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06 Feb 2009

El Pão de México

Quizás su fama no traspasa fronteras, pero el altiplano mexicano ofrece un buen puñado de parajes pintorescos, aderezados con el misticismo de un sinfín de leyendas locales que los hacen singulares. A la altura de San Juan del Río, pasando los balnearios de Tequisquiapan en el árido paisaje queretano, la línea de llanos y suaves lomas calcáreas se trunca estrepitosamente con 400 metros de roca, vertical, de una sola pieza. La Peña de Bernal.

La reina de México

De nuevo desde la central México-Norte, esta vez tomamos un autobús de día hacia el estado de Querétaro. El pasaje no va completo, por lo que Wendy y yo nos acomodamos en ventanillas opuestas. Durante la salida de la ciudad, ella duerme. Del otro lado, yo leo las églogas en prosa que escribe Manuel Leguineche en “La felicidad de la vida”. Sucede en la Alcarria, en tierra castellana, pero el campo es una patria transversal en la que abundan las personalidades singulares y transparentes cuyas pequeñas aristas afloran sin pena. Inmejorable pasaporte para disfrutar dos días de catártico puente rural.

Wendy se despierta y se sienta junto a mí. De inmediato presta atención a lo mismo que yo, es cosa fácil. Delante del asiento que ha abandonado, una señora luce un maquillaje tan desmesurado que si no es por su tono cremoso parecería propio de un mimo. Es como si hubiera trepado al autobús en medio de un tratamiento de barro facial. Creo que es imposible maquillarse tan mal, y aunque yo entiendo más bien nada de cuestiones de cosmética creo que, simplemente, esa señora no se vio al espejo. Si no es que algo va mal. Las pestañas, negras, tan gruesas que parecen cepillos, y las cejas pintadas con una especie de ungüento dorado más parecido a brillantina para manualidades. Atroz. La señora sostiene en sus antebrazos un enorme radiocasete del que escucha y repite canciones mexicanas de amor, moviéndose cíclicamente. Con las manos, pela y come grandes vainas color granate, alargadas y con una especie de habichuelas planas dentro. En el centro de ese aspecto calamitoso, su sonrisa es envidiable. Wendy, entusiasmada por su aspecto poco convencional, la saluda y le pregunta qué es aquel fruto extraño que mastica. Ella, halagada por el interés, nos regala una vaina a cada uno.

No recuerdo el nombre de la semilla, pero su sabor está horrible. Una especie de amargor ácido que quiere saber a algo pero no termina de saber a nada. Y lo peor es que no se va.
En un par de minutos Wendy se ha echado de nuevo a dormir y ahora la señora platica y platica con la mujer del otro lado del pasillo. A ratos, escudriña los ojos aledaños para añadirlos a su audiencia. Habla de sus hijos, a los que clasifica por güeros y morenos. De los rubios habla maravillas, la boca se le llena y se iluminan sus ojos. Los morenos no le merecen más de diez palabras, las que acapara uno de ellos, que dice que se enfada porque ella se maquilla. Así que al menos tiene uno que está sano. Después cuenta que viene de México, de ver a este hijo y de intentar buscar trabajo. Se vuelve al pueblo. No hubo suerte. Asegura que no le dan trabajo porque es la reina, demasiado guapa para ellos. De hecho, la más guapa de México. Con certeza absoluta, concluye que le tienen envidia y por ello no le dan trabajo. Ella hace como que se ríe de la situación, mientras habla se levanta, agita el culo y grita por la ventanilla, ¡soy la reina! A su lado se ha sentado otra señora pero no ha durado más de unos minutos. Abandona su asiento y en unos segundos el autobús se detiene, viene el chofer y le pide silencio a la gritona, deseo al que ésta responde con mayor escándalo y que también atribuye a la envidia porque es la reina. Tomo de nuevo la vaina. Me pregunto qué tendrán esas habichuelas, media de las cuales se me ha quedado entre los dientes. Me las saco como sea. Al apearse lo pasajeros de Tequisquiapan, ella también se baja, pero al partir vuelve a subir y explica que se bajó para decirles que ella es la reina y a echar males de ojo a quienes la miran mal. Porque si no, no se enteran de quién es. Un puñado de jóvenes sube al vehículo y en unos minutos se da cuenta de la situación anómala. Desde atrás y sin pudor alguno empiezan a referirse a "la loca". A tenor de lo que veo, pienso cuán feliz es la vida adentro de la demencia. Pero cuando se sale, nomás se asoma una puntita, qué difícil se vuelve.

Nos apeamos en Ezequiel Montes. Las habichuelas y su dueña se alejan en dirección a Cadereyta, y seguirán hacia la Huasteca en busca de ese sentido que sólo se encuentra en la propia casa. Sólo conozco a dos huastecos. Y el otro, que lo era de adopción, es sir Edward James. Qué casualidad. El intrépido escocés construyó allí su casa si par, donde dicen que las escaleras suben al cielo y las ventanas siempre dan afuera. Hablan maravillas de aquella comarca que yo aún no conozco. Pero recuerdo ahora de la morada de Dalí, Port Lligat, en Cadaqués, donde la roca volcánica y la tramontana se alían para crear mentes geniales. Quizás es que James buscó aquí su Port Lligat privado, una comarca donde las rocas ígneas también hagan de las suyas. Pero de momento, para parajes dalinianos, queda más cerca la Peña de Bernal.

Continúa:
Bernal, pueblo esotérico.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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