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20 Ene 2009

Volver

Posiblemente el mejor momento de un viaje, tal vez sólo comparable a los momentos cumbres de éste. Es el tiempo de analizar y el periodo en el que se da a menudo ese instante en que la luz se prende y todo empieza a encajar como un puzzle sin buscarlo. Volver es agridulce, es mover el tiempo adelante y atrás como la rueda de una caja de caudales. También abres y cierras puertas, sólo que el jet lag le resta un poco de matemática. Te sientes raro y más que lo que te espera extrañas todo lo que acabas de dejar.

Llegas. Pisas la tierra con pies de plomo. Será que aquí pesas más, recuerda que vienes del altiplano. También todo cuesta más, a los billetes les faltan ceros y el papel azul ya no es el de mil, sino el de veinte. Además, el nuevo acento es tan rotundo que corta incluso por megafonía. Buscas el metro, no recuerdas las paradas y el chófer del autobús de línea es la persona más ruda con quien te has topado en meses. En el autocar te sientes un tipo extraño, avanzas cargado por el pasillo en busca del 27 pero pese a tus bártulos nadie te mira. ¡Nadie! Para ellos, es como si nunca te hubieras ido. Piensas que si no fueran numerados, el del asiento de al lado se habría corrido junto a la ventana para dejarte el del pasillo, en lugar de estrujarse para que pases tú. Reparas en la radio y te desesperas: es la misma música de cuando te fuiste, y la misma que podrías oír en cualquier punta del globo si no fuera porque ya pasó. Por lo general, les da vergüenza apenas levantar el tono y cuando se apaga la radio, el silencio suena diferente.

Estás llegando a la ciudad. Recuerdas lo que indica cada cartel pero si no, no importa, es más fácil leerlos pese al bilingüismo porque se ven más espaciados, porque no anuncian pueblos de veinte letras.

Hace cerca de cero grados. Tú llegas del “invierno” tropical, que es como decir que es junio. Caminas bajo la luz de las farolas prendidas agarrando la vieja maleta inestable, sin poder disfrutar de tu paisaje, cansado, pendiente de su equilibrio, del frío en las manos y de que no te vea nadie. Por Dios, ahora no. Nadie sabe que viniste, querías que este regreso no sea como los otros. (Y según las postales que mandaste ahora estás en Guatemala.) Te sientes más vulnerable en esa realidad paralela, tiene algo de ficción, son cosas de la Matrix. Al fin y al cabo, salvo tú, todo está como lo dejaste.

Llegas abajo de tu casa, son casi las once. Nunca te llevaste las llaves. Hay luz arriba, pero no quieres llamar al portero automático porque no estaría a la altura. Tampoco tienes móvil, la compañía te lo ha cortado por no redituarle lo suficiente, no le importa que vivas fuera. Eres un fantasma. Entonces piensas que esperar a que abra un vecino y tocar el timbre arriba sería primero demasiado angustioso y después demasiado violento. Buscas gente. Ves a una señora que pasea al perro y le explicas que tú vives ahí, temiendo que corra pensando en un asalto. Pero no. Le cuentas que bueno, que vives en México, pero que tu mamá no sabe nada y que eres el regalo de Navidad. Entonces ella llama al portero, pide –a tu padre- que se asome por la ventana y se va deseándote suerte. Cuando tu padre reacciona ves que algo se mueve tras la ventana, canas y bata, y a través de las gafas –sí, ahora lleva gafas- mira hacia abajo y tú dices: - Feliz Navidad.

Y tu padre se queda: Ostras... ¿Pablo? ¿Qué haces ahí? Entonces le pides que te abra, no se le había ocurrido, y cuando subes y le das el abrazo del año pasas por aquella puerta que sientes medio tuya y medio de otro mundo, y ves las caras de tu madre y tu hermano jugando al Scrabble a la luz de 60 watios como cualquier noche de Navidad, se te tensa la cara, te partes de la risa, te hacen preguntas que no puedes responder. Entonces te abrazas a todos, lo estás pasando en grande y piensas que jamás volverás a avisar cuando vuelvas a casa. Les has arruinado la partida. Pasas a tu cuarto, al baño, te das una ducha que parece te la diste ayer pero que te limpia lo de un año. Te sientas a cenar y ves que no reconoces ni los colores de las cajas de leche, ni el logo del canal del telediario. Pero sí el puré de espinacas de mamá y el queso de oveja latxa, bendito queso.

En los días sucesivos armas una divertida colección de caras en forma de O. Te levantas descansadísimo en tu viejo y duro colchón, te pones los patines que ya no te valían y sales pitando –vaya, si aquí llueve- hasta llegar a donde te has enterado que tus amigos juegan el partido de Navidad. Te vale madres que no se pueda con patines, tú pasas e irrumpes en la cancha al grito de ¡Waaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Tus amigos empiezan a mirarte y se paran, hasta que el que tiene la bola se ve sólo frente a la portería, pero ya ni chuta. Una serie de gritos simiescos, un abrazo de once, como si fuera un gol, y cientos de preguntas y quejas por no haberles avisado. Así es más bonito. Luego ves uno a uno que la mayoría no eran los amigos que buscabas, eran otros, porque les habían dado la misma hora de cancha que a los primeros, que han tenido que irse a ver si les abren tu excolegio. Pero mejor, así ves a todos. Cuando llegas a tu excolegio los curas ni te escuchan. Ha empezado a nevar y lo único que se mueve, y por poco, son los copos. Si no haces algo acabarán el partido y tú allí de pendejo pelándote.

