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Subiendo de dos en dos, las escaleras del metro Hidalgo me arrojan a la avenida Reforma en medio de un gentío inusitado. Ya es de noche. Faltan apenas tres minutos para las siete y media y no veo un solo hueco para atravesar la arteria, y el concierto es justo del otro lado. Ojalá sí lo fuera pero Kepa no es tan universal como para semejante marea humana en la populosa capital de México. Ni siquiera con los 702.000 euros de la discordia, ni aún con el doble. ¿Qué sucede, pues?, pregunto a un papá, que espera paciente con su mujer y su niña. Es el desfile de Coca Cola, me dice, hoy llega Santa (Claus).

Menudo sacrilegio. Seguro que hasta alteran el sonido del concierto. Por si fuera poco, cientos de personas están encaramadas a algún tipo de valla y no se ve siquiera su estructura. Inmediatamente me acuerdo de lo inexpugnable de las empalizadas de sanfermines a las siete de la mañana y opto por desaparecer bajo tierra en busca de otra salida del metro que dé al otro lado. En ese momento me llama Wendy desde el carro de su padre, para excusarse por un extraño atasco en el que están metidos. Inmediatamente y sin parar, le sugiero que salgan de donde están, buscar la México-Tacuba y vernos en la esquina de Insurgentes. Para entonces ya he comenzado a alejarme por la avenida a Tacuba y he dejado atrás el vocerío, ahora cientos de conductores se dan media vuelta lentamente ante las barreras policiales y sueltan todo tipo de improperios. Nada que no pase todos los días. Un mensaje me avisa entonces de que Kepa va con retraso, menos mal. Continúo alejándome raudo, ya he alcanzado la siguiente parada de metro y en ese momento, tras un fugaz cambio de luces, Wendy salta de un coche que dobla hacia Insurgentes.

Agarro sus bártulos, la tomo de la mano y corremos al metro Revolución. En una parada estamos de nuevo en Hidalgo, pero ahora salimos del otro lado. Estamos detrás del escenario, que está doblando la esquina de la Alameda, sobre una calle peatonal. El gentío del desfile es ya apenas un murmullo. Entre dos largas lonas azules que caen a modo de cortinas hay un resquicio, por él se ve a Kepa desde la lejanía, se distingue la trikitixa moverse cual gusano desenterrado y se escuchan el bajo y el tuc-tuc de una txalaparta, que a diez mil kilómetro hace un sonido celestial. Corremos de la emoción hasta rodear el escenario. Dos centenares de caras esparcidas en grupúsculos, la mayoría mexicanos, están mirando con atención. Observan impasibles, llenas de luz, quizás sorprendidas por aquellos extraños instrumentos y sus sonidos. En el centro localizo a mis amigos mexicanos, a los que había rogado vayan, y enseguida estamos junto a ellos sacándoles las primeras palmas.

Dicen que apenas llevan tres canciones, lo puedo corroborar porque la víspera también acudí al concierto, en el Teatro de la Ciudad. En el escenario lo están dando todo, pero abajo falta un poquito de baile, en el teatro era imposible y hoy no quiero que suceda lo mismo. Así que llamo la atención de Wendy y le señalo a dos chicas en las filas delanteras. ¿Son vascas? Seguro, respondo. Wendy echa a correr y yo acudo detrás, quién sabe cómo las abordará, tan mexicana del mundo ella. Wendy me espera como si me hubiera buscado un tesoro. Es Ziortza, la nueva profesora de euskera de la UNAM, de quien había oído hablar. La otra es una alemana que vive con ella. Hacemos una presentación fugaz y el resto lo hace la música. Aquello se ha convertido en una verbena de pueblo euskaldun y en instantes Wendy, la alemana y yo nos encontremos dando palmas en torno a Ziortza, que ha comenzado a bailar un arin-arin. Ya nadie mira a Kepa.

Al poco, unos jóvenes locales se atreven a colaborar con la causa y sacándose todo tipo de vergüenza empiezan a revolotear en torno a la dantzari. Así le seguimos varios, yo incluido, y ya no podemos parar. Kepa hace notar por ella el hecho histórico del arin-arin y más público se prende, aparecen vascos como setas después de la lluvia y también los alumnos mexicanos de euskera, algunos más torpemente, al ritmo de la clase práctica que imparte la maestra. Pierna aquí, pierna allá, al poco se arma un gusano bien largo que se cuela veloz entre los huecos de los asistentes, de los organizadores y de los que simplemente pasaban por allí. La cadena forma un ocho y llega al punto de que casi hay más gente de la mano que suelta, y los que siguen sin formarse, ya lejos de impresionarse, chocan las palmas por los que no podemos darlas.

Así, tras varios bises y con muchos calores, acababa en un sonoro aplauso el concierto del primer arin-arin de la calle Doctor Mora. Eres lo que bebes, debía de estar diciendo Santa en la otra calle. Eres lo que bailas, pensábamos aquí.

(Lo que nadie sabía ni por asomo era que mientras Kepa luchaba contra Santa Claus, allá lejos Mikel Laboa luchaba contra la vida y a la misma hora que acabó el concierto en México, las 22h locales y 5h del día próximo en Euskadi, fallecía el más grande de los cantautores vascos. Agur eta ohore, Mikel.)

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde agosto de 2007 en Ciudad de México. Soy redactor de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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