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De entre las señales turísticas del centro histórico de Puebla, hay una que no puede dejar indiferente ni al viajero más curtido y difícil de impresionar. En un mismo poste de direcciones, las flechas apuntan al Zócalo, a la Plaza del Sapo y a la Casa del Hombre que Mató al Animal.

En ese punto, desdeñamos el famoso callejón, obviamos el Zócalo y nos fuimos directamente en busca de una historia muy pintoresca que se olía cerca.

El edificio hacía esquina y tenía un letrero y un emblema de El Sol de Puebla. Ante él, estacionaban furgonetas de El Sol de Puebla y las señales autorizaban únicamente el paso a El Sol de Puebla. La sede del diario local era la mismísima Casa del Hombre que mató al Animal. Era necesario saber la razón de aquel nombre tan chistoso, así que preguntamos a una pareja de policías locales. Mientras el hombre ponía cara de ni lo sé ni me importa, la agente nos contó con cierto entusiasmo la historia que ella había escuchado.

Al cabo del relato, divertidos por lo que habíamos escuchado, proseguimos la marcha y entramos en el Zócalo. Allí encontramos una maqueta en barro de la ciudad antigua y un grupo de ancianos que la comentaba. Y entre ellos, un viejo platicador de los que hay en las esquinas de todas las plazas mayores de todos los pueblos del mundo. Honrado por nuestra curiosidad, nos contó la historia de la Casa del Hombre que Mató al Animal. Su historia tenía poco que ver con la del policía. Eso nos dio una idea tremenda: ya teníamos dos versiones, ¿cuántas seríamos capaces de encontrar? Así las cosas, nuestro estudio de campo había comenzado.

Al término de cuatro entrevistas exprés – por ahora eran suficientes- teníamos cuatro historias con muchos más elementos de los que podíamos haber imaginado. Y como colofón, la historia que aparece en la placa oficial de la fachada.

Érase una vez…

a) ...“un animal, una víbora o un lobo, que bajaba del monte y se comía las ovejas. Entonces, el propietario de la casa ofreció la propia casa, más dinero, más la mano de una de sus hijas a quien matara al animal. Lo mató un indio muy fuerte y consiguió sus tres trofeos. He de ahí el nombre de la casa.”

b) ...“una bestia, un dragón dicen algunos, o un perro grande, que bajaba de los volcanes y se comía a las personas. Entonces, el dueño de la casa ofreció la casa y la mano de su hija a quien fuera capaz de acabar con la bestia. La mató un hombre y el dueño le dio su casa y a su hija.”

c) ...“un animal muy grande que venía de los bosques y que se comía a las gallinas. Los vecinos se organizaron para acabar con él. Un terrateniente ofreció su casa al que lo lograra, uno de ellos lo mató y obtuvo la casa en recompensa.”

d) ...“la misma historia de siempre, ya sabes, los indios con sus ritos paganos y la maquinaria católica que quería aplastarlo todo. El animal era un nahual, que en la lengua originaria –náhuatl- significa animal. El nahual era una forma de llamar a una agrupación, se trataba de un grupo de indios que hacían sus ritos demoníacos y otras cosas en la casa. Venían de otras zonas cercanas donde había grupos de indios, en Tlaxcala, en Cholula. Y el hombre que mató al “animal”, que en realidad sólo los delató, fue en realidad la iglesia católica en sí, que exterminaba a los indios y que quería erradicar su culto. Así fue que acabaron con ellos. Siempre la misma historia.”

Visto el panorama, la plaquita de la fachada no se complica demasiado, aunque el consenso entre las versiones es imposible y alguna versión no hay dónde meterla: “La leyenda cuenta que una serpiente monstruosa asolaba a la ciudad y engulló al hijo del propietario. El desesperado padre ofreció la mano de su hermosa hija a quien matara al animal, lográndolo un joven humilde pero valeroso.” Que viva el folklore.

