Por Aitor Alonso
23 Nov 2009
Anagrama avanza en El País el primer capítulo de la novela 'Invisible' de Paul Auster. Su fecha de publicación en España es el 1 de diciembre, aunque la experiencia nos dice que suele estar unos días antes en algunas librerías. ¡Busca o consulta a tu librero de confianza!
Ahí va el primer capítulo, que sitúa una de las tramas. La traducción es de Benito Gómez Ibáñez, lo que es una garantía.
(Guía de críticas)
Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967. Por entonces yo era un estudiante de segundo curso en Columbia, un muchacho sin formar con ansia de libros y la creencia (o ilusión) de que algún día tendría las suficientes cualidades para considerarme poeta, y como leía poemas, ya conocía a su tocayo del infierno de Dante, un muerto que iba arrastrando los pies por los últimos versos del canto veintiocho del Inferno. Bertran de Born, el poeta provenzal del siglo XII, que llevaba cogida del pelo su cabeza cortada, haciéndola oscilar de un lado a otro como un farol: sin duda una de las imágenes más grotescas de ese extenso catálogo de alucinaciones y tormentos. Dante era un defensor incondicional de los escritos de De Born, pero lo redujo a la condenación eterna por haber aconsejado al príncipe Enrique que se rebelara contra su padre, el rey Enrique II, y como el poeta originó la división entre padre e hijo convirtiéndolos en enemigos, el ingenioso castigo de Dante fue dividirlo a él mismo. De ahí el cuerpo decapitado que va gimiendo por el inframundo, preguntando al viajero florentino si puede haber dolor más terrible que el suyo.
Cuando se presentó como Rudolf Born, inmediatamente pensé en el poeta. ¿Algún parentesco con Bertran?, le pregunté.
Ah, contestó, esa desventurada criatura que perdió la cabeza. Quizá, pero me temo que no parece probable. No tengo el de. Para eso hay que poseer un título de nobleza, y la triste verdad es que soy de todo menos noble.
No recuerdo en absoluto por qué me encontraba allí. Alguien debió invitarme, pero hace mucho que se me fue de la memoria quién pudo ser. Ni siquiera me acuerdo de dónde se celebraba la fiesta –en el norte o en el centro de la ciudad, en un apartamento o en un loft– ni de mis motivos para aceptar la invitación en primer lugar, porque por aquella época tendía a evitar las grandes congregaciones de gente, harto del barullo de la multitud que habla mucho y dice poco, azorado por la timidez que me sobrevenía en presencia de personas desconocidas. Pero aquella noche, inexplicablemente, dije que sí, y acompañé a mi olvidado amigo adondequiera que me llevase.
Lo que recuerdo es lo siguiente: en cierto momento de la velada, me encontré solo en un rincón de la estancia. Estaba fumando un cigarrillo mientras observaba a la gente, docenas y docenas de jóvenes cuerpos apiñados en los confines de aquel espacio, oyendo la estruendosa mezcla de palabras y risas, preguntándome qué demonios hacía allí y pensando que tal vez era hora de marcharme. Había un cenicero sobre un radiador a mi izquierda, y al volverme para apagar el pitillo vi que, sujeto en la palma de la mano de un desconocido, el receptáculo lleno de colillas se elevaba hacia mí. Sin que lo hubiera advertido, dos personas acababan de sentarse en el radiador, un hombre y una mujer, ambos mayores que yo, y sin duda con más años que ninguno de los que se encontraban en la habitación: él, alrededor de los treinta y cinco; ella, veintinueve o treinta.
Hacían una extraña pareja, a mi modo de ver, Born con un arrugado traje blanco de lino, un tanto sucio, y una camisa blanca igualmente arrugada bajo la chaqueta, y la mujer (que según resultó se llamaba Margot) toda vestida de negro. Cuando le agradecí el cenicero, me dirigió un leve y cortés movimiento de cabeza y dijo Encantado con un ligerísimo acento extranjero. Francés o alemán, no sabía decir, pues su inglés era casi impecable. ¿Qué más observé en aquellos primeros momentos? Piel clara, descuidado cabello pelirrojo (más corto de lo que solía llevarse por entonces), facciones amplias y regulares, sin nada especialmente destacable (un rostro corriente, en cierto modo, una cara que resultaría invisible entre cualquier multitud), y ojos castaños de mirada firme, los ojos perspicaces de alguien que no parecía tener miedo a nada. Ni delgado ni robusto, ni alto ni bajo, pero dando a pesar de ello cierta sensación de fuerza física, quizá debido al grosor de sus manos. En cuanto a Margot, permanecía quieta sin mover un músculo, mirando al vacío, como si la misión principal de su vida fuera la de parecer aburrida. Pero interesante, muy atractiva para mis veinte años, con su pelo negro, suéter negro de cuello vuelto, minifalda negra, botas de cuero negro, y espeso maquillaje oscuro en torno a sus grandes ojos verdes. No era una beldad, quizá, sino una representación de la belleza, como si encarnara algún ideal femenino de la época con su apariencia de estudiado estilo.
Born dijo que Margot y él estaban a punto de marcharse, pero entonces me vieron solo en el rincón, y como tenía aquel aire tan desdichado, decidieron acercarse para animarme un poco: sólo para asegurarse de que no me rebanaría el cuello antes de que acabara la noche. Me quedé sin saber cómo interpretar aquella observación. ¿Estaba insultándome aquel hombre, me pregunté, o intentaba realmente mostrarse amable con un muchacho desconocido que parecía perdido? En las palabras de Born había cierto tono de broma que desarmaba, pero en sus ojos brillaba una expresión fría y distante, y no pude evitar la sensación de que, por razones que se me escapaban por completo, me estaba provocando, poniéndome a prueba.
Me encogí de hombros, y dirigiéndole una tenue sonrisa, repuse: Lo crea o no, me estoy divirtiendo como nunca.
Entonces fue cuando se incorporó, me dio la mano y me dijo su nombre. Tras mi pregunta sobre Bertran de Born, me presentó a Margot, que me sonrió en silencio y luego volvió a su tarea de mantener la mirada perdida.
A juzgar por su edad, me dijo Born, y considerando su conocimiento de oscuros poetas, yo diría que es usted estudiante. De literatura, sin duda. ¿En la Universidad de Nueva York o en Columbia?
Columbia.
Columbia, suspiró. Qué sitio tan lúgubre.
¿Lo conoce?
Desde septiembre doy clases en la Facultad de Relaciones Internacionales. Como profesor visitante con contrato de un año. Afortunadamente, ya estamos en abril, y dentro de dos meses me volveré a París.
