No podía creerlo. Una serie de coincidencias me habían hecho caminar todo el paseo de Reforma a lo largo del bosque de Chapultepec hasta dar con ello. Ese día no tenía bicicleta, pues había llegado en pesero de mis clases de frontón; pero no tomé siquiera el pesero de vuelta. Debía bajar hasta el Auditorio para comprar unos boletos y luego continuar hasta el museo de Antropología, donde la víspera había olvidado mi mochila en el guardarropa. Caminaría, al fin y al cabo el paseo era agradable.
Cuando por fin salí de Antropología crucé la avenida para arrimarme a la reja del parque, así vería la exposición del momento, parecía que acababan de cambiar los panelones. Un cartel rezaba: “BA-DF”. Caray, me dije. Era una retrospectiva de fotografía urbana que buscaba puntos en común entre Buenos Aires y la Ciudad de México. “Dos fotógrafos actuales continúan el trabajo de sus maestros, Horacio y...” ¡Horacio! Tengo libros suyos allí en mi casa vasca. Era él, Coppola, el maestro de mi profesor de fotografía durante mi estancia porteña. A sus 106 años, aún vive en Buenos Aires y algunos libros suyos también viven en mi casa. Yo aprendí, o lo intenté, lo que Horacio le enseñó a David: ambientes tan oscuros y tan lejanos del negro puro al mismo tiempo, que se relevan como paisajes que allí estuvieron, a la vista de todos, pero que solo una cámara supo ver y plasmó, pese a las gigantografías, en impecable grano fino.
Avancé por la reja hasta encontrar una foto fugada hacia un atardecer. Un coche vertical dibujaba eses entre casas horizontales de algún suburbio pampeano desierto. Algo no cuadraba. Las líneas serpenteaban entre la negrura, pero incapaces de transmitir toda la paz de que es capaz quien pinta suave con luz. El cielo corría de arriba abajo y el sol, más bien, parecía haberse caído. Un pueblo apaisado anochecía en su marco enhiesto.
En la reja de Chapultepec sólo había bastidores verticales. Qué te hicieron, Horacio, a ti y a tu pampa llana.
Estás a punto de dejarlo todo y echarte a dormir. ¿Para qué vale? Pero tras todo el día sirviendo a las marcas que pagan a la agencia que te paga a ti, no puedes quererte tan poco como para no dedicarte unos minutos; y echarte a dormir, es decir, a prepararte para servir mejor al día siguiente y defenderte mal que bien de una inexorable somnolencia. Pero es vital. El único modo de soportar este ritmo es quejarte, despotricar, hallar una vía de escape, tener contra qué lanzar tus puñados de palabras como piedras a cristales que son atravesados sin causarles grieta alguna. Todos los escritos de un día de labor en la madrugada están destinados a ser tres cuartos de lo mismo.
Lo sabes desde que estás comiendo unos tacos en el puesto de la esquina, tres cuadras antes de casa. De fondo escuchas el himno mexicano sonando en alguna radio, la señal exacta de la medianoche. Se hace raro que un signo tan preciso paute los días, que aquí transcurren en el orden relativo y en el constante aproximado. Tres tortillas de grasa con bistec y verdura picada, y algo de chile, escurriéndote a partes iguales el limón por sobre de los tacos y sobre tus dedos, las yemas juntas, para desinfectar con más fe que otra cosa las manos que han asido la bicicleta en tu resignada vuelta a casa, a deshora, a trasnoche, porque odias el tráfico de esta ciudad y porque, al fin y al cabo, la bicicleta en la noche es de las poquitas cosas que te hacen sentir libre en el caos colectivo.
Pero en realidad, la libertad o la falta de ella son un hecho deliberado, no quizás con la conciencia más clara del mundo, pero sí una especie de elección, al mismo tiempo condicionada. Es la opción escogida por una parte de juventud creativa, con ansias de ser creadora, donde frustrados del arte, sin un norte como el de nuestra idolatrada generación del sesenta y ocho, que por hache o por be nos sale hasta en la sopa, pero no nos cansa, pues es referente de todo lo que al parecer nunca llegaremos a ser, pero hay que ser utópico en esta vida, porque quien no lo es no vive por nada...
