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Amanece un nuevo día en la Ciudad de México, y ya son seis. Quizás ya se han formulado todas las preguntas y pese al afán de saber qué sucede no merece la pena arriesgar saliva. El asunto ha madurado un poco y es tiempo de respuestas. Siguen generándose nuevas, a veces de los medios, a veces un simple “me han dicho que”, y al agrandarse el espectro la credibilidad va en retroceso.

Mi rutina, ciertamente, sí ha cambiado. Ahora estoy en casa, colgado de Messenger y Skype, recibiendo órdenes de trabajo y redactando titulares para gráficas y vallas que quién sabe cuándo saldrán. Muchas juntas se han pospuesto o cancelado y toda fecha ha perdido su vigencia.

He salido temprano a la calle a ver cómo amanecía el barrio. Los puestos de tacos siguen echando humo, aunque con menos clientes. Al lado, la juguería está vacía. Pido dos jugos de litro y muestro mi sorpresa. “¿Dónde están los clientes, ahora que hay que tomar vitamina C?”. Ni modo. La lógica personal es eso, personal, y no siempre tiene la solución.

En la vidriera del cine, un cartel anunciaba que se acogía a las medidas preventivas y cerraba hasta nuevo aviso. A una cuadra, en la glorieta del Ángel de la Independencia. había menos tráfico del habitual y muchas mascarillas en los viandantes, pero todo fluía casi como siempre. Poco se parecía a las fotografías de los medios del domingo, donde uno esperaba encontrarse de un momento a otro a Dustin Hoffman en un traje antinuclear. La vida intenta una nueva normalidad, una normalidad relativa, acorde con los problemas habituales en la ciudad, pero en este caso también condicionada por las nuevas medidas. Mas los papeles ya están asignados, esto nos tocó de lleno y todo el mundo sabe qué debe hacer en caso de sospecha. Otra cosa es cómo se lleve por dentro.

Esas nuevas medidas atañen especialmente a los restaurantes y a las empresas privadas. Los primeros quedan sin aforo útil y sólo pueden cocinar para llevar a domicilio, y las segundas han reducido en todo lo posible la presencia de su personal organizándose en turnos y practicando una comunicación piramidal para dar los partes. Si antes era voluntario, el no cerrar, para algunos sectores, está ahora sujeto a multa.

A primera vista pareciera que las autoridades están actuando bien, pero quedan muchos puntos pendientes, quizás demasiados, que se hablan a escondidas. Los principales: la falta de información sobre la vida útil de las mascarillas y su repartición entre el personal médico, así como la provisión a quienes no alcanzaron o las usan viejas; la necesidad de dibujar un perfil del fallecido medio, si es niño o anciano o bien joven, como se intuye, y si es de nivel económico bajo y no tiene acceso a la información, que es por lo que algunos aventuran que están falleciendo, pues por otro lado de asegura que los antivirales están respondiendo muy bien; pero, principalmente, falta acallar los rumores que hablan de cifras de decesos mucho mayores y ante los que, se dice, hay órdenes de no hablar. Pero la reina de las preguntas sigue siendo por qué la influenza deviene en neumonía y en muchos casos sólo mexicanos, termina en muerte. Ni la OMS dice saberlo.

Así que, dentro de lo excepcional, hay calma relativa. Pero los defeños esperan respuestas válidas, y si las hay, a ver si los convencen de que son las buenas.

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Hasta el jueves no se oía nada de la influenza. Desde ayer, no se habla de otra cosa. El viernes, ningún niño ni joven acudió a sus clases y hoy sábado me ha tocado a mí, el Claustro de Sor Juana también ha cerrado las puertas, siguiendo las medidas tomadas por el Gobierno Federal. Ayer, en la agencia donde laboro me recibieron con un grito y un "no" cada vez que daba el beso de buenos días, regla no escrita del código mexicano. Creí que era broma, así son ellos, pero al abrir el correo electrónico leí la circular interna en la que desaconsejaba tanta calidez. Como sucede en estos casos, comenzaron a aflorar los hipocondriacos, que a cada estornudo ajeno se alarmaban, intentando disfrazar con risas sus miedos latentes.

No había hoy, pues, clase. Pero he salido temprano a la calle para ver la vida real de la ciudad, llevo unos días de horas extras en el trabajo y reponiéndome del sueño a destiempo. A primera vista he podido comprobar el éxito de las mascarillas, quizás el síntoma más notorio de que algo sucede. No más de una de cada siete personas las lleva, calculo, pero sí casi todos los vendedores, policías y enfermeros, aquéllos que requieren de diálogo constante en sus quehaceres.

La agenda pública también se ha resentido. El museo Dolores Olmedo, la colección principal de obras de Frida y Diego, tampoco ha abierto, así que será otra día cuando lo vea. Igual ha hecho el Nacional de Antropología, cuyo director, después de estrechar la mano de Obama en su visita de la semana pasada, falleció por un cuadro de gripe y neumonía. Y así se encuentran cientos de museos de los 400 que alberga esta ciudad y que le dan el récord mundial. Se trata de evitar grandes aglomeraciones de gente y situaciones de contegio masivo. Ayer, también se canceló un concierto de The Rasmus justo cuando miles de fans se disponían a entrar y este fin de semana el Puma-Chivas y el América-Tecos, con tres de los cuatro equipos de fútbol más aclamados, se jugarán a puerta cerrada. Visto el panorama, el ocio sabatino tiene pocas opciones. La más novedosa parece ser ponerse una mascarilla en la boca y subirse a la bicicleta para observar una versión tardía del DF en Semana Santa. Es decir, la calle medio vacía.

Pero en realidad nadie sabe la dimensión real del asunto de la influenza. Veo a México en las portadas de los medios vascos y españoles y leo datos, como siempre, contradictorios. La opiniones son para todos los gustos. Hay quienes ponen el grito en el cielo por creerlo un supuesto encubrimiento de asuntos espinosos, como el reciente accidente en el tren suburbano, o un lucrativo negocio con las farmacéuticas que, sí, están haciendo el agosto. Por otro lado, hay quienes intuyen cientos de muertos y varios miles de infectados y explican cifras “tan bajas” para evitar el pánico general. Como siempre, cualquier asunto es político. Y como a los políticos mexicanos nadie los cree, entonces nadie se cree nada, y esto es un serio problema.

Al rato escribiré más.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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