[Último relato de cinco]
El raid del anticuario
Según nos indican, debe de faltar aún uno de los autobuses para Ezequiel Montes, el de las siete. Tres chicas esperan, pero decido pedir una segunda y tercera opinión, que resultan cada vez más negativas. Cuando regreso de preguntar a la taquera de enfrente, un señor de barbas me pregunta a dónde vamos. Le respondo que a Ezequiel, para agarrar el camión al DF. Nos dice que nos lleva. Voy por Wendy y en instantes ya estamos dentro de su carro, con las mochilas en el asiento de atrás. Nos ha reconocido, pero nosotros a él no. Al pasar por un anticuario, hace un rato, he preguntado al tendero por el retrato que colgaba de un marco. El me ha contestado y nos hemos despedido cortésmente, hasta ahora.
En realidad Paco vuelve a Querétaro ciudad, que queda a una hora escasa. Si queremos puede llevarnos allá. Supone alejarse un poco, no mucho, pero desde allí es seguro que encontramos autobús a México y con mayor frecuencia. Además, sé que el pasaje desde Querétaro, debido a la guerra de precios de las empresas, cuesta el 40% que el de Ezequiel. La única condición es pasar por su hijo y su esposa, que esperan a ocho kilómetros de Querétaro. Nos acurrucaremos.
Se nota que Paco agradece la compañía. Wendy está destrozada y se duerme al instante. Pero yo no tengo tanta suerte y, a cambio, me entero de cosas impagables. Primero charlamos sobre estos parajes del oriente queretano. Me cuenta que su padre era de Cadereyta. Después de tanto verlo en el mapa, no logro saber si se vincula con el Cadreyta navarro, pero sí que el pueblo se quedó casi vacío por falta de agua, allá por los años cuarenta. Los aldeanos tenían que ir en burro hasta Tequisquiapan, a veinticinco kilómetros, para lavar la ropa y llenar los baldes. Salían a las 4 de la mañana y volvían otra vez de noche. Luego, con el pueblo ya casi fantasma, encontraron una balsa de agua e hicieron pozos. Todo cambió definitivamente cuando hace pocos años construyeron la enorme presa de Zimapán en el cañón de Tolimán. Cadereyta creció, pero me temo que ese es el precioso cañón que descendió Pedro.
El nazi de los 2,438 municipios
La conversación nos lleva por distintas partes de México y del mundo. Al cabo de un rato, volvemos a Querétaro, a la casa de un señor extraordinario. Es amigo de Paco, y por cómo lo dice sé que va a contarme algo poco común. Es la historia de un joyero, aún vivo, que empezó de la nada y con mucho olfato se volvió rico. Cuando se cansó de trabajar quiso conocer todo México. Todo México son 2345 municipios. Después de catorce años pudo decir, quizás como nadie en toda la historia del país, que lo conoce entero. Pero le faltó algo: las Islas Marías, esas tres manchas del mapa frente a las costas de Nayarit. Tras engorrosos trámites y numerosos permisos denegados, se dio por vencido. Pero no era poco, había conquistado todo el México continental. Ahora bien: por mucho amor patrio que se tenga, ¿cómo abordar tamaña empresa en una orografía como la mexicana? Existen en Chiapas y Oaxaca municipios verdaderamente inexpugnables. Y si ahora son así, no cuesta imaginarlos hace treinta años, en el momento de la gesta. A algunos de ellos, este Indiana Jones llegó a bordo de helicópteros que llevaban medicinas o con destacamentos del ejército, previa investigación de sus programas. Tuvo que poner en práctica perfectas estrategias y esperar a los días exactos para poder poner un pie en ellos. Pero los hombres extraordinarios suelen serlo en varios aspectos. Él, es un ferviente admirador de Hitler. Habría que ser qué admiraba concretamente. A bote pronto, no entiendo qué cosa diferente al amor puede pasar por una cabeza así, tras demostrar tanta devoción por un territorio tan indígena. Pero, pese a lo que el uso del término nos tiene acostumbrados, ser extraordinario no siempre es un honor.
