Por lo que veo en la prensa, la concentración del sábado, donde miles de personas se unieron vestidas de blanco y velas en mano contra la inseguridad en el país, ha tenido eco internacional. De puertas adentro, si bien no sé a cuántos sicarios y secuestradores logrará ablandar en caso de hacerlo, sí veo por fin la cara positiva de un nacionalismo que a mi juicio es más de camiseta y bandera, se expresa en multitud de formas gráficas, lo gritan las presentadoras de televisión y tiene su apogeo cuando juega la selección. Entusiasta de las banderas, creo no obstante que el verdadero nacionalismo es el que va por dentro y que lo demás, lo que más se ve, no vale para mucho, ni en Hernani, ni en Madrid, ni en Ciudad de México.

Ayer se percibía algo diferente. El país, o más bien la clase alta y parte de la clase media del país, se unió para repudiar los últimos asesinatos y la impunidad de los políticos y policías implicados. Lo que quiero decir es que la patria se forja día a día, pero día a día el valemadrismo choca frontalmente con las intenciones de un “México libre”, un “México grande y todas las consignas que se escuchan en las grandes concentraciones. Pero lo peor es que esa desidia se contagia, doy fe de ello, porque esto habla de que es un problema endémico, muy enquistado y que rodea de connivencia y de relativismo, y luego de impotencia y de incredulidad, la aplicación de las mismísimas leyes. De otra forma no se explican hallazgos como el que hoy leía en un furgón blindado. Junto al logo de la empresa, en un cuadrito de la carrocería se leía: “Estamos mejorando”.

Ayer, sin embargo, daba gusto ver que la gente compartía sus problemas reales, que hablaba, que gritaba las injusticias que a diario se calla y que usaba su indignación para algo en pro del bien de todos, ya sea una voz común.

Hoy, más de lo mismo. Es raro que más de lo mismo implique algo positivo, pero en los escalones de Ángel de la independencia, entre las velas colocadas ayer en nombre del malogrado joven Martí y de otras víctimas, miles de corredores recién llegados a meta bailaban por el deporte, por los pueblos indígenas, por los derechos para todos y por la vida misma al ritmo de La Maldita Vecindad. O, al menos, eso es lo que proclamaba su líder, en lo que no dejaba de ser una gran coctelera ideológica. Sin embargo, lo que no quita son los diez kilómetros de la Human Race 10K que Nike había convocado para hoy. A las ocho de la mañana –los mexicanos son muy madrugadores, realidad contra prejuicio- cerca de veinticinco mil personas habíamos tomado la salida en una de las veinticinco carreras paralelas que estaban teniendo lugar en todo el mundo.

Desconozco qué ciudad convocó a más participantes, pero era verdaderamente espectacular ver proyectado en los túneles de la carrera cómo México corría contra Varsovia, contra Taipei o contra Nueva York. En un contexto de sano sacrificio, miles de mexicanos numerados en sus camisetas rojas se encorajinaban mutuamente con el recuerdo fresco de la marcha de ayer y sus consignas impresas al grito de México, México. Ahora sí, todos marchando juntos, en pleno esfuerzo y magnificado con el eco de un túnel y en la misma ruta contra la inseguridad, por fin se me hacía un poquito de sentido y hasta me llegaba eso del “Sí se puede, sí se puede”.

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Supongamos que ya has subido y pagado en una de las cajas de cerillas móviles gris y verde. Lo más normal es que tengas ante ti, de un lado, hileras de asientos dobles forrados con falso cuero, tan pegados al de delante como si de un avión de bajo coste se tratara; del otro lado, una banca a lo largo de la ventana tan baja que parece de jardín de infantes; y al fondo, una fila similar que abarca toda la parte trasera. De igual forma, lo más normal es que ni lo puedas ver bien porque el pesero va atestado. Al sentarse en uno de estos bancos, de conseguirlo, las rodillas quedan por encima de la pelvis, uno siente necesidad de estirar las piernas pero de lograrlo quizás provocara una perfecta zancadilla. Si estás de pie, es probable que toques con la cabeza el techo. Los mexicanos parecen errados con su propio estereotipo, pues aunque la mayoría de la gente es más bien chaparra, se encuentran numerosas torres humanas.

Pero si tienes la suerte de encontrar lugar en las bancas que van de frente, quizás puedas experimentar una de las curiosidades mexicanas que más me descolocan. Si el vacío está junto a la ventana, allí irás tú. Por ningún motivo, la persona que ocupa el asiento junto al pasillo se va a correr junto a la ventana para que puedas sentarte con facilidad. Ya sea una viejita, una mujer con falda, un ejecutivo con maletín o que tenga las piernas de Gasol, no será demasiado incómodo un giro para quedarse donde están. Se acurrucarán, encogerán sus jambas, tornarán el torso o bien se levantarán para que pases, cuando pidas lugar no será otra la respuesta. ¿Qué si al cabo de un año sé por qué? Tuve que mandar un e-mail para que mis amigos mexicanos me dieran su parecer. La conclusión más generalizada, auque ni de lejos hubo consenso, resultó que salir entre la multitud cuesta tanto que la posición de pasillo vale más. A mí, día tras día, me suena un poco a zafio porque de todas formas, muchas veces, muy poca gente cede su lugar ni aunque sea a ancianas ni a mamás. Es como si el ritmo frenético de la selva urbana endureciera un poco a las personas. A veces prevalece el sálvese quien pueda. ¿Será posible?

Todo lo que va dentro de un pesero, cuero aparte, es metálico y despintado, es una constante. Excepto el cubículo del chófer, que varía mucho. Porque más que asiento, el conductor tiene sillón, quizás el de un deportivo o el de un camionero que tiene muelles, que ni que fuera eyectable. Pero lo más espectacular no es eso. Lo espectacular es verlo manejar a lo loco volando sobre los baches, desde su santuario de virgencitas y rosarios y fotos de los hijos, y con música ranchera a todo gas, sólo interrumpida a veces por un potente claxon con sonido de feria que, con suerte, es la melodía de El Padrino. Lo que sí jamás he visto, con tanta distracción abordo, es un pesero dando el intermitente. Deben de encomendarse a diario a la virgen de Fátima y a su camión, e igual el que va por fuera.

