Tiembla… a merced del destino
¡Qué rabia! ¡Vaya suerte la mía! Es viernes por la noche y yo con un gripazo de los de aupa. Por supuesto estoy en la camita con el cuerpo cortado (1), viendo
Los síntomas empezaron el jueves. Al principio no sabes si se trata de un pequeño catarro o de un brote típico de rinitis por la contaminación de la ciudad de México. Pero el viernes al despertarme se mostró en toda su dimensión: gripe. Lo peor es que en la oficina tenía un par de asuntos importantes que resolver. Y ¡ya se sabe!, cuando te despiden o decides marcharte, tarde o temprano, sale la coletilla de que nadie es imprescindible… pero en el día a día, muchos sí lo somos realmente. Así que me pasé la mañana en la oficina y después de comer me fui directamente a la cama.
Me acaba de llamar Iñaki para avisar que pasan a hacerme una visita. Están todos en la casa de Lucio ya que no hay nada programado para este viernes, ni discoteca, ni ninguna fiesta y nadie tiene ganas de irse a
En aquellos tiempos vivía en
Un poco después de las ocho y media, vuelvo a la cama después de cenar una socorrida sopa de sobre. Los efectos conjuntos de la digestión y de la enfermedad se ponen de acuerdo y empiezo a amodorrarme, con la tele encendida de fondo.
La sensación es extraña, desconocida, casi mareante, como si la cena me hubiera sentado mal. Abro los ojos e intuyo que algo no va bien. No consigo acertar qué está fuera de lugar. Me encuentro mucho peor que hace unos minutos. Creo que mi estado febril ha empeorado de forma repentina. Parpadeo conscientemente para recuperarme de esa sensación de vértigo, de desequilibrio que me embarga. Es entonces cuando veo la lámpara balanceándose, giro mi cabeza hacia la puerta de la habitación y también está moviéndose. El armario castañetea sus puertas. Aunque todo lo demás, la cama y el mueble auxiliar del televisor parecen firmes, sin movimiento, soy ya consciente de que estoy viviendo mi segundo temblor en mi vida –mi bautizo sísmico fue unos meses antes, en septiembre, a primera hora de la mañana en la oficina, en un octavo de un inmueble con tres pisos de estacionamiento no subterráneo; la magnitud fue de 7,3 en
Instintivamente me aferro a las sábanas, hundiendo los dedos en el colchón y dejo de respirar, los ojos bien abiertos. Todo yo estoy en actitud de espera, a la defensiva, sumiso a lo que tenga que venir. La mente está en blanco, o tal vez, superactiva, enfocada en la supervivencia, concentrada ante el menor riesgo. Una eternidad. Ajeno al sonido. Inmóvil.
El silencio se quiebra ahora con mi respiración agitada, con puertas aún en movimiento, con el pulso de la ciudad, con el sonido de la televisión, que ya ofrece un busto atemorizado informando sobre el terremoto. El cerebro ha recuperado ya sus parámetros, siento miedo, indecisión, preocupación. Bajo a la otra planta, me asomo a la ventana, pienso en refugiarme en la mesa del comedor, finalmente me acerco al pilar maestro del edificio –como indican las normas básicas a seguir en caso de un temblor-. No estoy allá ni un minuto cuando decido abandonar el edificio. Recojo las llaves y salgo en pijama. Recapacito. Vuelvo a entrar en el piso.
Decido calmarme y ponderar
Tras mi primer temblor que sufrí en la oficina, el fenómeno telúrico mexicano, y mi curiosidad por entenderlo, me regaló con mucha información desconocida hasta entonces: temblores y réplicas, movimiento oscilatorio y movimiento trepidatorio, la arquitectura en la ciudad de México diseñada expresamente para soportar los enojos de la tierra y la torre de Pemex, edificio que puede balancearse sobre su eje hasta dos metros sin peligro de derrumbe, la magnitud del terremoto del 85 y el anunciado “big one”, la falla de San Andrés que domina el contorno de la costa del Pacífico mexicano y californiano y el suelo blando de la ciudad, ya que ésta se construyó en la antigüedad sobre un sistema de lagos y canales…
Es por eso que ahora temo por las réplicas que con seguridad van a venir. Vuelvo a ser consciente del gripazo que tengo. Palpo mi fiebre con el torso de la mano en la frente y me noto muy caliente. La cabeza me duele. Pero no tengo remedio. Me pongo un chándal encima del pijama y salgo a la calle.