Valente, el cacticultor
Estamos a pocas calles de donde esperan Araceli, la mujer de Paco, y su hijo Valente. Resulta que Valente también es un chico especial. Su amor por los cactus lo llevó a coleccionarlos, y cuando se hizo grande comenzó a ir a buscarlos. A Valente lo llaman biólogos de la UNAM, desde el DF, en busca de asesoría y de un guía de campo. Sus numerosas salidas al monte le han llevado a documentar grandes extensiones del oriente queretano y del estado de Hidalgo. Valente pasa a una sociedad privada de conservación precisos informes periódicos sobre la ubicación de cada ejemplar que suscita el interés de los naturalistas. Ahora su afición se ha convertido en su trabajo y ha armado un tremendo invernadero que estamos apunto de contemplar. Tras tocar la puerta, nos presentamos, y aunque no nos conoce de nada, con una naturalidad inusitada nos pasa a su vergel privado. La luz del celular nos saca de la negrura mientras él nos explica que, pese a la rareza de algunas especies que Wendy jura que son hongos, son todas cactáceas. Algunas de esas miles de pequeñas macetas que a nosotros nos parecen repetidas contienen las más insólitas especies de cáctus de México y del continente americano. Antes de partir, y por sorpresa, nos obsequia uno a cada uno. El mío no parece un hongo, pero si es que sí parece un cactus, con esa preciosa corona de flores blancas debería llamarse cactus novia.
Apretados y con las mochilas encima llegamos hasta la central camionera. Allí nos despedimos de nuestro espléndido chófer y su familia, le agradecemos mil veces y prometemos visitarlo de nuevo en la feria de anticuarios de Querétaro. Cincuenta pesos y tres horas después, cada uno de nosotros está en su casa.
(Sigue de los 3 post anteriores)
Los suicidas van por libre
Es el turno de Wendy. Ahora, yo me quedaré leyendo. Para ella es un nuevo reto, con lo eufórica que es, pues comoquiera que sea yo ya había escalado algún pequeño muro de iglesia o pared caliza por mis pagos, con un amigo que es una auténtica araña.
Mientras ella se prepara y comienza, mis ojos se centran en otras dos personas que se encaraman a la roca. Van sin nada, libres de equipo, a pelo, como irían a comprar el pan. Uno de ellos, incluso, con pantalones de rapero y gorra del revés. Sus pocas fachas sí me engañan esta vez. Empiezan a subir temerariamente, colgándose como pueden sin ningún estilo ni preocupación, como si una enorme colchoneta los esperara debajo en lugar de las frías rocas. En un santiamén la adelantan a ella, y luego a Pedro, sin siquiera atascar la ruta. La verdad es que no tendrían por qué caerse, yo no me he resbalado en ningún momento, por ejemplo, pero parecería normal que la pura estadística diera como resultado más crucecitas blancas. Los del pueblo lo suben sin nada -me había dicho Pedro- antes, a veces yo también lo hacía. Wendy sube a su ritmo, disfrutando como niña, gritando con el estómago y alzando los brazos para cada foto desde abajo. Enseguida desaparecen tras el repecho.
Libros, basura y reggaeton
Confiado por el turismo familiar que ha ido poblando la explanada, me alejo a un rincón para leer tranquilo. Disfruto de las páginas de Galeano, si bien me distraigo a ratos siguiendo en la pared a dos nuevas parejas de osados hombres-cabra. Mi taquicardia es ahora menor que con los primeros, además Wendy ya no está debajo de ellos. Lo que sí me distrae innecesariamente es el ruido de botellas de refrescos rodar rocas abajo. El viento ha resurgido y es seguro que cada descuido aporta una botella más monte abajo, pero no he visto a nadie recoger un solo resto por mucho que estén en medio del camino. Eso me enfada, y yo no quiero enfadarme.
