Posiblemente el mejor momento de un viaje, tal vez sólo comparable a los momentos cumbres de éste. Es el tiempo de analizar y el periodo en el que se da a menudo ese instante en que la luz se prende y todo empieza a encajar como un puzzle sin buscarlo. Volver es agridulce, es mover el tiempo adelante y atrás como la rueda de una caja de caudales. También abres y cierras puertas, sólo que el jet lag le resta un poco de matemática. Te sientes raro y más que lo que te espera extrañas todo lo que acabas de dejar.
Llegas. Pisas la tierra con pies de plomo. Será que aquí pesas más, recuerda que vienes del altiplano. También todo cuesta más, a los billetes les faltan ceros y el papel azul ya no es el de mil, sino el de veinte. Además, el nuevo acento es tan rotundo que corta incluso por megafonía. Buscas el metro, no recuerdas las paradas y el chófer del autobús de línea es la persona más ruda con quien te has topado en meses. En el autocar te sientes un tipo extraño, avanzas cargado por el pasillo en busca del 27 pero pese a tus bártulos nadie te mira. ¡Nadie! Para ellos, es como si nunca te hubieras ido. Piensas que si no fueran numerados, el del asiento de al lado se habría corrido junto a la ventana para dejarte el del pasillo, en lugar de estrujarse para que pases tú. Reparas en la radio y te desesperas: es la misma música de cuando te fuiste, y la misma que podrías oír en cualquier punta del globo si no fuera porque ya pasó. Por lo general, les da vergüenza apenas levantar el tono y cuando se apaga la radio, el silencio suena diferente.
Estás llegando a la ciudad. Recuerdas lo que indica cada cartel pero si no, no importa, es más fácil leerlos pese al bilingüismo porque se ven más espaciados, porque no anuncian pueblos de veinte letras.
Hace cerca de cero grados. Tú llegas del “invierno” tropical, que es como decir que es junio. Caminas bajo la luz de las farolas prendidas agarrando la vieja maleta inestable, sin poder disfrutar de tu paisaje, cansado, pendiente de su equilibrio, del frío en las manos y de que no te vea nadie. Por Dios, ahora no. Nadie sabe que viniste, querías que este regreso no sea como los otros. (Y según las postales que mandaste ahora estás en Guatemala.) Te sientes más vulnerable en esa realidad paralela, tiene algo de ficción, son cosas de la Matrix. Al fin y al cabo, salvo tú, todo está como lo dejaste.
Llegas abajo de tu casa, son casi las once. Nunca te llevaste las llaves. Hay luz arriba, pero no quieres llamar al portero automático porque no estaría a la altura. Tampoco tienes móvil, la compañía te lo ha cortado por no redituarle lo suficiente, no le importa que vivas fuera. Eres un fantasma. Entonces piensas que esperar a que abra un vecino y tocar el timbre arriba sería primero demasiado angustioso y después demasiado violento. Buscas gente. Ves a una señora que pasea al perro y le explicas que tú vives ahí, temiendo que corra pensando en un asalto. Pero no. Le cuentas que bueno, que vives en México, pero que tu mamá no sabe nada y que eres el regalo de Navidad. Entonces ella llama al portero, pide –a tu padre- que se asome por la ventana y se va deseándote suerte. Cuando tu padre reacciona ves que algo se mueve tras la ventana, canas y bata, y a través de las gafas –sí, ahora lleva gafas- mira hacia abajo y tú dices: - Feliz Navidad.
Y tu padre se queda: Ostras... ¿Pablo? ¿Qué haces ahí? Entonces le pides que te abra, no se le había ocurrido, y cuando subes y le das el abrazo del año pasas por aquella puerta que sientes medio tuya y medio de otro mundo, y ves las caras de tu madre y tu hermano jugando al Scrabble a la luz de 60 watios como cualquier noche de Navidad, se te tensa la cara, te partes de la risa, te hacen preguntas que no puedes responder. Entonces te abrazas a todos, lo estás pasando en grande y piensas que jamás volverás a avisar cuando vuelvas a casa. Les has arruinado la partida. Pasas a tu cuarto, al baño, te das una ducha que parece te la diste ayer pero que te limpia lo de un año. Te sientas a cenar y ves que no reconoces ni los colores de las cajas de leche, ni el logo del canal del telediario. Pero sí el puré de espinacas de mamá y el queso de oveja latxa, bendito queso.
En los días sucesivos armas una divertida colección de caras en forma de O. Te levantas descansadísimo en tu viejo y duro colchón, te pones los patines que ya no te valían y sales pitando –vaya, si aquí llueve- hasta llegar a donde te has enterado que tus amigos juegan el partido de Navidad. Te vale madres que no se pueda con patines, tú pasas e irrumpes en la cancha al grito de ¡Waaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
Tus amigos empiezan a mirarte y se paran, hasta que el que tiene la bola se ve sólo frente a la portería, pero ya ni chuta. Una serie de gritos simiescos, un abrazo de once, como si fuera un gol, y cientos de preguntas y quejas por no haberles avisado. Así es más bonito. Luego ves uno a uno que la mayoría no eran los amigos que buscabas, eran otros, porque les habían dado la misma hora de cancha que a los primeros, que han tenido que irse a ver si les abren tu excolegio. Pero mejor, así ves a todos. Cuando llegas a tu excolegio los curas ni te escuchan. Ha empezado a nevar y lo único que se mueve, y por poco, son los copos. Si no haces algo acabarán el partido y tú allí de pendejo pelándote.
