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Foto del día 3 de mayo a 50 km del DF. En el campo no hay psicosis, todo va lento, pero es ese su ritmo.

Foto del día 3 de mayo en pleno centro del DF, cuando todo seguía parado. Previsiblemente, mañana día 6 la ciudad volverá a funcionar. Hoy martes, festivo para muchos, sigue pareciendo domingo.

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La cosa va en serio. Ya pocos dudan de la veracidad del brote, aunque sólo sea porque las autoridades sanitarias europeas y estadounidenses lo han confirmado. Las cifras aumentan y con ellas van surgiendo inexorables preguntas. ¿Por qué en EEUU no mueren de influenza y aquí sí?, preguntaba al secretario de Salud un periodista estadounidense. Parece ser que en los casos de Texas y California los contagiados fueron niños, mientras que los decesos entre mexicanos se sitúan en el rango de edad de 25 a 35 años. Puede ser porque esta franja no fue vacunada masivamente contra la gripe estacional, como sucedió con niños y ancianos. O porque, simplemente, es un virus nuevo del que poco se sabe.

En la calle cada vez son más las bocas tapadas, aunque nadie deja de comer tacos con la mano. Y cada vez son menos los peatones. Sin embargo, el centro histórico se mostraba ayer concurrido: no hay quién lo vacíe, no se para ni fraguándose una pandemia. En esa zona, prácticamente la mitad de los viandantes o conductores llevaba máscaras. Para colmo, un un pasaje peatonal actuaba un mimo con tapabocas pintado. ¿Conciencia o sátira? Porque ya se habla incluso de la ineficacia de estos trapitos azules, igual que ocurrió con la idea de la vacunación masiva.


Anoche, como si hubiera toque de queda, muchos jóvenes se juntaban en fiestas de pisos ya que muchos bares cerraron. Algunos, tras pasar el día enmascarados se desentendían de sus precauciones y olvidaban el virus por un rato entre multitudes que fueron menos. Allí se escuchaba ya "La cumbia de la influenza" o se hablaba de una “epidemia de histeria”. No se resignaban a un papel que parecía impuesto de extras de ciencia ficción. El calor tampoco ayudaba.

En otros jóvenes aún quedaba prudencia. Eran los que no estaban. Ponían excusas vanas para quedarse en casa a resguardo o lo reconocían sin tapujos.

Pero hay quien más allá de uno debe mirar por otros, y por intentar medidas que no quede. Durante el domingo, desde los altos cargos se han tomado nuevas acciones preventivas. Las empresas escalonarán los turnos de trabajo para evitar multitudes (las oficinas de la ONU, me dicen, tendrán servicios básicos). La reapertura de clases se ha postergado diez días, hasta el próximo 6 de mayo, por lo que muchos estudiantes foráneos han tomado vuelos a sus casas. La mayoría de los cines también han cerrado, e igual el bosque de Chapultepec, opción de ocio de cientos de familias, echó la reja antes de su habitual lunes.

Por su parte, los feligreses han sacado a procesión al Cristo de la Salud, escondido en la catedral desde 1691, cuando salió a combatir un brote de viruela. En cambio, otros nos encomendamos a la vitamina C. Pero el miedo es tan personal como la fe. Y contra él, todo vale.

Fotos por el autor.

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20 Ene 2009

Volver

Posiblemente el mejor momento de un viaje, tal vez sólo comparable a los momentos cumbres de éste. Es el tiempo de analizar y el periodo en el que se da a menudo ese instante en que la luz se prende y todo empieza a encajar como un puzzle sin buscarlo. Volver es agridulce, es mover el tiempo adelante y atrás como la rueda de una caja de caudales. También abres y cierras puertas, sólo que el jet lag le resta un poco de matemática. Te sientes raro y más que lo que te espera extrañas todo lo que acabas de dejar.

Llegas. Pisas la tierra con pies de plomo. Será que aquí pesas más, recuerda que vienes del altiplano. También todo cuesta más, a los billetes les faltan ceros y el papel azul ya no es el de mil, sino el de veinte. Además, el nuevo acento es tan rotundo que corta incluso por megafonía. Buscas el metro, no recuerdas las paradas y el chófer del autobús de línea es la persona más ruda con quien te has topado en meses. En el autocar te sientes un tipo extraño, avanzas cargado por el pasillo en busca del 27 pero pese a tus bártulos nadie te mira. ¡Nadie! Para ellos, es como si nunca te hubieras ido. Piensas que si no fueran numerados, el del asiento de al lado se habría corrido junto a la ventana para dejarte el del pasillo, en lugar de estrujarse para que pases tú. Reparas en la radio y te desesperas: es la misma música de cuando te fuiste, y la misma que podrías oír en cualquier punta del globo si no fuera porque ya pasó. Por lo general, les da vergüenza apenas levantar el tono y cuando se apaga la radio, el silencio suena diferente.

