Por César Coca
12 Jun 2009
Quizá sea solo un problema de edad. De la edad que voy teniendo, quiero decir. Pero sucede que me van gustando cosas que hace unos años estimaba menos o no les encontraba el punto. Un ejemplo es la música de Brahms. Recuerdo haber escrito en este periódico, en un texto que me dejaron publicar cuando era muy joven y a propósito de un concierto que iba a tener lugar en Bilbao, que la obra del hamburgués era técnicamente perfecta pero un tanto marmórea en su frialdad.
Por supuesto, he dejado de estar de acuerdo conmigo mismo, al menos en eso. Años después de haber escrito lo que acabo de citar, leí un artículo de Federico Sopeña en el que hablaba de los jóvenes y la música, y citaba algo que le sucedió una vez en Roma. Era una noche de verano, hacía calor y Sopeña abrió la ventana de su casa, en un piso bajo de un inmueble de la capital italiana, mientras en su tocadiscos sonaba el Concierto para piano y orquesta Nº 2 de Brahms. Al poco, empezó a escuchar gritos de la calle. Se asomó y entonces una docena de jóvenes que estaban bajo su ventana le pidieron que lo pusiera más alto para poder escucharlo mejor. Al parecer, no iban juntos, sino que se fueron reuniendo allí hechizados por la música.
Con el paso de los años, he ido apreciando la música de Brahms y ahora me parece que es un compositor que renuncia a las explosiones sentimentales, pero no creo que sea en absoluto frío. Entiendo a los jóvenes romanos que querían escuchar ese concierto soberbio. Si algo siento es que hayan tenido que pasar unos cuantos años para que yo haya llegado a apreciar debidamente esa música.
(Les dejo una versión de primera: Celibidache con la batuta y Barenboim al piano y la Filarmónica de Múnich)
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