Quizás su fama no traspasa fronteras, pero el altiplano mexicano ofrece un buen puñado de parajes pintorescos, aderezados con el misticismo de un sinfín de leyendas locales que los hacen singulares. A la altura de San Juan del Río, pasando los balnearios de Tequisquiapan en el árido paisaje queretano, la línea de llanos y suaves lomas calcáreas se trunca estrepitosamente con 400 metros de roca, vertical, de una sola pieza. La Peña de Bernal.
La reina de México
De nuevo desde la central México-Norte, esta vez tomamos un autobús de día hacia el estado de Querétaro. El pasaje no va completo, por lo que Wendy y yo nos acomodamos en ventanillas opuestas. Durante la salida de la ciudad, ella duerme. Del otro lado, yo leo las églogas en prosa que escribe Manuel Leguineche en “La felicidad de la vida”. Sucede en la Alcarria, en tierra castellana, pero el campo es una patria transversal en la que abundan las personalidades singulares y transparentes cuyas pequeñas aristas afloran sin pena. Inmejorable pasaporte para disfrutar dos días de catártico puente rural.
Wendy se despierta y se sienta junto a mí. De inmediato presta atención a lo mismo que yo, es cosa fácil. Delante del asiento que ha abandonado, una señora luce un maquillaje tan desmesurado que si no es por su tono cremoso parecería propio de un mimo. Es como si hubiera trepado al autobús en medio de un tratamiento de barro facial. Creo que es imposible maquillarse tan mal, y aunque yo entiendo más bien nada de cuestiones de cosmética creo que, simplemente, esa señora no se vio al espejo. Si no es que algo va mal. Las pestañas, negras, tan gruesas que parecen cepillos, y las cejas pintadas con una especie de ungüento dorado más parecido a brillantina para manualidades. Atroz. La señora sostiene en sus antebrazos un enorme radiocasete del que escucha y repite canciones mexicanas de amor, moviéndose cíclicamente. Con las manos, pela y come grandes vainas color granate, alargadas y con una especie de habichuelas planas dentro. En el centro de ese aspecto calamitoso, su sonrisa es envidiable. Wendy, entusiasmada por su aspecto poco convencional, la saluda y le pregunta qué es aquel fruto extraño que mastica. Ella, halagada por el interés, nos regala una vaina a cada uno.
No recuerdo el nombre de la semilla, pero su sabor está horrible. Una especie de amargor ácido que quiere saber a algo pero no termina de saber a nada. Y lo peor es que no se va.
En un par de minutos Wendy se ha echado de nuevo a dormir y ahora la señora platica y platica con la mujer del otro lado del pasillo. A ratos, escudriña los ojos aledaños para añadirlos a su audiencia. Habla de sus hijos, a los que clasifica por güeros y morenos. De los rubios habla maravillas, la boca se le llena y se iluminan sus ojos. Los morenos no le merecen más de diez palabras, las que acapara uno de ellos, que dice que se enfada porque ella se maquilla. Así que al menos tiene uno que está sano. Después cuenta que viene de México, de ver a este hijo y de intentar buscar trabajo. Se vuelve al pueblo. No hubo suerte. Asegura que no le dan trabajo porque es la reina, demasiado guapa para ellos. De hecho, la más guapa de México. Con certeza absoluta, concluye que le tienen envidia y por ello no le dan trabajo. Ella hace como que se ríe de la situación, mientras habla se levanta, agita el culo y grita por la ventanilla, ¡soy la reina! A su lado se ha sentado otra señora pero no ha durado más de unos minutos. Abandona su asiento y en unos segundos el autobús se detiene, viene el chofer y le pide silencio a la gritona, deseo al que ésta responde con mayor escándalo y que también atribuye a la envidia porque es la reina. Tomo de nuevo la vaina. Me pregunto qué tendrán esas habichuelas, media de las cuales se me ha quedado entre los dientes. Me las saco como sea. Al apearse lo pasajeros de Tequisquiapan, ella también se baja, pero al partir vuelve a subir y explica que se bajó para decirles que ella es la reina y a echar males de ojo a quienes la miran mal. Porque si no, no se enteran de quién es. Un puñado de jóvenes sube al vehículo y en unos minutos se da cuenta de la situación anómala. Desde atrás y sin pudor alguno empiezan a referirse a "la loca". A tenor de lo que veo, pienso cuán feliz es la vida adentro de la demencia. Pero cuando se sale, nomás se asoma una puntita, qué difícil se vuelve.
Nos apeamos en Ezequiel Montes. Las habichuelas y su dueña se alejan en dirección a Cadereyta, y seguirán hacia la Huasteca en busca de ese sentido que sólo se encuentra en la propia casa. Sólo conozco a dos huastecos. Y el otro, que lo era de adopción, es sir Edward James. Qué casualidad. El intrépido escocés construyó allí su casa si par, donde dicen que las escaleras suben al cielo y las ventanas siempre dan afuera. Hablan maravillas de aquella comarca que yo aún no conozco. Pero recuerdo ahora de la morada de Dalí, Port Lligat, en Cadaqués, donde la roca volcánica y la tramontana se alían para crear mentes geniales. Quizás es que James buscó aquí su Port Lligat privado, una comarca donde las rocas ígneas también hagan de las suyas. Pero de momento, para parajes dalinianos, queda más cerca la Peña de Bernal.
