Subiendo de dos en dos, las escaleras del metro Hidalgo me arrojan a la avenida Reforma en medio de un gentío inusitado. Ya es de noche. Faltan apenas tres minutos para las siete y media y no veo un solo hueco para atravesar la arteria, y el concierto es justo del otro lado. Ojalá sí lo fuera pero Kepa no es tan universal como para semejante marea humana en la populosa capital de México. Ni siquiera con los 702.000 euros de la discordia, ni aún con el doble. ¿Qué sucede, pues?, pregunto a un papá, que espera paciente con su mujer y su niña. Es el desfile de Coca Cola, me dice, hoy llega Santa (Claus).
Menudo sacrilegio. Seguro que hasta alteran el sonido del concierto. Por si fuera poco, cientos de personas están encaramadas a algún tipo de valla y no se ve siquiera su estructura. Inmediatamente me acuerdo de lo inexpugnable de las empalizadas de sanfermines a las siete de la mañana y opto por desaparecer bajo tierra en busca de otra salida del metro que dé al otro lado. En ese momento me llama Wendy desde el carro de su padre, para excusarse por un extraño atasco en el que están metidos. Inmediatamente y sin parar, le sugiero que salgan de donde están, buscar la México-Tacuba y vernos en la esquina de Insurgentes. Para entonces ya he comenzado a alejarme por la avenida a Tacuba y he dejado atrás el vocerío, ahora cientos de conductores se dan media vuelta lentamente ante las barreras policiales y sueltan todo tipo de improperios. Nada que no pase todos los días. Un mensaje me avisa entonces de que Kepa va con retraso, menos mal. Continúo alejándome raudo, ya he alcanzado la siguiente parada de metro y en ese momento, tras un fugaz cambio de luces, Wendy salta de un coche que dobla hacia Insurgentes.
Agarro sus bártulos, la tomo de la mano y corremos al metro Revolución. En una parada estamos de nuevo en Hidalgo, pero ahora salimos del otro lado. Estamos detrás del escenario, que está doblando la esquina de la Alameda, sobre una calle peatonal. El gentío del desfile es ya apenas un murmullo. Entre dos largas lonas azules que caen a modo de cortinas hay un resquicio, por él se ve a Kepa desde la lejanía, se distingue la trikitixa moverse cual gusano desenterrado y se escuchan el bajo y el tuc-tuc de una txalaparta, que a diez mil kilómetro hace un sonido celestial. Corremos de la emoción hasta rodear el escenario. Dos centenares de caras esparcidas en grupúsculos, la mayoría mexicanos, están mirando con atención. Observan impasibles, llenas de luz, quizás sorprendidas por aquellos extraños instrumentos y sus sonidos. En el centro localizo a mis amigos mexicanos, a los que había rogado vayan, y enseguida estamos junto a ellos sacándoles las primeras palmas.
Dicen que apenas llevan tres canciones, lo puedo corroborar porque la víspera también acudí al concierto, en el Teatro de la Ciudad. En el escenario lo están dando todo, pero abajo falta un poquito de baile, en el teatro era imposible y hoy no quiero que suceda lo mismo. Así que llamo la atención de Wendy y le señalo a dos chicas en las filas delanteras. ¿Son vascas? Seguro, respondo. Wendy echa a correr y yo acudo detrás, quién sabe cómo las abordará, tan mexicana del mundo ella. Wendy me espera como si me hubiera buscado un tesoro. Es Ziortza, la nueva profesora de euskera de la UNAM, de quien había oído hablar. La otra es una alemana que vive con ella. Hacemos una presentación fugaz y el resto lo hace la música. Aquello se ha convertido en una verbena de pueblo euskaldun y en instantes Wendy, la alemana y yo nos encontremos dando palmas en torno a Ziortza, que ha comenzado a bailar un arin-arin. Ya nadie mira a Kepa.