Es la opción escogida, decía, y por ella aceptamos resignados aunque decimos no resignarnos, trabajar durante doce horas, desajustar las comidas, el sueño y el ocio, pero, sobre todo, sacar el tapón de la bañera del tiempo donde miles de libros esenciales se deshojan, donde letras y segundos se esfuman por igual en ese desagüe de juventud en que el tiempo es preciado tesoro y verdugo al mismo tiempo, pues es como la tramontana en tierra basáltica, que seduce y exaspera por igual.
Llegas a casa sin tiempo, pues, de nada, previo paso por la tienda de la esquina, que sacia las necesidades primarias en cualquier momento de la noche, modelo importado del norte para gente sin horarios de salida. Compras un litro de leche y dejas a deber, porque acaban de hacer caja y no tienen vuelto, pero en realidad, porque nadie en este país tiene cambio de billete grande, que es lo que te da el banco. Quien contó las monedas y billetes y calculó la producción para ciento diez millones de personas le erró considerablemente, porque aquí hay billetes de 500 y monedas de cincuenta centavos, a imagen y semejanza de la minoría ricachona y del amplio pueblo llano, respectivamente, pero resulta que las cosas cuestan diez, veinte o veintiocho pesos, así que ridículamente nadie tiene cambio, o, peor aún, no tiene nada, ni cambio ni descambio, ni una triste manta limpia en que dormir en una esquina.
Llegas a casa, decía, y destapas la rosca de la leche, agarras uno de los plátanos viejos y lo salvas de las moscas de mañana, que ya le están rondando, tantos días que lleva ahí, olvidado, abandonado, el mejor de los propósitos. Agarras un puñado de cereales y te lo llevas a la boca, así hasta llenarte, tragas leche del brick cuando la boca se te empasta, le pegas un trago como si recién salieras del Sahara, y rasgas la piel fláccida del plátano, no porque te apetezca, sino porque sabes que a base de tacos no vive el hombre, que así es que media ciudad está anémica o a dieta, los gimnasios llenos, anunciándose por doquier entre los rojos de las cocacolas y sus competidores, cuyos envases desbordan papeleras -a veces- y siembran los suelos –siempre.
Te comes el plátano, decía, mientras prendes la compu porque ya no puedes vivir sin ella, como si no fueran pocas doce horas casi ininterrumpidas de apantallamiento. Menos mal que, para ser creativo, a veces basta con un boli y una libreta y tus ojos descansan, en la azotea, sobre la inmensidad de cemento gris, o, con suerte, del verde del mar de árboles de Chapultepec. Pobre ciudad si no hubiera bosque.
Prendes la compu, decía, porque quieres escuchar el disco pirata de Nacho Vegas, tu gurú de los días sin sentido, con permiso de Corcobado, con quien te alineas para encontrar el mínimo de significado a este bucle de días en que, vaya, se ha convertido tu vida.
Pero siempre hay ocasión para desviarse, tomarse la vía muerta y frenar en seco. Escuchar los pájaros y la vida afuera, quedarse allí en busca de una vía maltrecha que aún no hayan desmantelado, y que, de oculta que está, guarde algún desvencijado tesoro. Siempre decimos que algún día lo haremos. Ese decir, lejos de hacer, constituye nuestra más íntima libertad. Esa posibilidad, aunque muerta día a día por nosotros mismos, nos da la vida. Muerta, pero también revivida cada día por nuestra rutina a la que odiamos y amamos, porque no hemos aprendido otra forma, porque en realidad nos atrapa, porque otra cosa nos da miedo, porque somos yonkis de ella.
En San Pablo, la calle de las bicis, me habían dicho: “aprieta bien los pedales, si no, te puedes dar un buen golpe”.
Eran cerca de las nueve y media y yo avanzaba veloz por el carril para buses del Paseo de Reforma. Iba camino de la agencia. No había demasiados carros, así que manejaba ensimismado bajo las ramas de los árboles. Venía pensando en los pedales que había comprado días antes y que aún no había sacado de la bolsa.
