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Cuando uno transita Bucareli a pie, si mira al suelo, es muy probable que dé un respingo al descubrir infinidad de ratas saliendo veloces de las numerosas bolsas de basura amontonadas en cada farola.

Bucareli no es sólo la calle de las ratas, es una calle especial ya desde su propio nombre. Entre arterias con denominaciones tan institucionales como Reforma o Insurgentes, o tan náhuatl (idioma azteca) como Chapultepec o Cuauhtémoc, aparece un italiano que, bien que tuvo un lugar en la historia del México novecentista, al no iniciado le suena fuera de lugar.

Constituye una de las avenidas que cruzan de norte a sur el plano citadino y sirve de límite entre las colonias Centro Histórico y Juárez. Comienza en el caballito de Reforma, esa gran masa metálica amarilla situada a modo de mojón de referencia en el Paseo de la Reforma, del mismo modo que kilómetros antes lo son la Diana Cazadora o el Ángel de la Independencia. Y termina cortada por Chapultepec, junto a la estación de metro Cuauhtémoc, porque a partir de ese cruce cambia de nombre.


Europa en miniatura
La avenida Bucareli tiene apenas siete cuadras de largo, pero le son suficientes para adjudicar una identidad propia a cada uno de sus costados. De un lado quedan las postrimerías de la colonia Juárez, con sus nombres de ciudades europeas –no por nada- y la elegancia que sus decrépitas fachadas se esfuerzan por mantener como los antiguos aburguesados que seguramente las habitaron. Así, sobre Bucareli mueren Atenas, Barcelona y Lucerna tras dejar atrás la calle Versalles.


Fontaneros contra electricistas
Del otro lado son todas calles de oficios, sólo que sin relación con sus nombres como sucedía en el medievo en los burgos europeos. De esta forma, la calle Ayuntamiento se dedica durante varias cuadras y en exclusiva al mobiliario de baño. Decenas de retretes, bañeras y mamparas desbordan los comercios, colgados de los dinteles, flanqueando puertas o, simplemente, desperdigados por la acera. En la calle paralela, de nombre Artículo 123, son más minimalistas. Se venden exclusivamente interruptores, fusibles, transformadores de corriente y bombillas. Y así, otras tantas calles. Si los oficios alguna vez dieron vida a grandes clubes, se podría armar una liga del Centro Histórico.


Si el poder está en los medios, es una calle poderosa
Hay sin embargo elementos comunes a ambos lados de la frontera Bucareli. El diario El Universal y el Excelsior, dos de los principales periódicos nacionales, tienen sus respectivas rotativas a ambos lados de la calle, haciendo sendas esquinas con Reforma. Del lado del primero, a una cuadra, se sitúa el semanario Milenio, el equivalente aproximado a la Newsweek o a la española Tiempo. Y del lado del Excelsior, simétricamente una cuadra más atrás, el cuartel de distribución de La Prensa, otro de los diarios de gran tiraje. Precisamente es el diario Reforma el único de los principales impresos que no está junto a su calle homónima. De entre todos, mi favorito es el edificio del Excelsior. No el nuevo sino el antiguo, colindante a la manera local (debido a la permeabilidad del suelo muchos edificios se hunden ligeramente de un lado, esto es visible en las junciones). El antiguo Excelsior es un magnífico conjunto gris de cemento y ventanas rectangulares al más puro estilo de la Escuela de Chicago. Se me ocurre que quizás el nombre del diario surgiera al contemplar el edificio concluido.


Bucareli en los libros
La manzana de La Prensa también da a Bucareli, en el cruce sobre la calle Morelos. Unos diez metros antes de llegar a la esquina, viniendo por Morelos, a través de los cristales de la cafetería ya se puede ver media Bucareli. Es el enorme Café La Habana, fundado en 1952 en aquella esquina, como reza bajo el logotipo. Después del Tacuba, que hace la función del Brasileira, el Tortoni o el Majestic de la Ciudad de México, el La Habana puede ser por derecho propio el siguiente café histórico. Es diáfano, de fachada acristalada, techos altos, con muchas mesas y sillas sencillas e idénticas y el suelo de baldosas grandes. No hay tabiques, es un solo espacio. Tanto las paredes interiores como el exterior son de color crema, pero las enormes fotos en blanco y negro que hay en hilera sobre la barra y las mesas respaldan con orgullo en nombre del café. Hay un tintineo constante de cucharas y tazas, y tiene eco debido a su gran tamaño. Un buen grupo de meseros corretea de aquí para allá, casi siempre, o espera clientela poniendo a punto las mesas.

Sin haber oído hablar de él, sólo por verlo día a día, daba la sensación de que las historias no se harían esperar. Así me enteré de que, en los años setenta, el escritor chileno Roberto Bolaño y Santiago Papasquiaro resucitaron sobre una de sus mesas al movimiento poético infrarrealista.


No todas las procesiones llegan a Guadalupe
Volvamos a Atenas y Roma, del lado de la colonia Juárez. Entre esas bocacalles, mirando a Bucareli, se levanta la sede de la Secretaría de Gobernación, una enorme manzana rodeada día y noche por agentes de policía y por las numerosas barricadas que aguardan, aparcadas entre los pocos autos, a la próxima manifestación gremial llegada desde cualquier punto del país. La Secretaría tiene una bella fachada en piedra, balconada sobre una columnata como si de una antigua hacienda se tratara. Donde no luce piedra es de pared blanca, y así es como se extiende hasta doblar las esquinas y completar la cuadra mediante dependencias anexadas con posterioridad. Entre el edificio y la reja de rigor, tan bonitos como inútiles jardines pues apenas se entrevén tras un frondoso cierre, y fontetas románticas que sólo por la noche se escuchan, justifican un sueldo de jardinero.


