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Los meandros del destino

“Si tienes una oportunidad, tómala; el tren nunca para dos veces en la misma estación”. ¡Cuántas veces habremos oído y dicho alguna frase parecida pero con el mismo significado!

Si trasladamos la anterior reflexión al terreno del destino, podríamos deducir que éste es lineal. Avanzamos de la mano de nuestro hado. Nos llegan oportunidades, las tomamos o las ignoramos; entonces decimos que tomamos decisiones. A veces ni cuenta nos damos que ellas estaban allá, a nuestro alcance; y entonces sentimos que simplemente sobrevivimos. Y suele ocurrir que, sin pretenderlo, nos encontremos en medio de un torbellino que nos arrastra; entonces nos excusamos con las circunstancias. Pase lo que pase, la constante es que avanzamos hacia el siguiente instante, conscientes de que no hay vuelta atrás.

Para llevar la contraria, quiero exponer una experiencia personal que parece insinuar que mi destino estaba empeñado en que yo conociera a una persona –a quien a partir de ahora me referiré como “EllA”-, fuera como fuera, y a pesar de nuestras “miopías”.

En un principio, un quiebro del destino eligió el oeste cuando yo hacía meses que señalaba de forma insistente hacia el este y no me cambió de hemisferio cuando yo ya había escogido un lugar en el hemisferio sur. Y es así como un jarrillero acabó en el verano del 95 en la mayor jungla urbana del planeta, México Capital. EllA era natural del Distrito Federal.

Mi destino afinó un poco más y redujo el campo de acción. Yo trabajaba en unas oficinas en la colonia (1) Anzures. Y EllA estudiaba en una academia en la misma colonia. Yo pasaba allá mañana y tarde, EllA sólo las mañanas, a una cuadra (2) de distancia, a penas cien metros. De julio del 95 al siguiente marzo, seguro que coincidimos en la banqueta (3) más de una vez. Pero nos resistíamos a seguir el guión previsto.

Además el destino suponía lo difícil de la misión y añadió un vínculo personal por medio. Diego era el mensajero (4) de la empresa y dependía directamente de mí. Su hermana era la mejor amiga de EllA y también estudiaba en la misma academia. De julio del 95 al siguiente marzo, Diego me había hablado más de una vez de su hermana y su escuela. Aún así, nuestros caminos se negaban a encontrarse.

Trece de marzo, fecha en la que el destino descansa.

Aunque lo parezca, no es un miércoles más. Tanto trabajo como cualquier otro día. Quizás más, tal vez, distinto, porque, con la cabeza a punto de estallar, a las siete y media tiro la toalla. Raro en mí, realmente cansado, decido marcharme una hora antes de lo normal.

Paso por el despacho de Iñaki y le invito a tomar una cerveza, para despejarme. Raro en nosotros, porque de lunes a miércoles, todas las semanas, cada uno se va directamente a su casa, sin cervezas ni reuniones sociales –de jueves a domingo la historia es bien distinta-. Iñaki acepta. Él también se siente muy cansado y necesita romper la dinámica de la semana. Pero aún le quedan diez minutos para acabar el “nosequé”.

En una oficina, en un "diez-minutos" cualquiera, te puede devorar el monstruo de "lo-necesito-para-mañana". Así que le advierto a Iñaki que yo me adelanto, que paso por el supermercado de casa a comprar unas cosillas y que nos vemos en media hora en el Freedom de Polanco.

En otro punto de la ciudad, EllA y su prima conducen hacia Polanco. Sus planes eran otros, pero ese día están sin dinero, a penas para pagar un estacionamiento. Habían sopesado las posibilidades de locales que ofrecieran barra libre para mujeres y se decantaron por el Freedom de Polanco.

En mi mundo, como no he calculado bien los tiempos, llego más tarde. Iñaki no está. Me surge la duda respecto a si ya llegó y al no verme se largó a su casa. Elijo una mesa del bar –al igual que todos los Freedoms, éste se divide en la zona de bar y en la de restaurante-. Pido una cerveza y espero, a mi rollo, con la música de ambiente, con mis asuntos en la cabeza.

En otra mesa del bar, EllA y su prima, con sendas cervezas en la mano, observan cómo entro en el local, cómo busco a alguien, cómo dudo y finalmente elijo una mesa cercana a la suya. En seguida me etiquetan como directivo europeo, en espera de su pareja –se supone que si hubiera sido mexicano, o bien hubiera ido a recoger a mi pareja o bien la hubiera esperado fuera del local, pero nunca hubiera sido tan descortés de entrar yo solo por mi cuenta; también, de acuerdo a su experiencia, era raro ver a un hombre entrar solo en un bar, así que daban por hecho que hubiera una pareja por medio-.

En mi mesa, ya casi me he acabado la cerveza e Iñaki no aparece. Le doy un margen de diez minutos. Si no, me voy a casa. Estoy incómodo. Desde hace un rato las dos chicas de al lado parecen “nerviosas”. O me están tirando los tejos o… me están tirando los tejos. No es día para ligar. Además estoy solo ante el peligro.¡Valiente cobarde! Me piden fuego. ¡Hasta creo que me han guiñado un ojo! Pero yo, firme, con el temple de un torero.

En su mesa, yo ya he sido calificado de gay redomado. Si paso de ellas, la conclusión parece sencilla.

Finalmente, Iñaki llega.

Ya nada me salva. Para ellas, finalmente llegó mi pareja.

Decidimos cenar unos nachos. Le pongo en antecedentes del “juego” de la mesa de al lado. Él tampoco está por la labor. El plan es cenar e irse cada uno a su casa.

Antes de que lleguen los nachos, la prima de EllA se sienta en nuestra mesa. La excusa de un cigarro antecede a un ataque en toda regla. Respiro, ya que la víctima es Iñaki. Cuando la situación parece inalterable, decido llamar a la otra chica. Salgo ganando. Me ha tocado la guapa. Mejor dicho, me ha tocado el gordo. ¡Está pero que muy guapa!

Su mesa queda vacía. Mi mesa, a partir de entonces nuestra mesa, comparte dos conversaciones, un plato de nachos, que nadie prueba, y tres destinos, el de Iñaki, el de la prima y el nuestro, el de EllA y el mío.

Esta historia la he relatado innumerable de veces. Siempre te piden que cuentes cómo conociste a tu esposa. Nos divertía que yo contara mi parte de la historia y que ella contara su parte, para que nuestros oyentes hicieran finalmente una composición de lo ocurrido ese día.

Hoy me he permitido recopilar para ti, campeona, la historia de la ama y la mía, juntas.

Carlos Benito CBC

(1) Colonia: Las ciudades se dividen en colonias y urbanizaciones, como nuestros barrios, pero con identidad administrativa propia.

(2) Cuadra: Manzana.

(3) Banqueta: Acera.

(4) Mensajero: Persona que se dedica a hacer los recados administrativos en la empresa, tales como recoger cheques de los clientes, tareas menores en el banco, sacar fotocopias... En México, cualquier empresa tiene dos puestos seguros: el director general y el mensajero.

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Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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