De pronto, lejos, atrás, escuché un ruido familiar. Miré y vi a alguien en el suelo sobre la amplia acera, a la altura del museo Tamayo. Deceleré, subí a la banqueta y pedaleé en sentido contrario.
Al aproximarme contemplé a un tipo de unos treinta años, hecho un ocho entre los hierros de su bicicleta, retorcida en el suelo. Venía arreglado, pantalones negros, camisa de rayas y bandolera cruzada; tez blanquísima, cuatro pelos de barba y unas gafitas chicas. Me dio aspecto de judío. Me pareció simpático, y la situación, no tan grave, más bien cómica. Otro hombre había venido a socorrerlo, pero el accidentado estaba inmóvil, sólo apretaba los dientes y se agarraba fuertemente una muñeca concentrado en su dolor.
Analicé la escena al tiempo que le preguntaba si estaba bien y qué le había pasado. Preguntas, por otro lado, obvias y absurdas, porque estaba dolorido y se había caído. En eso, mis ojos descubrieron a pocos centímetros un pedal sobre la acera. Vi después que del eje de la bicicleta salía una palanca metálica huérfana. Luché entonces por aguantarme la risa. Comoquiera que el tipo parecía de cristal a punto de romperse, yo permanecía en pie con los brazos en jarra sin mucho por hacer, salvo esperar por si él quisiera ayuda. Era como para alzar la vista al cielo y decir: “Te has pasado, tío. Qué grotesca tu señal”.
Mientras señalaba la palanca, de entre sus dientes oí escapar una lacónica respuesta: “Se zafó el pedal”. “¿Sí?, no me digas...”, pensaba para mí, allí parado. Después lo miré a él, abrí la boca y le dije: “Si es que, los pedales, hay que apretarlos bien.” Él agradeció mi parada. Con esto, decidí que no le contaría lo demás y que, tras desearle mejor suerte, me alejaría de allí.
Foto del día 3 de mayo a 50 km del DF. En el campo no hay psicosis, todo va lento, pero es ese su ritmo.
Foto del día 3 de mayo en pleno centro del DF, cuando todo seguía parado. Previsiblemente, mañana día 6 la ciudad volverá a funcionar. Hoy martes, festivo para muchos, sigue pareciendo domingo.
Creo que debo una explicación. Estoy recién 'desempacado', aún volviendo a la realidad. Con todo el lío gripal, el desmadre laboral y el despelote histérico de la última semana, llegó el viernes y resultó que era festivo. Yo tenía claro que en México hay muy pocos días de vacación como para quedarse un puente en el DF, con tanto por conocer. Esta vez no las tenía todas conmigo, incluso había cancelado el plan por la situación. Pero como el jueves supe que los de la Secretaría de Salud no usan mascarilla, el viernes lo empecé apático. Desde la noche pasada, las cifras subían y bajaban como valores de bolsa y bailaban con el mejor postor. Y el estado de sitio sólo se vivía en la ciudad. Esto era más cierto que otra cosa. Así que se armó un planecito, ocho amigos, una casa de campo a 50 kilómetros de la ciudad, cuarentena campestre. Acepté.
Por tres días no ha habido virus. Sólo una casita de adobe en el balcón de un tranquilo valle. Al pie de la cabaña, en suave descenso, hileras de nopales, cactáceas comestibles secándose al sol. Entre ellos, un aldeano con sombrero y machete curvo en la cintura. Más allá, una línea de arbustos que indicaban un regato seco, como espina dorsal, justo antes de que la exigua planicie se tornara en suave ascenso, en dirección a los riscos que cierran el valle. Y junto a las matas, un caballo alazán y otro caballo negro. Arriba, en la casa, un par de camas. Fuera, hamacas de árbol a árbol, y en la mesa, bajo las copas, huevos rancheros, nopales, naranjas, plátanos, miel artesanal y dos tarros de tequila. El cartel del pueblo no decía Comala, sino San José de los Laureles. Pero en vez de un perro sarnoso de ciudad, por tres días me he sentido el hijo de Pedro Páramo.
