El pesero es la unidad básica más pequeña dentro del transporte urbano capitalino que tiene vida propia. Por esto, bien podría llamarse célula, porque vida bien que tiene. También llamados camiones -de pasajeros- o incluso combis, considero que su morfología, sus sistema colectivo y el folklore individual de cada vehículo son dignos de ser analizados.
En realidad, cuando al subir a uno de ellos te agarras a la barandilla bien sabes que no hay dos viajes iguales a bordo. Por lo cotidiano de su uso (qué triste es costumbrarse), cada vez reparo menos en esas pequeñas cajas rodantes que como ejército de hormigas y bajo el nombre popular de peseros –por cuando costaban un peso- transportan a todos aquellos que no tenemos carro.
Más vale que te hayas asido fuerte, porque la aventura lo amerita. La primera prueba es sacar el dinero para abonar el boleto. Con suerte el vehículo aún no está en marcha y si no te malentiendes con el chófer, un poco de equilibrio puede ser suficiente. Pero por desgracia, es muy probable que aun al cabo de un año, aún no tengas clara la cantidad que debes por subirte. En los vidrios de cada unidad, un adhesivo recién pegado del Gobierno del Distrito Federal muestra tres tarifas diferentes según el kilometraje. Así, las hay de 2.50, 3.50 ó 4.50 pesos para, respectivamente, menos de cinco, más de cinco o más de doce kilómetros. Pero en realidad, la tarifa requerida rara vez baja de los tres pesos y medio y puede subir extraoficialmente ya que los chóferes tienen una manera muy peculiar de contar kilómetros. Pero lo más curioso es que a partir de las once de la noche, irremediablemente la tarifa es de 5 pesos y pasada la medianoche, en las pocas líneas que continúan a deshora, de 7 pesos. Esta es la interpretación consensuada por el gremio autobusero de la pequeña posdata oficial que existe bajo las tres tarifas por ley: “De las 23hrs a las 6 del día siguiente la tarifa de cada pasaje aumenta un 20%”. Es decir, que quedaría en 3, 4.20 y 5.40 pesos, respectivamente. Pero los chóferes de pesero han visto la jugarreta nocturna de los taxistas y, como ellos, quieren sacar tajada.
Cuando uno es víctima del sobreprecio se siente más extranjero que nunca, pero al comprobar que no es el único abusado suele considerarse timado por igual y resignarse. De toda formas, si no se resigna, el chófer le argumentará que lleva razón ya que se trata del cartel, que es el viejo y no está en vigor. Hasta para eso están todos compinchados, para no quitar el cartel viejo. Obviamente, si hubiera alguna queja de pasajeros insatisfechos a un agente de policía, un puñado de pesos bajo la manga en el siguiente recorrido supongo que arreglarían el asunto. Pero al final, a uno se le quitan las ganas de indagar y relativiza, pues al fin y al cabo el precio del transporte es mínimo: 3.50 pesos equivalen a unos 23 céntimos de euro y el precio máximo, 7 pesos, apenas llega a los 45 céntimos. Claro que si uno cobra en pesos y tiene un año viajando en pesero, la poca seriedad tarifaria es cuando menos incómoda.
Hay momentos en que uno no puede parar quieto. A veces sucede de país en país, de ciudad en ciudad o, ahora que estoy asentado en el DF, a mí me pasa de casa en casa.
Acabo de mudarme con un amigo (y con las dos siguientes personas que me llamen) a un ‘depa’ tremendo. Es un piso luminosísimo, de 186 metros cuadrados, recién reparado y con parqué nuevo, a sólo cuatro cuadras del Ángel de la Independencia, que es un querubín dorado y parecido –en forma y significado- a la columna de la Victoria de Berlín.
No ha sido fácil. Durante más de un mes, desde que vi el anuncio colgando en un trozo de hule de la terraza del primer piso, me he dejado la piel por él y tras idas y venidas con momentos de todo o nada, decenas de llamadas telefónicas y nervios más propios de la jornada treinta y ocho, finalmente firmamos con el preceptivo fiador conseguido por no sé qué historias que algún día os contaré, y aunque viéndonos a poco de ir al tianguis a vender nuestra ropa para poder desembolsar renta y depósito, en el momento clave, justo al final, nos dieron la llave.
Está en un séptimo piso, o más bien es todo el séptimo piso, y como en la nueva colonia las casas son mayoritariamente bajas, se ve media ciudad. Por eso y porque parece que se les acabo el concreto y decidieron echar mano del cristal. Así que, en lugar de paredes, hay por ejemplo una ventana de siete y ocho metros de largo que abarca el salón y el antiguo estudio que he convertido en mi habitación. Una de las primeras cosas que hice es sentarme con un libro en la sala viendo el atardecer sobre la anarquía de decenas de tejados que se suceden hasta perderse en la masa gris deslumbrada por el sol. De fondo se escuchaba la marea interminable de coches del llamado Circuito interior, pero asumiendo que el paisaje urbano también puede ser bello, desde detrás de los gruesos cristales no difiere mucho de un sonido sordo del que, me crean o no, lo más parecido son las olas del mar.
Afortunadamente ya tenemos varios candidatos para las dos habitaciones restantes, por lo que la pelota está en nuestro tejado, así que ahora puedo dormir más tranquilo ya que el esfuerzo económico de dos había sido el que corresponde a cuatro. Pero esta noche bien que lo he conseguido. Ayer, aún nadie había llegado al piso y mis escasas pertenencias -apenas la maleta, dos mochilas y una caja de libros, equipaje de quien gusta de asentarse pero nunca del todo- eran prácticamente los únicos bultos. Después de dormir a pierna suelta entre un lío de sábanas y sobre una tira desenrollada de esponja aislante de estudio de sonido (es sorprendentemente cómoda), la avalancha de luz al despertar era tan tremenda que daba la sensación de que amaneciera por todos los puntos cardinales al mismo tiempo, incluso por donde ayer anocheció. En la cuadratura de mi amplio cuarto vacío, sólo veía tejados, cielo y entre ambos algunas colinas al fondo. Al incorporarme de medio cuerpo me ha parecido que salía de un saco de dormir en pleno campamento. Ha sido tan chistoso y me he sentido tan vivo en plena luz que no he tardado mucho en darme una ducha fría, engullir un gran trago de la caja de leche, comerme unas lonchas de queso y bajar en mi bicicleta de carreras rumbo al bosque de Chapultepec, por donde atraviesa mi ruta al trabajo cuando tengo ganas de pedalear. Porque la clave, siempre lo pienso, está en no parar quieto.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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