni en Madrid, ni en Ciudad de México.
Ayer se percibía algo diferente. El país, o más bien la clase alta y parte de la clase media del país, se unió para repudiar los últimos asesinatos y la impunidad de los políticos y policías implicados. Lo que quiero decir es que la patria se forja día a día, pero día a día el valemadrismo choca frontalmente con las intenciones de un “México libre”, un “México grande y todas las consignas que se escuchan en las grandes concentraciones. Pero lo peor es que esa desidia se contagia, doy fe de ello, porque esto habla de que es un problema endémico, muy enquistado y que rodea de connivencia y de relativismo, y luego de impotencia y de incredulidad, la aplicación de las mismísimas leyes. De otra forma no se explican hallazgos como el que hoy leía en un furgón blindado. Junto al logo de la empresa, en un cuadrito de la carrocería se leía: “Estamos mejorando”.
Ayer, sin embargo, daba gusto ver que la gente compartía sus problemas reales, que hablaba, que gritaba las injusticias que a diario se calla y que usaba su indignación para algo en pro del bien de todos, ya sea una voz común.
Hoy, más de lo mismo. Es raro que más de lo mismo implique algo positivo, pero en los escalones de Ángel de la independencia, entre las velas colocadas ayer en nombre del malogrado joven Martí y de otras víctimas, miles de corredores recién llegados a meta bailaban por el deporte, por los pueblos indígenas, por los derechos para todos y por la vida misma al ritmo de La Maldita Vecindad. O, al menos, eso es lo que proclamaba su líder, en lo que no dejaba de ser una gran coctelera ideológica. Sin embargo, lo que no quita son los diez kilómetros de la Human Race 10K que Nike había convocado para hoy. A las ocho de la mañana –los mexicanos son muy madrugadores, realidad contra prejuicio- cerca de veinticinco mil personas habíamos tomado la salida en una de las veinticinco carreras paralelas que estaban teniendo lugar en todo el mundo.
Desconozco qué ciudad convocó a más participantes, pero era verdaderamente espectacular ver proyectado en los túneles de la carrera cómo México corría contra Varsovia, contra Taipei o contra Nueva York. En un contexto de sano sacrificio, miles de mexicanos numerados en sus camisetas rojas se encorajinaban mutuamente con el recuerdo fresco de la marcha de ayer y sus consignas impresas al grito de México, México. Ahora sí, todos marchando juntos, en pleno esfuerzo y magnificado con el eco de un túnel y en la misma ruta contra la inseguridad, por fin se me hacía un poquito de sentido y hasta me llegaba eso del “Sí se puede, sí se puede”.
Cuando uno transita Bucareli a pie, si mira al suelo, es muy probable que dé un respingo al descubrir infinidad de ratas saliendo veloces de las numerosas bolsas de basura amontonadas en cada farola.
Bucareli no es sólo la calle de las ratas, es una calle especial ya desde su propio nombre. Entre arterias con denominaciones tan institucionales como Reforma o Insurgentes, o tan náhuatl (idioma azteca) como Chapultepec o Cuauhtémoc, aparece un italiano que, bien que tuvo un lugar en la historia del México novecentista, al no iniciado le suena fuera de lugar.
Constituye una de las avenidas que cruzan de norte a sur el plano citadino y sirve de límite entre las colonias Centro Histórico y Juárez. Comienza en el caballito de Reforma, esa gran masa metálica amarilla situada a modo de mojón de referencia en el Paseo de la Reforma, del mismo modo que kilómetros antes lo son la Diana Cazadora o el Ángel de la Independencia. Y termina cortada por Chapultepec, junto a la estación de metro Cuauhtémoc, porque a partir de ese cruce cambia de nombre.
