Del blanco dicen que el negro;
Del amarillo, que el azul;
Mas del gris cemento es verde,
su contrario, por salud.
Son tan chatas sus agujas
No pueden coserlo al piso
El tallo brota muy fuerte
buscando un cielo perdido.
Tallo que se vuelve tronco
Aunque lo jale la tierra
Así ya ostenta su reino:
Un costado de banqueta.
Veloces almas circulan
Entre grises citadinos
Sin tiempo de reposar
a la sombra de algún pino.
El tronco deviene corteza
Contra esos malos humos,
Para blindarse de amores
rayados de unas y unos.
Vuelen cientos de soles,
calendarios con sus lunas,
él brincará los otoños
para no perder sus plumas.
Pues no suena el viento sin verde,
No se oyen olas del este.
Si cede el hombre esa suerte
Le gana unos pasos la muerte.
© PZP
Las palabras en la mente ardían más que el café que me había tomado unas horas antes. Estaba llegando a casa y ansiaba salvar cada uno de los detalles, acababa de presenciar otra anécdota muy representativa del transporte público y la idiosincrasia de la ciudad.
En pocos segundos el metro entraría en la estación. Yo regresaba de una cita exprés, había olvidado un libro en el carro de un amigo y el no poder leerlo me traía de cabeza. Cuando llegó el convoy, el andén no estaba tan lleno como un lunes a las siete de la mañana, pero sí como un domingo a las nueve de la noche. Grupos de personas que volvían del cine y de su esparcimiento dominical se colocaban en sus puestos, mientras el tren se detenía, para entrar o para apearse. Había suficientes elementos como para desencadenar una pequeña batalla en cada puerta del vagón, como de costumbre.
Tras unos instantes de silencio tenso se abrieron las puertas, que es lo mismo que decir barreras abajo, dar el pistoletazo de salida o proferir el pitido inicial. ¡A por ellos! Desde la retaguardia, en lugar de meterme al fregado, yo me disponía a observar y después a entrar tranquilamente de una vez.
Pero no pensó igual la treintañera de primera línea, que abordaría el vagón de inmediato por el flanco derecho de nuestra puerta dos metros al frente de mí. Miró adentro, poniendo el ojo como quien ejecuta una falta y ahí quiere poner la bola, y se lanzó directa. Mas era obvio que habría una fornida barrera de parte del rival. El defensor, con el ojo puesto fuera del vagón, se disponía a salir antes, pase lo que pase y por encima de quien fuere. La chica atacante, cual caballo con anteojeras, no claudicaba con su mirada fija y no cejaba su determinación, pero el defensor había asido la barandilla interna y al instante el cuello de la chica parecía ir a quebrarse bajo el brazo masculino asido.
El choque fue violento, como de dos ciervos erguidos que se dejan caer desde la altura de sus patas traseras y quedan enramados. Por el ala izquierda y central, quien mas quien menos iba consiguiendo su objetivo y al parecer ganaron todos. Pero la batalla del lateral derecho se enrocaba, con la chica al borde del K.O. técnico, casi ahogada, pues el brazo del hombre se mostraba inamovible. Hasta que el "caballero", adelantando con terquedad su cuerpo y sin soltar la mano, logró salir salvaguardando toda su falsa hombría, y sólo cuando dio ese pequeño paso –que era un gran paso para la virilidad- se desasió, consiguiendo que la rival entrara por la inercia y casi dando con su feminismo terco por los suelos.
Ya erguida, la chica se sentó inmediatamente al lado de la puerta, se echó la mano a la frente y bajo ella se escudó, visiblemente afectada. Yo avancé por el camino despejado y me paré entre la puerta y su asiento, recostado en la pared, en un pequeño espacio. Abrí mi libro por el separador, pero iba más pendiente de averiguar la frustración y el cansancio emocional de la derrotada, el feminismo que pretendió enarbolar y la exasperación por el ritmo de una marabunta que se dice respetuosa pero que a veces no llega ni al decoro.