Al poco, unos jóvenes locales se atreven a colaborar con la causa y sacándose todo tipo de vergüenza empiezan a revolotear en torno a la dantzari. Así le seguimos varios, yo incluido, y ya no podemos parar. Kepa hace notar por ella el hecho histórico del arin-arin y más público se prende, aparecen vascos como setas después de la lluvia y también los alumnos mexicanos de euskera, algunos más torpemente, al ritmo de la clase práctica que imparte la maestra. Pierna aquí, pierna allá, al poco se arma un gusano bien largo que se cuela veloz entre los huecos de los asistentes, de los organizadores y de los que simplemente pasaban por allí. La cadena forma un ocho y llega al punto de que casi hay más gente de la mano que suelta, y los que siguen sin formarse, ya lejos de impresionarse, chocan las palmas por los que no podemos darlas.
Así, tras varios bises y con muchos calores, acababa en un sonoro aplauso el concierto del primer arin-arin de la calle Doctor Mora. Eres lo que bebes, debía de estar diciendo Santa en la otra calle. Eres lo que bailas, pensábamos aquí.
(Lo que nadie sabía ni por asomo era que mientras Kepa luchaba contra Santa Claus, allá lejos Mikel Laboa luchaba contra la vida y a la misma hora que acabó el concierto en México, las 22h locales y 5h del día próximo en Euskadi, fallecía el más grande de los cantautores vascos. Agur eta ohore, Mikel.)
Para empezar, no lo llaman castellano. Es español. Para seguir, yo creo que tampoco es español, es mexicano. Porque más allá de las risas del acento -que si muy rudo el de España que si lastimoso el mexicano- la diferente evolución en ultramar, sumada a la realidad local y a la cercanía del gringo, hace que las conversaciones interculturales duren, al menos al principio, un rato más de lo normal. Eso si no te alburean, porque si lo hacen seguro ya no entiendes ni una.
En México no caminas por la acera, caminas por la banqueta. Ni vas en coche, sino en carro. Si el taxi que paras es un Beetle, no es tal, sino un vocho; y si tienes el día libre y no vas a chambear, puedes pedir al chofer que te lleve al mercado, que te va a llevar a un tianguis. Allí verás muchísima mercadería, alguna muy chida, pero alguna muy chafa. Si le late una camiseta, deberás pedirle la playera, y si está muy cara le dirás que no tienes tanto varo. Al cabo de un rato de acá para allá es posible que te entre hambre, ve entonces por una botana, pueden ser unas papas fritas con salsa valentina o una golosina en una tienda de abarrotes, en la siguiente cuadra. Pero de camino, quizás no resistes el olor de los tacos El güero, el puesto más repetido de México, que significa rubio, blanco o anglosajón. Si quieres un consejo, que te llenen la charola con un campechano o uno de suadero, pero con chile verde y algo de jardín, o sea, cilantro y cebolla. Ah, y tómate un agua de horchata o un jugo de toronja –si dices pomelo no te entienden- porque están bien bara, a unos 10 pesos.
Y si ya te dio hueva, puedes subirte a un pesero. Subirte, que no cogerlo. Si con tu exótica lengua no espantas al chofer, él en buena onda hasta te puede dar un raid un poco mas allá de su ruta natural, siempre que sea final de ruta y no haya más banda que tú. El pesero o camión está bueno para acercarte rápido a tus rumbos, si el tránsito no está cabrón. Quizás hasta te queda tiempo para una jeteada en tu camita. Pero si te demoras con tus cuates, mejor agarra el elevador, sube a la casa en chinga, y así te preparas para ir de reven al antro a tomarte unas chelas. Pero sin desvelarte demasiado para que al día siguiente no te la pases en casa con cruda, porque siempre queda mucho por conocer hasta ser un buen chilango.
Si aún no tienes claro cuál es la letra más mexicana del alfabeto, que os lo diga Café Tacuba. http://www.youtube.com/watch?v=XORgtzeoZRc
Nunca llegará en el DF el momento de moverse como pez en el agua, pero por algún lado hay que comenzar el abordaje. En mi caso, me encantan los mapas y no tardé en comprarme uno y empezar a practicar con mi sentido de la orientación que, por fortuna, no es muy malo. En este punto, la pregunta del millón es cómo se las ingenian las editoriales para guiar con el papel a través de un espacio de 25 millones de almas.