Lógicamente evito el ascensor. Cruzo el estacionamiento del Superama (4) y me planto al otro lado de
Juan Carlos, Rafa, Iñaki, Lucio y yo intercambiamos nuestra experiencia sobre el sismo, ellos con unas cervezas en la mano y yo con un café que me acabo de preparar. Las horas pasan con música, algún bocata, cervezas y cubatas y una agradable conversación. Yo hago unos esfuerzos increíbles por mantener el tipo. Me duele la cabeza, se me cierran los ojos de fiebre, pero no estoy dispuesto a subir de nuevo al piso.
Un poco después de media noche, esto es, ya en sábado veintiuno de octubre del 95, soy el último en despedirme de Lucio y no tengo más remedio que volver a casa.
Por suerte, ya en la cama, mi estado febril gana la batalla a mis temores y caigo redondo en un sueño profundo.
Carlos Benito CBC
(1) Cuerpo cortado: Expresión mexicana que refleja el malestar típico de un estado febril: ligeros dolores musculares, escalofríos, fiebre, dolor de cabeza…
(2) Zona Rosa: Zona de ocio y turística por excelencia del D.F., donde coinciden multitud de restaurantes, bares de copas y espectáculos…
(3) Alfredo del Mazo González: Político mexicano del entonces partido dominante PRI, que desempeñó varios cargos importantes, tanto a nivel estatal como nacional.
(4) Superama: Cadena de supermercados en la ciudad de México.
¡Aguas! Monterrey
El diario regio El Norte ya avisaba ayer “¡Aguas! Llega Dolly” (1). “Tamaulipas, San Luis Potosí, Nuevo León, Coahuila y Veracruz sentirán hoy los efectos del huracán. Anuncian lluvias torrenciales en el noroeste.”, advierte El Universal. Si mis conocimientos de geografía no me fallan el diario nacional mexicano se ha columpiado un poco, ya que el huracán entrará por el Golfo, esto es, el éste de
El huracán tendrá fuerza uno cuando golpee las costas. Será lógico que se debilite según se adentra en el interior. Así esperemos que mis amigos los regios sólo sufran de lluvias torrenciales sin verse expuestos a vientos huracanados.
Sin embargo aunque sólo sean lluvias lo que llegue a las faldas del Cerro de
En algo más de cuatro años que viví en esa bonita ciudad, sufrí cuatro inundaciones. Por suerte son inundaciones, no riadas. Empieza a llover, el drenaje de la ciudad hace lo que puede... como las nubes no paren a tiempo, el drenaje se rinde... y las aguas empiezan a subir.
Del trabajo a casa tardaba cincuenta minutos. De Salinas Victoria a la colonia Privado Villalta, atravesando la ciudad de norte a sur, rodeando el centro de la ciudad por el oeste, el recorrido era fácil, en su mayor parte por travesías de tres carriles –todo Gonzalitos y todo Lázaro Cárdenas-. Sólo un trozo de carretera, bastante lamentable por cierto, cerca de la empresa. Aunque a veces pillaba puntas de tráfico, yo siempre iba en sentido contrario al tráfico denso.
Las inundaciones siempre me pillaron por la tarde, en el trabajo. La primera vez me avisaron, el resto ya supe cómo manejar la situación.
Lleva varias horas lloviendo. No para. No dejas de mirar de reojo hacia la ventana. Se corre la voz: “En internet dicen que a este ritmo Gonzalitos lo cortan en media hora… que ya los coches ya pasan con dificultad”. Desbandada hacia los coches. Arrancas, pones la radio, nada de música, sólo información local y a pisar el acelerador. Tranquilo… que el asfalto es una pista de patinaje.
Primera dificultad. El cruce a la altura de la autopista ya tiene suficiente agua como para no ver el asfalto. Y ese es el problema, que intuyes donde están los eternos y enormes socavones (2). Los intuyes pero no los ves. Ninguno de los compañeros que tengo delante se arriesga y todos dejamos el asfalto y avanzamos por la zona de tierra, en este caso barro. Son pocos metros, trabajo extra para los amortiguadores, pero hemos pasado.