Esta tarde, de regreso, el Jeep desvencijado discurría por la sinuosa carretera a Xochimilco. Subía unos repechos y entonces la vista era libre por un rato entre los trigales arados, entre la bruma y el humo de fogatas lejanas. De vez en cuando pasábamos algunas cabañas de madera que ofrecían quesadillas a gritos. Longaniza y huitlacoche –hongo del maíz- eran los últimos manjares, allí bajo un toldo acordonado, ya casi en los confines del paraíso. “Finaliza Estado de Morelos. Principia Estado de México”. Y, en lo que se metía el sol, Milpa Alta y Xochimilco, la antesala de la ciudad. Desde aquí, el humo ya es de carro. Los labios se resienten y la nariz se reseca. Las callejuelas frente a los embarcaderos están concurridas, también hay tráfico. Las primeras mascarillas gritan por vender unas nieves (helados), más nieves que el de al lado. Filas, estrecheces, semáforos. De pronto salimos al Periférico, que nos libera, y a Insurgentes, Patriotismo, y el tráfico se desvanece. Como si alguien se tragara los coches. Llegamos al centro en un abrir y cerrar de ojos. El centro sigue relativamente vacío. Las tiendas, cerradas, también las muchas de las que suelen abrir en domingo. Más mascarillas, no obstante menos que el jueves. ¿Será que estamos mejor?
Y en casa, las noticias. “Van veintidós muertos”, buenísimo, porque hasta el jueves pasado eran casi doscientos. La OMS “avisó de influenza porcina en marzo”, pero el presidente no hizo caso y justo ahora está en televisión presumiendo el desembolso en materia de salud: “México ya puede hacer más pruebas moleculares de virus que Canadá”. Parece que convence, desde luego sabe hablar. Qué bien, ya que no escucha. También pone el grito en el cielo por las “afrentas a los mexicanos en otros países”. México ha sido deshonrado, hacinado, confinado a cámaras insalubres en hoteles y aeropuertos, lo dice la prensa, el mundo lo ha puesto en cuarentena sin motivo aparente. Mexicanos, “no deben viajar a China”, nos tratan mal aunque no portemos gripe. Qué ingratos, porque nosotros “somos la primera trinchera entre el virus y el mundo”. Además, vamos bien, porque “la gripe está en declive”, “ya no hay más muertos desde el día 28”. Tenemos “once muertos más con síntomas similares”, pero no están confirmados, luego no cuentan. Vamos bien, vamos ganando “pero no hay que relajarse, sigamos observando las medidas”. Si todo sigue así, “el miércoles 6, todo vuelve a la normalidad”. Casualmente, la campaña para la elección de diputados ha echado a andar hoy, según lo previsto, con toda su artillería. A temblar.
Suspiro. En realidad, comprendo al presidente. No cabe duda de que debe transmitir un mensaje positivo y de confianza, para eso es el presidente y más en el inicio de campaña. Su cara refleja la lucha por su gente y por la imagen de México ante el mundo. Además, pienso, cuando un niño no entiende nada y se siente solo, necesita unos brazos que lo arropen. Como dijo el titular de Salud Pública sobre del uso del tapabocas, “no arregla nada, pero así la gente se siente mejor”. Lástima que el tapabocas no vaya a servir ni para que hablen menos.
Ayer no escribí, la verdad. Estaba cansado de opiniones que viran cual veleta y pensé que, para escribir paja, mejor nada.
Hoy lo hago desde el trabajo. En apenas una hora nos darán el parte de hoy. Bien es cierto que ahora estoy en la agencia, pero he venido sólo porque debía firmar unos originales para impresión, y en cuanto acabe este post, me voy. Se comenta entre el 20% de empleados -los pocos que estamos hoy presentes- que seguramente la empresa unirá las festividades del 1 de mayo y la del 5, aniversario de la Batalla de Puebla, con lo que habrá un largo puente. Es decir, vacaciones en casa. ¿No era ese el argumento de Aupa Etxebeste? Me suena, con tanto tiempo libre, creo que la voy a ver.
Qué curioso. Hasta de eso hay película. Porque la verdad es que estos días son de lo más cinematográficos, y todos mencionan Yo leyenda, Resident Evil Degeneration, 28 días después o la clásica Estallido, pero la película de Asier Altuna y Telmo Esnal, sin perder actualidad, promete entretenimiento y algo menos de histeria.