Así que es francés.
Por circunstancias, inclinación y pasaporte. Pero soy suizo de nacimiento.
¿Suizo francés o alemán? Percibo en su voz algo de ambas cosas.
Born hizo un ruidito chasqueando la lengua y luego me miró fijamente a los ojos. Tiene buen oído, me contestó. En realidad, soy las dos cosas: el producto híbrido de una madre germanohablante y un padre francófono. Me crié hablando indistintamente las dos lenguas.
Sin saber lo que decir a eso, me detuve un momento y luego le hice una pregunta inocua: ¿Y qué enseña en nuestra deprimente universidad?
El desastre.
Es un tema bastante amplio, ¿no le parece?
Más en concreto, las calamidades del colonialismo francés. Doy un curso sobre la pérdida de Argelia y otro acerca de la retirada de Indochina. La encantadora guerra que ustedes nos han legado. No hay que subestimar la importancia de la guerra. Es la expresión más pura y vívida del espíritu humano.
Empieza usted a parecerse a nuestro poeta descabezado.
¿Ah?
Veo que no lo ha leído.
Ni una palabra. Sólo lo conozco por el pasaje de Dante.
De Born es un buen poeta, incluso puede que excelente; pero profundamente perturbador. Escribió unos poemas de amor encantadores y un conmovedor lamento a raíz de la muerte del príncipe Enrique, pero su verdadero tema, lo único que parecía interesarle con genuina pasión, era la guerra. Le producía auténtico deleite.
Entiendo, repuso Born, dirigiéndome una irónica sonrisa. Un hombre con el que me identifico.
Me refiero al placer de observar cómo los hombres se parten el cráneo unos a otros, de ver castillos envueltos en llamas, derrumbándose, de contemplar a los muertos con lanzas atravesadas en los costados. Todo muy sanguinario, créame, y De Born ni se estremece. La sola idea de un campo de batalla lo llena de felicidad.
Me parece que no tiene usted deseos de convertirse en soldado.
Ninguno. Prefiero ir a la cárcel antes que combatir en Vietnam.
Y suponiendo que se libre de la cárcel y el ejército, ¿qué planes tiene?
Ninguno. Sólo seguir con lo que estoy haciendo y esperar que me salga bien.
¿Y qué es?
Escribir. El arte de emborronar papel.
Eso pensaba. Cuando Margot lo vio al otro extremo de la habitación, me dijo: Fíjate en aquel chico de ojos tristes y aire pensativo: qué te apuestas a que es poeta. ¿Es usted poeta?
Escribo poemas, sí. Y también algunas críticas de libros en el Spectator.
El periodicucho universitario.
Todo el mundo tiene que empezar en alguna parte.
Interesante...
No tanto. Casi todos los tipos que conozco quieren ser escritores.
¿Por qué dice quieren? Si usted ya lo está haciendo, entonces no se trata del futuro. Ya ocurre en el presente.
Porque todavía es muy pronto para saber si se me da bien.
¿Le pagan por esos artículos?
Claro que no. Es una publicación de la universidad.
En cuanto le empiecen a pagar por su trabajo, sabrá que se le da bien.
Antes de que pudiera contestar, Born se volvió de pronto hacia Margot y anunció: Tenías razón, cariño. Tu jovencito es poeta.
Margot alzó los ojos hacia mí, y con una expresión indiferente, escrutadora, habló por primera vez, pronunciando las palabras con un acento mucho más marcado que el de su compañero: una inconfundible cadencia francesa. Yo siempre acierto, afirmó. Ya deberías saberlo, Rudolf.
Poeta, prosiguió Born, dirigiéndose todavía a Margot, ocasional crítico de libros, y estudiante en esa lúgubre y elevada fortaleza, lo que probablemente significa que es vecino nuestro. Pero no tiene nombre. Al menos que yo sepa.
Me llamo Walker, repuse, dándome cuenta de que había olvidado presentarme cuando nos dimos la mano.
Adam Walker. Adam Walker, repitió Born, apartando la cabeza de Margot y mirándome mientras esbozaba otra de sus enigmáticas sonrisas. Un nombre norteamericano serio y responsable. Discreto y sonoro, muy de fiar. Adam Walker. El solitario cazador de recompensas de un western en Cinemascope, rondando por el desierto con un revólver y una escopeta de dos cañones en su alazán castrado. O si no, el honrado y bondadoso médico de una serie televisiva, trágicamente enamorado de dos mujeres a la vez.
Parece de fiar, contesté, pero en Norteamérica nada lo es. Ese nombre se lo dieron a mi abuelo cuando puso el pie en la isla de Ellis en mil novecientos. Por lo visto, Walshinksky era demasiado difícil para las autoridades de inmigración, así que le pusieron Walker.
Vaya país, observó Born. Funcionarios analfabetos robándole a un hombre su identidad de un simple plumazo.
Su identidad, no. Sólo su nombre. Trabajó treinta años de carnicero kosher en el Lower East Side.
Hubo más, mucho más después de aquello, una hora larga de charla que saltaba sin rumbo de una cuestión a otra. Vietnam y la creciente oposición a la guerra. Las diferencias entre Nueva York y París. El asesinato de Kennedy. El embargo comercial de Estados Unidos a Cuba. Temas impersonales, sí, pero Born tenía sólidas opiniones acerca de todo, a menudo estrafalarias, poco ortodoxas, y como formulaba su discurso en un tono entre desdeñoso y burlón, malicioso y condescendiente, yo no estaba muy seguro de que hablara en serio. En ciertos momentos, parecía un extremista de derechas; en otros, proponía ideas que hacían pensar en un anarquista de los que lanzan bombas. ¿Acaso intentaba provocarme, me pregunté, o era su habitual manera de proceder, su forma de divertirse un sábado por la noche? Entretanto, la inescrutable Margot se había levantado de su asiento en el radiador para pedirme un pitillo, y después se quedó de pie, interviniendo poco en la conversación, casi nada en realidad, pero observándome con atención cada vez que hablaba, los ojos fijos en mí con la impasible curiosidad de un niño. Confieso que me gustaba que me mirase, aunque aquello me ponía un tanto incómodo. Había algo vagamente erótico en su actitud, según me pareció, pero por entonces yo no tenía mucha experiencia para saber si intentaba enviarme alguna señal o me miraba simplemente por mirarme. Lo cierto era que nunca había conocido a gente como aquélla, y debido a que ambos me resultaban bastante raros, con aquel extraño apego hacia mí, cuanto más hablaba con ellos, más irreales parecían hacerse: como personajes ficticios de una historia que fuera desarrollándose en mi imaginación.
