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[Último relato de cinco]

El raid del anticuario

Según nos indican, debe de faltar aún uno de los autobuses para Ezequiel Montes, el de las siete. Tres chicas esperan, pero decido pedir una segunda y tercera opinión, que resultan cada vez más negativas. Cuando regreso de preguntar a la taquera de enfrente, un señor de barbas me pregunta a dónde vamos. Le respondo que a Ezequiel, para agarrar el camión al DF. Nos dice que nos lleva. Voy por Wendy y en instantes ya estamos dentro de su carro, con las mochilas en el asiento de atrás. Nos ha reconocido, pero nosotros a él no. Al pasar por un anticuario, hace un rato, he preguntado al tendero por el retrato que colgaba de un marco. El me ha contestado y nos hemos despedido cortésmente, hasta ahora.

En realidad Paco vuelve a Querétaro ciudad, que queda a una hora escasa. Si queremos puede llevarnos allá. Supone alejarse un poco, no mucho, pero desde allí es seguro que encontramos autobús a México y con mayor frecuencia. Además, sé que el pasaje desde Querétaro, debido a la guerra de precios de las empresas, cuesta el 40% que el de Ezequiel. La única condición es pasar por su hijo y su esposa, que esperan a ocho kilómetros de Querétaro. Nos acurrucaremos.

Se nota que Paco agradece la compañía. Wendy está destrozada y se duerme al instante. Pero yo no tengo tanta suerte y, a cambio, me entero de cosas impagables. Primero charlamos sobre estos parajes del oriente queretano. Me cuenta que su padre era de Cadereyta. Después de tanto verlo en el mapa, no logro saber si se vincula con el Cadreyta navarro, pero sí que el pueblo se quedó casi vacío por falta de agua, allá por los años cuarenta. Los aldeanos tenían que ir en burro hasta Tequisquiapan, a veinticinco kilómetros, para lavar la ropa y llenar los baldes. Salían a las 4 de la mañana y volvían otra vez de noche. Luego, con el pueblo ya casi fantasma, encontraron una balsa de agua e hicieron pozos. Todo cambió definitivamente cuando hace pocos años construyeron la enorme presa de Zimapán en el cañón de Tolimán. Cadereyta creció, pero me temo que ese es el precioso cañón que descendió Pedro.

El nazi de los 2,438 municipios

La conversación nos lleva por distintas partes de México y del mundo. Al cabo de un rato, volvemos a Querétaro, a la casa de un señor extraordinario. Es amigo de Paco, y por cómo lo dice sé que va a contarme algo poco común. Es la historia de un joyero, aún vivo, que empezó de la nada y con mucho olfato se volvió rico. Cuando se cansó de trabajar quiso conocer todo México. Todo México son 2345 municipios. Después de catorce años pudo decir, quizás como nadie en toda la historia del país, que lo conoce entero. Pero le faltó algo: las Islas Marías, esas tres manchas del mapa frente a las costas de Nayarit. Tras engorrosos trámites y numerosos permisos denegados, se dio por vencido. Pero no era poco, había conquistado todo el México continental. Ahora bien: por mucho amor patrio que se tenga, ¿cómo abordar tamaña empresa en una orografía como la mexicana? Existen en Chiapas y Oaxaca municipios verdaderamente inexpugnables. Y si ahora son así, no cuesta imaginarlos hace treinta años, en el momento de la gesta. A algunos de ellos, este Indiana Jones llegó a bordo de helicópteros que llevaban medicinas o con destacamentos del ejército, previa investigación de sus programas. Tuvo que poner en práctica perfectas estrategias y esperar a los días exactos para poder poner un pie en ellos. Pero los hombres extraordinarios suelen serlo en varios aspectos. Él, es un ferviente admirador de Hitler. Habría que ser qué admiraba concretamente. A bote pronto, no entiendo qué cosa diferente al amor puede pasar por una cabeza así, tras demostrar tanta devoción por un territorio tan indígena. Pero, pese a lo que el uso del término nos tiene acostumbrados, ser extraordinario no siempre es un honor.

Valente, el cacticultor

Estamos a pocas calles de donde esperan Araceli, la mujer de Paco, y su hijo Valente. Resulta que Valente también es un chico especial. Su amor por los cactus lo llevó a coleccionarlos, y cuando se hizo grande comenzó a ir a buscarlos. A Valente lo llaman biólogos de la UNAM, desde el DF, en busca de asesoría y de un guía de campo. Sus numerosas salidas al monte le han llevado a documentar grandes extensiones del oriente queretano y del estado de Hidalgo. Valente pasa a una sociedad privada de conservación precisos informes periódicos sobre la ubicación de cada ejemplar que suscita el interés de los naturalistas. Ahora su afición se ha convertido en su trabajo y ha armado un tremendo invernadero que estamos apunto de contemplar. Tras tocar la puerta, nos presentamos, y aunque no nos conoce de nada, con una naturalidad inusitada nos pasa a su vergel privado. La luz del celular nos saca de la negrura mientras él nos explica que, pese a la rareza de algunas especies que Wendy jura que son hongos, son todas cactáceas. Algunas de esas miles de pequeñas macetas que a nosotros nos parecen repetidas contienen las más insólitas especies de cáctus de México y del continente americano. Antes de partir, y por sorpresa, nos obsequia uno a cada uno. El mío no parece un hongo, pero si es que sí parece un cactus, con esa preciosa corona de flores blancas debería llamarse cactus novia.

Apretados y con las mochilas encima llegamos hasta la central camionera. Allí nos despedimos de nuestro espléndido chófer y su familia, le agradecemos mil veces y prometemos visitarlo de nuevo en la feria de anticuarios de Querétaro. Cincuenta pesos y tres horas después, cada uno de nosotros está en su casa.

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29 Sep 2008

El orden natural

Habíamos madrugado en San José del Pacífico, bien alto en la montaña oaxaqueña, para tomar el autobús y pasar el día en la playa.

Embarrados en la orilla entre la arena negra de Mazunte, allí donde empiezan las rocas, pasábamos el mediodía entre risas. De pronto apareció una vendedora con un canasto de pescadillas. Tenía hambre y le compré una orden, cinco pescadillas por veinte pesos.

Cuando la vendedora me alcanzó yo estaba cámara en mano, andaba tomando fotos de algunos amigos que jugaban a enterrarse. Pagué las pescadillas, las dejé en la roca sobre la que habíamos hecho el trato y me giré para tomar la llegada de una ola contra un cuerpo semienterrado. La ola no rompió, volteé y vi cómo de un abrazo las pescadillas volvían a la mar. De la rabia que sentí, cámara en alto corrí tras una de ellas como poseso, se la arranqué a la ola y me la metí a la boca con agua y arena y todo. Masticaba quieto, sintiendo en los pies la caricia de la ola que volvía. La vendedora ya no estaba, pero más que en ella pensé que la naturaleza todavía es demasiado perfecta.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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