Blog | Elecciones 2008
O finlandeses o kosovares
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA.
Entre el 15 de julio y el 13 de septiembre del año pasado, el PNV pasó por una crisis que casi todo el mundo daba ya por superada. En la primera fecha, Josu Jon Imaz emplazó al lehendakari en torno a dos temas concretos -el de la normalización y el de la pacificación- sobre los que ambos mantenían radicales discrepancias. En la segunda, sintiéndose incapaz de reconducir la postura del lehendakari y temiendo el efecto de división que el mantenimiento de tales discrepancias podría causar en el partido, Imaz anunció su retirada de la contienda interna para su reelección como presidente de la ejecutiva. Estoy seguro de que, en la noche del domingo, cuando se volcaron las urnas y se contaron los votos, más de un burukide de los que se encontraban en Sabin Etxea recordó aquellas fechas y echó de menos a quien ya no estaba entre ellos.
Acertó en su recuerdo y en su añoranza. Porque lo que al PNV le ha sucedido en estas elecciones tiene mucho que ver con lo que ocurrió entre aquellos dos días del pasado verano. Los jeltzales se las dieron entonces muy felices por la rapidez con que habían resuelto la crisis. «A rey muerto, rey puesto», debieron de pensar. Y, en verdad, su proceder fue, en buena medida, un ejemplo de buen hacer. Pero su mirada se fijó demasiado en el interior del partido y no vio lo que ocurría en su derredor. Es muy probable que Josu Jon Imaz fuera ya, en esas fechas, un incordio para la militancia, pero se había convertido en un referente para el electorado. Y así, al prescindir de él, el PNV resolvió un problema a costa de crearse otro no menos grave. El domingo por la noche pudo medir toda su dimensión.
Callada la voz de Imaz, gran parte del electorado nacionalista se ha encontrado sin un discurso coherente y consistente por el que guiarse. Con aquél sabía a qué atenerse. Su discurso era nítido en los dos asuntos en que la sociedad vasca vive enmarañada desde hace tiempo: cómo abordar el terrorismo de ETA y cómo asentar la convivencia desde una asunción consecuente de la pluralidad de la ciudadanía. Resultaba, además, comprensible para una nueva generación de ciudadanos, a la que los debates identitarios le suenan a rancios y que se muestra, en cambio, dispuesta a escucharlos cuando versan sobre otros asuntos que siente más cercanos a sus preocupaciones diarias. Tenía, en definitiva, unas resonancias urbanas y modernas que aportaban una bocanada de aire fresco a la atmósfera de tradición y ruralismo en la que nunca ha dejado de respirar el nacionalismo vasco. Con la retirada de Josu Jon Imaz se retiró también del PNV la esperanza de renovación que con su llegada se había abierto.
El silencio que la marcha de Imaz dejó como un vacío no se ha llenado. Nadie ha suplido en el partido la ausencia de su voz. Los mensajes que desde aquél se emiten suenan como un retorno al pasado, en el que los tópicos han vuelto a ocupar el espacio que pareció, por un momento, querer llenarse de cierta innovación. No se ha renovado un discurso que, si pudo resultar efectivo para la generación de la transición, hoy resulta retórico y huero para la que nació después de ella.
Ante el silencio del partido, sólo suena la voz del lehendakari. No podía ser de otra forma, vista la causa por la que se retiró el anterior presidente. Su mensaje, por institucional, podría haberse proyectado hacia un colectivo mucho más amplio que el de la formación a la que pertenece. Pero ha ocurrido todo lo contrario. Se ha hecho mensaje partidario, anulando, además, tras la traumática retirada de Imaz, toda posibilidad de disonancia. Y así, en vez de enriquecer la voz propia de su partido con otra autónoma que pudiera hacerle el contrapunto, el lehendakari la ha silenciado y secuestrado. Su discurso es suyo, del PNV y de los tres partidos que sustentan su gobierno. De ahí que todos hayan sufrido el pasado domingo la misma suerte aciaga.