No era una princesa, pero el choque de emociones y la delicada caída desde lo alto de su carácter hasta el nivel del asiento me habían enternecido desde el momento en que supe que perdería. Un joven se preocupó, pero ella lo ignoró. Sentía que tenía que decirle algo. Lubriqué el cerebro y hallé el guión para mi intervención: a veces un mea culpa es la salida más rápida y satisfactoria para erradicar la rabia que uno siente. Intentaría infligírselo. Comenzaría con: “ánimo, que esto pasa todos los días.” A esa afirmación aparentemente comprensiva –pero insuficiente y vaga- ella reaccionaría descolocada, más si cabe por el acento. Luego, ante una posible respuesta corta y cortante le hubiera objetado: “es que deberías haber dejado salir primero, es lo que corresponde”, pero sin dejar de ser nunca condescendiente y haciéndole ver que no era una cuestión de machismo, sino de pérdida de referencias suya y colectiva de la que ella no tenía toda la culpa. La mejor de mis sonrisas virtuales, del tipo de “yo pasaba por aquí”, sería el colofón.
Pero los dos pasajeros que se sentaban junto a ella parecían leerme el pensamiento y, entre la baja probabilidad de éxito, la vergüenza de un Robin Hood de pacotilla y el hecho de que ya me sé el final de la historia –yo repartiendo moralinas gratis- opté por cambiar el guión. Me comí las palabras y me bajé, esperando que el tren arrancara lo antes posible para no dar marcha atrás.
La ciudad de México es un gigante caótico, y mucho branding tendrá que hacer para quitar ese estigma de las mentes del mundo. Pero como las historias casi siempre superan a la realidad, era obvio que el león no es tan fiero como lo pintan. Vivir en México viniendo de Euskadi es más interesante que difícil. Por goleada.
Tengo que hacer el ejercicio de transportarme al pasado para recordar qué piensa un vasco antes de llegar a esta megaciudad. Quizás alguno me puede corregir, pero en el top of mind de los clichés está el tamaño, seguido de la polución, el calor, la corrupción y la inseguridad, muchas veces patrocinada por la policía. Antes de comenzar a reforzar y deshacer prejuicios, quiero situar geográfica e históricamente la ciudad para tener un punto de partida.
La capital mexicana se sitúa a 2260 metros de altura media, sobre la explanada que antiguamente fue el lago de Texcoco. Hasta la llegada de Hernán Cortés en 1519, sobre este lago se levantaba, casi a flote, la sorprendente Tenochtitlán, capital azteca. Actualmente, Texcoco es una minucia de aguas negras comparado con lo que fue. A la explanada se la conoce como el Valle de México, ya que está rodeada de grandes y frondosos conos arbolados que no son sino volcanes extintos.
"El monstruo", como se lo conoce en el país, es inmenso mas no es la mayor urbe sin contamos como una sola la conurbación de Tokio y Yokohama, según leo. En todo caso, sus 19 millones de almas la mantienen en segundo lugar, si no en primero.
Como ocurre en otras entidades, el área metropolitana se extiende más allá de los límites del Distrito Federal, la unidad política que complementa a los treinta y un Estados Unidos Mexicanos. En realidad, ni la ciudad abarca todo el Distrito Federal (el sur es montañoso, con el volcán Ajusco y sus 3.937 metros) ni el Distrito es toda la ciudad, puesto que ésta se expande por el Estado de México formando Tlalnepantla, Ecatepec, Naucalpan, Cuautitlán-Izcalli y otros núcleos anexos. Al norte del distrito se lo conoce como Ciudad Satélite, fruto de la planificación sesentera que quiso copiar el desarrollo suburbano estadounidense. Para el ojo humano, los suburbios trepan por cualquier loma aledaña que encuentran a su paso, con lo que muchas referencias visuales dejan de ser válidas.
Lejos de cáctus y arenas, o de selvas yucatecas, hay que pensar que la latitud de la ciudad se corresponde con climas tropicales, pero la altura hace que esa climatología no tenga vigencia apenas en el DF. Oficialmente, el clima es "subhúmedo con lluvias en verano" y las estaciones son prácticamente dos: la de lluvias (verano, de mayo a septiembre) y la seca (invierno, de octubre a abril). La variación térmica es escasa, inviernos de 20 a 8ºc y veranos de 24 a 14ºc. Lo más destacable son las trombas de agua brutales en verano y los alrededores eminentemente verdes todo el año gracias a vastos pinares y encinares.
Y con esto, ya tenéis los ingredientes para empezar a construir vuestra maqueta imaginaria.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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