Es obvio que la ciudad, toda toda, no cabe. En unos 120 x 80 centímetros, únicamente aparecen completas ocho de las dieciséis delegaciones en que se divide la capital, que en sí tiene sólo 8 millones de habitantes. El área metropolitana -los otros 17 millones- apenas aparece por las esquinas. Pero, aunque haciendo recuento, he pisado en once meses trece de las dieciséis delegaciones, mi vida diaria se concentra en tres de ellas, cinco a lo sumo si durante el fin de semana nos acercamos a alguna fiesta en el sur.
El sur urbanizado lo componen básicamente San Ángel, Tlalpan y Coyoacán. Los tres eran pequeños y tranquilos pueblitos con casonas antiguas, amplias quintas, jardines y estrechas calles empedradas que aún conservan su carácter provinciano. Fueron absorbidas por la ciudad en expansión, pero eso provocó que a día de hoy un capitalino pueda decirse del norte o del sur, pues la diferencia en el modo de vida puede ser tan notoria que se refleja en el carácter y en la personalidad. Coyoacán, por ejemplo, es donde residió Hernán Cortés y siglos más tarde Frida, Diego Ribera y León Trotski. Ya os hacéis una idea de lo que significa el carácter sureño. Con algunas excepciones, las zonas de negocios, las residencias oficiales y la mayoría de zonas adineradas se encuentran en el norte. El centro histórico también es norte. Y formando el perímetro del DF, sobre todo al este, se encuentran las colonias más desfavorecidas.
Así pues, en mi vida de norteño frecuento apenas tres delegaciones. En ellas se encuentran el centro histórico, donde vivo, sin duda lo más colonial; las colonias Roma y Condesa, barrios burgueses de principios de siglo, ajardinados, bohemios y románticos, sembrados de edificios art nouveau y art decó; la Zona Rosa, declarada el barrio gay, con insoportable sonido playero durante todo el día y horribles centros de consum(ism)o donde por suerte sólo acudo a por tickets de conciertos; Polanco, el antiguo barrio bien, que seguramente ubica la calle más cara del país -Masaryk- y espaciosas casas unifamiliares, algunas convertidas en agencias, productoras u otros negocios de servicios; y Bosques de las Lomas, justo al otro lado del gran Bosque de Chapultepec, que es el mayor bosque urbano del mundo. Lomas es la colonia de los grandes edificios corporativos y las multinacionales archiconocidas. Sin embargo, entre las rascacielos se encuentran pequeños edificios que subsistieron a la reurbanización, igual que numerosos árboles que antes integraban el gran bosque.
Como consecuencia directa, en el plano humano todos formamos nuestra pequeña ciudad dentro de la ciudad, y es muy usual encontrarse a la misma gente en puntos aparentemente imposibles. Al fin y al cabo las personas que uno frecuenta, ya sea fresa o hippie, son más parecidas de lo que uno cree. La prueba es de hoy mismo: comía yo solo en un restaurant de comida corrida y en una mesa para cuatro, junto a otra que completaban varios compañeros de trabajo que salieron antes que yo. Al rato me he visto un poco mal porque el local se estaba llenando y yo ocupaba el lugar de cuatro. En ese momento he visto cómo una amiga mía desde la puerta, inexplicablemente, pedía lugar a un camarero para ella y dos amigas. Ya acostumbrado a estas coincidencias, sonriendo y con toda naturalidad les he ofrecido mi compañía con un gesto. Al acercarse, su cara de asombro lo decía todo. "No te puedo creer". Me lo ha dejado a huevo: "¿Por qué? ...Si ya os estaba esperando."
El día que empecé con esto preparé un índice aproximado que pretendía y pretendo seguir. Pero la rigidez nunca es buena, y findes como este me hacen ver que, menos mal, también puedo ser un auténtico blandengue.
Era viernes noche, y en una pequeña sala del centro escuchaba a mi amigo Lázaro Valiente, que con su ejército de sintetizadores, tubos de aluminio, cafeteras, secadores y diapasones trucados nos embriagaba con su enésima experimentación post-rock. Yo pensaba en el día siguiente, pero aquello era un buen preámbulo.
