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19 Feb 2009

Bernalenses en Bernal

(Sigue de los 3 post anteriores)

Los suicidas van por libre

Es el turno de Wendy. Ahora, yo me quedaré leyendo. Para ella es un nuevo reto, con lo eufórica que es, pues comoquiera que sea yo ya había escalado algún pequeño muro de iglesia o pared caliza por mis pagos, con un amigo que es una auténtica araña.

Mientras ella se prepara y comienza, mis ojos se centran en otras dos personas que se encaraman a la roca. Van sin nada, libres de equipo, a pelo, como irían a comprar el pan. Uno de ellos, incluso, con pantalones de rapero y gorra del revés. Sus pocas fachas sí me engañan esta vez. Empiezan a subir temerariamente, colgándose como pueden sin ningún estilo ni preocupación, como si una enorme colchoneta los esperara debajo en lugar de las frías rocas. En un santiamén la adelantan a ella, y luego a Pedro, sin siquiera atascar la ruta. La verdad es que no tendrían por qué caerse, yo no me he resbalado en ningún momento, por ejemplo, pero parecería normal que la pura estadística diera como resultado más crucecitas blancas. Los del pueblo lo suben sin nada -me había dicho Pedro- antes, a veces yo también lo hacía. Wendy sube a su ritmo, disfrutando como niña, gritando con el estómago y alzando los brazos para cada foto desde abajo. Enseguida desaparecen tras el repecho.

Libros, basura y reggaeton

Confiado por el turismo familiar que ha ido poblando la explanada, me alejo a un rincón para leer tranquilo. Disfruto de las páginas de Galeano, si bien me distraigo a ratos siguiendo en la pared a dos nuevas parejas de osados hombres-cabra. Mi taquicardia es ahora menor que con los primeros, además Wendy ya no está debajo de ellos. Lo que sí me distrae innecesariamente es el ruido de botellas de refrescos rodar rocas abajo. El viento ha resurgido y es seguro que cada descuido aporta una botella más monte abajo, pero no he visto a nadie recoger un solo resto por mucho que estén en medio del camino. Eso me enfada, y yo no quiero enfadarme.

Intento concentrarme en mi libro, pues intuyo que si no voy a cazar a algún irresponsable y a vomitarle una despechada lección de civismo exprés antes de mandarlo en busca de su plástico. Pero a ratos es imposible. La enorme hebilla de un cinturón macizo me lanza por un instante un destello de sol. Tres adolescentes se acercan saltando de roca en roca. De abajo arriba observo en todos impecables zapatillas sin restos de polvo, jeans oscuros con bajo vuelto, cinturones de Power Ranger, camisetas estrechas y en sus caras imberbes, gafas solares y pelo parado. La vestimenta no sería en mí generadora de prejuicios si no fuera por los complementos: teléfonos celulares que cambian de canción cada diez segundos, con estilos que van del blanco al negro y que parecen competir absurdamente por probar cuál de todos es el celular de las mil canciones. Rezaría a los chamanes de la Peña mágica por que les provocaran una infección de silencio.

Wendy está tardando demasiado, pero ni modo que bajaran por otra cara. Vuelvo a leer a la tienda, salgo de nuevo, cambio de libro, busco otra roca diferente, otro capítulo. Dos horas después de perderla de vista, un grupo de personas se aposta en lo alto de la pared trepada y enseguida lanzan una larga cuerda. De a poco comienzan a bajar, rapelando, uno, dos, tres hombres. El cuarto es Pedro, que me agita el brazo para que me acerque a la base. Desciendo del roquedal para encaramarme a la pendiente que lleva a sus pies, justo para alcanzar a Wendy y fotografiarla un par de veces a media bajada. Llega eufórica, tiembla y temblará de la emoción durante toda la bajada a Bernal. Se deshace en abrazos y agradecimientos a sus compañeros de la altura.

Nos quitamos los equipos y cambiamos los datos con todos mientras comenzamos a deshacer la tienda. La promesa de Pedro es un curso de escalada en roca si ofrecemos continuidad, y la de los rapelistas una convención de montañeros, el próximo sábado en Jilotepec.

Comenzamos a bajar. Estamos felizmente fatigados, no es fácil retener los pies. Mientras sorteamos las piedras y los arenales conversamos y sacamos conclusiones. Por fortuna, la insensibilidad vista entre la gente de arriba no es tan generalizada. Uno tiende a homogeneizar a la masa, a excluirse, y además a atribuirle injustamente cierto tufillo chilango. He escuchado a varios hombres ubicar y nombrar los pueblos en el horizonte, empeñándose en su palabra. Sobre unas rocas, he comprobado cómo una madre instruía a sus tres hijos que rondaban los diez años ubicándolos en el paisaje y las preguntas y observaciones de los chicos exhalaban pura curiosidad. Mejor aún, he visto a una familia completa guiada por una simpática escuincla de seis años, todo garbo, cuyo padre, nos dice Pedro, le ha contado de sus años de alta montaña. Aún hay quien sube, pese a que quedan pocas horas de sol. Bajo un solitario árbol con el aspecto del espino, pero sin púas, otra familia con varios mayores descansa y come mandarinas. Con toda naturalidad nos regalan una, que al desgarrarla se convierte para Wendy en “la mejor naranja” de su vida.

Gorditas de migaja y horchata

No sé si es mayor la sed o el hambre. Atravesamos el pueblo hasta que damos con un local donde sirven gorditas. Me pregunto por qué cuando me informo sobre las “migajas” me dicen que son de carne y yo me quedo tan tranquilo. Obvio que camarones no eran. ¿Carne de qué? De puerco aceitoso, creo, no eran como las de pollo pero están buenas igualmente. El agua de horchata es para mí maná, siempre deliciosa, así que me tomo dos vasos. ¿Tanto costaría llevarla a Europa? Porque esta horchata es a base de arroz. Nada de chufa.

Enfilamos una calle ancha, muy apacible, con aspecto de pueblito de película western. En una pared desconchada, sobre ventanales enrejados hasta el suelo, se lee lo que queda de “Hotel”. Se escucha de pronto un aullido, luego dos y luego tres, a coro. Al pasar por una ranchera vemos a tres niños de unos ocho años deshaciéndose en sollozos por las ventanillas y la trampilla de la cabina. Hecho un mar de lágrimas, bajo su sombrero ranchero, el que se sienta al volante dice que lloran porque su madre tiene un rato que se fue y les dijo que no salgan. No son del pueblo y están aterrados. Los calmamos, les damos tres chocolatinas y avisamos a la señora de los abarrotes que les eche un ojo, no sea que no aparezca la madre. Doblamos la esquina hacia la carretera y el mismo coro a tres voces irrumpe al unísono. Nos detenemos, nos miramos y decidimos continuar.

Continuará con el último capítulo: El 'raid' del anticuario

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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