Como mucho, la música del pesero variará a baladas antiguas o a cumbia mexicana, rica cumbia, pero bien grave. Aunque no sonará igual, cada pesero tiene su propio sistema de sonido, a veces todo un Dolby. Lástima que el chófer no suele tener el autobús en propiedad, porque de igual forma que en España se tunean coches, aún y todo aquí tunean los peseros. Me ha llegado a tocar uno cubierto de paneles negros destilando metal a tope por más altavoces que un Home Cinema.

Algunos carteles en los vidrios, del estilo de “la salida es por detrás” o “haga el favor de recorrerse” suelen completar el trayecto. Para apearse de la aventura es preceptivo pulsar el pequeño botón sobre la puerta o pegar un grito de “¡bajan”. Puedes solicitarlo en cualquier parada, pero muchos choferes no tienen problema con dejarte en la próxima esquina, quizás en el sobreprecio ya pagaste por ello.

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En los años ochenta y noventa se desarrolló en Europa una nueva corriente fotográfica que consistía en demostrar mediante accidentes topográficos las incoherencias del mundo moderno. Se la llamó la “Nueva Topografía”. El fotógrafo era testigo mudo de numerosos resultados del pensamiento humano a menudo intervenidos por circunstancias imprevistas, por la burocracia o por la desidia. En México, aparte de las estructuras inertes de concreto y lo que puedan enseñarnos, prevalecen muchas costumbres con una lógica propia que siguen vigentes en las formas de actuar, ya sean en instituciones o en los propios individuos, quizás más que en otros sitios. Estas manifestaciones junto con la improvisación, que en mi opinión es un pilar básico de la mexicanidad, hacen que un trayecto de regreso a casa, como el de ayer, pueda ser todo un viaje en sí mismo.

Habíamos disfrutado de un fin de semana de alta montaña, pero no todo había acabado a las cuatro de la tarde del domingo. Con la satisfacción del que ha dejado atrás muchos días de oficina, la cota de los 4800 metros a nuestras espaldas y bien limpios los pulmones, comenzamos el regreso a la ciudad. Itoiz sonando en el reproductor, montamos en los coches y bajamos desde el refugio al Paso de Cortés, punto clave de la conquista española en el XVI, por demás un paraje de campiña y pinitos muy ajeno a aquellos acontecimientos donde lo único que se escucha ahora es el piar de los pájaros.

Ya en el mero Paso no encontramos la primera ‘espontaneidad’. La caseta de interpretación, puerta de entrada del parque, se emplaza ante una barrera mal colocada y dos vallas de obra que interrumpen la carretera de la forma más abrupta, como si del lugar de un crimen se tratara. No hay nada que explique por qué y tras ellas el asfalto se pierde solitario en una curva entre los pinos. Por lo tanto, sólo queda un camino, que es la carretera que baja a Amecameca, desde donde se enlaza con la autopista México-Puebla. Dejamos pues atrás el cartel y el mínimo monumento conmemorativo -que pasa de lo más desapercibido- y enfilamos la enredosa carretera que serpentea a través de un frondoso bosque, tan espectacular como aquella entre los pinares de Albina.

Al rato salimos a un llano y nos sumimos entre altos maizales que sólo el asfalto atraviesa. Pequeñas casas esporádicas de feo ladrillo nada disimulado, siempre de un sólo piso, tenderetes ambulantes y los odiosos topes en la carretera nos anticipan Amecameca, la capital de la comarca y “el lugar donde los hombres se visten con paños blancos”, tal y como traduce el cartel de bienvenida. El núcleo del pueblo se alinea a ambos lados de la ruta con la tradicional anarquía de provincia, que alterna edificios precarios repletos de abarrotes y tienditas con otras construcciones más sólidas, como un elegante banco cuya fachada era más propia de un western de Lucky Luke. Entre unos y otros, grandes muros producto de quién sabe qué coyunturas sirven como enormes anuncios pintados majestuosamente a mano. Desde sus posición privilegiada promocionan concesionarios locales a base de grandes logotipos bastante aproximados a Pintumex, Pirelli o Movistar.

Lo atravesamos, pero para nuestra sorpresa es saliendo del poblado cuando nos embutimos en un atasco. El tráfico avanza lento, excepto para algún oportunista que aprovecha el arcén para rebasar a riesgo del copioso tráfico humano, canino y gallináceo que frecuenta las veredas. Pasan no menos de quince minutos hasta que, a paso de burra, llegamos al siguiente pueblo. Advertidos por las numerosas lonas del camino, llevábamos tiempo sospechando que en el lugar se ofrecían diversas comidas a base de conejo. Flan de conejo, esquites de conejo, conejo asado, tacos de conejo. La gente deambula y, frente a la carretera, come conejo. En dado punto, del otro lado de la carretera hay un restaurant con gran terraza atestada, y frente a él un grupo de mariachis. Están festejando bajo unas banderolas multicolores lo que el local comunica, lona mediante: “Hoy hay conejo”.

Los conductores que nos preceden, algunos de ellos temerarios okupas del arcén, se vuelven de pronto corteses y ceden el paso a los paisanos que cruzan sin señal alguna, todo con tal de aminorar y disfrutar la escena. Hay que ver el poder de los mariachis. Y del conejo. Rebasados los músicos, los autos retoman sus carreras y en breve se pierden en el horizonte haciendo gala de sus modelos. Atónitos dentro del coche, pero aún bajo los efectos de la catarsis montañera, suspiramos hondo y esbozamos sonrisas resignadas.