A las 11 de la mañana del sábado llegábamos al punto convenido para agarrar el autobús del Festival Colmena, la única forma de llegar al pueblo mágico de Tepoztlán, en el Estado de Morelos, un par de horas después. En realidad, la muchachada apenas se había leído el cartel, ni los horarios, ni nada. La voz que había tomado la ciudad desde hacía un mes era muy lacónica: el 7 de junio viene Sigur Ros.
El festival estuvo muy pensado, tenía concepto, algo desconocido en mi currículum musiquero. Se planteaba como un festival ecológico sin alcohol, ni tabaco, ni carne roja, ni humo de vehículo particular, ni siquiera anunciantes poderosos. Lo patrocinaban Amnistía Internacional, Pronatura y una marca de agua. El escenario no fue una decisión banal. El “Jardín Mágico” de Tepoztlán resultó ser una hendidura gigante entre dos peñascos volcánicos de unos 200 metros, las espectaculares formaciones que moldean el skyline de Tepoz, que es el pueblo hippie y místico por excelencia. Aún había que ascender un buen trecho desde el pueblo, acceder por caminos embarrados hasta el bosque de acacias y llegar a un campo de fútbol abandonado al cobijo de los megalitos.
México es un país muy místico, y en lugar de corazonadas todo el mundo habla de buena vibra. El sábado, todo era buena vibra. Se veía en las caras, las ropas, colgantes y cabellos. Pasaron los grupos uno tras otro, todos muy en la línea del festival y deparadores de buenas sorpresas. Pero cuando cayó el sol se terminó el aperitivo. Un foco amarillento se prendió entre la niebla artificial y la niebla natural, pues nubes oscuras se cernían ya por entre las peñas. Todo el mundo contuvo el habla y hasta el sirimiri aguantó, intentando el milagro de convertir estas latitudes agrestes, jocosas, tropicales, en las suaves llanuras de una Islandia fría y perpetua. No fue lluvia, sino aplausos, lo que irrumpió para recibir las guitarras, chelos y ninfas que acompañaban al cuarteto. Pero después, las palmas fueron decreciendo para dejar paso a los primeros cantos de sirena, y cientos de ojos se cerraron para empezar el viaje a donde cada mente mandara a uno.
Yo pasé primero por Islandia, era inevitable. Sobrevolé las llanuras de Heima, la película que hace llorar, y los litorales fríos con naufragios oxidados. Y terminé en Euskadi, previo paso por Cataluña, donde los vi tocando por primera vez y donde dejé a alguien muy especial, ese alguien pasado de quien uno se acuerda cuando se siente mínimo y muy humano. Pero al fin llegué a Obaba, y al bosque de castaños por donde paseaba David, el hijo del acordeonista, el libro que ahora me ocupa y que hay que leer en el exilio. Sin embargo, al cabo de la cuarta canción, la voz temblorosa del solista anunciaba la indisposición de Orri, el batería.
Fue como un aterrizaje forzoso. Algo no funcionaba en aquel lugar perfecto. Por un momento recordé que vivo en una ciudad caótica y que me pagan por construir una marca de telefonía, y me pareció pobre, casi mezquino. Pero muy hábil, la banda dispuso a su miniorquesta para que nos mostrara en el ínterin un poco de folclore islandés a base de trompetas, trombones y pulmones imposibles. No desentonaba y sonaba casi igual de celestial. Así que pude retomar el vuelo, volví a Obaba, me metí en el bosque y vi a Virginia, que en la realidad es payesa pero con sangre vasca. El sirimiri arreció por un momento y escuché el río de Obaba fluir, y entonces la banda salió de nuevo, sin Orri, pero con canciones inéditas y todo el arsenal de voces y recursos dispuestos a sumarse para no hacer notar la ausencia. Y las notas subieron al ritmo del sirimiri, y me fui hacia atrás, donde pude sentarme igual que mucha otra gente rendida a los oídos, esparcida por el valle ensimismada y quieta, mirando al cielo e ignorando casi en qué país estaba y en plena borrachera sonora, en crescendo continuo, pero más abstemia que nunca.