Entonces saltas la valla, llegas al polideportivo, cuentas una dos y tres y repites la jugada: ¡Waaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! Esta va en serio. Te dejas llevar por la inercia de tus ruedas. Tardan en reconocerte, ahora tienes rastas y una bufanda que te cubre la cara, así, en el ínterin, puedes ver cómo reaccionan a cámara lenta. Los gritos explotan a destiempo como las palomitas, le haces un placaje al primero que agarras, que apenas acaba de comprender, y no lo sueltas. Los otros jadean, se miran y ríen con los brazos en jarra. No saben qué decir y la verdad es que tú tampoco. Luego respiras, das su abrazo a cada uno, les cuentas la jugada, te cambias, quieres tocar balón, no te sale una, pierdes y te duchas, cantando como antaño. Ahora te vas a comer con ellos y a beberles el tequila que les has traído –mucho qué bueno qué bueno, luego te lo acabas bebiendo tú- y a salir de farra.
Al día siguiente, tercer plato fuerte: tu ex. Te vas a Pamplona, te enteras que una antigua ex te cachó: sólo avisaste a un amigo común y a éste se le fue la boca. Pero aún la mediosorprendes al teléfono, te recibirá en la noche, incluso te espera después de ir a sorprender a la otra ex, más reciente, con la que terminaste porque te fuiste. Ésta va a fumarse un cigarrillo a las once de la noche en un parque, te lo ha dicho su hermano cómplice, como pausa en su noche de estudio. Y en vez de su hermano, apareces tú. En la oscuridad, mirando al Arga, la reconoces. Ella fuma ensimismada y tú te le acercas por un lado, encapuchado, sigiloso, como vagabundo sin prisa, hasta que te pones delante de ella. Te mira, pero no te ve. Hay un silencio sepulcral y en la negrura sólo se mueve el humo que sube vertical. Suavemente, la mano en la boca, un grito ahogado. No te puedo creer.
Tengo la prueba. La cárcel de Lecumberri, la estación Éuzkaro del Metrobús o la colonia –barrio- Echegaray o incluso el edificio Vizcaya son conocidos, si no ubicados, por la mayoría de defeños. Más allá de lo proveniente de la época de la conquista y la colonia, lo que se ve en apellidos como Ayala, Landa, Gamboa, Ladrón de Guevara, Mendoza o Salvatierra, siempre me ha llamado la atención la escasa presencia de inmigración alavesa y de alusiones a nuestra provincia en comparación a la vizcaína, guipuzcoana o incluso vascofrancesa o navarra. Al fin y al cabo, los alaveses no sufrimos una desindustrializción tan acusada, no fuimos tan republicanos y nunca fuimos hombres de mar. Así las cosas, el hallazgo de hoy en la calle Manuel Villalongín de la colonia Cuauhtémoc, personalmente alcanza la categoría de tesoro. Prometo investigarlo.
(Algunas fotos están cortadas porque el formato apaisado se distorsiona.)
Definitivamente, cualquier filólogo vasco debe venirse de este lado del Atlántico para una temporada. Intuía algo de lo que podía significar la cultura vasca en México a raíz de las historias de emigrantes que pasaban en ETB, como en Sustraiak, de nuevo desterrados a altas horas de la noche.
No es necesario acercarse al Centro Vasco de la colonia Polanco, en la capital, para encontrar la pista. Si bien la gran mayoría de mexicanos, vascos incluidos, ignoran los elementos euskaldunes de sus vidas, los guiños a nuestra historia son frecuentes por toda la ciudad y algunas del extrarradio. Más de lo que cualquiera pueda imaginarse allí, tan lejos.
Claro que en la puertita que hay junto al restaurante Loyola, el local colindante, está la historia más fresca. Allí, en el txoko y el frontón se dan cita varias generaciones de desarraigados, bien sean exiliados de la posguerra o diplomáticos de la Delegación del Gobierno Vasco; jóvenes trabajadores de CAF, alumnos de Estudios Vascos en la U.N.A.M. o chilangos entusiastas del euskera. Estos ikasles morenitos acuden martes tras martes a las clases de Gabriel, la mayoría, como dice él, “porque conoció una neska y no la puede olvidar”. Geográficamente, lo que más predomina en las comilonas son baztaneses, seguidos de donostiarras y bilbainos. Hace casi un año incluso conocí a un gasteiztarra, cosa rara, aunque junto a un gran mapa de Euskalerria los pósteres de Athletic, Real, Osasuna y Alavés se encargan de asegurar una equidad más de derecho que de hecho.
Pero volvamos a la calle. Uno se siente una suerte de arqueólogo moderno con el simple pulular de la ciudad, clavando la vista en cientos de carteles rehuidos por la rutina y la ignorancia –a veces inocente y lógica- que homogeniza el crisol de voces y grafías, unas académicas y otras populares.