Ahora nos aproximamos a la autopista, que discurre a lo lejos al fondo del valle. De hecho, en una recta que enfilamos, se ve cómo la carretera se levanta en un puente reciente que ya es de doble calzada. El terreno es plano, por lo que parece hecho para superar alguna otra vía o curso de agua, pero según nos vamos acercando, no vemos movimiento y empezamos a sospechar que aún no está inaugurado, ya que se ve demasiado limpio y no hay marcas en su asfalto. Súbitamente realizamos un giro brusco para evitar empotrarnos contra los dos bloques de hormigón que, junto a una flecha de latón que apunta a la derecha, nos dan la razón. Discurrimos ahora paralelos al flamante puente, que se empina progresivamente. En su altura máxima, unos diez metros, ya no tiene base de concreto sino que se sustenta sobre grupos de cuatro columnas entre las cuales hay vanos desiertos, como si fueran amplios estacionamientos resguardados en medio de nada. Lo único que hay son carteles que anuncian verbenas de pueblo y tocadas folklóricas, no hay carros, no hay fardos, ninguna vía surge entre los maizales para justificarlo. Continuamos en paralelo. Ahora la pendiente desciende del otro lado del puente hasta que suavemente se iguala con la carretera regular a la altura de otras dos moles de hormigón y un cartel mal puesto. No hay necesidad de aportar respuestas. Nos miramos. Se nos ocurre que igual el espacio era para la feria del conejo, por si llueve. Reímos. Seguramente sucede que les sobraba presupuesto y no supieron qué hacer, hasta que les ocurrió armar un peligroso obstáculo que parece más una lanzadera para aviones en mitad del campo. “México DF a 26”, reza ahora un cartel.

Enseguida, la carretera se desdobla por aproximadamente un kilómetro y vuelve a reducirse sin rastro alguno de obras. En metros, sale a dar a un conflictivo cruce con una vuelta incógnita que, tras recular un poco y corregir la marcha, nos saca por fin a la autopista. Sólo nos falta sufrir el pequeño atasco de entrada de dos horas, preceptivo de domingo por la tarde, y ya. Otro cartel anuncia “México DF a 36”. De dos horas y subiendo, se entiende.

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El pesero es la unidad básica más pequeña dentro del transporte urbano capitalino que tiene vida propia. Por esto, bien podría llamarse célula, porque vida bien que tiene. También llamados camiones -de pasajeros- o incluso combis, considero que su morfología, sus sistema colectivo y el folklore individual de cada vehículo son dignos de ser analizados.

En realidad, cuando al subir a uno de ellos te agarras a la barandilla bien sabes que no hay dos viajes iguales a bordo. Por lo cotidiano de su uso (qué triste es costumbrarse), cada vez reparo menos en esas pequeñas cajas rodantes que como ejército de hormigas y bajo el nombre popular de peseros –por cuando costaban un peso- transportan a todos aquellos que no tenemos carro.

Más vale que te hayas asido fuerte, porque la aventura lo amerita. La primera prueba es sacar el dinero para abonar el boleto. Con suerte el vehículo aún no está en marcha y si no te malentiendes con el chófer, un poco de equilibrio puede ser suficiente. Pero por desgracia, es muy probable que aun al cabo de un año, aún no tengas clara la cantidad que debes por subirte. En los vidrios de cada unidad, un adhesivo recién pegado del Gobierno del Distrito Federal muestra tres tarifas diferentes según el kilometraje. Así, las hay de 2.50, 3.50 ó 4.50 pesos para, respectivamente, menos de cinco, más de cinco o más de doce kilómetros. Pero en realidad, la tarifa requerida rara vez baja de los tres pesos y medio y puede subir extraoficialmente ya que los chóferes tienen una manera muy peculiar de contar kilómetros. Pero lo más curioso es que a partir de las once de la noche, irremediablemente la tarifa es de 5 pesos y pasada la medianoche, en las pocas líneas que continúan a deshora, de 7 pesos. Esta es la interpretación consensuada por el gremio autobusero de la pequeña posdata oficial que existe bajo las tres tarifas por ley: “De las 23hrs a las 6 del día siguiente la tarifa de cada pasaje aumenta un 20%”. Es decir, que quedaría en 3, 4.20 y 5.40 pesos, respectivamente. Pero los chóferes de pesero han visto la jugarreta nocturna de los taxistas y, como ellos, quieren sacar tajada.

Cuando uno es víctima del sobreprecio se siente más extranjero que nunca, pero al comprobar que no es el único abusado suele considerarse timado por igual y resignarse. De toda formas, si no se resigna, el chófer le argumentará que lleva razón ya que se trata del cartel, que es el viejo y no está en vigor. Hasta para eso están todos compinchados, para no quitar el cartel viejo. Obviamente, si hubiera alguna queja de pasajeros insatisfechos a un agente de policía, un puñado de pesos bajo la manga en el siguiente recorrido supongo que arreglarían el asunto. Pero al final, a uno se le quitan las ganas de indagar y relativiza, pues al fin y al cabo el precio del transporte es mínimo: 3.50 pesos equivalen a unos 23 céntimos de euro y el precio máximo, 7 pesos, apenas llega a los 45 céntimos. Claro que si uno cobra en pesos y tiene un año viajando en pesero, la poca seriedad tarifaria es cuando menos incómoda.

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Las luchas son quizás uno de los aspectos más increíbles para el neófito en folklore mexicano. No hablamos del juego de pelota azteca, pero seguro que han calado tanto o más que aquel juego-sacrificio. Por eso es que el tema puede dar para ríos de tinta, pero intentaré hacer un esbozo de su mecánica y su peso en el calidoscopio de tradiciones nacionales (cualquier aportación o corrección será muy agradecida).

Nuestra imagen de la “lucha de mentiras” siempre ha pasado por Hulk Hogan o alguno de esos rollos de músculos gringos de la WWF con una cara mezcla de malos malosos y de caricatura. Por su parte, el origen de la lucha mexicana, “las luchas” para el autóctono, se remonta a principios de siglo, cuando luchadores europeos y estadounidenses se acercaban por estos lares a dar sus espectáculos. Algunos empresarios que viajaron al norte pensaron en la posibilidad de regularizar las luchas y así nació en 1933, de la mano de Salvador Lutteroth, la Empresa Mexicana de Lucha Libre.