No recuerdo si estábamos bebiendo, pero si la fiesta era como todas a las que iba desde que había puesto los pies en Nueva York, debía de haber garrafas de vino tinto barato y abundante provisión de vasos de papel, lo que probablemente significa que a medida que hablábamos estábamos cada vez más borrachos. Ojalá pudiera desenterrar de la memoria más cosas de aquella conversación, pero 1967 está muy lejos, y por mucho que me esfuerce en recordar palabras, gestos y fugitivas insinuaciones de aquel encuentro inicial con Born, sólo hallo espacios en blanco. Sin embargo, algunos momentos vívidos destacan entre la neblina. Born introduciendo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta de lino, por ejemplo, y sacando la colilla de un puro, que procedió a encender con una cerilla mientras me informaba de que se trataba de un Montecristo, el mejor de todos los puros cubanos –prohibidos en Estados Unidos entonces, como lo siguen estando hoy en día–, que él había conseguido a través de un contacto personal en la embajada francesa en Washington. Pasó entonces a decir unas cuantas palabras elogiosas hacia Castro: que salieron de labios de la misma persona que sólo minutos antes había defendido a Johnson, McNamara y Westmoreland por su heroica labor al combatir la amenaza del comunismo en Vietnam. Recuerdo que me hizo gracia ver al desgreñado especialista en ciencias políticas sacando un puro a medio fumar y dije que me recordaba al propietario de alguna plantación de café en Sudamérica que hubiera enloquecido tras vivir demasiados años en la selva. Born se rió ante aquella observación, apresurándose a añadir que no me alejaba mucho de la verdad, porque había pasado la mayor parte de su infancia en Guatemala. Sin embargo, cuando le pedí que me contara más cosas, desechó mi petición con las palabras en otra ocasión.
Se lo contaré todo, me aseguró, pero en un ambiente más tranquilo. Toda la historia de mi increíble vida hasta el momento. Ya verá, señor Walker. Un día acabará usted escribiendo mi biografía. Se lo garantizo.
El puro de Born, entonces, y mi función como su futuro Boswell, pero también una imagen de Margot tocándome la cara con la mano derecha y musitando: Cuídate. Eso debió de ser al final, cuando estábamos a punto de irnos o ya habíamos bajado la escalera, pero no recuerdo el momento justo de marcharme ni de decirles adiós. Todo eso se ha perdido, borrado por el paso de cuarenta años. Eran dos extraños que había conocido en una bulliciosa fiesta una noche de primavera en la Nueva York de mi juventud, una ciudad que ya no existe, y nada más. Puede que me equivoque, pero estoy casi seguro de que no nos molestamos ni en darnos el número de teléfono.Supuse que nunca volvería a verlos. Born llevaba siete meses dando clases en Columbia, y como nuestros caminos no se habían cruzado en todo ese tiempo, parecía poco probable que ahora fuese a tropezarme con él. Pero las probabilidades no cuentan cuando se pasa a la realidad, y el hecho de que parezca imposible que ocurra algo no quiere decir que no vaya a suceder. Dos días después de la fiesta, al salir de la última clase de la tarde entré en el West End Bar, a ver si por casualidad me encontraba allí con alguno de mis amigos. El West End era un tugurio oscuro y cavernoso con más de una docena de mesas y reservados, una inmensa barra ovalada en medio de la estancia principal, y una zona de autoservicio cerca de la entrada en donde se podía comer y cenar malamente: mi guarida habitual, frecuentada por universitarios, borrachos y parroquianos del barrio. Resultó que, como hacía buena tarde, con mucho sol, había poca gente a aquella hora. Mientras daba una vuelta por la barra en busca de alguna cara conocida, vi a Born en un reservado de la parte del fondo. Estaba solo, leyendo una revista alemana (Der Spiegel, creo) y fumando uno de sus puros cubanos, sin hacer caso del vaso de cerveza que estaba a medio consumir en la mesa, a su izquierda. Una vez más, llevaba su traje blanco –o puede que fuera otro distinto, porque la chaqueta parecía más limpia y menos arrugada que la del sábado por la noche–, pero sin la camisa blanca, que había sustituido por una prenda encarnada: un rojo fuerte y oscuro, a medio camino entre granate y teja.
Curiosamente, mi primer impulso fue dar media vuelta y salir de allí sin saludarlo. Hay mucho que explorar en esa vacilación, creo yo, pues parece sugerir que ya veía la conveniencia de mantener las distancias con Born, que comprendía que si me relacionaba con él podía tener problemas. ¿Cómo lo sabía? Había pasado poco más de una hora en su compañía, pero incluso en ese breve tiempo había percibido en él algo desagradable, vagamente repulsivo. Lo que no anulaba sus otras cualidades –encanto, inteligencia, sentido del humor–, pero bajo todo ello había algo turbio, un cinismo que me había desconcertado, dejándome con la sensación de que no era de fiar. ¿Me habría formado otra impresión de él de no haber desdeñado sus opiniones políticas? Imposible decirlo. Mi padre y yo discrepábamos en casi todas las cuestiones políticas del momento, pero eso no me impedía pensar que en el fondo era buena persona; o al menos que no era mala. Pero Born no era buen tipo. Podía ser ingenioso, excéntrico e imprevisible, pero sostener que la guerra es la expresión más pura del espíritu humano automáticamente excluye a cualquiera del ámbito de la bondad. Y si había pronunciado tales palabras en broma, con objeto de provocar a un estudiante antimilitarista para que se enfrentara a él condenando su postura, entonces es que era simplemente perverso.
Señor Walker, me saludó, alzando los ojos de la revista e invitándome con un gesto a que me sentara a su mesa. Justo la persona que estaba buscando.
Podría haberme inventado una excusa y decirle que llegaba tarde a una cita, pero no lo hice. Ésa era la incógnita de la compleja ecuación que representaba mi trato con Born. Por receloso que estuviera, me sentía también fasci- nado por aquella persona extraña, incomprensible, y el hecho de que pareciese sinceramente contento de haberme encontrado por casualidad avivó el fuego de mi vanidad: esa invisible marmita de engreimiento y ambición que hierve a fuego lento en cada uno de nosotros. Cualesquiera que fuesen los recelos que me suscitara, las dudas que albergara sobre su sospechoso carácter, no podía evitar el deseo de caerle bien, de que me considerase algo más que un empollón, el típico estudiante norteamericano, que viera la promesa que, según mis esperanzas, se encerraba en mi interior pero de la que yo dudaba nueve de cada diez minutos de las horas que pasaba despierto.