En beneficio de todos ellos podría haber redundado este acaparamiento del discurso, si éste hubiera sido moderno y renovador. Pero el discurso del lehendakari incurre en todos los vicios tradicionales del nacionalismo que pretendió depurar Josu Jon Imaz. Se propone, además, conciliar lo inconciliable, conjugando, de modo harto mecánico, apertura al mundo y cerrazón en la propia identidad. Y así, mientras la sociedad vasca sería puntera en todos los bienes que la modernidad aporta -calidad de vida, innovación, cultura y bienestar-, no habría dejado nunca de padecer un asfixiante conflicto, maltratada y oprimida, como está, en su más íntima identidad. Los electores nacionalistas se ven, de este modo, obligados a figurarse finlandeses un día y kosovares el siguiente, extremos que la gran mayoría de ellos sabe que son perfectamente incompatibles. Así lo sabían también los burukides que lamentaron el domingo por la noche en Sabin Etxea la ausencia de Josu Jon Imaz. Resolvieron un problema interno, pero abrieron hacia afuera una brecha por la que se les fugan los votos y que les va a resultar muy difícil de cerrar.
Vuelco en Euskadi
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA
La llamada a la abstención que han realizado ETA y la izquierda abertzale no ha perdido efecto por el asesinato de Isaías Carrasco. Por el contrario, el diferencial respecto de la inhibición electoral que se produjo hace cuatro años indica que, en esta ocasión, se han abstenido más electores que los que entonces votaron nulo. No son, sin embargo, los que han promovido expresamente la abstención quienes han de atribuirse todo el éxito. A él han contribuido también, y en buena medida, los votantes del nacionalismo democrático, que han optado por esta forma de expresar su descontento con sus respectivos partidos. En todo caso, ahí sigue, irreductible, un electorado blindado ante el dolor ajeno. No es sólo el miedo, como suele decirse, el que le ha impedido acudir a las urnas. Es también, y sobre todo, la identificación resistente con lo que la banda terrorista es y hace. Mientras este referente exista, su lealtad será difícilmente quebrantable.
Quienes han acudido a las urnas, por su parte, se han volcado, en una histórica proporción, por el Partido Socialista de Euskadi. Nunca había tenido éste un resultado tan brillante en nuestra comunidad. También en este caso, el éxito ha de compartirse. El efecto Zapatero y el temor a un triunfo de Rajoy han sido en Euskadi más fuertes que en ninguna otra parte de España. Pero esta constatación no puede, en absoluto, restarles méritos propios a los socialistas vascos. El electorado ha premiado su discurso y su praxis, mantenidos a veces en circunstancias muy adversas, y los ha situado, como nunca hasta ahora, en una posición de clara alternativa al nacionalismo. Su tarea ahora no es sentarse a disfrutar en la autocomplacencia, sino tratar de encontrar los instrumentos más adecuados para proyectar estos resultados sobre las próximas autonómicas.
