Por César Coca
02 Sep 2009

Hay días en los que no puedo con los exquisitos. Días en los que no entiendo a los puristas porque me parece que mantener algunos purismos es el mejor método para acabar con aquello que dicen defender con ardor.
Todo esto va a propósito de una entrevista con Andrés Peláez, director del Museo Nacional de Teatro, que asegura que odia los festivales y el teatro al aire libre.
Primer motivo de perplejidad: lo dice el director de un museo ubicado en Almagro, que tiene un importantísimo festival de teatro que se celebra en su mayor parte en espacios al aire libre.
Segundo: como razones para ese odio alega que no se puede hacer una obra de teatro mientras suena una moto, se lanzan cohetes o se escucha la música de una discoteca próxima. Critica además que tras algunos festivales de verano hay intereses hosteleros.
Es cierto que hace algunas salvedades, como Edimburgo o Mérida, pero su juicio es en general negativo. Muy negativo, incluso.
Vamos a ver: si mal no recuerdo, el teatro en tiempo de los griegos era al aire libre, y entonces no había ruido de motos, pero seguro que había otros sonidos que podían ser molestos. Peláez parece olvidar también que en los teatros y los auditorios de música hay móviles que suenan, alarmas de relojes que dan las horas en punto, toses, cuchicheos, personas que se levantan a media función... ¿Eso no molesta?
Y llevando su criterio al extremo: ¿acabamos con el festival de Almagro, muy cerca de su museo? ¿Con el de Peralada? ¿Con el de la Roque d'Antheron?
Hay festivales al aire libre magníficos, que realizan una importante labor cultural. ¿Hay detrás intereses hosteleros? En muchos casos, sin duda. Pero ¿eso es motivo suficiente para descalificarlos? También hay malos festivales de verano, como hay teatros con programaciones lamentables, por supuesto.
Defendamos el teatro y la música sólo en salas herméticamente cerradas (nada de TV o DVD tampoco, que la gente se levanta a coger un yogur de la nevera en algún tiempo muerto y se distrae) y estaremos avanzando hacia su desaparición. Hay amores que matan.
P.S. La foto es del festival de piano de La Roque d'Antheron. En un escenario así, seguro que la música suena aún mejor. Lo siento por Peláez.
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