Como es lógico, a la entrada de la ciudad, llega el momento en que el tráfico es denso, densísimo. La radio aún no ha avisado de que se haya cerrado el badén de Gonzalitos. Y llega el momento de la gran decisión. Si sigues y consigues pasar, ningún problema hasta casa. Si sigues y no consigues pasar, te quedas inmovilizado durante horas…”ni palante ni patrás”, hasta que te dejen dar la vuelta. O, como alternativa, cambias de rumbo y te metes por el centro de la ciudad y empieza la aventura.
Unas veces por cobarde, otras porque ya estaba cerrado Gonzalitos, siempre fui por el centro de la ciudad. A vuelta de rueda, a paso de tortuga, primero por el tráfico y luego por el miedo. Agua por todas partes, ves los coches a tu lado que ya tienen las ruedas cubiertas de agua. Por supuesto no ves ninguna acera, sólo agua y edificios. Mentalmente haces cálculos, sabes que el agua ya llega a ciertas partes del motor y no tienes ni idea por qué sigue funcionando. Te asombras de cómo es posible que las puertas no filtren agua. El tiempo pasa y la obscuridad también acecha. En algunos tramos sientes la fuerza adicional de las corrientes de agua… te tensas más si cabe (3). Avanzas, pero se hace eterno. El alumbrado público también te la juega y no hay ni una farola encendida. Hay zonas en que el agua llega a la mitad de las ruedas y de algún modo te ayuda a relajarte. La voz de la radio es tu única compañía, y el locutor lo sabe, y entre noticia, consejo y advertencia manda palabras de aliento. En otras zonas el agua vuelve a superar la altura de las ruedas. Pase lo que pase se ha de seguir el sendero que abre el de delante. Si hay una alcantarilla sin tapa, será él el que deje la rótula de la rueda en el intento.
Tres horas y media después llegas a casa. Exhausto. Bajas y rodeas el coche. Mojado pero intacto. El interior del coche sigue seco, sin filtraciones. No te lo crees. Ya estás seguro. Además la casa no está situada en ninguna zona baja, por lo que no hay el menor peligro de que se inunde.
Hay una fecha que sí la tengo grabada: 10 de septiembre de 2001. Esa tarde viví una de las anteriores experiencias. A la mañana siguiente seguía lloviendo, poco pero llovía. Dudaba si ir a trabajar en esas condiciones. Ya se había hecho tarde para ir al trabajo y tenía encendida la televisión local para conocer el estado del tráfico en la ciudad y las previsiones de lluvia, cuando interrumpieron la programación con el primer impacto a una de las Torres Gemelas en Nueva York.
Curiosamente, el 10 de septiembre de 2002 volví a llegar a casa agotado después de conducir por más de tres horas en las calles inundadas de Monterrey.
Carlos Benito CBC
(1) ¡Aguas! Expresión coloquial mexicana que significa ¡Cuidado!
(2) Este cruce tiene derecho a una mención aparte. Es objeto de un tráfico rodado intenso y pesado, ya que forma parte del recorrido de la flota de camiones basura de uno de los dos vertederos de la ciudad de Monterrey (ocho millones de habitantes). En la época seca, su asfaltado no es ninguna maravilla y necesita parches de alquitrán de vez en cuando. Pero en la época de lluvias el problema se acentúa. Dado que forma un badén natural cualquier lluvia hace que se formen bolsas de agua perennes hasta que las seca el sol. Es inevitable que poco a poco se formen socavones. Primero pequeños agujeros que van agrandándose por el paso de los camiones. A las semanas, llega el inevitable momento en que sabes que están allí, debajo del agua, dispuestos a devorarse una rueda. He visto cómo un coche primero se escoraba y luego se quedaba clavado, inmóvil, inclinado como un barco antes de irse a pique. Y todo sigue igual hasta que llega la época seca y viene un retén a re-asfaltar el cruce.
(3) Repito no son riadas, simplemente el agua inunda y se embalsa por completo casi toda la ciudad. El agua busca salidas naturales y por eso se producen corrientes en la zona llana de la ciudad. Corrientes que en modo alguno arrastrarían un coche. En las zonas altas de la ciudad o justo debajo de ellas sí que hay peligro de que los torrentes de agua puedan arrastrar vehículos.
Post publicado el 24 de julio en el blog jARRILLEROrOJIBLANCO... sin palabras.
Sobre este blog
Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta
jarrillerorojiblanco... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC
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