El nacionalismo democrático y, más en concreto, el PNV se han dado un auténtico batacazo. Vendrán ahora, sin duda, las excusas. Eran -dirán- unas elecciones generales muy polarizadas, en las que los partidos minoritarios tenían todas las de perder. Atribuirán también el éxito socialista -como ya hizo anoche Josu Erkoreka con una muy poco edificante falta de pudor- al efecto de solidaridad que produjo en la sociedad vasca el asesinato de su ex concejal en Mondragón. Pero se equivocarán radicalmente si no hurgan un poco más en el fondo de su descalabro. Tendrán que pensar, en primer lugar, que la pérdida de votos ha afectado a todos los partidos del tripartito, a los que se ha juzgado tanto por su defecto de gestión como, sobre todo, por su exceso de ideología. En este sentido, la 'hoja de ruta' del lehendakari, que es el factor cohesionador por antonomasia del tripartito, ha sufrido una clara derrota por adelantado. Su electorado le ha dado la espalda de manera más clamorosa de lo que podría haberse temido y ha traspasado su confianza a quienes, como los socialistas, le han ofrecido un proyecto más estabilizador de la convivencia y más cercano a sus preocupaciones reales. Estos resultados, sumados a los obtenidos en las elecciones que se han celebrado desde 2005, exigen, por tanto, del nacionalismo y, sobre todo, del PNV una reflexión en profundidad sobre la tortuosa y ambigua línea que viene siguiendo en la última década o, lo que es lo mismo, desde la aventura de Lizarra, nunca del todo corregida. Casi un 40%de su electorado lo ha abandonado, bien trasvasando sus votos al PSE, bien refugiándose en la abstención. En cualquier caso, el aviso es de los que deben tomarse muy en serio y apunta directamente al fondo del discurso político. Tiempo tendrán para reflexionar sobre éste, toda vez que, prescindibles como han resultado ser para la gobernabilidad en el Estado, podrán dedicar su tiempo a poner en orden la propia casa.
En definitiva, los resultados de estas elecciones han supuesto en Euskadi un auténtico vuelco. Leídas desde el interior del país, presentan un panorama novedoso, en el que no sólo se ha puesto en duda, antes siquiera de debatirla, la viabilidad de la estrategia política marcada por el nacionalismo a iniciativa del lehendakari, sino que se ha abierto además el interrogante que, entre nosotros, parecía fatalmente cerrado: la posibilidad de una alternancia en la gobernación del país. La última fase de esta legislatura puede ser en Euskadi realmente apasionante. Es de esperar que vencedores y vencidos no se atrincheren en estos resultados, sino que sean capaces de gestionarlos de manera productiva para todos los ciudadanos. Es todo un reto.
Unidad y participación
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA.
Todos, menos ese grupito de ingenuos interesados que aún quedaba por ahí calculando que ETA quería hacer atentados llamativos, pero no matar, nos temíamos que lo que ayer ocurrió en Arrasate podía haber ocurrido en cualquier momento. Incapaces, por la eficacia policial, de atentar de manera más «sofisticada», los terroristas han ido en busca de lo más fácil y rastrero: pegarle dos tiros en la nunca, delante de sus hijas, a un ex concejal sin escolta que lo único que tenía de «político» era su afiliación de base en el Partido Socialista de Euskadi para trabajar por los intereses de su pueblo. Pero el hecho de que el asesinato no haya sido sorprendente no lo hace menos sobrecogedor. De hecho, ha logrado helar, por su crueldad, el corazón de todo el país y paralizar todas las actividades de sus representantes políticos.
No es momento de especulaciones. Pero ETA ha elegido, para asesinar, una de las circunstancias en las que el sistema democrático expone su máxima vulnerabilidad. El período electoral es, sin duda, el momento en el que la democracia muestra su mayor fortaleza, dejando sin poder a los representantes políticos y dándoselo todo a los electores para que emitan su veredicto inapelable. Pero, al mismo tiempo, es el momento en que la división de los políticos se deja notar con mayor intensidad que nunca, toda vez que la confrontación de ideas y proyectos desplaza por completo el diálogo y el acuerdo. Esto es más verdadero aún en unas elecciones como las presentes, que tienen lugar como prolongación de una legislatura que ha estado dominada por el enfrentamiento total, sobre todo entre los dos grandes partidos del país, precisamente por culpa del terrorismo.
Esta circunstancia hace más necesario que nunca recordar a nuestros representantes políticos que el asesinato marca una línea divisoria infranqueable, no entre las diversas ideas y proyectos, sino entre democracia y totalitarismo. No hay lugar neutro entre ambos. Por eso mismo, sería inconcebible que la tentación de culpabilizar al otro o de obtener beneficios particulares de lo ocurrido se sobrepusiera a la unidad que debería ser hoy más real y más visible que nunca. No sería de recibo que se repitiera ahora, con cuatro años de retraso, el mismo espectáculo de división y confrontación que los políticos nos hicieron vivir en los últimos días de las pasadas elecciones generales. La experiencia les habrá enseñado que un traspiés en este asunto, por mínimo que sea, tiene desastrosos efectos incluso electorales.