La casa de los azulejos
Enfrente de la Secretaría, todo a lo largo de ella, permanece pese a su estado un edificio con una espléndida fachada de azulejos oscurecidos por el humo, ventanas estrechas con contraventanas desvencijadas y, generalmente, con todas las puertas abiertas. Pareciera que allí no vive nadie. Pero nada más lejos de la realidad. Se cuenta –una amiga italiana me hizo partícipe- que aquel edificio era propiedad de un avaro chilango. Lo ocupaban decenas de familias que cada mes tenían más dificultades para pagar sus abusivas rentas, por lo que el dueño decidió echarlas a todas. Entonces, la decisión llegó a oídos de un torero afamado, que decidió comprar el edificio completo y permitió a las familias continuar bajo ese mismo techo a cambio de una renta simbólica. Francesca me dice que, desde entonces, en algún rincón del edificio hay una plaquita conmemorativa que los inquilinos dedicaron al torero. Quién quiere dos orejas. Menuda (muletilla).


Pax Romana
Más al sur, también del lado Juárez, hay un curioso y majestuoso complejo residencial que no es lo que últimamente entendemos con este designio. Se trata del conjunto que forma los pasajes Gardenia, Mascota e Ideal. Forman un gran cuadrado de unos cien metros de lado con tres callejones internos paralelos. En dos lados opuestos, y al más puro estilo de una villa romana, tres grandes arcadas interrumpen las fachada de dos pisos y dejan ver, entre sus puertas de reja, largos pasajes ajardinados donde un par de acacias buscan la luz entre el desgastado ladrillo rojo y la piedra gris. Cada pasaje tiene una pequeña fuente central con querubines a los que les brota el agua. Los jardines son centrales, estrechos, y llegan casi de reja a reja. De los contornos de cada uno de ellos sobresalen hierbajos y algunas raíces que han agrietado el suelo de concreto, dándole al lugar una atmósfera que justificaría nombres como Pompeya o Vila Adriana. Tres remansos de paz junto a los cientos de aceleradas rutinas que vuelan diariamente en carro por Bucareli.


Biscaye
Hay otro edificio que, si el paseante se molesta en levantar la vista, no pasa desapercibido. Sobre todo viniendo desde Lucerna, calle que topa con pared contra el mismo.

Es una construcción de seis plantas en un barrio donde nada sobrepasa las tres alturas. El color pardo de su piedra gris le aporta vigor y al mismo tiempo camufla la película de humo adherido que a buen seguro deben de sufrir sus vecinos. Un gran arco porticado hace de entrada, por él se accede a un pasaje sin salida adonde dan las puertas de las viviendas. El pasaje termina en un paredón que exhibe un altarcito a la Guadalupana, supongo, como en cualquier otro barrio capitalino. En la fachada, los seis pisos del edificio están rematados por un tejado muy inclinado de tejas azuladas entre las que surge un buen número de buhardillas, algo singular por estos lares. Sobre todo cuando llueve y las tejas brillan, recuerda a la arquitectura parisina o a alguna ciudad suiza. Sin embargo, es conocido como Edificio Vizcaya. Ignoro el motivo, pero tengo una sospecha.

Ecos de pelota
Antes de llegar al cruce, saliendo a mano derecha, una gran fotografía pixelada de un jugador de cesta punta anuncia el frontón Bucareli. Bajo el cartel nace un pasadizo y quince metros más adentro vuelve a haber luz. Tras la clásica red metálica y oxidada tres paredones verdes forman uno de los frontones emblemáticos de la ciudad. La pelota vasca era muy popular antaño y de hecho no estamos lejos del frontón más grande del mundo, el majestuoso Frontón México, que ahora permanece abandonado e intocable pese (o por) constar en la lista de patrimonio arquitectónico. El Bucareli está en mal estado, pero continúa activo. Todas las mañanas hay clases de cesta y mano y los fines de semana competición.


“La comunidad china a México en el primer aniversario de su independencia”*
Pero Bucareli es eminentemente una vía rápida. Diría que el 95% de quienes la atraviesan van en carro y por la noche el 99%, de los cuales un tercio son camiones que rompen la oscuridad con sus frenos motores, que suenan a grotesca pedorreta y que traspasan las paredes. Poco importa a los conductores qué dejan a los lados, pues lo más en que se pueden fijar es en los niños malabaristas o en los limpiadores de vidrios de los semáforos, que te limpian -y cobran- si no estás ávido para impedirlo.

Prueba de esto es que apenas nadie conoce qué es el Reloj Chino, y quien lo conoce, no sabe por qué se llama así. Si hubiera que escoger alguno, el reloj es el símbolo de Bucareli.

En la plazoleta donde se encuentra, uno puede sentirse extrañamente un náufrago. Se trata de apenas una acera ancha con forma de almendra y situada en el cruce anterior a la Secretaría de Gobernación, a cuya entrada principal de por sí nunca se acerca nadie, salvo vigilancia. La razón de ser de la plazoleta es una pequeña torre de piedra con escasos diez metros de altura que muestra en lo alto un reloj en cada una de sus cuatro caras. Como mucho, la función real de la plazoleta es contener a los pilotos de carreras, que ahora tienen que prestar atención y evadirla por uno de ambos lados. Nadie, ni las ratas, cruza la calle hasta ese islote peligroso a no ser que le mate la curiosidad de leer qué pone en la placa lateral justo debajo del reloj.*

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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