Por César Coca
22 Oct 2009
La última novela de José Saramago, Caín, ha indignado a algunos sectores conservadores de su país y a la Iglesia lusa. Seguramente recordarán ustedes que cuando le fue concedido el Nobel de Literatura una nota del Vaticano lamentó expresamente esa decisión y criticó el componente anticristiano de la obra del autor de Ensayo sobre la ceguera.
Me parece que unos y otros (los sectores conservadores y la Iglesia portuguesa) han perdido una buena oportunidad de callarse. El eurodiputado Mario David ha llegado al extremo ridículo al recomendar al escritor que renuncie a su nacionalidad. La Iglesia ha destacado su ignorancia en materia religiosa.
He leído Caín y conozco casi toda la obra de Saramago. Ya he dicho en alguna otra ocasión que es uno de mis escritores favoritos. ¿Qué he visto en Caín? Una relectura irónica, humorística a ratos, crítica siempre, del Antiguo Testamento, sobre todo del Génesis. Se queja la Iglesia de que a Saramago le parezca un catálogo de crueldades. Bueno, el sacrificio de Isaac por parte de su padre (que da pie a una de las escenas más divertidas del libro), la destrucción de Sodoma y Gomorra y algunos otros episodios no son precisamente ejemplos festivos.
Pero sobre todo, lo que me parece es que Saramago no engaña a nadie. Él es ateo y siempre ha sido crítico con el papel de las religiones. No hay doblez alguno en su mensaje. Y debe tener la libertad más absoluta para criticar a la Iglesia si lo cree conveniente. Me parece que mucho más daño hace a la institución ese grupo de advenedizos, meapilas de guardarropía, que se le han adherido en los últimos años y que con sus mensajes de un feroz integrismo echan para atrás a muchos católicos sensatos. Ante ellos sí que debería sentir temor la Iglesia, no ante Saramago, por encima de todo un gran escritor y, hasta donde yo lo conozco, una buena persona.
06 Feb 2008

La Iglesia ha sido durante siglos el mejor mecenas de Occidente. Eso no lo puede negar nadie, por muy ateo que sea. Hay miles de iglesias, monasterios y conventos en Europa y América que son verdaderas joyas arquitectónicas, miles de cuadros de tema religioso de los mejores pintores de su tiempo, miles de partituras musicales que fueron encargadas a los mayores compositores para los oficios religiosos.
Me pregunto si la Iglesia , que tiene un evidente problema de reducción del número de fieles, ha pensado alguna vez en usar todo eso como elemento de atracción de la gente a los oficios religiosos. No planteo nada que no se esté haciendo. Por Europa, es frecuente anunciar el organista que tocará en la misa mayor del domingo. Y en los templos protestantes tampoco es inusual adelantar quién será el sacerdote que hará el sermón. La oratoria, la elegancia del verbo y la claridad expositiva como ganchos para los fieles. Por supuesto, acompañado todo ello por un derroche de arte. Seguro que muchos de ustedes han visto en Suiza o en Alemania o en Hungría iglesias llenas porque la gente ha ido a oír al organista. Puede que algunos de ellos repitan y quizá ya no sólo por la música. Tengo un amigo que dice que la música de Mozart es la mejor demostración de la existencia de Dios: es tan bella que sólo alguien tocado por un ser superior habría podido componerla, explica. Así que Dios existe.
No lo puedo demostrar, pero estoy convencido de que un mensaje espiritual bellamente expuesto, en un escenario de gran valor artístico y acompañado por una música sublime llega mejor a los fieles que si lo transmite un cura a quien no acompaña el don de la palabra, en un templo que es una lonja en un edificio de suprema fealdad y sin música. ¿Por qué la Iglesia no usa ese arte que ha promovido para difundir mejor su mensaje?
(La iglesia de la foto es la de Santo Tomás, en Praga )
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