En teoría. Hasta que estalló entre las siluetas de las rocas una nube de papelitos brillantes, que por un momento parecieron mariposas, y ascendieron y se clavaron contra el cielo negro como cientos de estrellas, tal como si las notas las sostuvieran en el aire para poner el broche a aquel orgasmo que no necesitó de cigarrillo postrero: el bosque se descongeló lentamente y gota a gota, en mitad de la noche, sin ninguna prisa, en diez minutos de papelitos girando y cayendo suavemente hasta posarse sobre la hierba. Y justo antes de los aplausos, el silencio fue total.
Por fin, un domingo con buena resaca.
¿Qué tan fácil será describir sin una sola imagen cómo los mexicanos se comunican por símbolos? Veamos.
Ya lo dicen los solecitos, serpientes y dragones aztecas en las piedras. Desde épocas precolombinas, México tiene una amplia cultura visual. Pero por otro lado, sufre un preocupante déficit de lectura. Mal que bien, el resultado es un abrumador inventario de símbolos y una señaléctica tan propia como su cultura.
Entender el por qué de tanta rebeldía parece difícil. La explicación es algo similar a cuando tu madre te dice que ordenes el cuarto y tú respondes que hay un orden desordenado, pero que tú solito te apañas. Dicho en corto: si funciona, ¿por qué no?
Si te plantaran de ojos vendados en medio de una avenida mexicana, tu primera certeza sería que estás en América, quizás aunque nunca la hubieras pisado. El lenguaje visual es, en teoría, universal, y por ello cuando no hay ni tiempo ni espacio como en la carretera es mucho más importante que el verbal. Por lo visto, desde Anchorage hasta Ushuaia, las carreteras del continente tienen un mismo patrón señaléctico, y es el mismo que el cine de Hollywood y las noticias de la tele nos han hecho llegar. Si haces memoria, seguro sabes que en las películas los paneles de la carretera son verdes con letras blancas, que las calzadas se hacen de planchas cemento, no de asfalto, y que las líneas y bordillos van pintados de amarillo (lo de las planchas de cemento no es tan común, pero aquí ya comienza a aplicarse).
Por el contrario, mantenemos en común con los latinoamericanos varias convenciones. En México, los sistemas de medidas son básicamente los nuestros, mas a menudo con nombres gringos. En la carretera, por ejemplo, se han mantenido los kilómetros de toda la vida, si bien nadie los usa: Puebla está “a dos horas” y Guadalajara “a cinco”. Por otro lado, las pantallas se miden en hertz, las bombillas en volts y su potencia en watts. Y la leche en botella se compra por galones (1 gallon= 1,85 liters).
Pero volviendo al aire libre, es cuando dejas la autopista cuando empieza lo bueno. México es el paraíso de la improvisación, y las callejuelas son un gran lienzo donde cada uno pinta lo suyo. Competencia popular. Carteles de todos los colores y con todas las tipografías son válidos y casi oficiales.
En el caso del transporte público, los destinos escritos en cada vehículo o el mismo nombre de la empresa los fija a veces el conductor mismo, por lo que cuesta encontrarse dos unidades iguales. Las serigrafías de las puertas y las pegatinas en los vidrios parecen libran una lucha estética del estilo de “Enchúlame la máquina” por muy corporativos que sean. El tuneo está en todas partes y habla de quién va al volante: puedes subirte a un urbano-discoteca repleto de grandes bafles y neones color lila o a un taxi tétrico con letras góticas y atestado de calaveritas.
Sin embargo, si vas en vehículo propio, en la puerta de las casas es frecuente encontrarse un cartel con un circulito rojo junto al que dice: “Se ponchan llantas gratis” (traducción: se pinchan ruedas gratis, o simple y llanamente, no aparcar delante). Si no es un “Respete mi entrada y yo respeto su carro”. Esto es, un vado permanente de y para gente amable. Cuando no hay cartel, quizás te encuentres cubos de pintura rellenos de cemento para evitar que nadie aparque: cerca habrá un vieneviene, el hombre del pañuelo rojo –este sí es universal- que te ayuda a estacionar. Es por eso que no existe la P de parking, sino la E de estacionar.
