Por César Coca, Óscar Beltrán de Otalora e Iñaki Esteban
11 Sep 2006

Es el escándalo de estos días. El actor y director Pepe Rubianes ha retirado una obra sobre García Lorca y Rosales (o se la han retirado, que cada vez tengo menos claro lo que ha sucedido) a cuenta de unas declaraciones realizadas hace unos meses a la televisión catalana.
Vayamos por partes. Antes de nada, voy a reiterar algo que me parece
innecesario, pero por si acaso. Como ya he dicho en este blog en alguna
otra ocasión, me parece que la libertad de expresión es un bien imprescindible. Sin ella no puede hablarse de democracia verdadera.
También he dicho, y reitero, que la libertad de expresión debe ir siempre acompañada de una dosis de respeto. Más por las personas que por las ideas, porque, la verdad, a mí hay ideas que no me parecen en absoluto dignas de respeto.
A partir de aquí, qué ha sucedido. Primero, que Rubianes hace unas declaraciones absolutamente brutales en una entrevista en la televisión catalana. El espíritu de lo que dijo es compartido por muchas personas. Ahora bien, hay formas y formas de decirlo.
Y Rubianes no tiene derecho a decir que se le calentó la boca. Eso
puede sucederle a alguien sin experiencia de hablar en público. Pero
nunca a un actor con una larga carrera.
Luego viene la rectificación. Hay quien dice que suena a falsa. Puede. No lo sé. Me aseguran que Rubianes es un bárbaro y que todo es auténtico: su calentón y su rectificación. Concedámosle al menos el beneficio de la duda.
Pero eso nada tiene que ver con la obra que pone en escena.
La obra no debe ser cancelada porque su máximo responsable sea un tipo
dado a los excesos verbales y al insulto. Al hacerlo se rebasa un
límite peligroso.
Y no hay que olvidar la hipocresía de algunos políticos. No diré de todos porque sería injusto. Voy a plantear una hipótesis:
supongamos que, en otra entrevista, Rubianes (o cualquier otro
director-actor) dice lo que dijo pero en vez de españoles habla de
catalanes, vascos, andaluces, gallegos, castellano-leoneses... ¿Sería
Rubianes contratado por un teatro público catalán, vasco, andaluz,
gallego o castellano-leonés para poner en escena una obra sobre
Lorca y Rosales? O que hablara de franceses o alemanes. ¿Le
contrataría algún teatro público de esos países? No son preguntas
retóricas. No sé lo que sucedería. Sólo trato de contextualizar un poco lo sucedido.
Vayamos por partes. Antes de nada, voy a reiterar algo que me parece
innecesario, pero por si acaso. Como ya he dicho en este blog en alguna
otra ocasión, me parece que la libertad de expresión es un bien imprescindible. Sin ella no puede hablarse de democracia verdadera.
También he dicho, y reitero, que la libertad de expresión debe ir siempre acompañada de una dosis de respeto. Más por las personas que por las ideas, porque, la verdad, a mí hay ideas que no me parecen en absoluto dignas de respeto.
A partir de aquí, qué ha sucedido. Primero, que Rubianes hace unas declaraciones absolutamente brutales en una entrevista en la televisión catalana. El espíritu de lo que dijo es compartido por muchas personas. Ahora bien, hay formas y formas de decirlo.
Y Rubianes no tiene derecho a decir que se le calentó la boca. Eso
puede sucederle a alguien sin experiencia de hablar en público. Pero
nunca a un actor con una larga carrera.
Luego viene la rectificación. Hay quien dice que suena a falsa. Puede. No lo sé. Me aseguran que Rubianes es un bárbaro y que todo es auténtico: su calentón y su rectificación. Concedámosle al menos el beneficio de la duda.
Pero eso nada tiene que ver con la obra que pone en escena.
La obra no debe ser cancelada porque su máximo responsable sea un tipo
dado a los excesos verbales y al insulto. Al hacerlo se rebasa un
límite peligroso.