Estás llegando a la ciudad. Recuerdas lo que indica cada cartel pero si no, no importa, es más fácil leerlos pese al bilingüismo porque se ven más espaciados, porque no anuncian pueblos de veinte letras.

Hace cerca de cero grados. Tú llegas del “invierno” tropical, que es como decir que es junio. Caminas bajo la luz de las farolas prendidas agarrando la vieja maleta inestable, sin poder disfrutar de tu paisaje, cansado, pendiente de su equilibrio, del frío en las manos y de que no te vea nadie. Por Dios, ahora no. Nadie sabe que viniste, querías que este regreso no sea como los otros. (Y según las postales que mandaste ahora estás en Guatemala.) Te sientes más vulnerable en esa realidad paralela, tiene algo de ficción, son cosas de la Matrix. Al fin y al cabo, salvo tú, todo está como lo dejaste.

Llegas abajo de tu casa, son casi las once. Nunca te llevaste las llaves. Hay luz arriba, pero no quieres llamar al portero automático porque no estaría a la altura. Tampoco tienes móvil, la compañía te lo ha cortado por no redituarle lo suficiente, no le importa que vivas fuera. Eres un fantasma. Entonces piensas que esperar a que abra un vecino y tocar el timbre arriba sería primero demasiado angustioso y después demasiado violento. Buscas gente. Ves a una señora que pasea al perro y le explicas que tú vives ahí, temiendo que corra pensando en un asalto. Pero no. Le cuentas que bueno, que vives en México, pero que tu mamá no sabe nada y que eres el regalo de Navidad. Entonces ella llama al portero, pide –a tu padre- que se asome por la ventana y se va deseándote suerte. Cuando tu padre reacciona ves que algo se mueve tras la ventana, canas y bata, y a través de las gafas –sí, ahora lleva gafas- mira hacia abajo y tú dices: - Feliz Navidad.

Y tu padre se queda: Ostras... ¿Pablo? ¿Qué haces ahí? Entonces le pides que te abra, no se le había ocurrido, y cuando subes y le das el abrazo del año pasas por aquella puerta que sientes medio tuya y medio de otro mundo, y ves las caras de tu madre y tu hermano jugando al Scrabble a la luz de 60 watios como cualquier noche de Navidad, se te tensa la cara, te partes de la risa, te hacen preguntas que no puedes responder. Entonces te abrazas a todos, lo estás pasando en grande y piensas que jamás volverás a avisar cuando vuelvas a casa. Les has arruinado la partida. Pasas a tu cuarto, al baño, te das una ducha que parece te la diste ayer pero que te limpia lo de un año. Te sientas a cenar y ves que no reconoces ni los colores de las cajas de leche, ni el logo del canal del telediario. Pero sí el puré de espinacas de mamá y el queso de oveja latxa, bendito queso.

En los días sucesivos armas una divertida colección de caras en forma de O. Te levantas descansadísimo en tu viejo y duro colchón, te pones los patines que ya no te valían y sales pitando –vaya, si aquí llueve- hasta llegar a donde te has enterado que tus amigos juegan el partido de Navidad. Te vale madres que no se pueda con patines, tú pasas e irrumpes en la cancha al grito de ¡Waaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Tus amigos empiezan a mirarte y se paran, hasta que el que tiene la bola se ve sólo frente a la portería, pero ya ni chuta. Una serie de gritos simiescos, un abrazo de once, como si fuera un gol, y cientos de preguntas y quejas por no haberles avisado. Así es más bonito. Luego ves uno a uno que la mayoría no eran los amigos que buscabas, eran otros, porque les habían dado la misma hora de cancha que a los primeros, que han tenido que irse a ver si les abren tu excolegio. Pero mejor, así ves a todos. Cuando llegas a tu excolegio los curas ni te escuchan. Ha empezado a nevar y lo único que se mueve, y por poco, son los copos. Si no haces algo acabarán el partido y tú allí de pendejo pelándote.

Entonces saltas la valla, llegas al polideportivo, cuentas una dos y tres y repites la jugada: ¡Waaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Esta va en serio. Te dejas llevar por la inercia de tus ruedas. Tardan en reconocerte, ahora tienes rastas y una bufanda que te cubre la cara, así, en el ínterin, puedes ver cómo reaccionan a cámara lenta. Los gritos explotan a destiempo como las palomitas, le haces un placaje al primero que agarras, que apenas acaba de comprender, y no lo sueltas. Los otros jadean, se miran y ríen con los brazos en jarra. No saben qué decir y la verdad es que tú tampoco. Luego respiras, das su abrazo a cada uno, les cuentas la jugada, te cambias, quieres tocar balón, no te sale una, pierdes y te duchas, cantando como antaño. Ahora te vas a comer con ellos y a beberles el tequila que les has traído –mucho qué bueno qué bueno, luego te lo acabas bebiendo tú- y a salir de farra.