Por su lado, las escasas sendas de bicis dan avisos fuera de tono, como “casco obligatorio”. Pero además lo dan en letras amarillas sobre fondo reflectante azul. Quién sabe por qué. Alguno que era de Boca, que aquí se le admira mucho.
Mas esto no es nada. El ejemplo más peculiar, quizás el más ilustrativo y nunca mejor dicho, se ve en el metro. Aquí ocurre algo insólito: en las once líneas las paradas tienen nombre, cómo si no, pero a veces lo cambian por un símbolo que diferencia a cada una. Dos paradas tienen en común como mucho el color de la línea. Así, la parada Chapultepec es un saltamontes (su significado real en lengua náhuatl) y Oceanía es un canguro. Ahora sí, letrados o iletrados, el metro es para todos.
De todas formas, la razón encubierta de tanto simbolismo puede ser evitar las faltas de ortografía. Porque hay carteles oficiales de tráfico que hacen más daño a la vista que el mal de que previenen.
Cliché número dos: la polución. A veces, se puede respirar. Y México huele diferente. No huele a ni a Madrid, ni a Barcelona, ni a La Habana ni a Buenos Aires, que son las ciudades a las que les recuerdo cierto aroma. (Vitoria no la huelo porque es muy difícil olerse a uno mismo.) No sé seguro de qué dependerá este rasgo local, pero a mi juicio –nada científico- los factores que forjan la identidad olfativa de las ciudades son el combustible de los vehículos, la composición del asfalto, el calor y la cercanía del mar. Claro que esta mi ciudad actual, atestada de comida callejera, parece el gran mercado de los olores.
Digamos que en época de lluvias se respira bien. Las tormentas vespertinas son cosa de casi todos los días. La altura impide el calor extremo, y en realidad hay más calles arboladas que por lo general en Europa. Las avenidas son anchas, los edificios bajos, por lo que el viento viene a socorrer de vez en cuando. En época seca, algo peor, pero me temo que ya me he acostumbrado. Los autobuses urbanos -peseros, porque antes valían "de a peso"- viajan con las puertas abiertas, y como los atascos son monumentales, uno ya sabe detrás de quién va a oler así o asao. Hace un mes me aventé a comprar una bici y ahora sufro más los tubos de escape. A veces me llevo un pañuelo al cuello y me lo pongo en caso crítico. Pero la mayoría de las veces claudico a favor del pesero y buen libro, por cuestiones de integridad física y de conservar el buen humor.
Los reyes de la ciudad.
Pero el tránsito, causa primera, se merece un buen párrafo. Circulan a diario 3,7 millones de vehículos y no, no me he equivocado con la coma. La mayoría de la gente hace entre 40 y 90 minutos al trabajo, y una cantidad nada desdeñable ronda o rebasa las dos horas, sólo de ida. En la capital no hay siestas, ni que decir tiene. Otra cosa es el provincia. Pero aquí los horarios son corridos y los ejecutivos de traje, minoristas y barrenderos se juntan a comer alrededor de los tacos o las tortas. Por eso, las esquinas son el lugar más democrático del DF: fracs negros con mochila puesta se juntan con coloridas telas indígenas. Una utopía en cada cuadra que apenas dura un par de horas.
El parque móvil de un país suele ser un rasgo diferenciador. Aquí, la supremacía aún la mantienen los vochos, los antiguos Beetle fabricados en Puebla hasta principios de este siglo. Hace unos años, Volkswagen de México dejó huérfanos a los vochos del mundo y se puso a parir New Beetles. La mayoría de vochos son taxis, normalmente de color verde chillón, con el sofá del copiloto arrancado y una cuerdita que alcanza la manija de la puerta al chófer para mayor practicidad. Los segundos dominadores son los tsurus, una especie de Nissan Primera económico. Los tsurus taxis suelen se blancos con una ancha banda roja. Y las camionetas. Las camionetas son las odiadas SUV o sus versiones descapotables, las trocas o rancheras. Las SUV son, por lo general, coches grandes, versátiles y radiantes de gente rica que se cree espíritu libre pero que jamás sale al campo.