Intento concentrarme en mi libro, pues intuyo que si no voy a cazar a algún irresponsable y a vomitarle una despechada lección de civismo exprés antes de mandarlo en busca de su plástico. Pero a ratos es imposible. La enorme hebilla de un cinturón macizo me lanza por un instante un destello de sol. Tres adolescentes se acercan saltando de roca en roca. De abajo arriba observo en todos impecables zapatillas sin restos de polvo, jeans oscuros con bajo vuelto, cinturones de Power Ranger, camisetas estrechas y en sus caras imberbes, gafas solares y pelo parado. La vestimenta no sería en mí generadora de prejuicios si no fuera por los complementos: teléfonos celulares que cambian de canción cada diez segundos, con estilos que van del blanco al negro y que parecen competir absurdamente por probar cuál de todos es el celular de las mil canciones. Rezaría a los chamanes de la Peña mágica por que les provocaran una infección de silencio.
Wendy está tardando demasiado, pero ni modo que bajaran por otra cara. Vuelvo a leer a la tienda, salgo de nuevo, cambio de libro, busco otra roca diferente, otro capítulo. Dos horas después de perderla de vista, un grupo de personas se aposta en lo alto de la pared trepada y enseguida lanzan una larga cuerda. De a poco comienzan a bajar, rapelando, uno, dos, tres hombres. El cuarto es Pedro, que me agita el brazo para que me acerque a la base. Desciendo del roquedal para encaramarme a la pendiente que lleva a sus pies, justo para alcanzar a Wendy y fotografiarla un par de veces a media bajada. Llega eufórica, tiembla y temblará de la emoción durante toda la bajada a Bernal. Se deshace en abrazos y agradecimientos a sus compañeros de la altura.
Nos quitamos los equipos y cambiamos los datos con todos mientras comenzamos a deshacer la tienda. La promesa de Pedro es un curso de escalada en roca si ofrecemos continuidad, y la de los rapelistas una convención de montañeros, el próximo sábado en Jilotepec.
Comenzamos a bajar. Estamos felizmente fatigados, no es fácil retener los pies. Mientras sorteamos las piedras y los arenales conversamos y sacamos conclusiones. Por fortuna, la insensibilidad vista entre la gente de arriba no es tan generalizada. Uno tiende a homogeneizar a la masa, a excluirse, y además a atribuirle injustamente cierto tufillo chilango. He escuchado a varios hombres ubicar y nombrar los pueblos en el horizonte, empeñándose en su palabra. Sobre unas rocas, he comprobado cómo una madre instruía a sus tres hijos que rondaban los diez años ubicándolos en el paisaje y las preguntas y observaciones de los chicos exhalaban pura curiosidad. Mejor aún, he visto a una familia completa guiada por una simpática escuincla de seis años, todo garbo, cuyo padre, nos dice Pedro, le ha contado de sus años de alta montaña. Aún hay quien sube, pese a que quedan pocas horas de sol. Bajo un solitario árbol con el aspecto del espino, pero sin púas, otra familia con varios mayores descansa y come mandarinas. Con toda naturalidad nos regalan una, que al desgarrarla se convierte para Wendy en “la mejor naranja” de su vida.
Gorditas de migaja y horchata
No sé si es mayor la sed o el hambre. Atravesamos el pueblo hasta que damos con un local donde sirven gorditas. Me pregunto por qué cuando me informo sobre las “migajas” me dicen que son de carne y yo me quedo tan tranquilo. Obvio que camarones no eran. ¿Carne de qué? De puerco aceitoso, creo, no eran como las de pollo pero están buenas igualmente. El agua de horchata es para mí maná, siempre deliciosa, así que me tomo dos vasos. ¿Tanto costaría llevarla a Europa? Porque esta horchata es a base de arroz. Nada de chufa.
Enfilamos una calle ancha, muy apacible, con aspecto de pueblito de película western. En una pared desconchada, sobre ventanales enrejados hasta el suelo, se lee lo que queda de “Hotel”. Se escucha de pronto un aullido, luego dos y luego tres, a coro. Al pasar por una ranchera vemos a tres niños de unos ocho años deshaciéndose en sollozos por las ventanillas y la trampilla de la cabina. Hecho un mar de lágrimas, bajo su sombrero ranchero, el que se sienta al volante dice que lloran porque su madre tiene un rato que se fue y les dijo que no salgan. No son del pueblo y están aterrados. Los calmamos, les damos tres chocolatinas y avisamos a la señora de los abarrotes que les eche un ojo, no sea que no aparezca la madre. Doblamos la esquina hacia la carretera y el mismo coro a tres voces irrumpe al unísono. Nos detenemos, nos miramos y decidimos continuar.