Y no hay que olvidar la hipocresía de algunos políticos. No diré de todos porque sería injusto. Voy a plantear una hipótesis:
supongamos que, en otra entrevista, Rubianes (o cualquier otro
director-actor) dice lo que dijo pero en vez de españoles habla de
catalanes, vascos, andaluces, gallegos, castellano-leoneses... ¿Sería
Rubianes contratado por un teatro público catalán, vasco, andaluz,
gallego o castellano-leonés para poner en escena una obra sobre
Lorca y Rosales? O que hablara de franceses o alemanes. ¿Le
contrataría algún teatro público de esos países? No son preguntas
retóricas. No sé lo que sucedería. Sólo trato de contextualizar un poco lo sucedido.
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César Coca
Otra manera de enterarse de lo que pasa en el brillante, competitivo y no siempre noble mundo de la cultura, con opiniones heterodoxas y análisis con bisturí sobre la creación en todos sus ámbitos
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5 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Wilfredo el Velloso dijo
Sí, yo también estoy a favor de la libertad de expresión y bla, bla, bla, rebla, pero creo que, cuando uno va de bestia parda y supera voluntariamente ciertas fronteras sólo para epatar, tiene que ser consecuente y no esperar que los ofendidos le den de comer. El caso me recuerda al de los componentes del grupo Soziedad Alkohólika, que escribieron una canción sobre el terrorismo titulada 'Explota zerdo' y luego se quejaban porque les hacía pupita que no les contratasen.
Por lo demás, estoy en contra de la censura, claro.
LAmentable dijo
Me parece indecente la brutalidad con la que Rubianes se manifestó a sabiendas de que sabía que iba a ofender a tantísima gente y que luego intente erigirse en víctima de sus propias palabras, que, supongo, rectificó -¿cuántos días después?- por presiones, no por deseo. ¿A qué jugamos?
Eduardo dijo
¿Nos da la libertad de expresión derecho a decir cualquier barbaridad? Me parece que aquí hay un debate pendiente. La libertad de cada uno debe terminar donde empieza la de los demás. Iba a poner un par de ejemplos brutales pero no lo voy a hacer... A cualquiera se nos ocurren varias de esas barbaridades posibles porque por desgracia las hemos escuchado en alguna conversación tabernaria. El problema es cuando eso se dice en la televisión y encima el entrevistador asiente complacido.
M. Francisco dijo
ANÍMESE, RUBIANES, Y ¡A LA CARGA!
Un supuesto: Yo voy por la calle y alguien, de repente, se para ante mí y me lanza toda clase de improperios en el peor lenguaje de la chulería más grosera y procaz.
La reacción de un transeúnte que asiste al ataque: No pasa nada. El insultante provocador ejercita de ese modo su derecho a la libre expresión. Por lo tanto, yo lo que debo de hacer es callarme y respetar ese sacro derecho.
Mi reacción de insultado: Pero ¿y el mío? ¿Y mi derecho a que se me respete? ¿Cómo? ¿Que este derecho no existe en la práctica? ¿Que bastará con que el insultador se arrepienta después --o que simule al menos que lo hace-- para que los insultos dejen de existir al perder su vigencia automáticamente?
Pues nada, señor Rubianes, ya lo sabe usted. Cuando buenamente le parezca ¡a la carga de nuevo! Basta con que a posteriori invoque su derecho a la libre expresión y, si las cosas toman mal cariz, decir que fue un nuevo acaloramiento que en el fondo ya se le pasó. Ni siquiera es absolutamente necesario que pida perdón.
Es así de sencillo. Así que ¡venga, anímese, y a soltar otra andanada cuando le parezca! No faltarán transeúntes --ni portavoces de la pública opinión, ¿verdad, señor Coca?-- que invocarán su derecho a expresarse como le salga de sus testículos expeditivos. Eso sí, tenga pensado decir después, ya a toro pasado, que la andanada no pasó de ser un simple acaloramiento.
Y no se preocupe de más. Sólo considere que, como la experiencia viene demostrando, la absoluta y soberana libertad de expresión no tiene por qué detenerse ante el hecho de que pueda asimismo incluir la que algunos facciosos pudieran llamar libertad de agresión.
M.F.
NULL dijo
Me parece que yo no he defendido al señor Rubianes y sus excesos verbales. Lo que sí he dicho es que creo que deben separarse la obra de teatro y su promotor. En este blog he hablado unas cuantas veces de libertad de expresión y siempre me he manifestado completamente a favor de la misma (no podía ser de otra manera) pero teniendo en cuenta el debido respeto a los demás. De ahí mi crítica a los excesos de Rubianes.
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