(Continúa del post anterior.)
Bernal, pueblo esotérico
Súbanle, dice el chofer sin dejarnos pagar. Desde Ezequiel Montes tomamos un viejo autobús de esos que huelen como si el tubo de escape lo llevaran dentro. A los diez minutos de camino, tras el bosque ralo de arbustos y cactáceas, las suaves laderas polvorientas se quiebran con la aparición de la gran roca. Sin duda alguna, en una supuesta lista con Gibraltar, el Päo de Açucar y Ayers Rock el cuarto elemento sería la Peña de Bernal.
Nos bajamos en Bernal. Cuando el autobús pasa comprobamos abrumados el tamaño real de la roca que preside el pueblo desde el otro lado, magnificada por el cielo casi raso. Cruzando la carretera hay un pequeño almacén que ocupa un artesano junto a un baldío pedregoso. Como formando un crómlech, se exhiben todo tipo de piedras cinceladas con motivos exóticos y diversas esculturas cabalísticas. Soles aztecas que curiosamente ríen, mientras sirven de florero a largas espigas secas; esferas de vidrio tintado, con aspecto de bolas de Navidad gigantes, que deforman las caras y reflejan la peña al fondo. No hay por dónde taparla. Bernal es una de los dieciséis aldeas que pueden decirse Pueblo Mágico, una lucrativa invención de los patronatos de turismo nacionales que mezcla esoterismo con política. Y además tiene el icono perfecto. Así, un poco por leyenda popular, un poco porque el Gobierno lo dice, Bernal es un pueblo mágico.
Nos adentramos por las calles más directas hacia el centro, dispuestos a aprovechar la hora de sol escasa que nos queda. A primera vista, Bernal sí tiene la arquitectura pétrea de pueblo viejo y esa esencia de pueblo mágico, al menos la que tienen los otros. La mayoría de edificios son de una sola altura, a lo sumo dos, y conforman las calles adoquinadas entre paredes de yeso pintado, arcadas ribeteadas y amplios patios con buganvillas. Una fuente circular de piedra de cantera da pie a una pequeña plaza, aglutina a la chaviza y a algunos viejos y da afluencia a los negocios de artesanía circundantes.
A un centenar de metros del lugar hay un curioso palacete de muros rosas. Su torre redonda y toda la fachada, dos alturas, están cubiertas por picas blancas unidas entre sí por diagonales equidistantes. Un amigo con el que conocí el norte de Argentina llamaba “pastelitos” a las catedrales coloniales de muros color crema. Sin duda esto era un pastelito. Un pastelito de Lewis Carrol, un alarde de psicodelia rural que bien podría habitar, tras el balcón, el As de corazones.
A la vuelta de la torre, en la plaza central, la iglesia local y sus muros bermejos parecían no más que un dulce de aprendiz de pastelero. Junto a ella, tres jóvenes vestidos de juglar, noble y clérigo anunciaban un tour nocturno de leyendas de Bernal desacreditando con sorna el tour de leyendas de Querétaro, que viene a ser lo mismo pero en la capital.
Peña arriba en plena noche
Cruzamos la plaza y seguimos una calle y un cartel que anuncia “A la peña→”. El sol se ha puesto tras las colinas aledañas y sólo los últimos rayos se reflejan en lo alto de la roca. Calculamos que se nos hará oscuro en mitad de la subida, pero por suerte y contra pronóstico, hoy no hace frío. Me fijo que estamos subiendo en camiseta cuando en la última semana las mínimas eran de 1 y 2ºc. En una tienda de tapices artesanos, un cartel reza Micheladas a $12 y decido pagar una para hacer más sabrosa la subida. El suave picor de la salsa Magi, la salsa inglesa, el aceto de limón, son ya parte del paisaje.
De pronto me topo una cara conocida. Saludo como si nada, y espero sonriendo. Son dos compañeros de trabajo del DF, supe que andarían por estar tierras, así que pese a la penumbra no dudo que son ellos. Tras los efusivos abrazos y las presentaciones nos deseamos suerte y continuamos. Atravesamos los puestos de souvenirs y el primer tramo de sendero empedrado. Cruzamos a numerosos caminantes que bajan, familias, niños gritando, y preguntamos a algunos adultos sobre dónde acampar. Nuestra pregunta parece extraña a pesar de la cultura de camping tan extendida que hay en México. Quizás frente a la capilla, a media subida, acierta a decir un hombre.
En ese momento percibimos una poderosa luz blanca a nuestras espaldas. Además de la luna, que está creciente, dos grandes focos blancos apuntan a la peña, como se hace con los monumentos importantes. Se hace extraño pero quizás deberíamos agradecer que los focos serán poderosos guías para el camino. Cada vez hay menos gente. Rebasamos a una pareja de escaladores que, equipados y alumbrados, trepan una fuerte pared de roca como si fuera pleno día. Llega un punto en el que es preciso utilizar las manos, ayudarnos en algunos pasos y agarrarnos a las rocas, a veces para no resbalar con la arena del camino.
Alcanzamos la capilla y con ella la primera explanada de la peña. La luz de los focos llega ya más tenue y no supera el repecho ni alcanza el pequeño altar. En él sólo brillan un puñado de velas que realzan los pómulos y los pliegues de una virgen María y un revoltijo de flores amontonadas ante ella. Cerca del oratorio, dos cruces blancas de hierro recuerdan a adolescentes que fallecieron a pocos metros el uno del otro. Sólo hay que alzar la vista para imaginarlo: de ahí para arriba la roca es una, vertical y maciza, incluso se descuelga sobre nosotros.
Continuará:
Noche entre las piedras y el cielo
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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