Hoy, las últimas hipótesis nos llegan por email en una serie de correos prácticamente idénticos y mayoritariamente poco fundados. Hay versiones de que la gripe no es porcina, sino aún de origen desconocido; y hay rumores de que la economía mundial necesitaba una reactivación y, como Obama no es tan belicoso, una farmacéutica de iniciales S. A. decidió jugar a los hamsters de laboratorio en México, ideal caldo de cultivo que se encargaría, además, de vomitar turistas infectados a todo el mundo. Mi mail preferido y quizás el único que 'se sale de tono', lo tecleó una terapeuta de reiki que visitó el DF y que define la gripe como un estado en el que el cuerpo está al límite de sus fuerzas. Y en el DF, observó que mucha gente vive al límite por el tiempo que pasa en el tráfico, al límite por la inseguridad; al límite por la cantidad de horas de trabajo, al límite de smog y al límite, ojo, del desabasto de agua. En el DF es posible vivir feliz, muy feliz. Pero tiene un punto Harumi Puertos.
La gripe es el tema del momento por necesidad, pero se puede ver que en torno a él orbitan algunos otros. El orgullo mexicano, la autocrítica y su lugar en el mundo son tema de fondo de la situación. Se sigue especulando sobre un eterno "por qué aquí". Ya poco importa dónde nació o de qué país vino. Simplemente, las autoridades confunden con muchas cifras diversas, pero casi todas colocan a México como el país más golpeado.
De momento, la opinión más consensuada respecto a la alta mortalidad del virus en México habla de una población mayoritariamente empobrecida, con las consiguientes carencias alimenticias que provocan una baja inmunidad; acostumbrada a no ir al doctor a costa de perder un día de salario, pues a ver quién se lo paga; y con acceso relativo a un sistema de salud colapsado y mal suministrado. Pero lo cierto es que ya hay una víctima mortal ilustre, el director del Museo Nacional de Antropología, y otra que se salvó por poco, Manuel Camacho Solís, exgobernador del DF, que pudo ser curado con la ayuda de los mejores especialistas. Claro.
De nuevo, ayer se tomaron nuevas medidas que seguramente a estas horas ya no son las últimas. Algunos servicios básicos se han ampliado. Por otro lado, se prevé que recorran el inicio de las clases hasta el día 11 y que, aun con aleta 6, los vuelos sigan operando. En lo personal (ya sé que desde allá se opina diferente), es un consuelo.
Qué hacerle. De momento, para los que no nos ha visitado la gripe, esta circunstancia es una concesión para dejar de estar al límite. (Se lo he escrito en un comentario al revivido Camacho Solís, que supongo ahora será mucho más consciente de que las masas no tienen su misma suerte.) Aparte de cuidarnos, y de bastante tiempo libre, no hay mucho en nuestras manos. Desde hace dos días, junto a la ventana y mi calle semivacía, estoy devorando páginas con las peripecias de un joven Herman Melville, antes de toparse a Moby Dick, en las islas de los Mares del Sur. Perdonen que me salga del tema pero, en medio de este caos, lo más frívolo que podemos hacer es desaprovechar estos pequeños regalos de paz.
Amanece un nuevo día en la Ciudad de México, y ya son seis. Quizás ya se han formulado todas las preguntas y pese al afán de saber qué sucede no merece la pena arriesgar saliva. El asunto ha madurado un poco y es tiempo de respuestas. Siguen generándose nuevas, a veces de los medios, a veces un simple “me han dicho que”, y al agrandarse el espectro la credibilidad va en retroceso.
Mi rutina, ciertamente, sí ha cambiado. Ahora estoy en casa, colgado de Messenger y Skype, recibiendo órdenes de trabajo y redactando titulares para gráficas y vallas que quién sabe cuándo saldrán. Muchas juntas se han pospuesto o cancelado y toda fecha ha perdido su vigencia.