Aquí, apenas hace unos años han implantado la norma de los catalizadores y, la verdad, hay más trampa que ley. Es muy triste. Y más si uno viene con conciencia ecológica, esta ciudad es una calamidad. Pero hay consenso en que la situación ha cambiado para mejor. Menos mal.
Sálvese quien pueda.
Os podéis imaginar que en una ciudad así las leyes de tráfico sean como leyendas urbanas. Excepto para la Policía, que hace uso de ellas a su antojo y sólo las hace cumplir cuando le apetece sacar tajada, o mordida, que es el término exacto.
Borja, mi excompañero de piso burgalés, sin carné alguno, se sacó la licencia mexicana. ¿Cuánto le costó? 400 pesos, que son 25 euros, y un día. Vigencia hasta 2011. Si algo va rápido en la burocracia mexicana es esto. Está claro, sin carro no eres nadie.
Las consecuencias son obvias. Los coches no evitan detenerse en las intersecciones, y esta es la madre de todos los problemas. Los rombitos amarillos en los cruces no existen, los pasos de cebra no tienen ni las rayas –para qué-, y los cláxones eclipsan a los pájaros, excepto en los parques. Los intermitentes se unen a otras luces de colores como parte de la decoración, a veces, de improvisados rings donde los conductores buscan la razón a golpes. Es por eso que el defeño tiene una habilidad especial para el pisado del freno y el giro repentino. No obstante, el mejor invento vial es el “uno a uno”, que no es sino el turno para pasar –uno de un lado, uno del otro- que se respeta a veces en vías estrechas, pero más en provincia.
Esto es el tránsito, un gran ejercicio de paciencia, capacidad de reacción y, cómo no, origen de airadas y frecuentes disputas, estreses y excusas laborales.
La ciudad de México es un gigante caótico, y mucho branding tendrá que hacer para quitar ese estigma de las mentes del mundo. Pero como las historias casi siempre superan a la realidad, era obvio que el león no es tan fiero como lo pintan. Vivir en México viniendo de Euskadi es más interesante que difícil. Por goleada.
Tengo que hacer el ejercicio de transportarme al pasado para recordar qué piensa un vasco antes de llegar a esta megaciudad. Quizás alguno me puede corregir, pero en el top of mind de los clichés está el tamaño, seguido de la polución, el calor, la corrupción y la inseguridad, muchas veces patrocinada por la policía. Antes de comenzar a reforzar y deshacer prejuicios, quiero situar geográfica e históricamente la ciudad para tener un punto de partida.
La capital mexicana se sitúa a 2260 metros de altura media, sobre la explanada que antiguamente fue el lago de Texcoco. Hasta la llegada de Hernán Cortés en 1519, sobre este lago se levantaba, casi a flote, la sorprendente Tenochtitlán, capital azteca. Actualmente, Texcoco es una minucia de aguas negras comparado con lo que fue. A la explanada se la conoce como el Valle de México, ya que está rodeada de grandes y frondosos conos arbolados que no son sino volcanes extintos.
"El monstruo", como se lo conoce en el país, es inmenso mas no es la mayor urbe sin contamos como una sola la conurbación de Tokio y Yokohama, según leo. En todo caso, sus 19 millones de almas la mantienen en segundo lugar, si no en primero.
Como ocurre en otras entidades, el área metropolitana se extiende más allá de los límites del Distrito Federal, la unidad política que complementa a los treinta y un Estados Unidos Mexicanos. En realidad, ni la ciudad abarca todo el Distrito Federal (el sur es montañoso, con el volcán Ajusco y sus 3.937 metros) ni el Distrito es toda la ciudad, puesto que ésta se expande por el Estado de México formando Tlalnepantla, Ecatepec, Naucalpan, Cuautitlán-Izcalli y otros núcleos anexos. Al norte del distrito se lo conoce como Ciudad Satélite, fruto de la planificación sesentera que quiso copiar el desarrollo suburbano estadounidense. Para el ojo humano, los suburbios trepan por cualquier loma aledaña que encuentran a su paso, con lo que muchas referencias visuales dejan de ser válidas.
