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Sin pateras, sin coyotes… los emigrantes que no se cuelan

Fe de erratas. El siguiente post no se basa en ningún estudio sociológico. Desde 1995 he sido inmigrante de una forma u otra. Primero lo fui yo en México, después lo han sido mi ex esposa y mi hija, aquí. Sé de lo que hablo. Claro está, el enfoque está personalizado y las vivencias son las de un afortunado, con billete de avión y papeles en regla. Además, pretendo que el contenido sea inocuo.

No hace mucho un lector mexicano me criticaba de contar puras historias. Y no ha sido el único; mucho antes, en los albores de este blog, otro, éste español, me acusaba de escribir una telenovela. En el medio, he recibido también algún que otro “perdigonazo” por peliculero. Y ello me demuestra que alguna emigración, esa que yo llamo de lujo, es un fenómeno social que nos aparta de cualquier estereotipo.

En un mundo globalizado, son cientos de miles las personas que fluyen entre países por corrientes migratorias controladas y transparentes. Para no alargarme, bastan varios ejemplos: jubilados nórdicos en urbanizaciones mediterráneas, estudiantes españoles con una beca Erasmus, directivos gringos en Barcelona, ejecutivos de la Corporación Mondragón en México, mandos intermedios de Zara en China… Y algunos de ellos arrastran –y uso a sabiendas el término arrastrar por su connotación negativa- a sus familias. En este post me refiero en concreto a ese emigrante cuyo nivel de vida es superior al del ciudadano medio del país que le acoge.

Estudiantes, trabajadores, jubilados… realmente sus vidas son de lo más normales, salvo esos pequeños o grandes detalles. La comida no es siempre la misma, aunque te la hagas en casa, la grieta cultural, aunque inapreciable, siempre es profunda y la distancia a los tuyos no deja de ser enorme; siempre y cuando el idioma no te amargue la existencia. Quien tal vez sufra un poco más son aquellos miembros de la familia que no encuentran un acomodo, o bien laboral o bien de ocio, a su discurrir cotidiano.

Estudiantes, trabajadores, jubilados… con profesores, jefes, vecinos, compañeros, parejas, ligues y todo tipo de relaciones similares a las de sus países de origen.

Estudiantes, trabajadores, jubilados… en los pasillos de un supermercado, en la ventanilla de un banco, en un atasco en el coche, en la hora punta en el metro, sentados en un restaurante, paseando en un parque, en la sala de un cine y en cualquier otra situación habitual que se puede vivir en sus países de origen.

Sin embargo, tampoco deja de ser cierto lo que dije en su día: “Cuando sales del refugio del hogar, de la familia y de la propia cultura, el día a día se puede convertir en el guión de una telenovela o de una película. Otra cosa distinta es que te apropies del guión y te metas en el papel que te asignaron o que simplemente pases de todo y sigas a tu rollo. Es decir, en el extranjero pasan cosas sorprendentes a cada momento y en ti está que te integres en su sociedad y que vivas esas cosas o que te encierres en tu gueto”.

Y es que cuando algo va más allá de aquello a lo que estás acostumbrado, en el extranjero, y aceptas ese papel que el guionista te ha asignado, de forma automática la vivencia se convierte en una anécdota digna de ser contada.

Y es por eso que hay emigrantes, de estos de lujo, que al volver a su país no tienen nada extraordinario que relatar. Y son aquellos que no quisieron integrarse, que hicieron de su vida un calco de la de su país de origen, que se encerraron en el círculo de sus connacionales.

Por el contrario, para personas incluso de “perfil gris” sus vidas en el extranjero han sido ricas en vivencias y experiencias.

La integración social y cultural es la diferencia.

Carlos Benito CBC

Sobre este blog

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Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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