He salido temprano a la calle a ver cómo amanecía el barrio. Los puestos de tacos siguen echando humo, aunque con menos clientes. Al lado, la juguería está vacía. Pido dos jugos de litro y muestro mi sorpresa. “¿Dónde están los clientes, ahora que hay que tomar vitamina C?”. Ni modo. La lógica personal es eso, personal, y no siempre tiene la solución.
En la vidriera del cine, un cartel anunciaba que se acogía a las medidas preventivas y cerraba hasta nuevo aviso. A una cuadra, en la glorieta del Ángel de la Independencia. había menos tráfico del habitual y muchas mascarillas en los viandantes, pero todo fluía casi como siempre. Poco se parecía a las fotografías de los medios del domingo, donde uno esperaba encontrarse de un momento a otro a Dustin Hoffman en un traje antinuclear. La vida intenta una nueva normalidad, una normalidad relativa, acorde con los problemas habituales en la ciudad, pero en este caso también condicionada por las nuevas medidas. Mas los papeles ya están asignados, esto nos tocó de lleno y todo el mundo sabe qué debe hacer en caso de sospecha. Otra cosa es cómo se lleve por dentro.

Esas nuevas medidas atañen especialmente a los restaurantes y a las empresas privadas. Los primeros quedan sin aforo útil y sólo pueden cocinar para llevar a domicilio, y las segundas han reducido en todo lo posible la presencia de su personal organizándose en turnos y practicando una comunicación piramidal para dar los partes. Si antes era voluntario, el no cerrar, para algunos sectores, está ahora sujeto a multa.
A primera vista pareciera que las autoridades están actuando bien, pero quedan muchos puntos pendientes, quizás demasiados, que se hablan a escondidas. Los principales: la falta de información sobre la vida útil de las mascarillas y su repartición entre el personal médico, así como la provisión a quienes no alcanzaron o las usan viejas; la necesidad de dibujar un perfil del fallecido medio, si es niño o anciano o bien joven, como se intuye, y si es de nivel económico bajo y no tiene acceso a la información, que es por lo que algunos aventuran que están falleciendo, pues por otro lado de asegura que los antivirales están respondiendo muy bien; pero, principalmente, falta acallar los rumores que hablan de cifras de decesos mucho mayores y ante los que, se dice, hay órdenes de no hablar. Pero la reina de las preguntas sigue siendo por qué la influenza deviene en neumonía y en muchos casos sólo mexicanos, termina en muerte. Ni la OMS dice saberlo.
Así que, dentro de lo excepcional, hay calma relativa. Pero los defeños esperan respuestas válidas, y si las hay, a ver si los convencen de que son las buenas.
El edificio ha temblado, suave, como un columpio. Pero un columpio con buen vaivén, como si alguien lo impulsara. Todos, dese nuestros sitios, nos hemos mirado esperando órdenes, los temblores son frecuentes y a veces no pasan de un simple meneo. Ha durado unos veinte segundos. Al cabo, varios empleados con megáfonos pedían que nos arrimáramos a la pared y en unos segundos la brigada de emergencia nos encaminaba a las escaleras. Al poco estábamos fuera del edificio, en la zona ajardinada de la calle. Doscientas personas, con sus mascarillas por la influenza, sin saber qué hacer. Conversaciones vacías y risas grotescas. Parecía una broma pesada.
A veces, cuando oigo a los mexicanos hablar sobre su país, lo comparo con el Atlético de Madrid. Razones no faltan. Me han venido a la memoria los romeros que ayer sacaron de la catedral al Cristo de los Dolores. Los dioses deben de estar enfadados, y su fe, a prueba de bombas.
En ese mismo momento recibía una llamada de radio para dar mi testimonio de la situación, en teoría, de la gripe. La noticia ha virado totalmente y poco he podido decir. Ahora sabemos que ha alcanzado los 5,7 grados, más o menos la misma fuerza que en Italia derribó pueblos. El epicentro lo han situado en la costa de Guerrero, a unas cinco horas del DF, pero es posible que ni allí, ni aquí, se hayan reportado víctimas. Quizás porque en México se construye diferente y los protocolos de evacuación están muy desarrollados. Así que los medios apenas lo han tratado y la atención vuelve a estar en la influenza. De esto, cada vez se sabe menos.