Continuará con el último capítulo: El 'raid' del anticuario
(Viene de los dos post anteriores)
Noche entre las piedras y el cielo
Se ha levantado el viento en el peor momento. Inspeccionamos el paraje y nos damos cuenta de que eso es todo lo que hay. Unas rocas cercanas aplacarían el viento, pero nos obligarían a dormir fuera, sin carpa. Finalmente optamos por el principio de la explanada, aunque nuestra tienda, craso error, no tiene sus clavijas. Superamos el contratiempo con todos los pedruscos que encontramos cerca, hacemos aparejos y contrapesos con las fundas de los sacos y amarras que cortamos a las mochilas. Apenas son las nueve, pero ya es totalmente noche y la idea de bajar a cenar al pueblo se desvanece no bien nace. Wendy se queda dormida antes de que yo acabe de armar la carpa. Yo me lleno el buche con aceitunas, champiñones, pan bimbo, plátano y agua, antes de emplear la botella para componer el último contrapeso.
Ya poco queda hacer. Será mejor levantarnos temprano y aprovechar la luz. Me meto al saco y busco la posición ideal, que mucho temo que no hay. Nos falta una buena esterilla y además la primera de las falsas clavijas no tarda en saltar. El viento arrecia y con cada ráfaga la carpa se descubre del lado de nuestras cabezas. Así pasan un par de horas. Los instantes de calma son cada vez más esporádicos. Y radicales: el aire cesa de golpe y pareciera que nos sume en el vacío. Cuesta dormirse cuando la imaginación vuela pensando en el próximo arreón, en que la carpa también vuela como en el tornado del Mago de Oz. A veces ese frágil silencio se desvanece suavemente con una cadena de violentas explosiones lejanas. Deben de ser los camiones de las canteras de cal descargando los container. Y tras el falso aviso, el viento da un nuevo manotazo y la carpa se balancea como un flan. Y otro. Y otro. Dudo varias veces si salir en busca de una piedra mayor. Asumo que no voy a dormir nada. A través de la telilla se intuye parte de la roca, cada vez menos, y el resplandor de las velas de la capilla. Ha bajado la temperatura y siento que nos ha envuelto la niebla. Y por si fuera poco, la telilla interior es un filtro inocuo contra el polvo, que ya se siente en la cara y se ve en la pantalla del celular, reducido ya a reloj, al marcar más de las dos.
El rojo amanecer
Me despierta el ruido de las cremalleras. Wendy se incorpora y abre la carpa. Un chorro de luz tenue entra frontal, mis ganas de ver el alba ganan al sueño e inmediatamente, con esfuerzo, abro los ojos. Sí me he dormido. Son las siete y el sol, aún oculto, ya tiñe de rojo el horizonte bajo el que brillan enjambres de luces e hileras que los unen. Tout est calme. Agarro la cámara. Salgo en calcetines y de un salto alcanzo la fría roca. Abajo, el pueblo. Arriba, la montaña. El viento se ha ido. (Cobarde, como si sólo te atrevieras por la noche.) Ni siquiera las briznas de hierba entre los popotes de basura se mueven. Hace frío. Hago varias fotos, disfruto del silencio y de la soledad y me vuelvo a dormir.
Pedro el rescatista
Oigo los jadeos de los primeros visitantes. No me molestan demasiado, pues a quien madruga para subir al monte no se le puede reprochar nada. Retozo unos minutos más y termino por salir. Tiene gracia. Abro la puertecita y ya estoy allí arriba, el pueblo a los pies, la capilla a mi lado. Y un escalador que descarga su mochila y saca las cuerdas y todo su ajuar. Buenos días. Buenos días. Así que va a subir… Sí, subiré hoy, ¿quieren venir conmigo? Eh, apenas hemos escalado alguna vez, nada serio nunca. No importa, yo me dedico a esto, soy rescatista. ¿Tienes tiempo, no te interrumpimos? No, todo bien. Buenísimo. Yo me lanzo. Yo no sé. Dale Wendy, yo primero. Va, y luego yo.