Tras el asesinato de ayer, resulta imposible no volver la mirada sobre ese mundo que llamamos izquierda abertzale. No me refiero a lo que queda de su representación política, de la que apenas cabe ya nada que esperar, sino a ese electorado en el que aún podría anidar un mínimo de cordura o, al menos, de humanidad. Ya fue engañado las pasadas elecciones municipales, cuando los mismos autores del asesinato de ayer le solicitaron su voto, diciéndole que era en favor del «proceso» que ellos mismos romperían oficialmente una semana más tarde. Ahora debería saber ese electorado que «el boicot» con que le prometían acompañar su abstención no era otra cosa que el cruel asesinato de un indefenso ex concejal de un pueblo de nuestro país. Dejarse engañar una vez más, obedeciendo sus consignas de abstención, denotaría algo más que ingenuidad. Sería, simple y llanamente, complicidad con los asesinos. Mañana tendrá ese electorado la gran ocasión de enviarles a sus líderes un mensaje esclarecedor sobre su postura ante los crímenes.
El asesinato es, como decía, la línea que marca la división entre la democracia y el totalitarismo. La masiva participación del electorado vasco será la mejor demostración de en cuál de los dos lados de la línea se sitúa la inmensa mayoría de nuestra sociedad. Sólo así podrán ver los asesinos de ETA y quienes los apoyan lo solos y aislados que se han quedado
Votar con mala conciencia
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA.
En contiendas tan reñidas como la presente, cuando la campaña llega a su recta final, los partidos, como la viuda que perdió la dracma, encienden todos los candiles y barren todos los rincones de la casa electoral en busca de cualquier voto que pudiera andar todavía extraviado por los rincones. Lo hacen, eso sí, con una desazonadora mezcla de vergüenza y desvergüenza. Saben, de un lado, que lo que ha venido en llamarse voto útil constituye un apoyo una pizca degenerado, producto de la deslealtad más que del convencimiento y, en cierta medida, traidor y robado. Lo solicitan, por ello, con la misma mala conciencia con que se lo da quien atiende su solicitud. Pero calculan, de otro, que, a la hora del recuento, cuando se vuelcan las urnas, nadie será capaz de distinguirlo en el montón de papeletas anónimas y que la mala conciencia quedará, en definitiva, lavada. Vence, por tanto, la desvergüenza. Y es que, al final, el voto útil cuenta tanto como el inútil, porque inútil habrá que llamar, aunque sólo sea por contraste, al que se da de buena fe y con pleno convencimiento.
El voto útil suelen buscarlo con más ahínco que nadie los partidos que tienen posibilidades de ganar en su ámbito respectivo de influencia, aquellos que, con la ayuda de D'Hont, pueden hacerse con los restos de los que no llegan a la raya. Los pequeños, en cambio, que se han desgañitado como el que más para dejar oír su voz en el coro electoral, lo denuestan. Alguien ha llegado a calificarlo como «el más inútil de todos los votos». Y tiene este alguien algo de razón, si no práctica, sí, al menos, democrática, porque el llamado voto útil suele resultar la primera víctima del desengaño postelectoral. «Si lo hubiera sabido», es la exclamación que sale de su boca en cuanto se percata de su auténtica utilidad. Demasiado tarde.