Entonces saltas la valla, llegas al polideportivo, cuentas una dos y tres y repites la jugada: ¡Waaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Esta va en serio. Te dejas llevar por la inercia de tus ruedas. Tardan en reconocerte, ahora tienes rastas y una bufanda que te cubre la cara, así, en el ínterin, puedes ver cómo reaccionan a cámara lenta. Los gritos explotan a destiempo como las palomitas, le haces un placaje al primero que agarras, que apenas acaba de comprender, y no lo sueltas. Los otros jadean, se miran y ríen con los brazos en jarra. No saben qué decir y la verdad es que tú tampoco. Luego respiras, das su abrazo a cada uno, les cuentas la jugada, te cambias, quieres tocar balón, no te sale una, pierdes y te duchas, cantando como antaño. Ahora te vas a comer con ellos y a beberles el tequila que les has traído –mucho qué bueno qué bueno, luego te lo acabas bebiendo tú- y a salir de farra.

Al día siguiente, tercer plato fuerte: tu ex. Te vas a Pamplona, te enteras que una antigua ex te cachó: sólo avisaste a un amigo común y a éste se le fue la boca. Pero aún la mediosorprendes al teléfono, te recibirá en la noche, incluso te espera después de ir a sorprender a la otra ex, más reciente, con la que terminaste porque te fuiste. Ésta va a fumarse un cigarrillo a las once de la noche en un parque, te lo ha dicho su hermano cómplice, como pausa en su noche de estudio. Y en vez de su hermano, apareces tú. En la oscuridad, mirando al Arga, la reconoces. Ella fuma ensimismada y tú te le acercas por un lado, encapuchado, sigiloso, como vagabundo sin prisa, hasta que te pones delante de ella. Te mira, pero no te ve. Hay un silencio sepulcral y en la negrura sólo se mueve el humo que sube vertical. Suavemente, la mano en la boca, un grito ahogado. No te puedo creer.

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Pues hemen gaude los dos, Querétaron.

Hace ya unos meses que acepté la idea de una tal Jaione, y estoy escribiendo historias vascas actuales para la asociación Vascosméxico. (Se las recomiendo si están nostálgicos o si quieren sorprenderse de las anécdotas más inesperadas que tocan Euskadi y México, pueden verlas en www.vascosmexico.com pinchando en “Cuéntame tu historia”, del menú izquierdo.) El caso es que la relación vía email y telefónica se había hecho fuerte y aún no nos habíamos visto nunca. Tomé un autobús a Querétaro y en menos de tres horas ya estaba de copiloto de Jaione fuera de la central de transportes.

Pasamos el sábado hablando del proyecto, tratando de encauzarlo y lanzando nuevas propuestas, había ilusión y fue lo que se dice un buen peloteo de ideas. Al anochecer, Jaione me acercó a la casa de huéspedes y tras comprobar que tendría todo su viejo jardín para mí salimos a dar un paseo nocturno. Las calles aledañas al centro histórico eran también nuestras y sólo las piedras coloniales escuchaban nuestra plática, ya llevábamos un buen rato desmenuzando árboles genealógicos y cuestiones de herencias y linajes vascos. De pronto escucho algo ininteligible pero remotamente familiar. Apenas era un murmullo, no distinguí ni una sola palabra pero alguna antena del subconsciente captó señal. Me detuve, Jaione continuó un momento pero al ver que yo no la seguía guardó silencio y se detuvo, más aún cuando me llevé el dedo índice a la oreja. Volteo y veo, en la calle Altamirano, un único local que tiene un foco prendido al exterior. Es un barcito, el “Aleph”, un nombre inmejorable para albergar cualquier sorpresa. A unos metros de la puerta, un hombre habla por teléfono.

Jaione y yo desandamos unos pasos y volvemos a escuchar. Repetimos la acción, parecemos espías muy malos de película mala, y en un proceso muy cómico de acercamiento terminamos por sonreírnos y afirmar, primero con la cabeza, luego de palabra. “Está hablando euskera”.

El hombre ya no estaba. Había desaparecido dentro del bar, no podía haber ido a otro lado. Era un billar. Estaba vacío, salvo por tres hombres que jugaban en una mesa, al fondo. Cuando nos ven, nos detenemos. “Disculpen, buenas noches... ¿son ustedes vascos?”. Uno de ellos se gira y dice “Aiba”. Hacemos una breve presentación, Jaione cuenta que le hemos oído y les pasa el turno a los sorprendidos jugadores. Resultan ser un mexicano, un zumaiarra y un irunés. Son compañeros de Guascor, la empresa vasca de motores, que trabajan a caballo entre una planta de Gasteiz y otra del Bajo Deba, pero que de vez en cuando los mandan a México, donde la firma se ha expandido. Y nada, estaba hablando con otro migo vasco que lo habían mandado a República Dominicana, así nomás.

Luego, que si conoces a tal, que si mi tío de Irún que si mi abuelo de Zumaia y que si yo en Gasteiz me paso media vida. Para que vea Julio, otra para poner en la lista y ya no sé cuántas van. Es sólo cosa de moverse. Y los vascos lo hacemos muy bien.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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