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Dicho y hecho. No había pasado ni una hora y ya andábamos en camiseta. Miguel y Toño, su habitual compañero de montaña, habían dividido el ascenso en cuatro “portillos”, cuatro descansos numerados para que psicológicamente fuera más ameno. Esos cuatro puntos coinciden con los pasos en los que el sendero cambia de vertiente, bien discurre del lado del DF o bien del lado de Puebla.

A 4.000 metros ya no hay árboles. El primer tramo de la caminata transcurrió pues entre flora de alta montaña que tristemente no es autóctona. Predomina un arbusto de grandes hojas y flores púrpuras que ha ido colonizando las altas laderas, debido a que las condiciones climáticas se han suavizado en la última década. Después, en el segundo sector, comenzó una zona de lascas en fuerte pendiente donde cada paso firme podía ocasionar la caída de decenas de pequeños fragmentos. La niebla nos había engullido, pero la temperatura no era como para ponerse siquiera el suéter (opinión muy personal, porque los mexicanos tienen el termostato bastante más alto y ya estaban abrigados). El tercer tramo discurrió por un camino de pendiente similar, pero extrañamente las lascas se enterraban ahora entre bancos de arena. Estábamos bordeando uno de los antiguos cráteres, tan erosionado que quedaba apenas un curioso y agreste valle en la altura. Y el cuarto trecho, tras superar una zona resbaladiza a la que llaman El Jabonero, lo superamos como cabras entre rocas.

Después de un repecho la niebla se disipó levemente y nos vimos en una pequeña vaguada ante un refugio de chapa, de esos que parecen cajas de anchoas verticales. Detrás de él, de pronto, todo era blanco. Comenzaba un aguda pendiente, únicamente se veía en ella piedra en forma de islotes rocosos antes de confundirse con la niebla.

A 4.800 metros, una docena de montañeros se ajustaban los crampones, o bien soltaban sus bastones -los que bajaban- y se volteaban mirando lo ascendido mientras describían la vista contemplada desde la cima. Los que cargaban adrenalina, los que descansaban con una satisfacción difícil de explicar, todos eran motivo de envidia al tiempo que una gran razón para volver de nuevo a darle al Izta la estocada final.

Sin embargo, para una de las chicas mexicanas haber llegado ya allí significaba su primer contacto con la nieve. Cada cual tuvo su pequeña recompensa, para mí fue sentir un poquito del frío de casa después de mucho tiempo. Además, resultó para todos un gran ejercicio mental, porque saber aceptar las cosas cuando no se pueden alcanzar es una lección nada desdeñable. Y más aún en la montaña.

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Hace un par de semanas me uní a un grupo de amigos que habían organizado una subida al Iztaccíhuatl, pensé que por fin llegaba mi oportunidad de acercarme al viejo volcán tras dejar ir a Rafa, un madrileño naturalizado irundarra que era un verdadero experto del Izta. El volcán hace de límite El grupo, siete personas, resultó muy heterogéneo, con cinco nacionalidades, gente que ama la montaña y gente de la que va en playeras y con bolso y que para más inri llega hora y media tarde. Pero si quería salvar el finde, todo estaba en la mente y en mi capacidad de adaptación, más que a la altura, al grupo. Algunos asumimos de inicio que no haríamos cumbre y que simplemente íbamos a disfrutar del campo, y así las cosas, tuvimos un buen finde.

Por la carretera de Amecameca subimos al Paso de Cortés, limítrofe entre los estados de México y Puebla y a escasos cien kilómetros de la capital, el punto desde el que lo exploradores españoles descubrieron el Valle de México y lo que después vendría. Hay que tener en cuenta que hablar del Valle de México es como hablar del Valle del Ebro, en la más amplia acepción de la palabra, algo más parecido a una cuenca. El paraje al que dio nombre el explorador, a 3.000 metros de altura, es hoy una amplia campa rodeada de pinares que hace de puente entre las faldas del famoso Popocatépetl (5700m.), su legendario amante, y el propio Iztaccíhuatl (5300m.).