Hale, para arriba. Meto la cámara al morral y me lo ato a la espalda. Pedro me coloca el arnés y los juegos de mosquetones y también su casco. Sólo tiene uno, él irá sin casco, pero no insisto. Pienso que siendo rescatista no me dejará quitármelo. Tras unas breves instrucciones de cómo manejar las cuerdas y los ganchos, trepamos hasta la base de la pared fijada, llena de salientes pero casi vertical. Veo que las presas son bien anchas, con forma de grapas salidas. Le doy unos metros, por precaución, y luego comienzo a seguirlo. Pie acá, mano ahí, pie allí, mano allá… clac, seguro. Sin prisa alguna y más preocupado por hacer los pasos bien, vamos acercándonos a la brecha que marca la mitad de los noventa y cinco metros de desnivel. Desde aquí la carpa ya se ve ridícula. Junto a ella, Wendy es uno de los seis o siete puntos sentados en las rocas. Más abajo, él sí donde estaba antes, queda el pueblo. El sol se va levantando pero aún no pica con malicia. Ladeamos un saliente y superamos el último repecho. A cada paso caminado, por fácil que sea, Pedro aprovecha para enseñarme qué hacer. Dónde colocar la cuerda, el orden de los mosquetones, dónde buscar seguros naturales, o cómo colocar mi cuerpo tras cada movimiento. En la cima, paseamos unos metros hasta la cruz y seguimos hasta la otra punta, en la cara norte. Es el punto para observar el paisaje, ubicar los puntos cardinales y señalar la órbita perezosa del sol de invierno. Tomamos unas fotos y después me enseña las otras vías en las que él practica, escala o bien se descuelga con el crowl, una mosquetón dentado a modo de gato para subir y bajar por cuerda. Lo hace varias veces en el día. Ese es su entrenamiento cuando viene a la Peña de Bernal. Cuando no, va al Iztaccíhuatl o al Pico de Orizaba a entrenar alta montaña.
Lo de Pedro es hobby y profesión. Contactado por empresas estadounidenses, recibe excursionistas y los sube a los volcanes por una media de doscientos cuarenta dólares. A la Peña, al Izta o al Pico, a donde haga falta. Sin hielo o con hielo. Desde que he salido de la carpa no he dudado un momento de su experiencia. El viejo pantalón vaquero y el forro polar de primera generación, con algo de barriga incluida, podrían confundir a primera vista. Pero la seguridad de sus movimientos y la paciencia al enseñar, o el pañuelo conmemorativo de Houston’04, anudado entre su sombrero y las suaves arrugas de tercera edad disimulada, hablan claro. Tiene 65 años. En ellos, además de las principales cumbres mexicanas ha hollado los techos de EEUU y Canadá -McKinley y Logan, respectivamente- o el Mont Blanc. Su labor de rescatista, también lo ha llevado al Himalaya. Fue contratado como médico de una expedición al Everest, y desarrolló su función a más de 7.000 metros. Resultó providencial, ya que quienes intentaron la cumbre bajaron sin suerte y con un edema pulmonar. Lo que menos practica es senderismo, aunque no por eso todo es alta montaña. El descenso de un cañón a pocos kilómetros de Bernal lo trae sorprendido desde hace dos semanas.
Es hora de bajar. La paciencia y la mirada entre las piernas, mientras se recula siempre de cara a la pared, son lo único necesario. Además de ir asegurando la cuerda, pues ahora yo voy delante.
Continuará:
Los suicidas van por libre
(Continúa del post anterior.)
Bernal, pueblo esotérico
Súbanle, dice el chofer sin dejarnos pagar. Desde Ezequiel Montes tomamos un viejo autobús de esos que huelen como si el tubo de escape lo llevaran dentro. A los diez minutos de camino, tras el bosque ralo de arbustos y cactáceas, las suaves laderas polvorientas se quiebran con la aparición de la gran roca. Sin duda alguna, en una supuesta lista con Gibraltar, el Päo de Açucar y Ayers Rock el cuarto elemento sería la Peña de Bernal.