PSOE y PNV son quienes más andan poniendo, en esta ocasión, la casa patas arriba en busca de la dracma perdida. El primero, más ambicioso, no ha dejado rincón sin hurgar. Lo mismo remueve los muebles de la izquierda que levanta las alfombras del nacionalismo. En ambas esquinas cree poder encontrar ese voto extraviado que se mueve más por el odio al contrario que por el amor a los suyos. «Con tal de que no vuelvan», es el lema que todo lo justifica, hasta la traición de abandonar -«sólo por esta vez»- a los propios. El PNV tiene las miras, y las posibilidades, más limitadas. No son estas generales, como sí lo serían las autonómicas, las más indicadas para entrar a enredar en el corral de los grandes. Mejor concentrarse en el humilde patio del vecino. Ahí sí puede encontrarse la moneda perdida de quien ve en ese prometido «grupo fuerte en Madrid» el único ariete capaz de abrir brecha en la muralla de incomprensión que socialistas y populares, tanto monta monta tanto, van a construir para hacer frente a las embestidas de los vascos. Y ¿quién tiene la conciencia tan pura y tan recta como para resistirse, con remilgos, a tan tentadoras seducciones! Al fin y al cabo, sólo es para cuatro años y, además, lo hacen todos.
Yo, como tú, en Euskadi
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA.
Al PNV se le ve inseguro en esta campaña. Tampoco es de extrañar. Si toda campaña para unas elecciones generales es difícil de diseñar para quien no compite por alcanzar la presidencia del Gobierno, ésta tan bipolarizada resulta poco menos que imposible. De ahí que, aparte del lema 'Yo vivo en Euskadi, tú, ¿dónde vives?', apenas ha emitido un mensaje que se haya mantenido invariable. Comenzó diciendo que le daba igual que ganara Rajoy que Zapatero, pero, ante el pasmo que debió de temer que tal afirmación produciría en su electorado, se ha apresurado a dar por segura -y por deseable, supongo- la victoria del segundo. No es éste un mal mensaje para frenar la temida fuga de votos hacia los socialistas. «Si ya tienen asegurada la victoria, para qué reforzársela con tu voto». Asimismo, la hoja de ruta del lehendakari sólo se menciona ya con voz muy queda, no sea que se oiga más allá de la intimidad de los batzokis. Al final, los jeltzales se han refugiado en el tópico que la tradición manda: «Lograr un grupo fuerte en Madrid para defender los intereses de Euskadi».
Pero la inseguridad sobre el mensaje delata una incomodidad más profunda. El PNV viene de una legislatura con muy buenos resultados. Entretanto ha cambiado de liderazgo. La comparación de los resultados de ahora con los de entonces se hará, pues, inevitable. Y la combinación entre el menor número de diputados a repartir, por la pérdida de uno en Vizcaya, y el empuje de los socialistas vascos, por el efecto Zapatero, hace temer que la comparación resulte cualquier cosa menos favorable.
De otro lado, el PNV sabe que, por mucho que se empeñe en lo contrario, el resultado de estas elecciones va a ser leído por todos con la mirada puesta en la consulta que el lehendakari tiene anunciada para octubre. Y, aunque sea verdad que nadie -o casi nadie- va en esta ocasión a las urnas con mentalidad plebiscitaria, no es menos cierto que los votos van a ser medidos, uno a uno, en términos de debilidad o fortaleza con vistas a lo que pueda ocurrir en el otoño. No son éstas, por tanto, para los jeltzales unas elecciones generales más, sino que en ellas se juega la estrategia que vayan a poder adoptar de aquí a las próximas autonómicas. En ellas y en los pactos o las rupturas que vengan después de ellas, cuando se negocie, si hubiere lugar, la investidura del nuevo presidente de Gobierno.
En este estado de incertidumbre, el lehendakari ha dado con el mensaje más atrevido Visto que la pujanza del voto socialista y la animadversión del popular van a actuar de diques de contención frente al trasvase de electores desde esos remansos hacia el nacionalismo, Ibarretxe ha puesto los ojos en la abstención que ETA y una izquierda abertzale descabezada y desnortada ha impuesto a sus votantes. «Cada voto que os guardéis en el bolsillo es un voto que regaláis al PP o al PSOE». Claro que, si uno piensa en el odio que esos electores profesan al PNV, esa llamada puede ser también el mayor estímulo para que no salgan de casa. Todo es posible, pero, por intentarlo, que no quede.