Una vez que me senté en el reservado, Born me miró fijamente desde el otro lado de la mesa, lanzó una densa bocanada de humo, y sonrió.
Causó usted una favorable impresión a Margot la otra noche, me anunció.
Ella también a mí, contesté.
Quizá haya observado que no habla mucho.
No se le da bien el inglés. Es difícil expresarse en un idioma con el que se tienen dificultades.
Habla francés con absoluta fluidez, pero tampoco dice muchas cosas.
Bueno, las palabras no lo son todo.
Extraña afirmación viniendo de alguien que aspira a ser escritor.
Me refiero a Margot...
Sí, a Margot. Precisamente. A eso es a lo que iba. Una mujer propensa a grandes silencios, pero que habló por los codos camino de casa cuando nos marchamos de la fiesta el sábado por la noche.
Interesante, repuse, sin saber adónde iría a parar la conversación. ¿Y qué le soltó la lengua?
Usted, amigo mío. Le ha tomado verdadera simpatía, pero también debe saber que la tiene sumamente preocupada.
¿Preocupada? ¿Por qué demonios iba a estar preocupada? Ni siquiera me conoce.
Puede que no, pero se le ha metido en la cabeza que su futuro corre peligro.
Como el de todo el mundo. Sobre todo el de los varones norteamericanos de alrededor de veinte años, como usted bien sabe. Pero a menos que me suspendan y me echen de la universidad, no pueden llamarme a filas antes de que acabe la carrera. No apostaría por ello, pero es posible que la guerra haya terminado para entonces.
No lo haga, señor Walker. Esta pequeña escaramuza va a prolongarse durante años.
Encendí un Chesterfield y asentí con la cabeza.
Por una vez estoy de acuerdo con usted.
De todos modos, Margot no se refería a Vietnam. Sí, podría usted acabar en la cárcel, o volver en un cajón dentro de dos o tres años, pero ella no pensaba en la guerra. Tiene el convencimiento de que es usted demasiado buena persona, y que precisamente por eso, el mundo acabará aplastándolo.
No sé por qué piensa eso.
Cree que necesita ayuda. Puede que Margot no posea la inteligencia más aguda del mundo occidental, pero en cuanto conoce a un chico que afirma ser poeta, la primera palabra que le viene a la cabeza es hambre.
Eso es absurdo. No tiene ni idea de lo que dice.
Disculpe que le contradiga, pero cuando le pregunté por sus planes en la fiesta, me dijo que no tenía ninguno. Aparte de su nebulosa aspiración de escribir poesía, desde luego. ¿Cuánto ganan los poetas, señor Walker?
La mayoría de las veces, nada. Con algo de suerte, de vez en cuando te pueden echar unas monedas.
Eso me suena a hambre.
Yo no dije que pensara ganarme la vida escribiendo. Tendré que buscarme un trabajo.
¿Como cuál?
Es difícil decirlo. Podría trabajar en una editorial, o en una revista. Traducir libros. Escribir artículos y críticas. Algo de eso, o varias cosas de ésas a la vez. Es pronto para saberlo, y hasta que no me enfrente al mundo no vale la pena perder el sueño por ello, ¿no le parece?
Le guste o no, ya se está enfrentando al mundo, y cuanto antes aprenda a defenderse solo, mejor para usted.
¿A qué viene esa súbita preocupación? Acabamos de conocernos, ¿y por qué iba a importarle a usted lo que a mí me pase?
Porque Margot me ha pedido que lo ayude, y como rara vez me pide algo, sus deseos son órdenes para mí.
Dele las gracias, pero no hace falta que se moleste. Puedo arreglármelas solo.
Es testarudo, ¿eh?, repuso Born, dejando el puro casi consumido en el borde del cenicero e inclinándose seguidamente hacia delante hasta que su rostro estuvo sólo a unos centímetros del mío. Si yo le ofreciera un trabajo, ¿lo rechazaría?
Depende de lo que se trate.
Eso está por ver. Tengo algunas ideas, pero aún no he decidido nada. A lo mejor puede ayudarme.
Me parece que no entiendo.
Mi padre murió hace diez meses, y resulta que he heredado una considerable cantidad de dinero. No lo bastante para comprar un château o unas líneas aéreas, pero sí lo suficiente para cambiarme un poco la vida. Podría contratarle para que escribiera mi biografía, desde luego, pero me parece que es un poco pronto para eso. Sólo tengo treinta y seis años, y me parece indecoroso hablar de la vida de un hombre antes de que cumpla los cincuenta. Entonces, ¿qué? He pensado en montar una editorial, pero no estoy seguro de que me apetezca toda esa planificación a largo plazo que entraña el asunto. Una revista, por otro lado, me parece mucho más divertido. De aparición mensual, o quizá trimestral, pero algo nuevo y atrevido, una publicación provocadora que causara controversia con cada número. ¿Qué le parece eso, señor Walker? ¿Le interesaría trabajar en una revista?
Pues claro que sí. La única cuestión es: ¿por qué yo? Vuelve usted a Francia dentro de un par de meses, así que supongo que se referirá a una revista francesa. Mi francés no es malo, pero no llega a ser lo bastante bueno para lo que usted necesita. Y además voy a la universidad aquí, en Nueva York. No puedo simplemente coger los bártulos y largarme.
¿Quién ha hablado de marcharse? ¿Quién ha dicho algo de una revista en francés? Si dispongo de buen personal norteamericano que lleve las cosas aquí, podría dejarme caer de vez en cuando para echar un ojo, pero en general permanecería al margen. No tengo ningún interés en dirigir una revista personalmente. Tengo mi propio trabajo, mi carrera, y no me quedaría tiempo para eso. Mi única responsabilidad consistiría en poner el dinero; y esperar a que luego rindiera algún beneficio.
Usted se dedica a las ciencias políticas, y yo soy estudiante de literatura. Si está pensando en crear una revista política, entonces no cuente conmigo. Estamos en lados opuestos, y si tratara de trabajar para usted, resultaría un fracaso. Pero si habla de una revista literaria, entonces sí, me interesaría mucho.
Sólo porque dé clases de relaciones internacionales y escriba sobre asuntos de gobierno y políticas públicas no significa que sea un ignorante. Me importa tanto el arte como a usted, señor Walker, y no le pediría que trabajara en una revista si no se tratara de una publicación literaria.