En los combates, sobre el cuadrilátero central de escenarios abarrotados, los luchadores tratan de reducir a su oponente u oponentes a base de llaves, saltos y piruetas de lo más variado. Pero siempre lo harán con el ojo puesto en las gradas, ya que la cantidad de aplausos y gritos que logren despertar contribuirá en gran parte a su personalidad como jugadores y en su popularidad. La imagen de los legendarios Blue Demon, el Perro Aguayo o El Santo es envidiada y perseguida por las varias decenas de luchadores oficiales –algunos de ellos extranjeros naturalizados- y por las estrellas actuales, con El Último Guerrero, Místico o El hijo del Santo a la cabeza. Así, los estilos propios de técnicos y rudos, los grupos en que todos se dividen según la observancia que hagan de las reglas, tienen sus mañas tan asociadas a sus nombres como la ronaldinha o la ruleta de Zidane.

Sin embargo, en algún punto del siglo pasado se produjo un cambio trascendental que hasta hace apenas quince años no se reconoció por medio de las instituciones de la lucha. Las luchas eran espectáculos programados, es decir, el ganador está pactado antes del comienzo. Esto era algo muy sospechable al ver cualquier combate, pero era en parte lógico que los luchadores y su entorno no se desenmascararan, pues era presumible una pérdida de la afición.

Nada de eso sucedió, al parecer, si vemos cuánta es la presencia del mundo de las luchas en el día a día citadino. La empresa pasó a llamarse Consejo Mundial de Lucha Libre, aunque es enteramente mexicana. Ahora las máscaras, el santo y seña de cada uno de los luchadores, ocupan ahora puestos enteros en los tianguis o mercados de cada barrio, llenan las aceras frecuentadas por vendedores ambulantes y son adoptadas por muchos de los grupos de música con más peso del país. Si no acostumbran a usarlas, siempre pueden salir al escenario con unas de ellas puestas, y no digamos nada de los grupos extranjeros. ¿Alguien se puede imaginar a los Auténticos Decadentes tocando con sombreros de paja en la cabeza? Por desgracia para los aztecas, las máscaras no forman parte de la parafernalia de estereotipos –sombreros, cactus, burros- que el mundo les adjudica. En cualquier fiesta puede haber una máscara, en cualquier cómic un luchador o en cualquier casa un muñeco luchador. También, en cualquier calle, un niño vestido de pies a cabeza de su héroe preferido.

Pero los luchadores son, quizás también, el punto de encuentro de un estilo gráfico mexicano moderno que permea en cómics, ilustración, camisetas, flyers de fiestas, murales y casi cualquier otra manifestación artística. El joven mexicano actual es muy consciente del difícil camino que las tradiciones de hoy en día deben recorrer para subsistir ante la tecnología y el diseño modernos, que comparativamente las convierten en objetos de burla. Lo tradicional a menudo se ve naco –cutre- y lo moderno es chido –guay. Dentro de lo naco entra lo feo, lo sucio, lo arcaico, rural, rudimentario y, por desgracia, hasta lo indio. Los luchadores, a menudo gordos, con calzones pegados que apenas les entran, con sus máscaras más propias de un disfraz infantil de Batman, con aspavientos demasiado poco creíbles y caras de malo de película son el mejor exponente para muchos de que lo naco puede ser chido.

Como vemos desde México –no tanto desde fuera- la moda luchística tiene unas raíces muy difíciles de mover, es algo típicamente nacional y con un vigor que otras muchas disciplinas quisieran. Es otro elemento transversal en la sociedad mexicana que, de igual manera que los tacos (pan y circo), une al más rico con el más necesitado. Esto me hace recordar a los guiris de la Rambla de Barcelona –por ejemplo- con sombreros mexicanos como si fueran españoles. Quizás si esos sombreros fueran máscaras no serían el hazmerreír de todos, por desconocidas. Aunque siempre cabe que la religión de los estereotipos los haga creer que esas máscaras son made in Spain o, quién sabe, Euskadin egina.

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Suele decirse que los romanos eran felices con pan y circo, aunque siempre me quedó la duda de qué hacían los días en que no había función. En cuanto al entretenimiento, yo creo que inventarían algún juego doméstico, y para quien le alcanzara, para comer, un poco de vino, carne o pescado en salsa garum serían más de la partida. En México, el equivalente al pan y circo son sin duda alguna el maíz y el fútbol, aunque seguidos del frijol, la carne de res y las luchas (lucha mexicana) como dignos suplentes. De la comida ya habló nuestro vecino de blog Iker, desde Monterrey, así que por mi parte toca el fútbol.


La radiografía del fútbol muestra fisuras
Algo tiene el fútbol mexicano que no le deja despegar. Como en otros muchos países, el fútbol es el rey de la calle, los futbolistas son los reyes de las canchas y sus equipaciones son las reinas de la moda. De igual manera, las enseñas de los clubes copan la mayoría de carpetas, mochilas, llaveros y la más diversa parafernalia. Se hace raro pues pensar que un país de ciento diez millones de habitantes con semejante afición al fútbol no tenga equipos en la elite, más aún cuando la mexicana es seguramente la liga mejor pagada de Latinoamérica, y es trampolín o destino final de multitud de futbolistas argentinos y en menor medida de otras nacionalidades latinas. Sin embargo, no se ha logrado que la mexicana, con su sistema de play-offs a la gringa, sea una liga demasiado competitiva. Así pues, no es raro que el lunes haya gente que desconozca cómo salieron sus equipos el fin de semana ni entiendan muy bien siquiera la mecánica del sistema de competición.

De esta forma, y comoquiera que son pocas las exportaciones del fútbol mexicano, el equipo nacional sufre una prolongada sequía de éxitos. El mejor puesto alcanzado por la selección en un mundial fue únicamente cuartos de final, en sus dos mundiales locales, el del setenta y el del ochenta y seis, y acostumbra a clasificar para las copas mundiales porque sus rivales regionales son casi todos meros trámites, mayoritariamente países centroamericanos o islas del Caribe. Recientemente, el sueco Sven Goran Erickson ha desembarcado para intentar enderezar un maltrecho rumbo que dejó el otrora héroe Hugo Sánchez. En esto, el lastre es muy similar al que España sufría hasta hace escasos cuarenta días.


