Por César Coca
05 Abr 2009
En más de una ocasión les he contado que me gustan mucho las procesiones de Semana Santa. Me parece que, desde el punto de vista estrictamente cultural -que es de lo que va este blog-, son interesantes: hay escultura, guión, coreografía, dramatización... y música. No me refiero a las extraordinarias pasiones de Bach, Telemann, Haendel y otros muchos, sino a la música que tocan los congregantes, nazarenos o bandas que acompañan el desfile de pasos. Quizá la más famosa sea la de los tambores de Calanda, pero a mí me gusta más la que les pongo debajo. Se trata de la Marcha fúnebre de Thalberg, que suena en la Semana Santa de Zamora. No he hallado ningún vídeo que nos permita escuchar la música en condiciones mínimas de calidad mientras se ve el desfile de pasos, así que les he puesto uno en el que lo que interesa es sólo la música porque el plano casi fijo de la banda de Baeza no creo que les entusiasme.
16 Mar 2009

En su segunda acepción, el diccionario de la RAE asigna a la palabra arte el sentido siguiente: "Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros".
El término será probablemente uno de los que tiene más acepciones del diccionario, así que hay arte en casi todo. Ahora bien, creo que todos solemos aplicar un sentido más restrictivo a la palabra. Un ejemplo: las melodías que yo improviso cada mañana mientras me ducho, y que tarareo de forma destemplada a grandes voces, expresan una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos sonoros, pero no es arte. Ni de lejos. Tampoco creo que lo sean todas las performances. Porque muchas son ingeniosas, sorprendentes o angustiosas; nos generan una sensación de intranquilidad, paz interior o perplejidad, pero por eso no son arte.
Esta larga introducción está motivada por la exposición de Cai Guo-Qiang que se abre en Guggenheim. ¿Son arte unos coches colgados del techo del museo por más que su simbología los relacione con el 11-S? También las velas amontonadas en la estación de Atocha tras el 11-M evocaban la barbarie terrorista y el dolor, y nadie reclamó que hubiera arte en aquello. ¿Son arte unos lobos disecados colgados en formación?
Hace unos días, en una estupenda columna publicada en este periódico, Juan Bas hablaba de infra arte a propósito de una exposición de Murakami que lo llevó a abandonar rápidamente el Guggenheim en busca de un bar. Admiro la valentía de Bas, que se atreve a decir lo que muchos piensan o pensamos pero que por temor a parecer que no estamos en onda o a ser políticamente incorrectos no nos atrevemos a decir. Me sumo a su propuesta. A mí muchas performances me parecen interesantes, divertidas y hasta sugerentes. Pero pocas, muy pocas, me parecen arte. ¿Y a ustedes?
16 Jun 2008

El personaje de moda estos días es José Tomás. Contemplo los toros literalmente desde la barrera; es decir, sin afición alguna y sólo con una cierta curiosidad sociológica. Y es eso lo que me lleva a pensar que el interés que suscitan las corridas de este diestro está generado por lo que parece calidad innegable de sus faenas, pero también –y quizá especialmente– porque en cada tarde se sitúa al borde mismo del drama.
Hace unas semanas, el escritor austriaco Josef Winkler decía en una entrevista a EL CORREO (el cuerpo principal de la entrevista puede encontrarse aquí) que creía que buena parte de los espectadores de las plazas de toros o de la Fórmula 1 –eran los ejemplos que citaba– asisten a la corrida o la competición pensando que quizá presencien una cogida o un choque, y eso da interés especial al espectáculo.
Estoy seguro de que es así. Si José Tomás no se arrimara tanto –a veces casi como un suicida– a los toros, las entradas no cotizarían en el mercado negro a más de 3.000 euros, como el pasado domingo en Madrid. Otra cosa es que me parezca que pagar 3.000 euros por una entrada para los toros es un disparate propio de gente que tiene demasiado dinero y a la que le cuesta muy poco, o nada, ganarlo. Pero al margen de esa consideración estoy convencido de que es la combinación de arte, espectáculo y sangre lo que eleva el interés. Y eso ya no sé si llamarlo sencillamente morbo.
18 Mar 2008

Un pianista japonés ha dado un breve concierto con piezas de jazz, mientras su instrumento (un media cola que vale un dinero) era pasto de las llamas. Medio millar de personas, según las agencias, han asistido a la performance, que ha tenido lugar en una playa de su país.
De nuevo, los límites del arte. ¿Qué aporta a una interpretación –además de hacerla muy breve, los pianos arden con rapidez– quemar el piano durante la misma? ¿Hay un verdadero plus artístico en eso o es una manera de intentar llamar la atención? José Luis Pardo decía hace poco en una entrevista a El Correo , que la provocación está perdiendo efecto, porque se está haciendo tan común que ya apenas suscita polémica ni comentarios. No hay que esperar a que pasen unos días. ¿Quién recuerda hoy mismo el nombre del pianista japonés que ha hecho esa tontería?
06 Feb 2008

La Iglesia ha sido durante siglos el mejor mecenas de Occidente. Eso no lo puede negar nadie, por muy ateo que sea. Hay miles de iglesias, monasterios y conventos en Europa y América que son verdaderas joyas arquitectónicas, miles de cuadros de tema religioso de los mejores pintores de su tiempo, miles de partituras musicales que fueron encargadas a los mayores compositores para los oficios religiosos.
Me pregunto si la Iglesia , que tiene un evidente problema de reducción del número de fieles, ha pensado alguna vez en usar todo eso como elemento de atracción de la gente a los oficios religiosos. No planteo nada que no se esté haciendo. Por Europa, es frecuente anunciar el organista que tocará en la misa mayor del domingo. Y en los templos protestantes tampoco es inusual adelantar quién será el sacerdote que hará el sermón. La oratoria, la elegancia del verbo y la claridad expositiva como ganchos para los fieles. Por supuesto, acompañado todo ello por un derroche de arte. Seguro que muchos de ustedes han visto en Suiza o en Alemania o en Hungría iglesias llenas porque la gente ha ido a oír al organista. Puede que algunos de ellos repitan y quizá ya no sólo por la música. Tengo un amigo que dice que la música de Mozart es la mejor demostración de la existencia de Dios: es tan bella que sólo alguien tocado por un ser superior habría podido componerla, explica. Así que Dios existe.
No lo puedo demostrar, pero estoy convencido de que un mensaje espiritual bellamente expuesto, en un escenario de gran valor artístico y acompañado por una música sublime llega mejor a los fieles que si lo transmite un cura a quien no acompaña el don de la palabra, en un templo que es una lonja en un edificio de suprema fealdad y sin música. ¿Por qué la Iglesia no usa ese arte que ha promovido para difundir mejor su mensaje?
(La iglesia de la foto es la de Santo Tomás, en Praga )
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