No podía creerlo. Una serie de coincidencias me habían hecho caminar todo el paseo de Reforma a lo largo del bosque de Chapultepec hasta dar con ello. Ese día no tenía bicicleta, pues había llegado en pesero de mis clases de frontón; pero no tomé siquiera el pesero de vuelta. Debía bajar hasta el Auditorio para comprar unos boletos y luego continuar hasta el museo de Antropología, donde la víspera había olvidado mi mochila en el guardarropa. Caminaría, al fin y al cabo el paseo era agradable.
Cuando por fin salí de Antropología crucé la avenida para arrimarme a la reja del parque, así vería la exposición del momento, parecía que acababan de cambiar los panelones. Un cartel rezaba: “BA-DF”. Caray, me dije. Era una retrospectiva de fotografía urbana que buscaba puntos en común entre Buenos Aires y la Ciudad de México. “Dos fotógrafos actuales continúan el trabajo de sus maestros, Horacio y...” ¡Horacio! Tengo libros suyos allí en mi casa vasca. Era él, Coppola, el maestro de mi profesor de fotografía durante mi estancia porteña. A sus 106 años, aún vive en Buenos Aires y algunos libros suyos también viven en mi casa. Yo aprendí, o lo intenté, lo que Horacio le enseñó a David: ambientes tan oscuros y tan lejanos del negro puro al mismo tiempo, que se relevan como paisajes que allí estuvieron, a la vista de todos, pero que solo una cámara supo ver y plasmó, pese a las gigantografías, en impecable grano fino.
Avancé por la reja hasta encontrar una foto fugada hacia un atardecer. Un coche vertical dibujaba eses entre casas horizontales de algún suburbio pampeano desierto. Algo no cuadraba. Las líneas serpenteaban entre la negrura, pero incapaces de transmitir toda la paz de que es capaz quien pinta suave con luz. El cielo corría de arriba abajo y el sol, más bien, parecía haberse caído. Un pueblo apaisado anochecía en su marco enhiesto.
En la reja de Chapultepec sólo había bastidores verticales. Qué te hicieron, Horacio, a ti y a tu pampa llana.
En los años ochenta y noventa se desarrolló en Europa una nueva corriente fotográfica que consistía en demostrar mediante accidentes topográficos las incoherencias del mundo moderno. Se la llamó la “Nueva Topografía”. El fotógrafo era testigo mudo de numerosos resultados del pensamiento humano a menudo intervenidos por circunstancias imprevistas, por la burocracia o por la desidia. En México, aparte de las estructuras inertes de concreto y lo que puedan enseñarnos, prevalecen muchas costumbres con una lógica propia que siguen vigentes en las formas de actuar, ya sean en instituciones o en los propios individuos, quizás más que en otros sitios. Estas manifestaciones junto con la improvisación, que en mi opinión es un pilar básico de la mexicanidad, hacen que un trayecto de regreso a casa, como el de ayer, pueda ser todo un viaje en sí mismo.
Habíamos disfrutado de un fin de semana de alta montaña, pero no todo había acabado a las cuatro de la tarde del domingo. Con la satisfacción del que ha dejado atrás muchos días de oficina, la cota de los 4800 metros a nuestras espaldas y bien limpios los pulmones, comenzamos el regreso a la ciudad. Itoiz sonando en el reproductor, montamos en los coches y bajamos desde el refugio al Paso de Cortés, punto clave de la conquista española en el XVI, por demás un paraje de campiña y pinitos muy ajeno a aquellos acontecimientos donde lo único que se escucha ahora es el piar de los pájaros.
Ya en el mero Paso no encontramos la primera ‘espontaneidad’. La caseta de interpretación, puerta de entrada del parque, se emplaza ante una barrera mal colocada y dos vallas de obra que interrumpen la carretera de la forma más abrupta, como si del lugar de un crimen se tratara. No hay nada que explique por qué y tras ellas el asfalto se pierde solitario en una curva entre los pinos. Por lo tanto, sólo queda un camino, que es la carretera que baja a Amecameca, desde donde se enlaza con la autopista México-Puebla. Dejamos pues atrás el cartel y el mínimo monumento conmemorativo -que pasa de lo más desapercibido- y enfilamos la enredosa carretera que serpentea a través de un frondoso bosque, tan espectacular como aquella entre los pinares de Albina.
Al rato salimos a un llano y nos sumimos entre altos maizales que sólo el asfalto atraviesa. Pequeñas casas esporádicas de feo ladrillo nada disimulado, siempre de un sólo piso, tenderetes ambulantes y los odiosos topes en la carretera nos anticipan Amecameca, la capital de la comarca y “el lugar donde los hombres se visten con paños blancos”, tal y como traduce el cartel de bienvenida. El núcleo del pueblo se alinea a ambos lados de la ruta con la tradicional anarquía de provincia, que alterna edificios precarios repletos de abarrotes y tienditas con otras construcciones más sólidas, como un elegante banco cuya fachada era más propia de un western de Lucky Luke. Entre unos y otros, grandes muros producto de quién sabe qué coyunturas sirven como enormes anuncios pintados majestuosamente a mano. Desde sus posición privilegiada promocionan concesionarios locales a base de grandes logotipos bastante aproximados a Pintumex, Pirelli o Movistar.