Movilización y concentración
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA.
Cuentan sus biógrafos que san Juan Berchmans, joven jesuíta que se convirtió en patrono de los estudiantes de su orden, dedicaba, en aquellos tiempos en que la misa era una celebración semanal, y no diaria, el jueves, viernes y sábado a prepararse para recibir la comunión del domingo y el lunes, martes y miércoles a dar gracias por haberla recibido. Tal división del tiempo en torno a un único acontecimiento recuerda muy mucho a lo que está ocurriendo en esta campaña electoral con los debates entre los candidatos de los dos partidos políticos con opciones de alcanzar el primer lugar en la contienda. Situados en dos momentos estratégicos de la campaña, estos cara a cara han logrado concentrar en torno a sí toda la atención del electorado, que, mansamente guiado por los medios de comunicación, consume su tiempo -el poco que dedica a estas cosas, por supuesto- discutiendo sobre quién ha ganado en el anterior y pronosticando quién va a perder en el siguiente.
El hecho es que los debates a dos, con independencia del acierto o desacierto de su formato e incluso de quién sea el ganador o el perdedor, han resultado ser tan buen negocio para sus protagonistas que se hace muy difícil de entender por qué se han pasado éstos tanto tiempo sin celebrarlos. Es evidente, y ahí están los sondeos para confirmarlo, que los cara a cara han producido dos efectos que redundan en beneficio de ambos. Han aumentado, de un lado, la movilización del electorado y han conseguido, de otro, la concentración de su voto en las dos opciones que aparecen en pantalla.
En cuanto a la movilización, no está para nada demostrado que ésta favorezca sólo y siempre a los socialistas y perjudique a los populares. La historia de nuestras elecciones democráticas no es tan larga como para arrojar conclusiones inamovibles, y ejemplos hay en ella que demuestran una cosa y su contraria. Por otra parte, la participación no es algo que pueda pactarse, sino que basta para aumentarla el empeño de uno de los dos grandes contendientes. Los dos tienen, por tanto, que darla por supuesta de partida y esforzarse por sacar de ella el máximo de sus posibilidades. Basar las esperanzas de victoria en un cálculo de baja participación es ponerse de entrada en manos del adversario.
Que los debates han concentrado el voto en torno a sus dos protagonistas es un hecho que no precisa siquiera de sondeos para verificarse. A quien no le baste el axioma de que «lo que no sale en la tele no existe» habrá que remitirle al desconcierto que se ha apoderado de quienes no toman parte en ellos. El hecho mismo de que se les hayan convertido en referencia obligada, aunque sólo sea para descalificar su celebración o rebatir sus contenidos, da a entender a las claras que los debates a dos han vaciado de sentido la campaña de otros muchos. O es que alguien sabe de qué hablan los que no se enfrentan en la tele.
Perversos y amañados
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA.
Tengo un problema con los tiempos verbales al comenzar estas líneas. Creo que tendré que emplear el futuro perfecto, porque voy a referirme a un acontecimiento que aún no ha ocurrido cuando las escribo, pero que será ya pasado cuando usted las lea. Diré, pues, que esta noche -«anoche» simplemente para usted, querido lector- me habré sentado a seguir el cara a cara televisivo entre Zapatero y Rajoy. Lo habré hecho, además, y éste es el punto, con un regusto de mala conciencia.
Sé que puede sonar extraño confesar tal sentimiento ante un evento que habrá concitado la atención de millones de espectadores y cuya celebración ha sido reclamada por muchos más ciudadanos. Pero no deja de crearme cierta sensación de culpa pensar que, con mi atenta presencia, habré contribuido a incrementar el éxito de un espectáculo que considero, no sólo disconforme, sino positivamente injusto con el sistema democrático que disfrutamos.