Los colores de la calle
No es de extrañar que los del Barça, y en mucha menor medida del Milan, la Roma, el Madrid o el Valencia sean colores muy presentes en las calles. Por aficiones locales, las Chivas de Guadalajara se llevan la palma, seguidos por el América, Cruz Azul o los Pumas de la UNAM, todos ellos equipos capitalinos. Cada equipo tiene una personalidad y orígenes muy diversos.

Así, las Chivas es un equipo formado íntegramente por jugadores mexicanos, y ha dado jugadores como el osasunista Vela o el reciente fichaje del Dépor, Omar Bravo. Su nombre real es Club Atlético Guadalajara, aunque el sobrenombre caprino es casi oficial, y viste rojiblanco con listas verticales y pantalón azul. Su cancha es el Estadio Jalisco, un coliseo de 60.000 espectadores que comparte con su rival, club de amplia cantera, el Atlas (Márquez, Guardado, etc.).

El América, o al menos su cliché, es el del club de los poderosos. Se dice que ficha a golpe de talonario con el dinero que le insuflan los propietarios del gigante Televisa, la mayor red de medios de comunicación de Latinoamérica (y propietaria del 40% de La Sexta) con Emilio Azcárraga a la cabeza. Por el América han pasado jugadores como el Piojo López, Lucho Figueroa o el hermano del Indio Solari. Viste azulcrema y su apodo más extendido es el de las Águilas. América y Chivas se cruzan en cada torneo en el clásico del fútbol mexicano. El mayor espectáculo se da cuando ambos se dan cita en el histórico Estadio Azteca, la casa del América y de la selección, con capacidad para 114.000 almas.

Por aficiones, el tercer club es Cruz Azul. El de Cruz Azul es un caso nada raro en el fútbol mexicano actual, es de los clubes-franquicia que cambian de sede y de ciudad. Cruz Azul es, de hecho, el nombre de una gran empresa cementera nacida en el pueblo homónimo, en el estado de Hidalgo. Por Cruz Azul han pasado jugadores como Mauro Camoranesi, el exitoso argentino naturalizado italiano. Su casa es el Estadio Azul, un bonito estadio circular bajo el nivel del suelo y pintado de azul, que está situado junto a otro gris y granate, la Plaza México, la mayor plaza de toros del mundo.

Pero el club con la afición más respetada, el que más ruido parece hacer, el que más ilusión parece ponerle y el que, sin duda, despierta mayores simpatías entre los extranjeros, son los Pumas de la UNAM, la influyente Universidad Nacional Autónoma de México, de corte público y tradicional cuna del desarrollo intelectual de México. En origen, los Pumas era el nombre de la sección de béisbol del club universitario, pero pronto se trasladó al fútbol. La porra –la peña- del Club Atlético Universidad la conforman adolescentes, en su mayoría alumnos, con una envidiable organización más parecida a un sindicato estudiantil, de larga tradición pero con una idolatría excesiva, a mi juicio, hacia La Doce, que es la barra brava de Boca Juniors, como si Buenos Aires quedara a la vuelta de la esquina. Los Pumas visten de azul y oro, o de blanco; se dicen auriazules casi como Boca, y lucen una cabeza de puma ocupando el centro de sus variadas equipaciones. Como curiosidad, la directiva de Pumas la ocupan cargos universitarios y, según tengo entendido, el rector es su máxima autoridad. El ídolo clásico de los Pumas es el pichichi Hugo Sánchez. El equipo juega en el Estadio Olímpico México’68, en la Ciudad Universitaria y llamado popularmente Ce-ú.

Otros equipos clásicos, ya con menos seguidores, son Puebla, Toluca o Pachuca, o los Tigres de la Universidad de Nuevo León y los Rayados de Monterrey, que hasta el último campeonato disputaban los clásicos de la capital norteña. Otro equipo otrora campeón y famoso de la periferia capitalina fueron los Toros de Nezahualcóyotl, un equipo desaparecido que llegó a tener en sus filas, sorprendentemente, a un joven Bebeto. Y por si alguien se acuerda de la aventura de Butragueño -y Michel, Martín Vázquez y de nuevo Hugo- ya no hay rastro del Celaya.


Fútbol sin fronteras
Aunque en la propia Argentina es la Butteler, la hinchada de San Lorenzo de Almagro, la que tradicionalmente innova en cánticos, la influencia del fútbol rioplatense es algo notorio en todo el continente, pero es especialmente palpable en el equipo universitario. Parte de La Doce se desplaza en ocasiones a distintos estadios de América a dar clases magistrales de cómo coordinar una hinchada, con la desgracia de que al parecer también exportan las malas prácticas.

Y si bien las gradas parecen argentinas, aunque con muchísimos más asientos vacíos, lo que las hace estar a años luz en intensidad y pasión, los despachos presidenciales son más bien estadounidenses. El caso de Cruz Azul y su cambio de sede no es exclusivo. El reciente campeón del torneo Clausura –que junto al Apertura conforma el calendario anual- es el Atlante, hasta hace dos años equipo capitalino y que fue trasladado a la turística Cancún. El sol pareció sentarles bien, porque en su primera temporada como yucatecos salieron campeones. Otro caso es el del Necaxa, cuyo origen está en una empresa hidroeléctrica, pero que después de toda una vida en el DF se ubicó en la pequeña ciudad de Aguascalientes, donde no parece haber comprado el corazón de los locales.

Otro dato curioso y muestra de la progresiva globalización es la creación de Chivas USA, una especie de filial del club de Guadalajara que compite a alto nivel en la Major Soccer League estadounidense, y que disfruta de una gran afición debido al alto número de chicanos que acuden a la cancha. De igual manera los Pumas tienen un filial en Missouri. Pero ya hace muchas décadas, allá por los años treinta, hay simpáticos precedentes. Existía en México un equipo de inmigrantes españoles llamado el Asturias, que se proclamó el primer campeón de la liga mexicana venciendo precisamente al Real Club España. Pero además, la selección de Euskadi, durante la guerra civil y como parte de su gira para recaudar fondos para la causa republicana, participó durante varias temperadas en la liga del DF. Quizás sean dichas prácticas, estas últimas llenas de sentimiento y sobre todo las primeras, puramente lucrativas, las que hacen que el fútbol mexicano viva más mirando a otras latitudes.