¿Cómo sabe que soy capaz de hacerlo?
No lo sé. Pero tengo una corazonada.
No tiene sentido. Me está ofreciendo un trabajo y ni siquiera ha leído una palabra de lo que he escrito.
No es cierto. Esta misma mañana he leído cuatro poemas suyos en el último número de la Columbia Review y seis artículos en el periódico universitario. El ensayo sobre Melville era especialmente bueno, en mi opinión, y me ha conmovido su breve poema sobre el cementerio. ¿Cuántos cielos pasarán sobre mí / Hasta que éste también desaparezca? Impresionante.
Me alegro de que le guste. Más impresionante aún es la prisa que se ha dado.
Yo soy así. La vida es muy corta para andar perdiendo el tiempo.
Mi maestra nos decía lo mismo en tercero de primaria; con esas mismas palabras, exactamente.
Un lugar maravilloso, esta Norteamérica suya. Ha recibido usted una excelente educación, señor Walker.
Born se rió ante la inanidad de su observación, dio un trago de cerveza, y luego se retrepó en la silla para considerar la idea que había puesto en marcha.
Lo que quiero que haga, dijo al cabo, es elaborar un plan, un proyecto. Explicarme el contenido de la revista, la extensión de cada número, el diseño de cubierta, el formato, la frecuencia de publicación, el título que quiere darle, y demás cosas. Cuando haya terminado, déjelo en mi despacho. Le echaré una mirada, y si me gustan sus ideas, pondremos manos a la obra.
28 Oct 2009
Austerland, ese país de extrañas y ricas coincidencias, donde los objetos asumen una dimensión de talismán. Bienvenidos a Austerland. Bienvenidos a París, a 1967, a la guerra de Vietnam, a las cajas chinas, al mundo dentro del mundo, a la historia dentro de la historia. Invisible es puro Auster, vuelve el gran escritor después de varias novelas ausente. Una historia, tres narradores: Adam Walker, el joven alter ego de Auster, estudiante de literatura en Columbia en el final de los años 60, fantasioso y revolucionario. Está Jim Freeman, un compañero de Walker, a quien éste envía un manuscrito de sus memorias de juventud, y está finalmente Cècile Juin, hijastra de otro de los personajes clave de la trama. Es un libro convincente, un pasa-páginas, dice Erika Wagner en The Times. Auster is back in Austerland.
25 Oct 2009
No es la primera vez que hacemos una Guía de Críticas en Esto es Brooklyn. Lo hicimos con Brooklyn Follies, Un Hombre en la Oscuridad y Viajes por el Scriptorium . Uno nunca sabe si esto tiene alguna utilidad para alguien, pero allá va la recopilación de lo que la prensa dice sobre la última novela de Auster, Invisible, que acaba de ver la luz en Gran Bretaña y que prontó lo hará en Estados Unidos y España (donde se anuncia para el 1 de diciembre). De momento, lógicamente, las críticas llegan de Inglaterra y países anglosajones, y están en su idioma original. Abrimos sección con la crítica del londinense The Times, que se pregunta "cómo de bueno podría llegar a ser Paul Auster si de una vez escribiera la novela adecuada en lugar de otro volumen de creación experimental". No es para tanto. Al crítico del Times parece haberle gustado la trama, escrita con las mismas referencias metafísicas, psicológicamente profundas y escrupulosas en el estilo que son marca de la casa.
La crítica
Hugo Barnacle, en The Times
Erika Wagner, en The Times (entrevista)
Don McLeese, en Kirkus Review
Tim Gebhart, en Blogcritics
Michael Antman, en Popmatter
Nick Obourn, entrevista en Trueslant
James Urquhart, en The Independent
Lucy Beresford, en The Telegraph
Clancy Martin, en The New York Times
Joanna Briscoe, en The Guardian
Jane Ciabattari, en NPR
Art Winslos, en Los Angeles Times
13 Oct 2009
Parece que Anagrama ya ha decidido la fecha de lanzamiento de lo nuevo de Paul Auster: 'Invisible'. En La Casa del Libro, al menos, se anuncia para el 1 de diciembre, aunque como es habitual ya se aceptan reservas aquí. En USA se lanzará un poco antes, el 27 de octubre. Y ya hay países europeos donde ha visto la luz en sus lenguas nacionales, como en neerlandés ('Onzichtbaar') y danés ('Usynlig').
Los datos y la sinopsis de la novela son los siguientes:
Invisible, de Paul Auster
14.0x22.0 cm
288 pags
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788433975225
Año de edición:2009
Plaza edición: BARCELONA
Precio: 18.00€
A la venta a partir del 01 de Diciembre.
En 1967, Adam Walker es un joven poeta ávido de vida y literatura, con mucho más futuro que pasado. Estudia en la Universidad de Columbia, se opone a la guerra de Vietnam y, además, –esto lo dicen quienes lo conocen, porque él no parece darse cuenta– es guapísimo. Una noche, en una fiesta de estudiantes, conoce a una pareja de franceses muy sofisticados, muy seductores. Lo primero que le llama la atención a Adam es el nombre de él, Rudolf Born, como en Bertrand de Born, el poeta provenzal que en uno de los cantos de Dante lleva su propia cabeza cortada en las manos. Tras varios días de ambigua seducción en los que la pareja va tejiendo su invisible tela de araña en torno al hermoso e inocente americano, Rudolf Born, que está en Columbia como profesor invitado en la School of International Affairs, le ofrece a Adam la dirección de una revista literaria que él financiará.
Más sobre Invisible | La primera línea | Entrevista a Auster | Lanzamiento en USA y primeros detalles |
21 Sep 2009
"I shook his hand for the first time in the spring of 1967".
Paul Auster ha vuelto a los grandes inicios. Ya sabéis que se debe dar mucha importancia a la primera línea de una novela y también conocéis, si habéis seguido este blog en su versión 1.0, que no me gustó nada la primera frase de Un hombre en la oscuridad. Pero ésta, la que abre Invisible (que estará en las tiendas, al menos en USA, a finales de octubre), sí me ha gustado. Abre toda una historia con apenas trece palabras: Estreché su mano por primera vez en la primavera de 1967.
En Amazon, la librería virtual radicada en USA, ya ofrecen el libro y dejan echar un vistazo a algunas de sus páginas. Así que podemos incluso conocer los primeros párrafos de lo nuevo de Auster. Veamos.