Al día siguiente, tercer plato fuerte: tu ex. Te vas a Pamplona, te enteras que una antigua ex te cachó: sólo avisaste a un amigo común y a éste se le fue la boca. Pero aún la mediosorprendes al teléfono, te recibirá en la noche, incluso te espera después de ir a sorprender a la otra ex, más reciente, con la que terminaste porque te fuiste. Ésta va a fumarse un cigarrillo a las once de la noche en un parque, te lo ha dicho su hermano cómplice, como pausa en su noche de estudio. Y en vez de su hermano, apareces tú. En la oscuridad, mirando al Arga, la reconoces. Ella fuma ensimismada y tú te le acercas por un lado, encapuchado, sigiloso, como vagabundo sin prisa, hasta que te pones delante de ella. Te mira, pero no te ve. Hay un silencio sepulcral y en la negrura sólo se mueve el humo que sube vertical. Suavemente, la mano en la boca, un grito ahogado. No te puedo creer.

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Amigos:

Hoy os voy a contar la Biblia.

En orden de intensidad, los meses más sentis son diciembre -uno ya sabe-, agosto -fiestas y antiguos interraíles- y octubre, por lo de los cumpleaños del grupo, y porque se caen las hojas y porque cambian la hora y hay menos luz y porque, oooh, octubre sin duda suena más senti que *mayo*. Aquí también. Creo que octubre es especial, al menos este octubre.

En estos días el depa marcha increíble. Hace dos semanas que tenemos ya el equipo completo y el piso vuelve a ser un popurrí de lo más interesante, como en los viejos tiempos, pero esta vez en México. Es rara la noche en que llego a casa, a menudo tarde por eso de las horas extras, y no hay tertulia en la sala. Frente al balcón acristalado y el horizonte de luces de la ciudad, en los sofás o sobre el suelo de madera, luz tenue o ninguna y una botellita de vino. Es el bálsamo ideal tras cada larga jornada. Y si quiero estar solo, si quiero leer tranquilo y todavía hay luz, sólo tengo que subirme a la azotea: presidiendo la colonia, diez pisos por sobre la vorágine urbana, tiene toda la paz de un faro sobre la mar picada.

Y es que en México no les gusta mucho vivir juntos. Se busca pareja como si en ello fuera la salvación, si no, se renta un cuarto solo y si sucede que no hay dinero, mejor se está uno con los padres. Por lo general, no es mucha la gente que se avienta a vivir con los amigos por puro deseo, y menos aún con desconocidos. En esto, incluso en la fría Barcelona, les ganamos en calidez a los mexicanos. Yo he conseguido que siempre haya alguien en mi casa, alguien a quien me apetece ver.

Oficialmente, vivimos cuatro. Mau es músico, y qué músico. Muy polifacético. A sus veinticuatro, ya ha tocado con Cold War Kids y miembros de The Stills. Su aspecto es el de un palillo con gafas grandes y las barbas del doctor Bacterio. Defeño de nacimiento, crecido en San Antonio, Texas, y curtido por los caminos de Brasil y en la ciudad de Buenos Aires, donde coincidimos en un concierto de Jethro Tull antes de conocernos: una tarde, hace poco, me vio la camiseta conmemortiva y dedujimos que aquel día estuvimos al ladito. Carla es chihuachueña, es la niña querida del depa y apenas lleva unos años de Derecho, pero es muy consciente de la realidad mexicana y nos instruye a menudo. Su tez linda de modelo francesa y su licenciatura no se corresponden con el trasfondo. Tiene algo de femme fatal que luego se diluye en cada uno de sus abrazos. Es candorosa, se apunta a todo y nos ofrece un buen balance entre fiestera y responsable. María es de Cubalemania. Su historia no es una historia de las de todos los días. Nació en La Habana hace veintimuchos, y a sus tempranos veinte se fue a Berlín con una beca de estudiante, acogiéndose legalmente a un padrino, que era el marido alemán de su mejor amiga. Dicho así suena muy fácil, seguro no lo fue, menos con su aspecto menudo y frágil, su sonrisa inocente y vocecita que habla para adentro. En Berlín tuvo que adaptarse sin poder mirar atrás. Aprendió el idioma, terminó Filosofía y Teatrología y se quedó por siete años, hasta que buscando un poco de calidez y cercanía a su entonces pareja ¡pamplonica! recaló en Madrid. Pero quién lo diría, Madrid no le conquistó el corazón, extrañaba Berlín. Así fue que se volvió, hasta que ganó una plaza en un programa de promoción de la cultura alemana en México.