Lo atravesamos, pero para nuestra sorpresa es saliendo del poblado cuando nos embutimos en un atasco. El tráfico avanza lento, excepto para algún oportunista que aprovecha el arcén para rebasar a riesgo del copioso tráfico humano, canino y gallináceo que frecuenta las veredas. Pasan no menos de quince minutos hasta que, a paso de burra, llegamos al siguiente pueblo. Advertidos por las numerosas lonas del camino, llevábamos tiempo sospechando que en el lugar se ofrecían diversas comidas a base de conejo. Flan de conejo, esquites de conejo, conejo asado, tacos de conejo. La gente deambula y, frente a la carretera, come conejo. En dado punto, del otro lado de la carretera hay un restaurant con gran terraza atestada, y frente a él un grupo de mariachis. Están festejando bajo unas banderolas multicolores lo que el local comunica, lona mediante: “Hoy hay conejo”.
Los conductores que nos preceden, algunos de ellos temerarios okupas del arcén, se vuelven de pronto corteses y ceden el paso a los paisanos que cruzan sin señal alguna, todo con tal de aminorar y disfrutar la escena. Hay que ver el poder de los mariachis. Y del conejo. Rebasados los músicos, los autos retoman sus carreras y en breve se pierden en el horizonte haciendo gala de sus modelos. Atónitos dentro del coche, pero aún bajo los efectos de la catarsis montañera, suspiramos hondo y esbozamos sonrisas resignadas.
Ahora nos aproximamos a la autopista, que discurre a lo lejos al fondo del valle. De hecho, en una recta que enfilamos, se ve cómo la carretera se levanta en un puente reciente que ya es de doble calzada. El terreno es plano, por lo que parece hecho para superar alguna otra vía o curso de agua, pero según nos vamos acercando, no vemos movimiento y empezamos a sospechar que aún no está inaugurado, ya que se ve demasiado limpio y no hay marcas en su asfalto. Súbitamente realizamos un giro brusco para evitar empotrarnos contra los dos bloques de hormigón que, junto a una flecha de latón que apunta a la derecha, nos dan la razón. Discurrimos ahora paralelos al flamante puente, que se empina progresivamente. En su altura máxima, unos diez metros, ya no tiene base de concreto sino que se sustenta sobre grupos de cuatro columnas entre las cuales hay vanos desiertos, como si fueran amplios estacionamientos resguardados en medio de nada. Lo único que hay son carteles que anuncian verbenas de pueblo y tocadas folklóricas, no hay carros, no hay fardos, ninguna vía surge entre los maizales para justificarlo. Continuamos en paralelo. Ahora la pendiente desciende del otro lado del puente hasta que suavemente se iguala con la carretera regular a la altura de otras dos moles de hormigón y un cartel mal puesto. No hay necesidad de aportar respuestas. Nos miramos. Se nos ocurre que igual el espacio era para la feria del conejo, por si llueve. Reímos. Seguramente sucede que les sobraba presupuesto y no supieron qué hacer, hasta que les ocurrió armar un peligroso obstáculo que parece más una lanzadera para aviones en mitad del campo. “México DF a 26”, reza ahora un cartel.
Enseguida, la carretera se desdobla por aproximadamente un kilómetro y vuelve a reducirse sin rastro alguno de obras. En metros, sale a dar a un conflictivo cruce con una vuelta incógnita que, tras recular un poco y corregir la marcha, nos saca por fin a la autopista. Sólo nos falta sufrir el pequeño atasco de entrada de dos horas, preceptivo de domingo por la tarde, y ya. Otro cartel anuncia “México DF a 36”. De dos horas y subiendo, se entiende.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
Tags
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
Archivos
Secciones
Últimos Comentarios
Inventario de la cerveza mexicana (con un toque vasconavarro)
13 comentarios MANOLY Pedro Rodrigo daniel Carlos LeyBucareli, antiguos esplendores en la calle de las ratas
8 comentarios francisco Rodriguez Raúl Briseño karen Pablo Zulaica Parra AnónimoLo vasco en México, algo más que coincidencia en los colores.
57 comentarios Zatarain claudia lizarraga Antonio Apodaca Gerardo Puente Zavala Gerardo Puente ZavalaCómo encontrar un perro en la Ciudad de México (III/III)
6 comentarios claudia Pablo Zulaica Parra jarrillerorojiblanco IVENNA Pablo Zulaica ParraPor qué la Pampa no está en México
2 comentarios Pepe Villatoro Julio MartinezAcentos Perdidos, viento en popa. Prensa.
26 comentarios Pablo Zulaica Parra noel Pablo Zulaica Parra Pablo Zulaica Parra Eugenia Barrientos- 12 comentarios Karla Vizuett jarrillerorojiblanco LOre CHERYL Ser-Lore-eta-Amaia
- 5 comentarios Ale Arreola Tamara elregio Interesado Anasan
Euskara eguna’08: creatividad, participación y por supuesto, buena cocina.
4 comentarios teresa Pablo Zulaica Parra jarrillerorojiblanco Omar Bucio- 15 comentarios Pablo Z. Noel Kari Noel LIb
PUBLICIDAD