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Hay momentos en que uno no puede parar quieto. A veces sucede de país en país, de ciudad en ciudad o, ahora que estoy asentado en el DF, a mí me pasa de casa en casa.
Acabo de mudarme con un amigo (y con las dos siguientes personas que me llamen) a un ‘depa’ tremendo. Es un piso luminosísimo, de 186 metros cuadrados, recién reparado y con parqué nuevo, a sólo cuatro cuadras del Ángel de la Independencia, que es un querubín dorado y parecido –en forma y significado- a la columna de la Victoria de Berlín.

No ha sido fácil. Durante más de un mes, desde que vi el anuncio colgando en un trozo de hule de la terraza del primer piso, me he dejado la piel por él y tras idas y venidas con momentos de todo o nada, decenas de llamadas telefónicas y nervios más propios de la jornada treinta y ocho, finalmente firmamos con el preceptivo fiador conseguido por no sé qué historias que algún día os contaré, y aunque viéndonos a poco de ir al tianguis a vender nuestra ropa para poder desembolsar renta y depósito, en el momento clave, justo al final, nos dieron la llave.

Está en un séptimo piso, o más bien es todo el séptimo piso, y como en la nueva colonia las casas son mayoritariamente bajas, se ve media ciudad. Por eso y porque parece que se les acabo el concreto y decidieron echar mano del cristal. Así que, en lugar de paredes, hay por ejemplo una ventana de siete y ocho metros de largo que abarca el salón y el antiguo estudio que he convertido en mi habitación. Una de las primeras cosas que hice es sentarme con un libro en la sala viendo el atardecer sobre la anarquía de decenas de tejados que se suceden hasta perderse en la masa gris deslumbrada por el sol. De fondo se escuchaba la marea interminable de coches del llamado Circuito interior, pero asumiendo que el paisaje urbano también puede ser bello, desde detrás de los gruesos cristales no difiere mucho de un sonido sordo del que, me crean o no, lo más parecido son las olas del mar.

Afortunadamente ya tenemos varios candidatos para las dos habitaciones restantes, por lo que la pelota está en nuestro tejado, así que ahora puedo dormir más tranquilo ya que el esfuerzo económico de dos había sido el que corresponde a cuatro. Pero esta noche bien que lo he conseguido. Ayer, aún nadie había llegado al piso y mis escasas pertenencias -apenas la maleta, dos mochilas y una caja de libros, equipaje de quien gusta de asentarse pero nunca del todo- eran prácticamente los únicos bultos. Después de dormir a pierna suelta entre un lío de sábanas y sobre una tira desenrollada de esponja aislante de estudio de sonido (es sorprendentemente cómoda), la avalancha de luz al despertar era tan tremenda que daba la sensación de que amaneciera por todos los puntos cardinales al mismo tiempo, incluso por donde ayer anocheció. En la cuadratura de mi amplio cuarto vacío, sólo veía tejados, cielo y entre ambos algunas colinas al fondo. Al incorporarme de medio cuerpo me ha parecido que salía de un saco de dormir en pleno campamento. Ha sido tan chistoso y me he sentido tan vivo en plena luz que no he tardado mucho en darme una ducha fría, engullir un gran trago de la caja de leche, comerme unas lonchas de queso y bajar en mi bicicleta de carreras rumbo al bosque de Chapultepec, por donde atraviesa mi ruta al trabajo cuando tengo ganas de pedalear. Porque la clave, siempre lo pienso, está en no parar quieto.

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02 Ago 2008

Un taxi a cara o cruz

Va otra de taxis. Me deja mal sabor de boca que el único taxi que me sale rana en un año se lleve todo el protagonismo.

Hace unos días regresaba de casa de un amigo a las dos de la mañana. A esa hora no hay ni metro ni peseros. No tenía a la mano un sitio de taxis –los taxis seguros- así que paré a uno con placas de la A, la matrícula autorizada. Cuando subes a un taxi público, las fracciones del taxímetro aumentan unos pesos hasta las doce, pero a partir de medianoche muchos taxímetros “no funcionan”. Debes entonces acordar con el chófer el importe de tu viaje. Debes, obviamente, conocer tu recorrido.

Él me quería cobrar noventa por ser tarde. Ni hablar, le digo, suelo hacer el mismo recorrido por menos de sesenta. Me ofrece setenta y yo sesenta, setenta y yo sesenta, setenta y yo sesenta. Ni modo. Entonces me propone un volado de desempate, nada menos que echarnos el importe a cara o cruz. En un volado, las opciones son águila o sol. Elijo águila y pierdo. Pero no me importa, no había excusa válida para rechazar semejante ocurrencia.

Por demás, el viaje resulta de lo más agradable. Nos escoltan decenas de farolas y algunos semáforos en verde, los únicos que miden el tiempo en las calles inertes del DF. El taxista me da un panorama de las buenas y las malas costumbres de los taxis en la noche, y sólo interrumpe la plática su esposa al celular. Hace rato que acostó a los niños y ahora lo extraña a él. Pero también las voces se han contagiado del la paz del momento, y es algo que impresiona al cabo del día. Mientras se tanto, constato que no tengo efectivo y al terminar le pido que me deje a dos cuadras de mi casa, en la esquina del banco, para sacar dinero y pagarle. No sería lo más recomendable, pero ya hemos agarrado confianza y mi zona se ha vuelto envidiablemente segura.

Le pido al cajero un múltiplo impar de cien para obtener un billete chico. Regreso al vocho y le tiendo el rugoso papel rojo, ante el cual hace un gesto de duda, y es que no tiene cambio. Ahora sí, qué hacemos, me dice sonriente. Estamos en las mismas: tiene o cincuenta o diez pesos para el vuelto, así que de nuevo a su manera, esta vez nos jugamos que el viaje me salga a noventa o sólo a cincuenta pesos. Revancha gana, estoy seguro. Escojo águila de nuevo, pero ahora me tiende la moneda y lanzo yo.