El cara a cara de anoche ha sido definido como un derecho de los electores. Definición propia de un país en el que se le otorga categoría de derecho general a cualquier reivindicación particular. Se ha apelado también, para exigir su celebración, a lo que resulta habitual en las campañas electorales francesas o estadounidenses. Comparación, en este caso, impropia por confundir los sistemas presidenciales con los parlamentarios.
Todo, además, por no reconocer lo obvio, a saber, que la televisión desempeña un papel imprescindible en la comunicación y que en torno a ella giran cuantiosos intereses políticos y económicos. Habrían bastado estas dos razones para dar razón cabal de la convergencia de voluntades entre los partidos implicados y los promotores del negocio. Los unos para convertir la audiencia en electorado; los otros, el electorado en audiencia.
Además, si el cara a cara se hubiera reducido a eso, a un cara a cara o a un par de ellos, la cosa habría sido más tolerable. Pero el interés de los medios y de los partidos ha hecho de ellos 'la' campaña. Nada ha quedado de ésta al margen de los debates. Tres días de preparación y tres de comentario, multiplicados ambos por dos, dan cuenta exactamente de los quince días que la ley concede a la propaganda electoral.
Y, encima, no habrán sido ni debate ni cara a cara. El miedo al fracaso de los políticos, justificado por la interesada y sumisa renuncia de los periodistas a ejercer debidamente como tales, los ha convertido de antemano en un espectáculo amañado para el propio lucimiento.
Me temo, en contra, creo, de la opinión dominante, que esto no va a repetirse. Ni por la fórmula ni por el formato. Éste por encorsetado, amén de denigrante de la función periodística. Aquella por pervertir el sistema parlamentario, proporcional y pluralista, de que nos hemos dotado. Sea todo ello dicho, aunque sin esperanza alguna de ser escuchado, en defensa de esa media docena larga de pequeños, pero influyentes, partidos que se habrán sentido, con toda razón, injustamente marginados.
El lastre de la memoria
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA.
Mariano Rajoy parte, en esta carrera electoral, con varios handicaps. Uno de ellos es que, a diferencia de Zapatero, nunca ha ganado nada en la batalla política, a la que no pertenecen, por supuesto, las oposiciones a Registrador de la Propiedad. Fue designado a dedo sucesor en la presidencia de su partido y fracasó, cuando todos los vientos le soplaban de popa, en la contienda electoral de marzo de 2004. Por lo demás, de su paso por diversos ministerios en los gobiernos de Aznar apenas queda constancia. Ni para bien ni para mal. Pocos serán los que recuerden qué carteras ocupó. Rajoy es, por tanto, para el elector de a pie, lo que ha parecido ser a lo largo de estos últimos cuatro años.
He ahí precisamente su principal lastre. Rajoy ha basado su campaña electoral en la bonhomía y en la educación, características proverbiales del buen caballero español. Se presenta como el ciudadano tranquilo que conecta sin esfuerzo con el hombre de la calle. Dicharachero y bonachón, huye de la tensión, el dramatismo y la crispación, para ofrecer soluciones de sentido común a los problemas cotidianos de la gente. No es que sea sensato. Él es la sensatez. Sigue así al pie de la letra, más que lo que le dicta su carácter, la estrategia que su partido le ha diseñado para la campaña electoral. Bien cercados ya sus fieles en el redil popular tras tres años y medio de inclemente oposición, Rajoy emprende, en este último tramo, incursiones en territorios que le son ajenos en busca de lo que pueda caer en el morral. Su osadía ha llegado al punto de presentarse a sí mismo como el auténtico socialista, dispuesto, por tanto, a disputarle a Zapatero la exclusiva de la preocupación por los currantes. Populista consecuente, ha borrado la frontera que separa la izquierda y la derecha, y reparte promesas que tanto podrían satisfacer a Botín como a Fidalgo.