Europa en miniatura
La avenida Bucareli tiene apenas siete cuadras de largo, pero le son suficientes para adjudicar una identidad propia a cada uno de sus costados. De un lado quedan las postrimerías de la colonia Juárez, con sus nombres de ciudades europeas –no por nada- y la elegancia que sus decrépitas fachadas se esfuerzan por mantener como los antiguos aburguesados que seguramente las habitaron. Así, sobre Bucareli mueren Atenas, Barcelona y Lucerna tras dejar atrás la calle Versalles.
Fontaneros contra electricistas
Del otro lado son todas calles de oficios, sólo que sin relación con sus nombres como sucedía en el medievo en los burgos europeos. De esta forma, la calle Ayuntamiento se dedica durante varias cuadras y en exclusiva al mobiliario de baño. Decenas de retretes, bañeras y mamparas desbordan los comercios, colgados de los dinteles, flanqueando puertas o, simplemente, desperdigados por la acera. En la calle paralela, de nombre Artículo 123, son más minimalistas. Se venden exclusivamente interruptores, fusibles, transformadores de corriente y bombillas. Y así, otras tantas calles. Si los oficios alguna vez dieron vida a grandes clubes, se podría armar una liga del Centro Histórico.
Si el poder está en los medios, es una calle poderosa
Bucareli en los libros
La manzana de La Prensa también da a Bucareli, en el cruce sobre la calle Morelos. Unos diez metros antes de llegar a la esquina, viniendo por Morelos, a través de los cristales de la cafetería ya se puede ver media Bucareli. Es el enorme Café La Habana, fundado en 1952 en aquella esquina, como reza bajo el logotipo. Después del Tacuba, que hace la función del Brasileira, el Tortoni o el Majestic de la Ciudad de México, el La Habana puede ser por derecho propio el siguiente café histórico. Es diáfano, de fachada acristalada, techos altos, con muchas mesas y sillas sencillas e idénticas y el suelo de baldosas grandes. No hay tabiques, es un solo espacio. Tanto las paredes interiores como el exterior son de color crema, pero las enormes fotos en blanco y negro que hay en hilera sobre la barra y las mesas respaldan con orgullo en nombre del café. Hay un tintineo constante de cucharas y tazas, y tiene eco debido a su gran tamaño. Un buen grupo de meseros corretea de aquí para allá, casi siempre, o espera clientela poniendo a punto las mesas.
Sin haber oído hablar de él, sólo por verlo día a día, daba la sensación de que las historias no se harían esperar. Así me enteré de que, en los años setenta, el escritor chileno Roberto Bolaño y Santiago Papasquiaro resucitaron sobre una de sus mesas al movimiento poético infrarrealista.
No todas las procesiones llegan a Guadalupe
Volvamos a Atenas y Roma, del lado de la colonia Juárez. Entre esas bocacalles, mirando a Bucareli, se levanta la sede de la Secretaría de Gobernación, una enorme manzana rodeada día y noche por agentes de policía y por las numerosas barricadas que aguardan, aparcadas entre los pocos autos, a la próxima manifestación gremial llegada desde cualquier punto del país. La Secretaría tiene una bella fachada en piedra, balconada sobre una columnata como si de una antigua hacienda se tratara. Donde no luce piedra es de pared blanca, y así es como se extiende hasta doblar las esquinas y completar la cuadra mediante dependencias anexadas con posterioridad. Entre el edificio y la reja de rigor, tan bonitos como inútiles jardines pues apenas se entrevén tras un frondoso cierre, y fontetas románticas que sólo por la noche se escuchan, justifican un sueldo de jardinero.