Continúa:
Bernal, pueblo esotérico.
Dicho y hecho. No había pasado ni una hora y ya andábamos en camiseta. Miguel y Toño, su habitual compañero de montaña, habían dividido el ascenso en cuatro “portillos”, cuatro descansos numerados para que psicológicamente fuera más ameno. Esos cuatro puntos coinciden con los pasos en los que el sendero cambia de vertiente, bien discurre del lado del DF o bien del lado de Puebla.
A 4.000 metros ya no hay árboles. El primer tramo de la caminata transcurrió pues entre flora de alta montaña que tristemente no es autóctona. Predomina un arbusto de grandes hojas y flores púrpuras que ha ido colonizando las altas laderas, debido a que las condiciones climáticas se han suavizado en la última década. Después, en el segundo sector, comenzó una zona de lascas en fuerte pendiente donde cada paso firme podía ocasionar la caída de decenas de pequeños fragmentos. La niebla nos había engullido, pero la temperatura no era como para ponerse siquiera el suéter (opinión muy personal, porque los mexicanos tienen el termostato bastante más alto y ya estaban abrigados). El tercer tramo discurrió por un camino de pendiente similar, pero extrañamente las lascas se enterraban ahora entre bancos de arena. Estábamos bordeando uno de los antiguos cráteres, tan erosionado que quedaba apenas un curioso y agreste valle en la altura. Y el cuarto trecho, tras superar una zona resbaladiza a la que llaman El Jabonero, lo superamos como cabras entre rocas.
Después de un repecho la niebla se disipó levemente y nos vimos en una pequeña vaguada ante un refugio de chapa, de esos que parecen cajas de anchoas verticales. Detrás de él, de pronto, todo era blanco. Comenzaba un aguda pendiente, únicamente se veía en ella piedra en forma de islotes rocosos antes de confundirse con la niebla.
A 4.800 metros, una docena de montañeros se ajustaban los crampones, o bien soltaban sus bastones -los que bajaban- y se volteaban mirando lo ascendido mientras describían la vista contemplada desde la cima. Los que cargaban adrenalina, los que descansaban con una satisfacción difícil de explicar, todos eran motivo de envidia al tiempo que una gran razón para volver de nuevo a darle al Izta la estocada final.
Sin embargo, para una de las chicas mexicanas haber llegado ya allí significaba su primer contacto con la nieve. Cada cual tuvo su pequeña recompensa, para mí fue sentir un poquito del frío de casa después de mucho tiempo. Además, resultó para todos un gran ejercicio mental, porque saber aceptar las cosas cuando no se pueden alcanzar es una lección nada desdeñable. Y más aún en la montaña.
Hace un par de semanas me uní a un grupo de amigos que habían organizado una subida al Iztaccíhuatl, pensé que por fin llegaba mi oportunidad de acercarme al viejo volcán tras dejar ir a Rafa, un madrileño naturalizado irundarra que era un verdadero experto del Izta. El volcán hace de límite El grupo, siete personas, resultó muy heterogéneo, con cinco nacionalidades, gente que ama la montaña y gente de la que va en playeras y con bolso y que para más inri llega hora y media tarde. Pero si quería salvar el finde, todo estaba en la mente y en mi capacidad de adaptación, más que a la altura, al grupo. Algunos asumimos de inicio que no haríamos cumbre y que simplemente íbamos a disfrutar del campo, y así las cosas, tuvimos un buen finde.
Por la carretera de Amecameca subimos al Paso de Cortés, limítrofe entre los estados de México y Puebla y a escasos cien kilómetros de la capital, el punto desde el que lo exploradores españoles descubrieron el Valle de México y lo que después vendría. Hay que tener en cuenta que hablar del Valle de México es como hablar del Valle del Ebro, en la más amplia acepción de la palabra, algo más parecido a una cuenca. El paraje al que dio nombre el explorador, a 3.000 metros de altura, es hoy una amplia campa rodeada de pinares que hace de puente entre las faldas del famoso Popocatépetl (5700m.), su legendario amante, y el propio Iztaccíhuatl (5300m.).
Desde la cabaña del Paso tomamos un camino de terracería que nos llevó al refugio Altzimoni, situado a 4.050 metros. El refugio era un caso extraño, pues lo presiden tres grandes antenas de Televisa que mandan la señal a todo el valle, y eso, sumado a que aún no nos habíamos bajado del carro, daba una sensación incómoda de dominguerismo muy poco propia para una excursión de altura y para un esperado finde catártico. Sin embargo, junto a las antenas y el edificio adyacente, una cornisa sobre la roca daba acceso a una galería alargada de espaldas al valle, pero que mostraba ante la barandilla el majestuoso Popo. Las tres habitaciones eran un auténtico refugio montañero con los mapas de ascenso a la cumbre pintados en la pared, con chimenea, mesa rústica y literas de tres pisos.
Y la ventana. Un cono casi perfecto se recortaba en el atardecer, a través suyo, entre las nubes que nos embargaban, humeante en su copa a diferencia del Izta, que son cinco volcanes extintos uno sobre el otro dibujando toda la forma curva de una mujer dormida, como se la conoce.
Una hoguera que costó prender, por el frío y el oxígeno, un frotar de palmas después en torno al fuego y a dormir bajo las gruesas mantas. Al otro día, un paseo por las nubes.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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