Dicho y hecho. No había pasado ni una hora y ya andábamos en camiseta. Miguel y Toño, su habitual compañero de montaña, habían dividido el ascenso en cuatro “portillos”, cuatro descansos numerados para que psicológicamente fuera más ameno. Esos cuatro puntos coinciden con los pasos en los que el sendero cambia de vertiente, bien discurre del lado del DF o bien del lado de Puebla.
A 4.000 metros ya no hay árboles. El primer tramo de la caminata transcurrió pues entre flora de alta montaña que tristemente no es autóctona. Predomina un arbusto de grandes hojas y flores púrpuras que ha ido colonizando las altas laderas, debido a que las condiciones climáticas se han suavizado en la última década. Después, en el segundo sector, comenzó una zona de lascas en fuerte pendiente donde cada paso firme podía ocasionar la caída de decenas de pequeños fragmentos. La niebla nos había engullido, pero la temperatura no era como para ponerse siquiera el suéter (opinión muy personal, porque los mexicanos tienen el termostato bastante más alto y ya estaban abrigados). El tercer tramo discurrió por un camino de pendiente similar, pero extrañamente las lascas se enterraban ahora entre bancos de arena. Estábamos bordeando uno de los antiguos cráteres, tan erosionado que quedaba apenas un curioso y agreste valle en la altura. Y el cuarto trecho, tras superar una zona resbaladiza a la que llaman El Jabonero, lo superamos como cabras entre rocas.
Después de un repecho la niebla se disipó levemente y nos vimos en una pequeña vaguada ante un refugio de chapa, de esos que parecen cajas de anchoas verticales. Detrás de él, de pronto, todo era blanco. Comenzaba un aguda pendiente, únicamente se veía en ella piedra en forma de islotes rocosos antes de confundirse con la niebla.
A 4.800 metros, una docena de montañeros se ajustaban los crampones, o bien soltaban sus bastones -los que bajaban- y se volteaban mirando lo ascendido mientras describían la vista contemplada desde la cima. Los que cargaban adrenalina, los que descansaban con una satisfacción difícil de explicar, todos eran motivo de envidia al tiempo que una gran razón para volver de nuevo a darle al Izta la estocada final.
Sin embargo, para una de las chicas mexicanas haber llegado ya allí significaba su primer contacto con la nieve. Cada cual tuvo su pequeña recompensa, para mí fue sentir un poquito del frío de casa después de mucho tiempo. Además, resultó para todos un gran ejercicio mental, porque saber aceptar las cosas cuando no se pueden alcanzar es una lección nada desdeñable. Y más aún en la montaña.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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