A las 6am sonaba la alarma, justo al tiempo que Miguel abría la puerta. Aún era de noche y el frío, el silencio y la quietud absoluta, que eran sólo uno, daban la sensación de que el tiempo se había parado y parecía absurdamente innecesario levantarse tan temprano. Tras unos instantes me incorporo, me enfundo las botas sin atar y salgo a la negrura de la galería acristalada. La manija metálica de la ventana era implacable. Afuera, el Popo seguía en su sitio, ninguna perogrullada para quien aún anda entre sueños y en semejante paraje. Apenas se intuía como una mancha entre la bruma con un cielo casi de azabache, sólo ligeramente azulado por le primer resplandor del alba.
El madrugón no era tan ansiado por el ascenso como por ver la salida del sol. Reunidos afuera, salimos al llano, rodeamos las antenas hasta llegar a la vuelta del camino y allí encontramos una magnífica vista al este. Entre el Izta, y el Popo, el vasto horizonte que empezaba a siluetearse. La escena, con todos erguidos manos en los bolsillos, me recordó a un anuncio de Ray Ban donde los vampiros esperaban religiosamente al sol. Tal era nuestra emoción. Al ver mi cámara, con un gesto, Miguel me indicó que lo siguiera y ambos descendimos unos metros por el terraplén, hasta un tronco de pino partido por un rayo que se presentaba muy fotogénico. Me enorgullecía la buena relación que se había forjado entre Miguel y yo en apenas dos horas de anoche. Miguel vive allí, a 4.050 metros, casi permanentemente. Sólo a veces baja al DF, su residencia oficial. Está recién divorciado pero se lo ve feliz, dice que ahora tiene tiempo para sus cosas: las excursiones guiadas y la fauna y flora del monte, que documenta con su cámara y reporta a la dirección del parque. En rigor está como voluntario del parque, pero es el encargado del refugio y pienso que lo poco que gasta lo saca de la módica cantidad que cobra por acompañar a los nuevos montañeros. Un alma solitaria y natural, limpia de las polución y de las mamadas del día a día ciudadano, feliz sobre todo porque es consciente de donde vive, y otro no. Quizás encontró en mí un carácter más latino que el norirlandés, el francés y el judío-británico que me acompañaban, algo de complicidad montañera euskadin egina y gusto por la foto y capacidad de sorpresa.
“Mira, el disco solar está a punto de verse, entre la nube y la montaña”. La montaña es nada más y nada menos que La Malinche, la cuarta altura de México, que parece cercana pero se levanta en el horizonte veracruzano. Poco más allá, enmarcando el alba, se yergue el pico Orizaba, el techo del país. A las siete en punto de la mañana, el cielo es una paleta de tonos rojos desde el rosa más suave, amoratado por el cielo raso, hasta el más intenso, puro fuego, sobre la nube negra que eclipsa el sol. Cuando la bola aparece Miguel nos hace mirar al Popo. De súbito, su cono negro se ha convertido en un perfecto cono rosa coronado por una fumarola casi fucsia milimétricamente vertical. Wow.
Cinco minutos más de wow, y echamos a andar. En un abrir y cerrar de ojos el sol implacable se cernirá con violencia, dejaremos de tiritar y nos colgaremos la ropa de las cuerdas de la mochila mientras resoplamos cada pisada.
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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