La casa de los azulejos
Enfrente de la Secretaría, todo a lo largo de ella, permanece pese a su estado un edificio con una espléndida fachada de azulejos oscurecidos por el humo, ventanas estrechas con contraventanas desvencijadas y, generalmente, con todas las puertas abiertas. Pareciera que allí no vive nadie. Pero nada más lejos de la realidad. Se cuenta –una amiga italiana me hizo partícipe- que aquel edificio era propiedad de un avaro chilango. Lo ocupaban decenas de familias que cada mes tenían más dificultades para pagar sus abusivas rentas, por lo que el dueño decidió echarlas a todas. Entonces, la decisión llegó a oídos de un torero afamado, que decidió comprar el edificio completo y permitió a las familias continuar bajo ese mismo techo a cambio de una renta simbólica. Francesca me dice que, desde entonces, en algún rincón del edificio hay una plaquita conmemorativa que los inquilinos dedicaron al torero. Quién quiere dos orejas. Menuda (muletilla).
Pax Romana
Biscaye
Hay otro edificio que, si el paseante se molesta en levantar la vista, no pasa desapercibido. Sobre todo viniendo desde Lucerna, calle que topa con pared contra el mismo.
Es una construcción de seis plantas en un barrio donde nada sobrepasa las tres alturas. El color pardo de su piedra gris le aporta vigor y al mismo tiempo camufla la película de humo adherido que a buen seguro deben de sufrir sus vecinos. Un gran arco porticado hace de entrada, por él se accede a un pasaje sin salida adonde dan las puertas de las viviendas. El pasaje termina en un paredón que exhibe un altarcito a la Guadalupana, supongo, como en cualquier otro barrio capitalino. En la fachada, los seis pisos del edificio están rematados por un tejado muy inclinado de tejas azuladas entre las que surge un buen número de buhardillas, algo singular por estos lares. Sobre todo cuando llueve y las tejas brillan, recuerda a la arquitectura parisina o a alguna ciudad suiza. Sin embargo, es conocido como Edificio Vizcaya. Ignoro el motivo, pero tengo una sospecha.
Ecos de pelota
Antes de llegar al cruce, saliendo a mano derecha, una gran fotografía pixelada de un jugador de cesta punta anuncia el frontón Bucareli. Bajo el cartel nace un pasadizo y quince metros más adentro vuelve a haber luz. Tras la clásica red metálica y oxidada tres paredones verdes forman uno de los frontones emblemáticos de la ciudad. La pelota vasca era muy popular antaño y de hecho no estamos lejos del frontón más grande del mundo, el majestuoso Frontón México, que ahora permanece abandonado e intocable pese (o por) constar en la lista de patrimonio arquitectónico. El Bucareli está en mal estado, pero continúa activo. Todas las mañanas hay clases de cesta y mano y los fines de semana competición.
“La comunidad china a México en el primer aniversario de su independencia”*
Pero Bucareli es eminentemente una vía rápida. Diría que el 95% de quienes la atraviesan van en carro y por la noche el 99%, de los cuales un tercio son camiones que rompen la oscuridad con sus frenos motores, que suenan a grotesca pedorreta y que traspasan las paredes. Poco importa a los conductores qué dejan a los lados, pues lo más en que se pueden fijar es en los niños malabaristas o en los limpiadores de vidrios de los semáforos, que te limpian -y cobran- si no estás ávido para impedirlo.
Prueba de esto es que apenas nadie conoce qué es el Reloj Chino, y quien lo conoce, no sabe por qué se llama así. Si hubiera que escoger alguno, el reloj es el símbolo de Bucareli.
En la plazoleta donde se encuentra, uno puede sentirse extrañamente un náufrago. Se trata de apenas una acera ancha con forma de almendra y situada en el cruce anterior a la Secretaría de Gobernación, a cuya entrada principal de por sí nunca se acerca nadie, salvo vigilancia. La razón de ser de la plazoleta es una pequeña torre de piedra con escasos diez metros de altura que muestra en lo alto un reloj en cada una de sus cuatro caras. Como mucho, la función real de la plazoleta es contener a los pilotos de carreras, que ahora tienen que prestar atención y evadirla por uno de ambos lados. Nadie, ni las ratas, cruza la calle hasta ese islote peligroso a no ser que le mate la curiosidad de leer qué pone en la placa lateral justo debajo del reloj.*
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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