Por César Coca, Óscar Beltrán de Otalora e Iñaki Esteban
17 Ago 2006

Los veranos ya no son, tampoco en lo cultural, lo que eran. Aquellos remansos de paz, con la gente instalada en los bares de moda de los que nos habla cada día en el periódico Enrique Portocarrero, son ahora tiempos de turbulencias. Se toma uno un mes de vacaciones y mientras tanto Grass reconoce que perteneció a las SS; los Rolling Stones cancelan
más conciertos que algunos divos de la ópera conocidos precisamente por
el alto riesgo que supone siempre su contratación; un puñado de
importantes escritores anuncian la publicación de libros en editoriales diferentes a las suyas de toda la vida; el Hermitage demuestra que tiene más agujeros que un colador y por allí se le van los cuadros; Follett desvela que su nuevo libro se inspira en la catedral de Vitoria...
Casi cada día ha habido una de esas noticias que hacen la delicia de
cualquier medio en octubre o marzo. Y encima ha sido en plena canícula.
que estas noticias pueden hacernos pensar un poco, aunque sea a la
sombra de un toldo, a escasos metros del mar y mientras tomamos una
caña. Por ejemplo: ¿cuántos intelectuales, artistas y creadores
en general, de entre quienes se quedaron en Alemania en los años
treinta y primeros cuarenta, no formaron parte de una o de otra forma
del sistema? Sigo: ¿alguien va a compensar alguna vez seriamente
a los perjudicados por las cancelaciones de grupos como los Stones...?
Porque el dinero de la entrada se devuelve, pero que yo sepa no se hace
lo mismo con otros gastos que mucha gente afronta para ir a un
concierto: hotel, viaje, comidas, etc. Más preguntas: ¿están las editoriales en plena guerra
para arrebatarse autores, tal y como pasó hace una década? Y si es así,
¿qué debe valorar más un autor -o su agente-: un adelanto más suculento
o el nombre del sello, el mimo con que sea editado, la calidad de la
promoción y la distribución...? Continúo: ¿quién vigila a los
vigilantes en los museos? Y no me refiero sólo a los vigilantes de
uniforme, sino a toda la gente que trabaja de una o de otra forma para
esas instituciones? ¿Alguien ha valorado lo que supone en publicidad
que un autor de ventas millonarias como Follet hable de una ciudad? En
Vitoria deben de estar dando saltos de alegría: primero Coelho y ahora
Follet. Y no miro hacia ningún otro lado. En fin, que he vuelto preguntón, que es algo que al fin y al cabo forma parte de mi oficio. Ah, y es un placer tenerlos a todos (o casi) de nuevo en cualquier punto de la red.
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César Coca
Otra manera de enterarse de lo que pasa en el brillante, competitivo y no siempre noble mundo de la cultura, con opiniones heterodoxas y análisis con bisturí sobre la creación en todos sus ámbitos
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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario
emiro vera suarez dijo
los escritores e intelectuales en Venezuela - en este tiempo- poco tenemos que aportar en nuestras cronicas porque la difusion cultural es poca y los medios se dedican mas al publicitar criterios politicos, ya tenemos años en eso. De tener una pagina cultural pase a analista de opinion. Una desfase y en vacaciones solo resta pasar un poco de tiempo en internet y visitar algun museo que muestre la memoria de un pasado vivencial que es una sombre en nuestra historia cultural, el militarismo. estamos ligados a ello, desde la colonia. La cultura es vitalk en vacaciones, es el momento de releer nuestros viejos textos.
LMO dijo
Del asunto de Grass. No hemos tenido problema alguno en aceptar la trayectoria (o deriva) de una persona como Jon Juaristi. Sé que debemos reconciliarnos con el pasado y, transcurrido el tiempo, a lo mejor debemos dejar dormir algunas bestias. ¿Cambia algo el valor literario de Grass por una confesión de pecado juvenil? Yo diría que no. ¿Se le debe hacer purgar algo tan lejano? No es lo mismo ser responsable de miles de muertes que haber contemporizado. Pero tengo dudas. Unos buenos argumentos me convencerían en cualquier sentido.
Lucas dijo
Estoy de acuerdo en que no cambia nada el valor literario de la obra de Grass por el hecho de que ahora confiese su pasado. Y hasta puedo entender que algunos jóvenes de los años cuarenta terminaran por razones diversas en el partido nazi o en las SS. Pero también creo que hay que intentar averiguar todo lo que ocurrió. Sólo sabiendo lo que pasó, lo que hizo cada uno (en Alemania en los cuarente, en España en los treinta, en Euskadi en las últimas décadas) podremos afrontar el futuro y perdonar lo que haya que perdonar. Lo demás es echar tierra sobre el pasado, con el riesgo de que un día llegue un huracán y deje al descubierto, para espanto de todos, algo que ni sabíamos que existía.
Edu dijo
Hay bolos de las orquestas que no están mal. ¿No le parece?
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