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Monterrey, nunca quedó atrás

A principios de marzo del 2004, en coche, dejábamos Monterrey. Nuestro destino era Barcelona, con parada previa en Distrito Federal. Yo tenía un par de días por delante para despedirme de mi familia mexicana y de ese país. Ellas se quedarían hasta el final del curso para más tarde reunirnos en la Ciudad Condal.

Las últimas semanas no fueron fáciles. Durante las mismas dejé jirones de mi corazón por diversos motivos. Dos asuntos me agotaron. Por una parte, la transición laboral fue complicada. Mi nueva empresa en Barcelona me presionaba para que me incorporara inmediatamente, mientras la empresa en Monterrey forzaba retrasar mi marcha.

Por otro lado, preparar el traslado marítimo de nuestros enseres resultó de lo más estresante. Primero los diferentes presupuestos y las negociaciones telefónicas fueron un juego de niños comparado con la mudanza en sí misma. Como siempre, quien se "comió el marrón" de organizar y empacar fue mamá. Sobretodo el problema fue organizar, decidir qué se iba al container y qué condenábamos a regalarlo y separarlo de nosotros.

Sin embargo, lo duro, lo que hace que todo un adulto hinque la rodilla de su entereza, fueron las despedidas.

A nivel personal, sólo dejamos atrás un par de amigos, no más. El adiós a los compañeros de trabajo y los vecinos se superó fácilmente con la ilusión de un nuevo futuro. Quien sí tuvo un antes y un después en el ámbito social fue Alazne: su amigo Rodri, sus amiguitas del colegio y su profesora se convirtieron en una etapa pasada en su vida.

Y hablando de despedidas, echar una última mirada a la ciudad desde el coche cuando la autopista se empinaba y dejábamos atrás, a nuestra derecha, las montañas de Cumbres fue desgarrador. Además, ya veníamos un poco tocados, porque poco antes tuvimos que despedirnos de nuestra casa en la colonia Privado Villalta (1) y echar una última mirada al Cerro de la Silla.

Casi cuatro años de buenos momentos y también de experiencias muy amargas dejan huella. Monterrey no me dejó nunca indiferente. Eso sí, cuando volví a Barcelona y, de vez en cuando, abría la ventana de los recuerdos, sólo veía postales hermosas sin olor ni sabor ni tacto ni sonido de la ciudad regia (2). Ahora, ya desde hace años, con el impulso de la añoranza, cada una de sus imágenes vuelve a mi mente acompañada de emociones y sentimientos.

Esta ciudad merece o yo se lo debo, aún no lo sé, esbozar un breve collage de mis estampas regiomontanas (2).

No voy a olvidar que es una urbe mexicana, lo que significa mayormente casas unifamiliares, distancias a recorrer siempre en coche y, a simple vista, un nivel social medio inferior al español, esto es, más pobreza. Pero curiosamente, dentro del área metropolitana se encuentra el municipio de San Pedro, que es la ciudad con mayor renta per cápita de todo Latino América. En su conjunto, todo ella muestra modernidad y riqueza junto a una pobre clase media mexicana.

Culturalmente el regiomontano se identifica más con su vecino del norte que con el resto del país.

Para el turista no hay mucho que admirar: el curioso Cerro de la Silla, el Parque Fundidora, un par de museos y… Para el visitante el abanico se amplia: o desde una parada a un simple puesto de tacos a comer en los restaurantes especializados en el cabrito, icono gastronómico de la ciudad, o un paseo por las calles del centro o una cerveza en algún localito con una actuación en directo o una copa en un piano bar de algún hotel o una escapada a la cercana Cola de Caballo, una visita al mercado de los Cavazos o un par de horas en cualquiera de sus centros comerciales o incluso una tarde de campo en Chipinque.

Ahora que he tocado el tema de la comida, me traen un recuerdo muy especial Tacos Fede, los tacos de arrachera (3) al lado de mi trabajo, los restaurantes regios los Generales –buffet de comida cien por cien mexicana- y Sierra Madre, los nacionales Chilis e Italianis, el pollo rostizado de El Pollo Feliz y las hamburguesas de Carl’s Jr.. Los buffets dominicales del Hotel Presidente y los del viernes noche del Hotel Crown Plaza eran todo un lujo que nos podíamos permitir una vez al mes. Mención especial para el entrañable japonés Nikkori –la última vez que cené allí no pude esconder mis ojos acuosos-.

Como padre, disfruté del primer día escolar de Alazne.

Para no entrar en polémica, me limitaré a señalar que el TEC es una de las mejores universidades en Latinoamérica.

Lo que me resulta difícil explicar es su paisaje. De hecho es una urbe dominada por su orografía, ya que diferentes cadenas montañosas cruzan la ciudad o finalizan en ella, rasgando la misma. Siempre me pareció muy hermosa.

Sé que algo se me queda en algún rincón de la memoria. Pero ahora ignoro qué es.

¡Por supuesto!, nuestro Athletic tiene una calle dedicada.

El único gran problema es que Monterrey está lejos de todo. Saltillo, que está apenas a una hora en coche, a pesar de ser capital del estado vecino, no deja de ser un pueblecito grande. La más cercana gran ciudad –San Luis Potosi- se encuentra a seis horas.

Por lo demás, al igual que en otros sitios, encontré ventajas e inconvenientes. Pero, lo que no podré es hablar mal, sin más, desde mi púlpito europeo, y escupir la mano de la ciudad que me acogió.

Y también sería indigno no reconocer que llegamos a Monterrey a causa de mi trabajo y que siempre estuvisteis a mi lado, apoyándome. Gracias mamá. Gracias Alazne.

Carlos Benito CBC

(1) Colonia: Se corresponde con nuestros barrios, pero con identidad administrativa propia. La colonia Privada Villalta se ubica a los pies del Cerro de la Silla, icono identitario de la ciudad.

(2) Regio, regiomontano: Topónimos de Monterrey.

(3) Arrachera: Después de tantos años aún no he sabido muy bien qué es. Es un corte de carne sacado, creo, de la pared del estómago de la res, que se ha de limpiar muy bien para eliminar un pellejo que la cubre y que se macera para corregir su dureza. Delicioso con guacamole.

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Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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