Por César Coca, Óscar Beltrán de Otalora e Iñaki Esteban
19 Oct 2005

"¿LAS HABÉIS VISTO?"
Mi amigo Jon me contó el otro día una historia, que, a su vez, se la había relatado una una amiga suya, cooperante vasca en Guinea Ecuatorial. Se trata, por lo tanto, de una narración de segunda mano, pero que, presuntamente está basada en hechos reales.
Hace unas semanas, la cooperante hizo un viaje en todoterreno por Guinea que debía durar una horas pero se convirtió en una odisea de tres días. Durante la travesía, sus acompañantes trabaron confianza con ella y , tras superar los recelos que podrían tener hacia un extranjero, hablaron del animismo y de sus creencias. En un momento dado atravesaron un camino que discurría junto a un lago. Mientras circulaban por la orilla del pantano, sus nuevos amigos guardaron silencio. Cuando ya se habían alejado, uno de ellos le preguntó:
- «¿Las has visto?».
- «¿Si he visto a quiénes?»
- «A ellas»
- «¿A quiénes?», insistió la cooperante.
Durante unos segundos nadie le respondió.
- «A las sirenas», dijo por fin uno de los pasajeros.
- «¿Qué sirenas?»
- «Las sirenas. Estaban allí. En el lago».
- «No, no he visto nada».
- «Ya».
- «¿Pero que habéis visto?»
- «A las sirenas. Viven allí, en el lago. Pero es muy peligroso pararse a verlas».
Las sirenas siempre me remiten a Ulises, a la Odisea y a ese viaje de retorno a casa a lo largo de Mediterráneo. Y en ese antiguo libro, una de las muchas cosas que sorprende es el concepto de hospitalidad. Cuando el trágico Ulises llega al país de los feacios es un náufrago, sediento, harapiento, cansado y arruinado. Pero el rey Alcinoo, la Sacra Potestad, le colma de honores, le invita a un banquete, le baña, le hace dormir en su casa, y, al final, le regala una copa de oro para que, cuando regrese a su hogar, a Itaca, beba en ella y recuerde el trato que recibió.
Miles de años después, muchos de los compatriotas de aquellos guineanos que mantienen la creencia en las sirenas han emprendido un viaje similar al de Ulises, no para volver a su hogar, sino para no morirse de hambre en casa. Y en vez de una copa de oro reciben disparos, palizas, vallas metálicas y cuchillas afiladas. Nuestro concepto de hospitalidad es doloroso.
PD:
Nadie sabe cuándo ni dónde nació o murió Homero, luego es imposible celebrar su milenio ni su bimilenio, ni nada. Debería ser una buena excusa para conmemorar todos los años al poeta ciego.
¡Ah! Homero nunca hubiese ganado El Premio. Y eso dice mucho de qué va El Premio.
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César Coca
Otra manera de enterarse de lo que pasa en el brillante, competitivo y no siempre noble mundo de la cultura, con opiniones heterodoxas y análisis con bisturí sobre la creación en todos sus ámbitos
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4 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Eduardo dijo
Es que hemos olvidado que todos hemos sido emigrantes alguna vez. En sentido metafórico o real. Porque si nosotros no tuvimos que ir a ningún sitio a trabajar, tuvieron que hacerlo nuestros padres, o nuestros abuelos. Y quizá tengan que hacerlo también nuestros hijos.
Hemos amurallado nuestra civilización, sin darnos cuenta de que no sirve para mucho más que para aumentar la desesperación y la rabia de quienes quieren entrar.
Durante años, en vez de promover el desarrollo de África, hemos aprovechado sus recursos al menor precio posible, hemos marginado a sus ciudadanos, promovido dictaduras, alimentado guerras civiles; les hemos vendido el armamento viejo que nuestros ejércitos ya no querían... Tan 'generoso' comportamiento traerá consecuencias.
Esto nos remite a Homero, pero también a los escritores de hoy. ¿Cuántos se preocupan por estas cosas? Y desde luego, a quienes lo hacen no les dan premio alguno. ¡Qué poco glamour tendría una novela así...!
Elisa dijo
Es tan agradable cuando alguien se muestra hospitalario y te recibe con un comienzo de afecto y ningún mal prejuicio, cuando se fía de tu sonrisa; y es, sobre todo, tan agradable cuando descubres que personas que nacieron muy lejos de donde tú lo hiciste comparten, en este caso desde la comodidad, una manera parecida de ser y de estar. El desarraigo es un poco doloroso pero también más hospitalario. Me lo dieron mis abuelos.
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