Desde la cabaña del Paso tomamos un camino de terracería que nos llevó al refugio Altzimoni, situado a 4.050 metros. El refugio era un caso extraño, pues lo presiden tres grandes antenas de Televisa que mandan la señal a todo el valle, y eso, sumado a que aún no nos habíamos bajado del carro, daba una sensación incómoda de dominguerismo muy poco propia para una excursión de altura y para un esperado finde catártico. Sin embargo, junto a las antenas y el edificio adyacente, una cornisa sobre la roca daba acceso a una galería alargada de espaldas al valle, pero que mostraba ante la barandilla el majestuoso Popo. Las tres habitaciones eran un auténtico refugio montañero con los mapas de ascenso a la cumbre pintados en la pared, con chimenea, mesa rústica y literas de tres pisos.

Y la ventana. Un cono casi perfecto se recortaba en el atardecer, a través suyo, entre las nubes que nos embargaban, humeante en su copa a diferencia del Izta, que son cinco volcanes extintos uno sobre el otro dibujando toda la forma curva de una mujer dormida, como se la conoce.

Una hoguera que costó prender, por el frío y el oxígeno, un frotar de palmas después en torno al fuego y a dormir bajo las gruesas mantas. Al otro día, un paseo por las nubes.

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En los años ochenta y noventa se desarrolló en Europa una nueva corriente fotográfica que consistía en demostrar mediante accidentes topográficos las incoherencias del mundo moderno. Se la llamó la “Nueva Topografía”. El fotógrafo era testigo mudo de numerosos resultados del pensamiento humano a menudo intervenidos por circunstancias imprevistas, por la burocracia o por la desidia. En México, aparte de las estructuras inertes de concreto y lo que puedan enseñarnos, prevalecen muchas costumbres con una lógica propia que siguen vigentes en las formas de actuar, ya sean en instituciones o en los propios individuos, quizás más que en otros sitios. Estas manifestaciones junto con la improvisación, que en mi opinión es un pilar básico de la mexicanidad, hacen que un trayecto de regreso a casa, como el de ayer, pueda ser todo un viaje en sí mismo.

Habíamos disfrutado de un fin de semana de alta montaña, pero no todo había acabado a las cuatro de la tarde del domingo. Con la satisfacción del que ha dejado atrás muchos días de oficina, la cota de los 4800 metros a nuestras espaldas y bien limpios los pulmones, comenzamos el regreso a la ciudad. Itoiz sonando en el reproductor, montamos en los coches y bajamos desde el refugio al Paso de Cortés, punto clave de la conquista española en el XVI, por demás un paraje de campiña y pinitos muy ajeno a aquellos acontecimientos donde lo único que se escucha ahora es el piar de los pájaros.

Ya en el mero Paso no encontramos la primera ‘espontaneidad’. La caseta de interpretación, puerta de entrada del parque, se emplaza ante una barrera mal colocada y dos vallas de obra que interrumpen la carretera de la forma más abrupta, como si del lugar de un crimen se tratara. No hay nada que explique por qué y tras ellas el asfalto se pierde solitario en una curva entre los pinos. Por lo tanto, sólo queda un camino, que es la carretera que baja a Amecameca, desde donde se enlaza con la autopista México-Puebla. Dejamos pues atrás el cartel y el mínimo monumento conmemorativo -que pasa de lo más desapercibido- y enfilamos la enredosa carretera que serpentea a través de un frondoso bosque, tan espectacular como aquella entre los pinares de Albina.

Al rato salimos a un llano y nos sumimos entre altos maizales que sólo el asfalto atraviesa. Pequeñas casas esporádicas de feo ladrillo nada disimulado, siempre de un sólo piso, tenderetes ambulantes y los odiosos topes en la carretera nos anticipan Amecameca, la capital de la comarca y “el lugar donde los hombres se visten con paños blancos”, tal y como traduce el cartel de bienvenida. El núcleo del pueblo se alinea a ambos lados de la ruta con la tradicional anarquía de provincia, que alterna edificios precarios repletos de abarrotes y tienditas con otras construcciones más sólidas, como un elegante banco cuya fachada era más propia de un western de Lucky Luke. Entre unos y otros, grandes muros producto de quién sabe qué coyunturas sirven como enormes anuncios pintados majestuosamente a mano. Desde sus posición privilegiada promocionan concesionarios locales a base de grandes logotipos bastante aproximados a Pintumex, Pirelli o Movistar.