Nos bajamos en Bernal. Cuando el autobús pasa comprobamos abrumados el tamaño real de la roca que preside el pueblo desde el otro lado, magnificada por el cielo casi raso. Cruzando la carretera hay un pequeño almacén que ocupa un artesano junto a un baldío pedregoso. Como formando un crómlech, se exhiben todo tipo de piedras cinceladas con motivos exóticos y diversas esculturas cabalísticas. Soles aztecas que curiosamente ríen, mientras sirven de florero a largas espigas secas; esferas de vidrio tintado, con aspecto de bolas de Navidad gigantes, que deforman las caras y reflejan la peña al fondo. No hay por dónde taparla. Bernal es una de los dieciséis aldeas que pueden decirse Pueblo Mágico, una lucrativa invención de los patronatos de turismo nacionales que mezcla esoterismo con política. Y además tiene el icono perfecto. Así, un poco por leyenda popular, un poco porque el Gobierno lo dice, Bernal es un pueblo mágico.
Nos adentramos por las calles más directas hacia el centro, dispuestos a aprovechar la hora de sol escasa que nos queda. A primera vista, Bernal sí tiene la arquitectura pétrea de pueblo viejo y esa esencia de pueblo mágico, al menos la que tienen los otros. La mayoría de edificios son de una sola altura, a lo sumo dos, y conforman las calles adoquinadas entre paredes de yeso pintado, arcadas ribeteadas y amplios patios con buganvillas. Una fuente circular de piedra de cantera da pie a una pequeña plaza, aglutina a la chaviza y a algunos viejos y da afluencia a los negocios de artesanía circundantes.
A un centenar de metros del lugar hay un curioso palacete de muros rosas. Su torre redonda y toda la fachada, dos alturas, están cubiertas por picas blancas unidas entre sí por diagonales equidistantes. Un amigo con el que conocí el norte de Argentina llamaba “pastelitos” a las catedrales coloniales de muros color crema. Sin duda esto era un pastelito. Un pastelito de Lewis Carrol, un alarde de psicodelia rural que bien podría habitar, tras el balcón, el As de corazones.
A la vuelta de la torre, en la plaza central, la iglesia local y sus muros bermejos parecían no más que un dulce de aprendiz de pastelero. Junto a ella, tres jóvenes vestidos de juglar, noble y clérigo anunciaban un tour nocturno de leyendas de Bernal desacreditando con sorna el tour de leyendas de Querétaro, que viene a ser lo mismo pero en la capital.
Peña arriba en plena noche
Cruzamos la plaza y seguimos una calle y un cartel que anuncia “A la peña→”. El sol se ha puesto tras las colinas aledañas y sólo los últimos rayos se reflejan en lo alto de la roca. Calculamos que se nos hará oscuro en mitad de la subida, pero por suerte y contra pronóstico, hoy no hace frío. Me fijo que estamos subiendo en camiseta cuando en la última semana las mínimas eran de 1 y 2ºc. En una tienda de tapices artesanos, un cartel reza Micheladas a $12 y decido pagar una para hacer más sabrosa la subida. El suave picor de la salsa Magi, la salsa inglesa, el aceto de limón, son ya parte del paisaje.
De pronto me topo una cara conocida. Saludo como si nada, y espero sonriendo. Son dos compañeros de trabajo del DF, supe que andarían por estar tierras, así que pese a la penumbra no dudo que son ellos. Tras los efusivos abrazos y las presentaciones nos deseamos suerte y continuamos. Atravesamos los puestos de souvenirs y el primer tramo de sendero empedrado. Cruzamos a numerosos caminantes que bajan, familias, niños gritando, y preguntamos a algunos adultos sobre dónde acampar. Nuestra pregunta parece extraña a pesar de la cultura de camping tan extendida que hay en México. Quizás frente a la capilla, a media subida, acierta a decir un hombre.
En ese momento percibimos una poderosa luz blanca a nuestras espaldas. Además de la luna, que está creciente, dos grandes focos blancos apuntan a la peña, como se hace con los monumentos importantes. Se hace extraño pero quizás deberíamos agradecer que los focos serán poderosos guías para el camino. Cada vez hay menos gente. Rebasamos a una pareja de escaladores que, equipados y alumbrados, trepan una fuerte pared de roca como si fuera pleno día. Llega un punto en el que es preciso utilizar las manos, ayudarnos en algunos pasos y agarrarnos a las rocas, a veces para no resbalar con la arena del camino.