Comencemos por los negocios, que son un claro indicador de que, por lo general, hacer las Américas se les dio bien a nuestros antepasados. Así, durante décadas, millones de mexicanos han hecho sus compras en la Bodega Aurrerá, una sexagenaria cadena de hipermercados que ahora mantiene su nombre como submarca del gigante Wal-Mart. Los carros en México, que más que en ningún otro lugar son una extensión natural del individuo, queman mucha rueda. Entre las marcas internacionales de neumáticos se cuela exitosamente una mexicana: Euzkadi. El primer día fue de no creerlo. Ahora, cuando digo de dónde soy, confieso que “sí, como las ruedas, al norte de España”. Pero si la avería depende de ti, mejor que vayas a una ferretería y te aprovisiones. Te darán herramientas Urrea. Y si requieres un electrodoméstico entero, muy probablemente acabes comprándolo en una tienda Viana.
En la lengua hablada, al cabo de los días es fácil escuchar palabras como chamarra, aquelarre, o como parte de los modismos callejeros incluso escuché a mi jefa referirse a una probabilidad como “seguro segurola”.
Pero, sin duda, lo más gratificante es contar a ciertas personas el significado de su apellido vasco. No veas la cara que se les pone, si lo desconocen, entre la vergüenza por no saberlo y la ilusión de aprender algo más de sí mismos, algo por lo que muchas veces ni se habían preguntado.
Y lo más increíble, lo más interesante, es descubrir apellidos sospechosamente vascos y totalmente inauditos. (Algo me hace pensar, sin ningún rigor, que México con sus 110 millones de mexicanos podría ser el país con más apellidos vascos del mundo. Habría que consultárselo a Euskaltzaindia y su Nomenclator.) Son casos, presiento, de familias casi enteras que vinieron al Nuevo Mundo y cuyos apellidos se perdieron allí en Euskadi, en los restantes, entre la jerarquía del abolengo. Sin ir más lejos, en mi trabajo hay un Nucamendi y un Amozurrutia. Y mira que me encanta la genealogía, pero para mí eran recién estrenados. Por otro lado, mis amigos son Labastida y De Iturbide. Y si miramos el mapa del Distrito Federal, en el centro histórico hay una serie de calles adyacentes que se llaman Aldaco y Bolívar y son cortadas consecutivamente por Echeveste, Meave y Vizcaínas. Para más inri, son mexicanos históricos y omnipresentes Aldama, Abásolo, Iturbide, Villaurrutia, Azueta, Lasaga, Vértiz, Allende. Y hasta el Vasco Aguirre y la madre de Fox, que era donostiarra. En este punto se me hace muy curioso algo que contrasta con la muy escasa presencia alavesa en América: los apellidos de la llanada son abrumadores en todo el continente, y no menos en México. Los ejemplos más ilustres: Mendoza, Landa, De Anda, Gamarra, Arriaga, Gordoa, Gardea, Murguía, Arciniega, Orduña, Apodaca o un apellido precioso, Ladrón de Guevara.
Como se puede ver, vivir en México no es algo tan ajeno a uno mismo. No fue mi principal razón para venir, pero es prueba fehaciente de que, saliendo, uno se conoce mejor.
PD: En relación a esto, hay un artículo muy sorprendente acerca de la diáspora vasca y lo mucho vasco que se puede conocer fuera de Euskalerria:
http://www.elpais.com/articulo/espana/PAiS_VASCO/estan/vascos/elpepiesp/19990301elpepinac_15/Tes/
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
Tags
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
Archivos
Secciones
Últimos Comentarios
La historia de la casa del Hombre que Mató al Animal
4 comentarios angel hikaru tamilla Pablo Zulaica Parra alejandra maldonadoInventario de la cerveza mexicana (con un toque vasconavarro)
13 comentarios MANOLY Pedro Rodrigo daniel Carlos LeyBucareli, antiguos esplendores en la calle de las ratas
8 comentarios francisco Rodriguez Raúl Briseño karen Pablo Zulaica Parra AnónimoLo vasco en México, algo más que coincidencia en los colores.
57 comentarios Zatarain claudia lizarraga Antonio Apodaca Gerardo Puente Zavala Gerardo Puente ZavalaCómo encontrar un perro en la Ciudad de México (III/III)
6 comentarios claudia Pablo Zulaica Parra jarrillerorojiblanco IVENNA Pablo Zulaica ParraPor qué la Pampa no está en México
2 comentarios Pepe Villatoro Julio MartinezAcentos Perdidos, viento en popa. Prensa.
26 comentarios Pablo Zulaica Parra noel Pablo Zulaica Parra Pablo Zulaica Parra Eugenia Barrientos- 12 comentarios Karla Vizuett jarrillerorojiblanco LOre CHERYL Ser-Lore-eta-Amaia
- 5 comentarios Ale Arreola Tamara elregio Interesado Anasan
Euskara eguna’08: creatividad, participación y por supuesto, buena cocina.
4 comentarios teresa Pablo Zulaica Parra jarrillerorojiblanco Omar Bucio
PUBLICIDAD