Rabia o regocijo, nuestras muecas opuestas comparten carcajada. Era la hora del águila. Me entrega su papelito morado de cincuenta y nos damos un fuerte apretón de manos. Ojalá volvamos a vernos. Fue un auténtico placer.

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31 Jul 2008

El taxista malaonda

Un viejito que te roba tiene un punto tierno, casi infantil. Pero eso no quita para que te den ganas de atarlo fuertemente a un árbol hasta que pida clemencia, y quizás en un par de días pasar a verlo para venderle su propia libertad con tu propio dinero.

Ayer desmadramos un poco, nos acostamos tarde y hoy estaba desvelado. A las 9.30h salgo de casa dispuesto a dejarme los últimos dineros en un taxi, pues mi retraso era excesivo. Un taxi al trabajo me suele dejar allá en veinticinco minutos por treinta o treinta y cinco pesos a lo más, dos euros aproximados. Me estoy malacostumbrando, vicio fácil. El pesero, aunque atestado, tarda diez minutos más y cuesta dos pesos.

"A Montes Urales, por favor. Sólo hay que seguir por Reforma". Le pregunto al chófer por su día y él me lo agradece vistosamente, está de humor. Mientras, el feliz vochito, el escarabajo verde destartalado, avanza con marcapasos en el tráfico pesado.

Entonces, al buen chófer de hoy se le ocurre tomar la avenida Ghandi, una calle con forma de medialuna que comienza y termina, más adelante, en la mera Reforma. Me lo propone y acepto. Se supone que el camino largo tiene que tener menos tráfico, si no la jugada no tiene razón de ser. Hoy Ghandi está atascada. Intento adivinar el mal trago del taxista, que no tarda en manifestarse por medio de una verborrea exculpatoria sin límite aparente, salvo por una intervención tajante mía: “no se preocupe hombre, no se preocupe”. Concluyendo la medialuna, cuando por fin atisbamos Reforma nuevamente, los autobuses pasan de manera visiblemente más fluida que nuestra pétrea fila de Ghandi. Ya no importa, porque en segundos seremos parte de la corriente.

Pero a cinco metros de Reforma, Ghandi hace una ‘u’ que vierte a la calle Aristóteles, una vía que se le aleja en perpendicular de la avenida. Miro incrédulo al taxista, que ya no habla. Mi desesperación va a más, pese a que al poco enfila por Campos Elíseos para así, diagonalmente, volver para incorporarse a Reforma. Este tramo está extrañamente liberado y así, en poco minutos, salimos al obelisco de Bolívar, referencia muy válida que sin embargo veo pasar atónito desde mi ventanilla. Esta vez, es una nueva ‘u’ que nos enfila hacia Polanco por otra calle transversal. Ni una mísera palabra desde el asiento de delante. Pero de pronto el chófer vuelve a la carga y, no satisfecho con la fregada, me argumenta que en unos metros –metros de metro y medio- nos damos la vuelta y salimos a Reforma, en un punto en que astutamente (?) hemos rebasado el atasco. Es obvio que es un tipo sin rival.

Mientras tanto, seguimos atorados. Los autobuses que antes teníamos a la par, incluso más rezagados, continúan desfilando bien ligeritos como manada de ovejas por el prado, allá al fondo, por la luna trasera de mi taxi. Conseguimos voltear y por fin llegamos a Reforma, no sin antes poner la guinda con un par de pick-ups obcecadas en cruzarse transversalmente.

Miro el taxímetro. Ya van treinta y ocho pesos y estoy a punto de no poder pagar el taxi más caro desde que empecé en mi actual trabajo, hace seis meses, además del más tardón, inocuo y absurdo de los viajes. Le advierto con pesar de lo que queda en mi cartera. En esta ciudad de pactos, uno ya ha aprendido a defender hasta su último centavo, pero en mi situación no había defensa que valga porque por no haber, no había más de los treinta y cinco pesos de siempre.

Sinceramente, pensé que iba a exculparme. “Pues se baja aquí, o son cuarenta y cinco pesos hasta Montes Urales”, responde el pobrecito viejo, penosamente endemoniado, deteniéndose en seco y provocando una orgía de bocinazos que llegaban por la espalda como nube de saetas. Intento analizar y procesar la situación lo más rápido que puedo: mi trabajo queda a diez minutos caminando y ya he pulverizado mi récord de retraso; me está echando el viejito hijodeputa al que yo compadecía por senil, que en realidad se estaba haciendo el güey. Además, estamos en pleno carril principal de la avenida principal.

Pues aquí me bajo, sólo faltaba, mi señor, del único taxi que me ha tardado más que el autobús, que me cobra más que nadie lo ha hecho ¡¡y que tiene el honor de hacerme llegar el día que más tarde!! Un portazo y todo listo, así, y ya no molestamos a los de atrás a no ser que se le venga la puerta abajo.

El agónico paseo por el arcén termina cuarenta y tres minutos sobre la hora. El coche escoba en mi trabajo, abusando, pasa a la media hora, así que a mi llegada el silencio resulta excesivo para mi cantidad de resoplidos. Mi jefa me condecora, siempre silenciosamente, con un recadito que me espera en el email. Entonces, en lugar del champagne mejor me vacío encima medio spray desodorante, respiro hondo y sin levantar ni una ceja me pongo a trabajar.

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Hoy me he juntado con dos amigos venezolanos y nos hemos acercado a la estación Buenavista, al norte del Distrito Federal. El objetivo: conocer el recién inaugurado Tren Suburbano, una megaobra de la beasaindarra CAF. Adjunto fotos y todo.