Lo atravesamos, pero para nuestra sorpresa es saliendo del poblado cuando nos embutimos en un atasco. El tráfico avanza lento, excepto para algún oportunista que aprovecha el arcén para rebasar a riesgo del copioso tráfico humano, canino y gallináceo que frecuenta las veredas. Pasan no menos de quince minutos hasta que, a paso de burra, llegamos al siguiente pueblo. Advertidos por las numerosas lonas del camino, llevábamos tiempo sospechando que en el lugar se ofrecían diversas comidas a base de conejo. Flan de conejo, esquites de conejo, conejo asado, tacos de conejo. La gente deambula y, frente a la carretera, come conejo. En dado punto, del otro lado de la carretera hay un restaurant con gran terraza atestada, y frente a él un grupo de mariachis. Están festejando bajo unas banderolas multicolores lo que el local comunica, lona mediante: “Hoy hay conejo”.

Los conductores que nos preceden, algunos de ellos temerarios okupas del arcén, se vuelven de pronto corteses y ceden el paso a los paisanos que cruzan sin señal alguna, todo con tal de aminorar y disfrutar la escena. Hay que ver el poder de los mariachis. Y del conejo. Rebasados los músicos, los autos retoman sus carreras y en breve se pierden en el horizonte haciendo gala de sus modelos. Atónitos dentro del coche, pero aún bajo los efectos de la catarsis montañera, suspiramos hondo y esbozamos sonrisas resignadas.

Ahora nos aproximamos a la autopista, que discurre a lo lejos al fondo del valle. De hecho, en una recta que enfilamos, se ve cómo la carretera se levanta en un puente reciente que ya es de doble calzada. El terreno es plano, por lo que parece hecho para superar alguna otra vía o curso de agua, pero según nos vamos acercando, no vemos movimiento y empezamos a sospechar que aún no está inaugurado, ya que se ve demasiado limpio y no hay marcas en su asfalto. Súbitamente realizamos un giro brusco para evitar empotrarnos contra los dos bloques de hormigón que, junto a una flecha de latón que apunta a la derecha, nos dan la razón. Discurrimos ahora paralelos al flamante puente, que se empina progresivamente. En su altura máxima, unos diez metros, ya no tiene base de concreto sino que se sustenta sobre grupos de cuatro columnas entre las cuales hay vanos desiertos, como si fueran amplios estacionamientos resguardados en medio de nada. Lo único que hay son carteles que anuncian verbenas de pueblo y tocadas folklóricas, no hay carros, no hay fardos, ninguna vía surge entre los maizales para justificarlo. Continuamos en paralelo. Ahora la pendiente desciende del otro lado del puente hasta que suavemente se iguala con la carretera regular a la altura de otras dos moles de hormigón y un cartel mal puesto. No hay necesidad de aportar respuestas. Nos miramos. Se nos ocurre que igual el espacio era para la feria del conejo, por si llueve. Reímos. Seguramente sucede que les sobraba presupuesto y no supieron qué hacer, hasta que les ocurrió armar un peligroso obstáculo que parece más una lanzadera para aviones en mitad del campo. “México DF a 26”, reza ahora un cartel.

Enseguida, la carretera se desdobla por aproximadamente un kilómetro y vuelve a reducirse sin rastro alguno de obras. En metros, sale a dar a un conflictivo cruce con una vuelta incógnita que, tras recular un poco y corregir la marcha, nos saca por fin a la autopista. Sólo nos falta sufrir el pequeño atasco de entrada de dos horas, preceptivo de domingo por la tarde, y ya. Otro cartel anuncia “México DF a 36”. De dos horas y subiendo, se entiende.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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