Lejos de cáctus y arenas, o de selvas yucatecas, hay que pensar que la latitud de la ciudad se corresponde con climas tropicales, pero la altura hace que esa climatología no tenga vigencia apenas en el DF. Oficialmente, el clima es "subhúmedo con lluvias en verano" y las estaciones son prácticamente dos: la de lluvias (verano, de mayo a septiembre) y la seca (invierno, de octubre a abril). La variación térmica es escasa, inviernos de 20 a 8ºc y veranos de 24 a 14ºc. Lo más destacable son las trombas de agua brutales en verano y los alrededores eminentemente verdes todo el año gracias a vastos pinares y encinares.
Y con esto, ya tenéis los ingredientes para empezar a construir vuestra maqueta imaginaria.
Cómo empezar un blog. Es ya la cuarta vez que lo hago, y cada una de estas veces es un intento de hacer el espejo más fiel de uno. Así te van a ver, y así te ves tú a diario, porque uno también se cansa de sí mismo, ya te levantes fresco y feliz o te levantes jetón, dormido, como dicen aquí en México.
La razón de ser de este espacio es la vida de equis persona de origen vasco y que viva en México. Así que, aunque sea a través de mi persona, voy a intentar reflejar los aspectos más mexicanos de la vida en el sentido más universal de ésta. Es decir, cómo viviría un vasco cualquiera entre mexicanos cualesquiera, eso sí, siguiendo mis rutas y respetando el valor individual de cada personalidad que se cruza en mis días.
Como sucederá con otros compañeros desperdigados por otros tantos puntos del planeta, la estructura de los artículos será a menudo comparativa, tarea medianamente fácil en un país tan vasco como México. Y no por los colores de la bandera. Mi vida transcurre entre mexicanos, apenas algún extranjero, pero precisamente hoy iba a acercarme a la Euskal Etxea, con Ilazki y Ainhoa, dos donostiarras que estudian en Guadalajara y que hoy pasaban por la ciudad. La Euskal Etxea es cuna de muchas historias que iré vertiendo aquí, pero hoy no es el día, es domingo y apenas llego de la agencia.
Gracias por entrar y gabon, aunque allí ya es de día (8:15 am, 1:15 am hora local), desde la calle Ayuntamiento del centro histórico capitalino. Nos vemos pronto.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
Tags
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
Archivos
Secciones
Últimos Comentarios
Inventario de la cerveza mexicana (con un toque vasconavarro)
13 comentarios MANOLY Pedro Rodrigo daniel Carlos LeyBucareli, antiguos esplendores en la calle de las ratas
8 comentarios francisco Rodriguez Raúl Briseño karen Pablo Zulaica Parra AnónimoLo vasco en México, algo más que coincidencia en los colores.
57 comentarios Zatarain claudia lizarraga Antonio Apodaca Gerardo Puente Zavala Gerardo Puente ZavalaCómo encontrar un perro en la Ciudad de México (III/III)
6 comentarios claudia Pablo Zulaica Parra jarrillerorojiblanco IVENNA Pablo Zulaica ParraPor qué la Pampa no está en México
2 comentarios Pepe Villatoro Julio MartinezAcentos Perdidos, viento en popa. Prensa.
26 comentarios Pablo Zulaica Parra noel Pablo Zulaica Parra Pablo Zulaica Parra Eugenia Barrientos- 12 comentarios Karla Vizuett jarrillerorojiblanco LOre CHERYL Ser-Lore-eta-Amaia
- 5 comentarios Ale Arreola Tamara elregio Interesado Anasan
Euskara eguna’08: creatividad, participación y por supuesto, buena cocina.
4 comentarios teresa Pablo Zulaica Parra jarrillerorojiblanco Omar Bucio- 15 comentarios Pablo Z. Noel Kari Noel LIb
PUBLICIDAD