El problema de esta nueva imagen es que contrasta en demasía con la que la gente se había creado de él a lo largo de los últimos años. No hay bonhomía ni educación, sino, más bien, zafiedad, en quien osó llamar «bobo solemne» al presidente del Gobierno en uno de esos malos días de pérdida de control y de nervios. Tampoco puede vanagloriarse de huir de la tensión, el dramatismo y la crispación quien se ha pasado más de tres años acusando a ese mismo presidente de «traicionar a los muertos», de «arrodillarse ante ETA», de «romper España» y de «vender Navarra a los terroristas». Ni resulta finalmente creíble que quien no había pronunciado hasta ahora una palabra sobre salarios, vivienda o contratos precarios no pueda ahora conciliar el sueño por el desasosiego que le causa la cesta de la compra.
O Mr. Jeckyll o Mr. Hyde, pero no los dos a la vez o con tan corto intervalo. La retentiva de la gente es ciertamente frágil, pero no hasta el punto de olvidar lo que se le ha venido remachando con tanta insistencia y durante tanto tiempo. La memoria de la gente, he ahí el lastre de Rajoy.
Frescura o experiencia
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA.
En esta que predicen disputada contienda electoral, José Luis Rodríguez Zapatero parte con ventaja. No me refiero a ese pequeño margen de adelanto que le conceden unánimemente las encuestas. Pienso, más bien, en ese su haber de dos victorias sorprendentes que lleva ya acumuladas a su espalda: la particular de su partido en pleno verano de 2000 y la general de las elecciones legislativas en el agonizante invierno de 2004. Zapatero se erigió con ambas contra todo pronóstico. Algo debe de tener este hombre para concitar adhesiones por sorpresa y en el último momento.
Se me ocurre pensar que ese algo tuvo que ver, tanto en 2000 como en 2004, con ese tono de frescura con que se presentó a las dos contiendas. Para la Secretaría General de su partido, tras la desolación que había provocado la reciente derrota en las elecciones generales y el vacío que se había creado por la dimisión de Joaquín Almunia, Zapatero irrumpió con la frescura que adorna lo desconocido. Frente a la ranciedad alcanforada o la intrepidez populista de las demás candidaturas, la del actual secretario general aportaba un aire de novedad y renovación que sedujo a los socialistas. Por poco, pero ganó, y su victoria logró devolver ilusión a su partido.
En las últimas elecciones generales, se repitió, en parte, el fenómeno. Sin tiempo para haberse convertido en un elemento más del paisaje político del momento, Zapatero se atrevió a esgrimir en la campaña una mezcla de candidez y atrevimiento que dejó, primero, perpleja y, más tarde, abducida a una gran parte del electorado. Las circunstancias fueron ciertamente peculiares. Pero aquel «no nos falles» con que la multitud congregada saludó su triunfo expresaba algo más que una mera exigencia de cumplimento de las promesas hechas. Era como el reconocimiento de la sorpresa con que su victoria fue recibida. «No nos falles, porque nunca habríamos creído que nos íbamos a encontrar en éstas». Su aire de ingenua frescura capitalizó en su favor todo el hartazgo que cuatro años de prepotencia habían acumulado en buena parte de la ciudadanía.
Sin embargo, y pese a su historial de victorias, cabe dudar que ese algo que se las procuró siga aún rodeando como un aura la figura de Zapatero. No puede ya el candidato socialista presentarse como el Barack Obama seductor de demócratas y republicanos, sino que arrastra no pocos de los resabios que lastran la candidatura de Hillary Clinton. Frescura y experiencia no son cualidades acumulables. Son, por el contrario, opciones alternativas. Y la pérdida de la primera no se compensa del todo con la adquisición de la segunda. Zapatero lo sabe, pero, en esta campaña, no parece haberse decidido aún a prescindir de la una y revestirse de la otra. Pensará que no le hace falta. La frescura que aún le queda, aunque ajada, compite todavía bien con la que le falta a su adversario.
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