El cuarto soy yo, y el quinto Lázaro, el perrito de Mau.

No sé qué es lo que tiene pero hemos logrado algo muy lindo. Un lugar donde la gente viene y no se quiere ir, y así, hace un mes y por tiempo indefinido llegó Nubia, una chica paulista del medio audiovisual que hospedó a Mau y Juan en su viaje por Brasil. Juan es colaborador habitual de Mau y por eso vive a tiempo parcial con nosotros. Se dedica al arte, expone sus dibujos, hace instalaciones conceptuales y triunfa a menudo. Y sólo tiene veintitrés. Por cuestiones históricas de uso, desde que conoció el piso, él es el amo del sofá.

Claro que con el permiso de Ruca. Ruca es barcelonés y se dedica al diseño gráfico, al cartelismo y ahora planea también impartir unas clases universitarias (a las que quizás le ayudo en la parte de redacción). Ya tiene treinta y tantos, aunque sinceramente yo me enteré hace poco. Un desarraigo amoroso reciente le llevó a rentar el cuarto que ahora tiene María, luego se buscó otro piso pero en sus visitas nocturnas se ha hecho asiduo del sofá, siempre que no está Juan.

Coninuará. (I/III)

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La ciudad de México es un gigante caótico, y mucho branding tendrá que hacer para quitar ese estigma de las mentes del mundo. Pero como las historias casi siempre superan a la realidad, era obvio que el león no es tan fiero como lo pintan. Vivir en México viniendo de Euskadi es más interesante que difícil. Por goleada.

Tengo que hacer el ejercicio de transportarme al pasado para recordar qué piensa un vasco antes de llegar a esta megaciudad. Quizás alguno me puede corregir, pero en el top of mind de los clichés está el tamaño, seguido de la polución, el calor, la corrupción y la inseguridad, muchas veces patrocinada por la policía. Antes de comenzar a reforzar y deshacer prejuicios, quiero situar geográfica e históricamente la ciudad para tener un punto de partida.

La capital mexicana se sitúa a 2260 metros de altura media, sobre la explanada que antiguamente fue el lago de Texcoco. Hasta la llegada de Hernán Cortés en 1519, sobre este lago se levantaba, casi a flote, la sorprendente Tenochtitlán, capital azteca. Actualmente, Texcoco es una minucia de aguas negras comparado con lo que fue. A la explanada se la conoce como el Valle de México, ya que está rodeada de grandes y frondosos conos arbolados que no son sino volcanes extintos.

"El monstruo", como se lo conoce en el país, es inmenso mas no es la mayor urbe sin contamos como una sola la conurbación de Tokio y Yokohama, según leo. En todo caso, sus 19 millones de almas la mantienen en segundo lugar, si no en primero.

Como ocurre en otras entidades, el área metropolitana se extiende más allá de los límites del Distrito Federal, la unidad política que complementa a los treinta y un Estados Unidos Mexicanos. En realidad, ni la ciudad abarca todo el Distrito Federal (el sur es montañoso, con el volcán Ajusco y sus 3.937 metros) ni el Distrito es toda la ciudad, puesto que ésta se expande por el Estado de México formando Tlalnepantla, Ecatepec, Naucalpan, Cuautitlán-Izcalli y otros núcleos anexos. Al norte del distrito se lo conoce como Ciudad Satélite, fruto de la planificación sesentera que quiso copiar el desarrollo suburbano estadounidense. Para el ojo humano, los suburbios trepan por cualquier loma aledaña que encuentran a su paso, con lo que muchas referencias visuales dejan de ser válidas.

Lejos de cáctus y arenas, o de selvas yucatecas, hay que pensar que la latitud de la ciudad se corresponde con climas tropicales, pero la altura hace que esa climatología no tenga vigencia apenas en el DF. Oficialmente, el clima es "subhúmedo con lluvias en verano" y las estaciones son prácticamente dos: la de lluvias (verano, de mayo a septiembre) y la seca (invierno, de octubre a abril). La variación térmica es escasa, inviernos de 20 a 8ºc y veranos de 24 a 14ºc. Lo más destacable son las trombas de agua brutales en verano y los alrededores eminentemente verdes todo el año gracias a vastos pinares y encinares.

Y con esto, ya tenéis los ingredientes para empezar a construir vuestra maqueta imaginaria.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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