"I was a second-year student at Columbia then, a know-nothing boy with an appetite for books and a belief (or desilusion) that one day I would become good enough to call myself a poet, and because I read poetry, I had already met his namesake in Dante's hell, a dead man shuffling through the final verses of twenty-eighth canto of the Inferno".
Detalles del volumen que se puede pre-ordenar en Amazon:
- Hardcover: 320 pages
- Publisher: Henry Holt and Co. (October 27, 2009)
- Language: English
- ISBN-10: 0805090800
- ISBN-13: 978-0805090802
Más, en Amazon.
07 Sep 2009
Cuando aún no se ha publicado su decimoquinta novela, Invisible, cuyo lanzamiento está previsto para este otoño, Paul Auster ya trabaja y puede avanzar extractos de su decimosexto relato, que al parecer llevará el título de Sunset Park. Así hay que deducirlo de acuerdo a esta información del periódico irlandés The Irish Times, que da cuenta de la próxima visita de Auster a Irlanda para participar en el festival literario de Dun Laoghaire (a 12 kilómetros al Sur de Dublín) en estos primeros días de septiembre, del 10 al 13. Auster tendrá una participación especial para glosar la vida y obra de Samuel Beckett, pero también se ha reservado un encuentro de Auster y su esposa Siri Hustvedt con los fans en el teatro Pavilion. Será el 11/S a las 18.30 h. local.
Paul Auster también visitará España en los próximos meses. En concreto, recogerá en León el premio Leteo .
29 Ago 2009
Pronto volveremos a ver a Paul Auster por estos lares. Ya hemos documentado aquí (realmente, aquí, en la versión anterior de Esto es Brooklyn!) varias de sus últimas visitas, que empiezan a ser habituales desde que le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006. una vez obtenido el galardón ha visitado San Sebastián como miembro del jurado del festival de cine y se ha dejado caer por Barcelona para presentar su última novela en 2007 y 2008, respectivamente. Este año estará presente en León, donde recogerá el premio Leteo que concede la ciudad en sus jornadas culturales. Por asuntos de agenda, dicen las fuentes periodísticas, la entrega del galardón se realizará en la segunda quincena de diciembre, quizá entre los días 27 y 29 de ese mes. De forma paralela, se llevarán a cabo una semana cultural en torno a su obra, que da para eso y mucho más. Auster aprovechará para iniciar la promoción de su última novela, Invisible, cuya fecha de publicación en España es aún una incógnita.
10 Ago 2009
Llega el momento de tomarse unos días de descanso. Estaré en 'modo vacaciones' un par de semanas, seguramente lo bastante ocupado en descansar como para tener tiempo, ganas y wifi para actualizar el blog. Si no hay nuevos contenidos, pues nada, paseen por el pasado o lean lo que cuenten mis compañeros de la plataforma de blogs de elcorreodigital, que están muy bien.
El sábado publiqué en El Correo (suplemento cultural Territorios) un artículo sobre Paul Auster y su barrio, Brooklyn. Gente del barrió, lo titulé. No se colgó en la edición digital, así que no puedo enlazarlo. Copipego una versión del reportaje, bastante cercana a la que finalmente salió publicada. Ésta es ligeramente más breve. Hasta la vuelta.
Gente del barrio
Por Aitor Alonso
Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él. (Primera línea de Ciudad de Cristal, primera parte de La Trilogía de Nueva York, Anagrama, 1996).
El día en que Stuart Pilkington conoció a Paul Auster apenas faltaba una semana para que dos aviones secuestrados se estrellaran contra el World Trade Center de Nueva York. Pilkington había concertado una cita con el escritor a través de su asistente, Nelly Reifler, y ocupó buena parte de aquella mañana en buscar un regalo que pudiera expresar por sí mismo su admiración hacia el genio y su agradecimiento por sus historias. No se le ocurrió otra cosa que unas cajas de Schimmelpenicks, los cigarrillos holandeses que Auster parece fumar con frecuencia y a los que ha convertido en adictos a algunos de sus personajes. Tomó después el metro a Park Slope, llamó al timbre del 'brownstone' de tres pisos familiar y pudo cumplir el cometido que le había llevado a Brooklyn: presentar a Auster la web que finalmente se convirtió en la página cuasi-oficial y más visitada en Internet acerca del premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008.
Pilkington, un británico entonces en la treintena, confiesa que al marcar el número personal de Auster para concertar la hora exacta de la cita desde una cabina de la Quinta Avenida lindante con Central Park le invadió la tentación de preguntar por “Paul Auster, de la agencia de detectives Auster”, la confusión que da pie a la trama de Ciudad de Cristal, el primer volumen de La Trilogía de Nueva York. No lo hizo y simplemente confirmó que Auster le recibiría a las dos de la tarde en su casa de Park Slope.
Pilkington fue a Nueva York con la cita concertada, pero son miles los aficionados a las novelas de Auster que acaban en Brooklyn con la esperanza de cruzarse con el genio. Alguno, como el turco E. Turkgeldi, cuya historia fue narrada en la prensa local, empapeló con pasquines Park Slope durante unas vacaciones en Nueva York con la siguiente leyenda: “Mr. Auster. Llevo días recorriendo el barrio esperando encontrarme con usted. Le he traído un paquete de cigarros turcos como regalo, pero este método no parece funcionar. Así que si lee esto, por favor, contacte conmigo en este correo electrónico”. Auster leyó el cartel y le citó en una tienda de libros del barrio.
Hay varios foros de Internet donde es habitual la pregunta: ¿dónde vive Auster? ¿Se puede estar con él? ¿Me firmará un autógrafo? Las avispadas agencias turísticas de Nueva York han sabido convertir en negocio los eventos medíaticos de masas que tienen a la urbe como protagonista. Lo han hecho con los escenarios típicamente cinematográficos de Manhattan y no es difícil encontrar un guía hispano, quizá portorriqueño o más probablemente argentino de labia infinita, que deambule junto a uno por las calles del SoHo, del Village o el Upper East Side en busca de los lugares donde rodó Scorsese, donde cae abatido Patrick Swayze en Ghost o donde Woddy Allen ponía sus delirios en boca de Diane Keaton. Hasta una serie banal como Sexo en Nueva York tiene su propia ruta turística, que convierte a uno en celebrity por un día con visitas a tiendas de lujo, caros cafés, las inalcanzables casas de Park Avenue o el pequeño bronwstone donde se sitúa en la ficción el domicilio de Carrie (Sarah Jessica Parker) y en cuya calle los vecinos ya han dado muestras de estar hartos ante tanto televidente influenciable.
