(Viene de los dos post anteriores)
Noche entre las piedras y el cielo
Se ha levantado el viento en el peor momento. Inspeccionamos el paraje y nos damos cuenta de que eso es todo lo que hay. Unas rocas cercanas aplacarían el viento, pero nos obligarían a dormir fuera, sin carpa. Finalmente optamos por el principio de la explanada, aunque nuestra tienda, craso error, no tiene sus clavijas. Superamos el contratiempo con todos los pedruscos que encontramos cerca, hacemos aparejos y contrapesos con las fundas de los sacos y amarras que cortamos a las mochilas. Apenas son las nueve, pero ya es totalmente noche y la idea de bajar a cenar al pueblo se desvanece no bien nace. Wendy se queda dormida antes de que yo acabe de armar la carpa. Yo me lleno el buche con aceitunas, champiñones, pan bimbo, plátano y agua, antes de emplear la botella para componer el último contrapeso.
Ya poco queda hacer. Será mejor levantarnos temprano y aprovechar la luz. Me meto al saco y busco la posición ideal, que mucho temo que no hay. Nos falta una buena esterilla y además la primera de las falsas clavijas no tarda en saltar. El viento arrecia y con cada ráfaga la carpa se descubre del lado de nuestras cabezas. Así pasan un par de horas. Los instantes de calma son cada vez más esporádicos. Y radicales: el aire cesa de golpe y pareciera que nos sume en el vacío. Cuesta dormirse cuando la imaginación vuela pensando en el próximo arreón, en que la carpa también vuela como en el tornado del Mago de Oz. A veces ese frágil silencio se desvanece suavemente con una cadena de violentas explosiones lejanas. Deben de ser los camiones de las canteras de cal descargando los container. Y tras el falso aviso, el viento da un nuevo manotazo y la carpa se balancea como un flan. Y otro. Y otro. Dudo varias veces si salir en busca de una piedra mayor. Asumo que no voy a dormir nada. A través de la telilla se intuye parte de la roca, cada vez menos, y el resplandor de las velas de la capilla. Ha bajado la temperatura y siento que nos ha envuelto la niebla. Y por si fuera poco, la telilla interior es un filtro inocuo contra el polvo, que ya se siente en la cara y se ve en la pantalla del celular, reducido ya a reloj, al marcar más de las dos.
El rojo amanecer
Me despierta el ruido de las cremalleras. Wendy se incorpora y abre la carpa. Un chorro de luz tenue entra frontal, mis ganas de ver el alba ganan al sueño e inmediatamente, con esfuerzo, abro los ojos. Sí me he dormido. Son las siete y el sol, aún oculto, ya tiñe de rojo el horizonte bajo el que brillan enjambres de luces e hileras que los unen. Tout est calme. Agarro la cámara. Salgo en calcetines y de un salto alcanzo la fría roca. Abajo, el pueblo. Arriba, la montaña. El viento se ha ido. (Cobarde, como si sólo te atrevieras por la noche.) Ni siquiera las briznas de hierba entre los popotes de basura se mueven. Hace frío. Hago varias fotos, disfruto del silencio y de la soledad y me vuelvo a dormir.
Pedro el rescatista
Oigo los jadeos de los primeros visitantes. No me molestan demasiado, pues a quien madruga para subir al monte no se le puede reprochar nada. Retozo unos minutos más y termino por salir. Tiene gracia. Abro la puertecita y ya estoy allí arriba, el pueblo a los pies, la capilla a mi lado. Y un escalador que descarga su mochila y saca las cuerdas y todo su ajuar. Buenos días. Buenos días. Así que va a subir… Sí, subiré hoy, ¿quieren venir conmigo? Eh, apenas hemos escalado alguna vez, nada serio nunca. No importa, yo me dedico a esto, soy rescatista. ¿Tienes tiempo, no te interrumpimos? No, todo bien. Buenísimo. Yo me lanzo. Yo no sé. Dale Wendy, yo primero. Va, y luego yo.
Hale, para arriba. Meto la cámara al morral y me lo ato a la espalda. Pedro me coloca el arnés y los juegos de mosquetones y también su casco. Sólo tiene uno, él irá sin casco, pero no insisto. Pienso que siendo rescatista no me dejará quitármelo. Tras unas breves instrucciones de cómo manejar las cuerdas y los ganchos, trepamos hasta la base de la pared fijada, llena de salientes pero casi vertical. Veo que las presas son bien anchas, con forma de grapas salidas. Le doy unos metros, por precaución, y luego comienzo a seguirlo. Pie acá, mano ahí, pie allí, mano allá… clac, seguro. Sin prisa alguna y más preocupado por hacer los pasos bien, vamos acercándonos a la brecha que marca la mitad de los noventa y cinco metros de desnivel. Desde aquí la carpa ya se ve ridícula. Junto a ella, Wendy es uno de los seis o siete puntos sentados en las rocas. Más abajo, él sí donde estaba antes, queda el pueblo. El sol se va levantando pero aún no pica con malicia. Ladeamos un saliente y superamos el último repecho. A cada paso caminado, por fácil que sea, Pedro aprovecha para enseñarme qué hacer. Dónde colocar la cuerda, el orden de los mosquetones, dónde buscar seguros naturales, o cómo colocar mi cuerpo tras cada movimiento. En la cima, paseamos unos metros hasta la cruz y seguimos hasta la otra punta, en la cara norte. Es el punto para observar el paisaje, ubicar los puntos cardinales y señalar la órbita perezosa del sol de invierno. Tomamos unas fotos y después me enseña las otras vías en las que él practica, escala o bien se descuelga con el crowl, una mosquetón dentado a modo de gato para subir y bajar por cuerda. Lo hace varias veces en el día. Ese es su entrenamiento cuando viene a la Peña de Bernal. Cuando no, va al Iztaccíhuatl o al Pico de Orizaba a entrenar alta montaña.
Lo de Pedro es hobby y profesión. Contactado por empresas estadounidenses, recibe excursionistas y los sube a los volcanes por una media de doscientos cuarenta dólares. A la Peña, al Izta o al Pico, a donde haga falta. Sin hielo o con hielo. Desde que he salido de la carpa no he dudado un momento de su experiencia. El viejo pantalón vaquero y el forro polar de primera generación, con algo de barriga incluida, podrían confundir a primera vista. Pero la seguridad de sus movimientos y la paciencia al enseñar, o el pañuelo conmemorativo de Houston’04, anudado entre su sombrero y las suaves arrugas de tercera edad disimulada, hablan claro. Tiene 65 años. En ellos, además de las principales cumbres mexicanas ha hollado los techos de EEUU y Canadá -McKinley y Logan, respectivamente- o el Mont Blanc. Su labor de rescatista, también lo ha llevado al Himalaya. Fue contratado como médico de una expedición al Everest, y desarrolló su función a más de 7.000 metros. Resultó providencial, ya que quienes intentaron la cumbre bajaron sin suerte y con un edema pulmonar. Lo que menos practica es senderismo, aunque no por eso todo es alta montaña. El descenso de un cañón a pocos kilómetros de Bernal lo trae sorprendido desde hace dos semanas.
Es hora de bajar. La paciencia y la mirada entre las piernas, mientras se recula siempre de cara a la pared, son lo único necesario. Además de ir asegurando la cuerda, pues ahora yo voy delante.
Continuará:
Los suicidas van por libre
Sobre este blog
Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.
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