Cuando uno llega a México, mientras gira y planea sobre la ciudad buscando encarar la pista del aeropuerto –urbano- internacional, se acongoja. El Monstruo de cemento se extiende hasta donde la vista no alcanza, por aquí, por allá, colina arriba y colina abajo, un océano blanco, gris y marrón que hasta oleaje parece que tiene. Refrendando la imagen con las cifras, no entra en cualquier cabeza cómo se organizan los habitantes del Valle de México. Los ocho millones de defeños –capitalinos- están acompañados tras una línea virtual por unos quince millones de mexiquenses, los habitantes del circundante Estado de México. Los mexiquenses lo tienen peor. Los barrios del extrarradio surgieron con una planificación que pronto hizo aguas. Algunos suertudos trabajan por sus pagos, pero otros muchos conforman una marea de almas que fluye por las atestadas autovías de entrada a la capital dos veces al día. En particular, los habitantes de Cuautitlán, en el norte, pueden hacer hasta dos horas y media para llegar al centro.


Solución transoceánica, por los vascos que faltaban.
Poco menos que un milagro es a lo que ha alumbrado CAF. Si no, que se lo digan a los propios cuautitlenses. Un proyecto federal iniciado en 2006 fue adjudicado a la empresa vasca para construir el primer ferrocarril de pasajeros del país, salvando el metro, que no sale del DF, y el ferrocarril Chihuahua-Pacífico, una pintoresca línea en el noroeste del país. Hace unos quince años, la privatización había hecho desaparecer este otrora símbolo de modernidad de las vidas de los mexicanos.

El nuevo transporte va a hacer que a esas dos horas y media le sobren dos. Cualquiera pensaría que se trata de un error. Desde Buenavista, la antigua estación central defeña, será posible alcanzar Cuautitlán en veinticinco minutos. Y doy fe de ello: los primeros veinte kilómetros se recorren ya desde mayo en diecinueve minutos. Dicho kilometro veinte corresponde a la parada de Lechería, en el municipio de Tultitlán. En octubre se completarán los siete restantes para llegar a Cuautitlán. Y en otros cuatro años se pretende llegar a los setenta y nueve kilómetros, en Huehuetoca, allá en los confines de la megalópolis. Para ello, el Suburbano ha sido construido a lo largo de la antigua línea al norte y en paralelo al ferrocarril de carga, que continúa muy activo. Y es que no se entiende cómo de grande puede ser la desidia y la falta de compromiso que alguien tuvo con el propio país que en algún momento condenó a semejante gentío a la penitencia diaria de la cruda carretera.


Esto me suena.
Los mexicanos no están familiarizados con CAF más que por los vagones del metro capitalino. Y de todas formas, una pequeña placa en el interior de cada vagón no les dice mucho. Sin embargo, un vasco “clavado” del ferrocarril que ha viajado en metros y trenes CAF a lo largo de toda España y en Argentina entra en Buenavista y la encuentra muy familiar. Aquel vestíbulo tan grande me recordaba a Sants, en Barcelona, o a Abando, en Bilbao. No creo que sea una mera casualidad que los colores corporativos del Suburbano comulguen con los de la empresa constructora, el rojo y el blanco. Pero además, la señaléctica es muy similar a la de Cercanías de RENFE, a mi juicio el verdadero bastión de CAF. El logo del Suburbano es una S circular roja con dos ángulos rectos, una mezcla entre los dos rayos de RENFE y la propia C de Cercanías. Las máquinas expendedoras son idénticas a las españolas, y vinilos donde en vez de una gran C se combinan la S y las tres siglas aparecen por todos lados. Para no desentonar, la modernizada estación está atiborrada de banderolas de Coca Cola. Aquello parece el cuartel de Ferrari, donde todos los patrocinadores de color rojo quieren echar la caña.

Ya en marcha, el tren va como la seda. Por escasos cuarenta minutos, la ida y la vuelta, me he sentido si cabe más en casa. Tanto por fuera como por dentro, las unidades se parecen a las series 440 y 446 de RENFE. Testeros planos por fuera y asientos de cuatro piezas por dentro, todo en rojiblanco y si acaso unas líneas negras. Por su parte, cada estación en que se detiene resulta ultramoderna, y más en este país que poco a poco se está poniendo al día. Mucho metal, mucho cristal y baldosas resplandecientes hacen las delicias de los pocos viajeros de un domingo de julio. Y las nuestras. Sin embargo, demasiados policías charlatanes y excesivos limpiadores que limpian lo limpio son un rasgo, más que ibérico, mexicano.


Es lo mismo pero no es lo mismo.
Pero si algo recuerda sin duda dónde estamos, eso es fuera de las verjas que delimitan el trazado. Por un lado, la anarquía de casas de cemento que trepan las faldas de los cerros cercanos, más allá de las viejas fábricas, ya entre el verde exuberante (sí, el Valle de México es tan verde como Euskadi); y por otro, algo muy interesante para un publico más de culto: a diferencia de Europa, donde los trenes transnacionales mantienen los vagones pero no las locomotoras, que siempre son anfitrionas, las vías de México son las de cualquier estado gringo o incluso canadiense. Interminables filas de vagones cerrados, altísimos, con su característico galibo estadounidense y su inglés parco-práctico en grandes letras, se suceden en amplias playas de clasificación y en las vías que corren paralelas. Y al frente de esas filas aparecen parejas de portentosas locomotoras ALCO o General Electric, como las de la Kansas City Southern, con su aspecto más rudo y sus colores vistosos, proclamando sus roncas bocinas.

La comodidad europea en el paisaje americano. Popurrí de México, esta vez ferroviario. Qué grato es que comprobar que por mucho que el viajar ponga a trabajar a la memoria, casi como el río de Heráclito, también es muy difícil transitar dos veces por la misma vía.

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Sobre este blog

Yo era muy casero y tuve una novia que no lo era. Luego terminamos pero me quitó lo de casero. Salí de Vitoria y desde ahí viví en Pamplona, Utrecht, Buenos Aires, Barcelona, Guadalajara (MX) y desde hace casi un año en Ciudad de México. Soy redactor 'junior' de publicidad en Terán\TBWA y extraño al Tau y al Alavés, y a San Lorenzo de Almagro. Pero este blog versa sobre México, y en unos tags más, sobre montaña, greografía, ferrocarril, genealogía, fotografía, lectura y viajes, muchos viajes.

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