La cosa va en serio. Ya pocos dudan de la veracidad del brote, aunque sólo sea porque las autoridades sanitarias europeas y estadounidenses lo han confirmado. Las cifras aumentan y con ellas van surgiendo inexorables preguntas. ¿Por qué en EEUU no mueren de influenza y aquí sí?, preguntaba al secretario de Salud un periodista estadounidense. Parece ser que en los casos de Texas y California los contagiados fueron niños, mientras que los decesos entre mexicanos se sitúan en el rango de edad de 25 a 35 años. Puede ser porque esta franja no fue vacunada masivamente contra la gripe estacional, como sucedió con niños y ancianos. O porque, simplemente, es un virus nuevo del que poco se sabe.
En la calle cada vez son más las bocas tapadas, aunque nadie deja de comer tacos con la mano. Y cada vez son menos los peatones. Sin embargo, el centro histórico se mostraba ayer concurrido: no hay quién lo vacíe, no se para ni fraguándose una pandemia. En esa zona, prácticamente la mitad de los viandantes o conductores llevaba máscaras. Para colmo, un un pasaje peatonal actuaba un mimo con tapabocas pintado. ¿Conciencia o sátira? Porque ya se habla incluso de la ineficacia de estos trapitos azules, igual que ocurrió con la idea de la vacunación masiva.
Anoche, como si hubiera toque de queda, muchos jóvenes se juntaban en fiestas de pisos ya que muchos bares cerraron. Algunos, tras pasar el día enmascarados se desentendían de sus precauciones y olvidaban el virus por un rato entre multitudes que fueron menos. Allí se escuchaba ya "La cumbia de la influenza" o se hablaba de una “epidemia de histeria”. No se resignaban a un papel que parecía impuesto de extras de ciencia ficción. El calor tampoco ayudaba.
En otros jóvenes aún quedaba prudencia. Eran los que no estaban. Ponían excusas vanas para quedarse en casa a resguardo o lo reconocían sin tapujos.
Pero hay quien más allá de uno debe mirar por otros, y por intentar medidas que no quede. Durante el domingo, desde los altos cargos se han tomado nuevas acciones preventivas. Las empresas escalonarán los turnos de trabajo para evitar multitudes (las oficinas de la ONU, me dicen, tendrán servicios básicos). La reapertura de clases se ha postergado diez días, hasta el próximo 6 de mayo, por lo que muchos estudiantes foráneos han tomado vuelos a sus casas. La mayoría de los cines también han cerrado, e igual el bosque de Chapultepec, opción de ocio de cientos de familias, echó la reja antes de su habitual lunes.
Por su parte, los feligreses han sacado a procesión al Cristo de la Salud, escondido en la catedral desde 1691, cuando salió a combatir un brote de viruela. En cambio, otros nos encomendamos a la vitamina C. Pero el miedo es tan personal como la fe. Y contra él, todo vale.
Fotos por el autor.
3er día.
Sabíamos de historias de perros aparecidos en barrios totalmente ajenos a donde se habían extraviado, así que el tercer día ya debíamos considerar toda la ciudad. En lugar de ser tan meticulosos, habría que acudir puntualmente a lugares más concurridos. La tarea de ser más eficientes se antojaba difícil en la ciudad más grande del mundo. Pero más valía usar la cabeza antes que los pies. Con el enorme mapa en mano, cuyos pliegues parecían no terminar nunca, comenzamos a marcar colonias. Decidimos cubrir las líneas de metro y los supermercados, dos puntos ineludibles para muchos capitalinos. Se creó un blog específico y su activación se comunicó rápidamente por mail y Facebook. Allí se colgaron carteles imprimibles para quien quisiera copiarlos. Aunque ya había quien había reanudado la búsqueda in situ, fue entonces, y sólo entonces, que nosotros salimos a la calle.
Todas las bocas de metro de cada estación, en las cuatro líneas completas que pasaban cerca del lugar, tenían al cabo del día un mínimo de dos carteles para cubrir a quienes llegaban por izquierda y por la derecha. Algunos de ellos se colocaban en la mera arista de los edificios o de las cabinas telefónicas para ser más visibles y despertar más extrañeza. Cuando era necesario colocarlos en las dependencias del metro, o en algún negocio, se pedía permiso para evitar que fueran retirados.