Cuesta creer que en la ciudad donde cualquier idea ya se le ha ocurrido antes a alguien nadie se haya planteado una ruta Paul Auster. Cierto es que con los libros delante, un poco de paciencia y manejo de Internet uno se la puede montar desde casa, pero lo bueno de Nueva York es que siempre hay alguien que hace las cosas por ti. ¿A dónde dirigirse, en tal caso? ¿Al barrio residencial y tranquilo de Brooklyn, donde el escritor reside desde hace tres décadas junto a la también escritora Siri Hustvedt, su segunda esposa, y junto a la hija de ambos, la cantante, actriz, pintora aficionada, mujer del renacimiento Sophie? ¿O a Manhattan, la gran urbe, donde Auster situó el primero de sus grandes relatos, Ciudad de Cristal, el que abre la Trilogía de Nueva York, donde hace a sus personajes bajar a los infiernos, deambular por el laberinto, cuestionar su identidad y les deja en manos del azar?
“Estaba buscando un sitio tranquilo parar morir. Alguien me recomendó Brooklyn”. (Primera línea de Brooklyn Follies, Anagrama, 2006).
Hay que dirigirse a Brooklyn, sin duda. No por el puente, sino por el barrio. Es mejor cruzar el río en metro y dejar la caminata sobre el puente para la vuelta, entrada la tarde, lo que permite ver la puesta de sol entre los rascacielos. En este punto, los folletos de las agencias deberían hacer una advertencia, aunque fuera en letra pequeña, debajo del precio y los horarios de salida: “¡Con la posibilidad de encontrarse con el propio autor!” Y es que Auster es un hombre de costumbres y, a pesar de la experiencia de Turkgeldi, con apenas unos pocos días de vigilancia no debería resultar complicado hacerse el encontradizo para pedirle un autógrafo o colocarse detrás de él en la cola de la cafetería de Park Slope donde encarga su café latte. Para Paul Auster, nombre con el que el verdadero Paul Auster bautizó al detective privado de Ciudad de Cristal, dar con el auténtico Paul Auster, sería coser y cantar.
Un buen punto de espera es la Quinta Avenida con Carrol Street, en Brooklyn. El Café Moutarde, un bistró clásico de paredes espejadas, queda cerca de la casa familiar y es frecuentado por Paul, Siri y Sophie. La Séptima también debe ser lugar de atención preferente, dado que queda muy cerca de la calle en cuesta donde se encuentra el brownstone de tres alturas donde reside la familia. Auster ha explicado en infinidad de ocasiones que su rutina es desayunar junto a su esposa, leer los periódicos, salir de casa pronto, dirigirse al apartamento alquilado a unas manzanas de casa donde escribe en soledad y sin distracciones (la leyenda dice que ni siquiera tiene teléfono) y regresar al brownstone para cenar como cualquier pareja normal. Siri Hustvedt, por su parte, escribe en casa, en una habitación muy luminosa.
Brooklyn pasa por ser el distrito postal de estados Unidos con mayor concentración de escritores. Además de Paul y Siri, Jonathan Safran Foer, Jonathan Lethem y Terence Winter son gente del barrio, lo mismo que cineastas como Spike Lee y actores como Rosie Pérez o Steve Buscemi. Se sabe que eres de Brooklyn, dicen, si tu coche cuesta 500 dólares y el equipo de sonido, 2.500.
La película Smoke (Wayne Wang), que trasladó al cine el pequeño relato El cuento de Navidad de Auggie Wren, y su gamberra secuela Blue in the Face (Wang y Auster) son material de primera para saber qué opina Auster de su propio barrio, epicentro de la multiculturalidad de la Gran Ciudad. “No conozco a mucha gente que viva en Nueva York y que no diga también ‘pero voy a marcharme’. Yo llevo unos 35 años pensando en marcharme. Y ya estoy casi listo”, dice Lou Reed en la memorable intervención que abre la secuela. También es buen material Brooklyn Follies, la novela de 2006 donde Auster elevó por primeras vez un rincón de su barrio a la categoría de portada. La ilustración de la edición americana es precisamente de la Séptima Avenida con la calle Segunda, pleno Park Slope, y está plagada de referencias a comercios reales de la principal avenida del barrio, su arteria comercial, como la barbería de Park Slope o Le Bagel Delight, el deli “de absurdo nombre”, escribe Auster, situado en la Séptima con la calle Quinta. Mejor no busquen la esquina de Smoke, donde Harvey Keitel fotografía cada mañana la vida pasar, a la misma hora y desde el mismo ángulo todos los días del año. En Prospect Park West con la calle 16 apenas encontrará una oficina de Western Union y una cafetería, Farrel’s bar and Grill, cuyo interior aparece en la película Mejor Imposible, protagonizada por Jack Nicholson. Si le apasionan las localizaciones, Auster da mucho juego. El Palacio de Papel, la tienda de papelería donde el protagonista de La Noche del Oráculo compra el cuaderno azul que da origen a la trama, está en la calle Court, entre President y Carroll, aunque el comercio no existe en la realidad. Auster tuvo su recompensa por todo esto. Desde 2006, Brooklyn celebra en febrero el Paul Auster Day, el día de Paul Auster. Brooklyn, ha dicho Auster quizá abrumado por tanta consideración, “es un mejor lugar para escribir que Manhattan”.
La ciudad escindida
USA out of NYC! Estados Unidos, fuera de Nueva York! Una revista de poesía americana trataba de expresar con esta aparente incongruencia en 2002, después del ataque contra las torres gemelas y con la ‘operación venganza’ en marcha, el abismo cultural que separa Nueva York del resto de los Estados Unidos, o al menos de la inmensa mayoría del país. La Gran Manzana es la más europea de las ciudades americanas, lo mismo que Paul Auster es el más europeo de sus escritores y Elliott Murphy o Lou Reed lo son entre sus cantantes y artistas.
No es un secreto que Nueva York es más París que Oklahoma, más Berlín que Houston y más Varsovia que Alaska. Más Almodóvar que Spielberg. Auster, de hecho, es respetado en América, pero aclamado en Europa, donde es lo más parecido a una rock star del mundo de la literatura. “A menudo sueño que Nueva York hace una secesión y se convierte en una ciudad independiente, una ‘ciudad-mundo’”, ha dicho Auster. “Por supuesto, Nueva York forma parte de estados Unidos, pero nos sentimos muy diferentes. Manhattan, para mí, es a la vez Estados Unidos y a la vez otro lugar”, dejó escrito en un largo artículo publicado por una revista francesa.