Alcanzamos la capilla y con ella la primera explanada de la peña. La luz de los focos llega ya más tenue y no supera el repecho ni alcanza el pequeño altar. En él sólo brillan un puñado de velas que realzan los pómulos y los pliegues de una virgen María y un revoltijo de flores amontonadas ante ella. Cerca del oratorio, dos cruces blancas de hierro recuerdan a adolescentes que fallecieron a pocos metros el uno del otro. Sólo hay que alzar la vista para imaginarlo: de ahí para arriba la roca es una, vertical y maciza, incluso se descuelga sobre nosotros.
Continuará:
Noche entre las piedras y el cielo
Pues hemen gaude los dos, Querétaron.
Hace ya unos meses que acepté la idea de una tal Jaione, y estoy escribiendo historias vascas actuales para la asociación Vascosméxico. (Se las recomiendo si están nostálgicos o si quieren sorprenderse de las anécdotas más inesperadas que tocan Euskadi y México, pueden verlas en www.vascosmexico.com pinchando en “Cuéntame tu historia”, del menú izquierdo.) El caso es que la relación vía email y telefónica se había hecho fuerte y aún no nos habíamos visto nunca. Tomé un autobús a Querétaro y en menos de tres horas ya estaba de copiloto de Jaione fuera de la central de transportes.
Pasamos el sábado hablando del proyecto, tratando de encauzarlo y lanzando nuevas propuestas, había ilusión y fue lo que se dice un buen peloteo de ideas. Al anochecer, Jaione me acercó a la casa de huéspedes y tras comprobar que tendría todo su viejo jardín para mí salimos a dar un paseo nocturno. Las calles aledañas al centro histórico eran también nuestras y sólo las piedras coloniales escuchaban nuestra plática, ya llevábamos un buen rato desmenuzando árboles genealógicos y cuestiones de herencias y linajes vascos. De pronto escucho algo ininteligible pero remotamente familiar. Apenas era un murmullo, no distinguí ni una sola palabra pero alguna antena del subconsciente captó señal. Me detuve, Jaione continuó un momento pero al ver que yo no la seguía guardó silencio y se detuvo, más aún cuando me llevé el dedo índice a la oreja. Volteo y veo, en la calle Altamirano, un único local que tiene un foco prendido al exterior. Es un barcito, el “Aleph”, un nombre inmejorable para albergar cualquier sorpresa. A unos metros de la puerta, un hombre habla por teléfono.
Jaione y yo desandamos unos pasos y volvemos a escuchar. Repetimos la acción, parecemos espías muy malos de película mala, y en un proceso muy cómico de acercamiento terminamos por sonreírnos y afirmar, primero con la cabeza, luego de palabra. “Está hablando euskera”.
El hombre ya no estaba. Había desaparecido dentro del bar, no podía haber ido a otro lado. Era un billar. Estaba vacío, salvo por tres hombres que jugaban en una mesa, al fondo. Cuando nos ven, nos detenemos. “Disculpen, buenas noches... ¿son ustedes vascos?”. Uno de ellos se gira y dice “Aiba”. Hacemos una breve presentación, Jaione cuenta que le hemos oído y les pasa el turno a los sorprendidos jugadores. Resultan ser un mexicano, un zumaiarra y un irunés. Son compañeros de Guascor, la empresa vasca de motores, que trabajan a caballo entre una planta de Gasteiz y otra del Bajo Deba, pero que de vez en cuando los mandan a México, donde la firma se ha expandido. Y nada, estaba hablando con otro migo vasco que lo habían mandado a República Dominicana, así nomás.
Luego, que si conoces a tal, que si mi tío de Irún que si mi abuelo de Zumaia y que si yo en Gasteiz me paso media vida. Para que vea Julio, otra para poner en la lista y ya no sé cuántas van. Es sólo cosa de moverse. Y los vascos lo hacemos muy bien.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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