Un tranquilo sábado de locura urbana
Turín, 6 de diciembre de 2008, h 22.35. Plaza Montanari, dos manzanas más allá de mi casa en dirección Estadio Olímpico. Carlo La Tona, 40 años, sale a pasear con su perro, un dogo argentino. Quizás la traílla sea algo larga... El caso es que el dogo da con una niña de dos anos. Gracias a Dios que no la asalta, pero la hace caer. Su padre, Mario Catelli, 32 años, de profesión jefe de obras, se enfada: “¿Pero qué haces con el puto perro? ¡Discúlpate!” El otro, muy macho cabrio mediterráneo, se niega rotundamente. A los pocos instantes el pleito degenera. Al cabo de sendas llamadas telefónicas, la niña y el perro desaparecen y se escenifica la más típica de las riñas de barrio: dos grupos contrapuestos, Los LaTonas y Los Catellis, enfrentándose con cadenas, varas y trancas entre los bancos de la plaza. En esas la madre de Catelli, ella también a la calle, llama por teléfono al marido: “Vuelve ya, que aquí se está armando la de Dios.”
Antonio Catelli, 60 años, ex guardia civil, acaba de salir del curro: lleva treinta años como chófer personal de Sergio Pininfarina. Le ha contado al fiscal Fabio Scevola de haber sacado su Magnum 357 regularmente denunciada por miedo a que su hijo sucumbiera por los palos. El Catelli padre dispara dos veces. El primer balazo va por Luca Ragusa, 39 años, un amigo del La Tona con pequeños antecedentes que se había personado en el plató empuñando una pipa con la numeración raspada: Ragusa muere en el acto. El segundo hiere en el abdomen al propio La Tona, que había intentado hacerse con el arma que se le cayó de la mano al amigo fallecido.
Esta circunstancia se salda con un muerto, un herido, un padre encarcelado por homicidio voluntario y homicidio intentado y el susto de muerte que se pegaron los vecinos de la plaza. Me abstengo de cualquier comentario.
Pues solo una anécdota: hace una vida en esa mismísima plaza yo y mi pandilla fuimos obligados a enfrentarnos con unos pandilleros locales para conquistar el fundamental derecho a sentarnos en un banco. Debe ser que el lugar tiene un karma negativo. O más concretamente que la raza humana ha cesado de evolucionar.
Sobre este blog
El tardato vascofilo
Maurizio FerrarottiKaixo lagunok. Me llamo Maurizio, soy italiano y vivo en Turín, Torino, ciudad olímpica invernal 2006. Hace veinte años me enamoré de Euskadi. Eso ya en cierto modo me califica de raro y inconformista. Vaya, ¿cómo puede enamorarse un tardato de un país tan lluvioso? ¿A quién se le ocurre amar una tierra donde las mujeres parecen mas bálticas que mediterráneas (bueno… ni que las estonias seas tan feas, no te jode) y en las tabernas se escucha más Bad Religion que Laura Pausini maullando sus tormentos en castellano? ¡Habrase visto un italiano que se compra un par de palas en una tienda deportiva de Santutxu para luego echarse a jugar a solas contra el muro de un parque turinés!
El tópico es mentira y el que lo crea un insensato, escribió Donna Tart en El secreto. Y está en lo cierto. Sin embargo, Italia es un país abocado a generar tópicos. Nuestra querida bota está más allá de cualquier límite del pensamiento, en vilo entre Era Digital y Edad Media. Una nación disparatada en que, por ejemplo, puede pasar que una estarlete rumana acostumbrada a salir en la pantalla chica y grande au naturel se convierta en asistenta a la alcaldía de Roma para la relaciones diplomáticas con Rumania. Y yo en este blog mi tierruca de locos os la voy a contar desde el prisma de un “guiri avanzado”, ya a sabiendas que en este espacio web hay otro brillante blog enfocado en los (pocos) resplandores y las (muchas) miserias del Belpaese. Eso está bien, en aras de la asillamada par condicio: una entre las las tantas leyes que los italianos solemos infringir con olímpica desfachatez. ¡Buona lettura!
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