Entre tanto, Mauricio, Daniela y otro puñado de personas seguían peinando las calles. En una de estas, al caer la noche del domingo, Mau se disponía a colocar un cartel cuando vio que estaba a punto de hacerlo sobre un papel arrugado y envejecido en busca de otro perro extraviado. Quién sabe por qué se le ocurrió marcar, y a la voz octogenaria que sonó del otro lado le preguntó si habían tenido suerte. El perro es de mi hijo, dijo la anciana, y cuando venga les llamará. Así pues, el hijo llamó. Les sorprendió la voz, pues habían imaginado un hijo joven, pero se trataba de un sexagenario que había perdido a su can, éste también viejo, y sordo y ciego. Sus pesares se alinearon y, comoquiera que el hijo viejo estaba a dos cuadras, terminaron los cuatro en la sala de la anciana, contagiados, llorosos bajo el mismo techo. Se ve que les hizo bien ese momento, y de lo patético de la escena extrajeron la fuerza que da pensar que siempre hay alguien peor.
Al cabo del fin de semana no había noticias fiables de Lázaro, pero empezamos a saber de gente que había recibido el mensaje, y no era poca. Para entonces, tres o más emisoras de radio y un canal líder de televisión se habían hecho eco del asunto. Se encargó igualmente un anuncio para el diario Reforma que saldría publicado el lunes y un amigo había conseguido la edición gratuita de una manta para colgar en algún puente sobre el Circuito Interior. Se llegó al punto de que los familiares de quienes llevaban carteles a casa ya habían sabido de Lázaro por algún medio. La campaña de comunicación se estaba cerrando por varios flancos, era ya una “campaña integral”.
4º día.
Cada despertar debía de sentirse algo pesado en las cabezas de los dueños. Tras el fin de semana, los que trabajamos el lunes pudimos olvidar por un rato el asunto, si bien no lo descuidamos demasiado. Las fotocopiadoras y las farolas aledañas a nuestras oficinas daban fe de ello. Sin embargo, se empezaba a pensar en la posibilidad de que el animal apareciera tras las vacaciones, pues la ciudad se desinflaba poco a poco desde el viernes pasado y según se acercaba el Jueves Santo.
El lunes supimos la historia de Jared. Dos días antes, al ser preguntada por Lázaro, una viejita hizo saber a Daniela de las obras de San Pafnuncio, el santo de las cosas perdidas. Le encargó no olvidar su nombre y que se encomendara a él. Daniela se lo contó a Mau, pero al minuto ya nadie se acordaba del dichoso santo. Bien. El lunes, Jared pegaba carteles junto a Bobby en la Cuauhtémoc, cerca del eje de Río Rín. Al desplegar uno sobre la pared, hizo presión sobre un cartel aledaño y de entre él y la pared cayó, al mecer del viento, una octavilla. La recogió y guardó y al llegar a casa, como mera curiosidad, se la mostró a Daniela. Era una estampilla de San Pafnuncio. Dani dio un respingo y no pudo menos que guardarla e intuir que Lázaro estaba un poco más cerca.
El lunes en la noche, el responsable de la policía de las colonias céntricas se personó en nuestra casa. En una ocasión, Mau había llevado a cabo un show con las sirenas de varias patrullas de la zona para un programa de arte público, pero sólo él supo tirar del hilo hasta traerse al superior a casa para implicarlo personalmente en la búsqueda. Un simple llamado de radio y una repartición de fotocopias entre los agentes podría ser muy eficaz. El quid de la argumentación del amo era su “paternidad” sobre el animal, a la cual pocos se atrevían a objetar que, siendo serios, no había niño de por medio. Así pues, todos accedían a las sugerencias de Mau que, bien pensado, en una ciudad tan accesible y maleable para quien sabe dar uso a sus contactos no resultaban muy comprometedoras para nadie. Ni quiero pensar qué hubiera sucedido si de un hijo biológico se tratase.
Continuará.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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