La idea quedó plasmada también en su última novela hasta la fecha, Un hombre en la oscuridad (Anagrama, 2008), donde efectivamente se ficciona con un Nueva York escindido de los EE UU tras una guerra de secesión ocurrida tras el ataque al World Trade Center. Auster publicará un nuevo trabajo este otoño, Invisible, que también transcurre en parte en Nueva York.
Auster habla con aprecio hacia su ciudad, aunque haya dejado en sus relatos descripciones apocalípticas de una urbe cerrada en sí misma, donde uno tiene siempre la sensación de estar perdido, solitaria a pesar de la sobrepoblación y atacada por todos los nuevos males humanos. “He venido a Nueva York porque es el más desolado de los lugares, el más abyecto”, pone en boca de uno de los personajes de La Ciudad de Cristal, el relato que arranca La Trilogía de Nueva York. “La decrepitud está en todas partes, el desorden es universal. Basta con abrir los ojos para verlo. La gente rota, las cosas rotas, los pensamientos rotos. Toda la ciudad es un montón de basura”. Así lo escribió en 1985.
Quizá su visión haya cambiado. “El 40% de los habitantes de Nueva York ha nacido en el extranjero y eso basta para hacer de la ciudad un lugar separado, que nada tiene que ver con el Medio Oeste”, continúa Auster en el reciente artículo de prensa francés. “Es la ciudad más democrática de Estados Unidos gracias a su diversidad étnica y religiosa”. En otras partes del mundo, la mezcla ha sido un gran cartucho de dinamita a punto de estallar. “A veces me pregunto cómo Nueva York no es otro Sarajevo, otro Belfast, otro Jerusalén. Hemos aprendido a convivir bajo amenaza de explotar. Hay tantas comunidades que cualquier conflicto haría la vida intolerable. Por supuesto hay racismo, intolerancia, violencia. Pero la inmensa mayoría de la gente hace un esfuerzo por vivir juntos”.
“Es esto lo que me gusta tanto de Nueva York”.
16 Jul 2009
Paul Auster y otros autores forman parte de los elegidos para la primera colección española que será editada en tipografía más grande de lo habitual, adaptada a las personas que tienen dificultades de visión. Qué decir, es una gran idea. Copi-pego el teletipo de la agencia Europa Press, que lo cuenta muy bien. Grup 62, la editorial que encabeza la iniciativa junto a Planeta y la obra social de La Caixa, es la editorial habitual de Auster en catalán.
Juan José Millás, Baltasar Porcel y PaulAuster figuran entre los cien autores incluidos en la colección 'Lectura +', editada en una gran tipografía adaptada a personas mayores y con problemas de visión. Con el respaldo de la Obra social de La Caixa, Planeta y el Grup 62 dieron hoy a conocer la iniciativa, apoyada por la Infanta Doña Cristina, y los escritores Juan José Millás y Carme Riera.
Durante dos años se editarán en esta colección, en castellano y catalán, obras de autores dispares como John Boyne ('El niño del pijama de rayas'), Thomas Mann ('Muerte en Venecia') o el último Premio Nobel, Jean Marie Le Clézio ('El africano'). La directora general adjunta de la Fundación La Caixa, Elisa Durán, explicó que el objetivo de la colección es "poner la literatura al alcance todos", así como dar respuesta a la necesidad social de minimizar la "exclusión" de las personas mayores de las actividades culturales. Según el director general de la División Editorial de Librerías del Grupo Planeta, Jesús Badenes, el cinco por ciento de la población española afirma tener dificultades en la lectura por el tamaño y la tipografía habitual de los libros. Esta colección aspira a paliar la situación "terrorífica", según la calificó Juan José Milllás, "de un lector que, llegada una edad, ya no puede seguir leyendo".
03 Jun 2009
Sucedió el pasado viernes, según cuenta The New York Observer, en un encuentro con Paul Auster en Nueva York. Una mujer del público preguntó al escritor si fue idea suya adaptar su novela Tombuctú y convertirla en un cuento infantil.
Tensión en la cara de Auster.
-Tombuctú no es un relato para niños, respondió.
¿Acaso se equivocó la mujer, dado que el protagonista es un perro llamado Mr. Bones?, se pregunta el enviado del Observer.
El asunto siguió liándose. La mujer insistió en que sabía de lo que hablaba, un pequeño volumen lleno de ilustraciones y editado en formato de libro para niños. Auster pasó la bola a su agente, Carol Mann, que tampoco estaba al corriente de la adaptación. Emoción, intriga, dolor de barriga.
Por suerte, siempre hay alguien con un iPhone entre el público. Fue googlear la cuestión que generó el aprieto y salió la respuesta. "Es un volumen en cuya portada sale un perrito gris", dijo tras levantar la mano y pedir la palabra.
La edición en cuestión es obra de la ilustradora alemana Julia Goschke, un librito de 32 páginas basadas en la novela de Auster editado por una pequeña compañía alemana llamada Minedition y que se distribuye en USA por Penguin (compruébalo en Amazon ). "La idea es un poco macabra para un cuento infantil", dijo ya resuelto el enigma el publicista de Picador que trabaja en las ediciones de Auster. "Como se sabe, el perro (Mr. Bones) se suicida al final".
La historia me ha parecido curiosa porque hace tiempo ya que hablamos de ese librito en este blog.
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¡Esto es Brooklyn!
Aitor Alonso
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Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967. Por entonces yo era un estudiante de segundo curso en Columbia, un muchacho sin formar con ansia de libros y la creencia (o ilusión) de que algún día tendría las suficientes cualidades para considerarme poeta, y como leía poemas, ya conocía a su tocayo del infierno de Dante, un muerto que iba arrastrando los pies por los últimos versos del canto veintiocho del Inferno. Bertran de Born, el poeta provenzal del siglo XII, que llevaba cogida del pelo su cabeza cortada, haciéndola oscilar de un lado a otro como un farol: sin duda una de las imágenes más grotescas de ese extenso catálogo de alucinaciones y tormentos. Dante era un defensor incondicional de los escritos de De Born, pero lo redujo a la condenación eterna por haber aconsejado al príncipe Enrique que se rebelara contra su padre, el rey Enrique II, y como el poeta originó la división entre padre e hijo convirtiéndolos en enemigos, el ingenioso castigo de Dante fue dividirlo a él mismo. De ahí el cuerpo decapitado que va gimiendo por el inframundo, preguntando al viajero florentino si puede haber dolor más terrible que el suyo.