Por todo lo alto
La vida me sonreía.
Había conocido la compañera perfecta. Tras el trago de pedir la mano de la novia, la boda ya estaba ahí. Habíamos decidido dos pequeñas ceremonias, la civil en el Distrito Federal y la religiosa en Guanajuato, en fines de semana consecutivos –en México la boda por la Iglesia católica no exime del trámite de la civil-.
A pesar de tener que sufrir a un ser despreciable por jefe, mi trabajo me agradaba y me recompensaba con un salario mucho más que atractivo. Y, sobre todo, me permitía vivir en un apartamento de ensueño.
Poco a poco me sentía parte de esa tierra.
Sí, en efecto, tenía el viento en popa.
Como ya explicaba en un post anterior, en aquellos tiempos vivía en
Un pero, mi vértigo. Pero la vista, impresionante –y de noche, todo un lujo-. Recuerdo el Parque de Chapultepec y su Castillo, las torres de los hoteles de Polanco, las luces del restaurante giratorio Bellini coronando el World Trade Center y sólo una ínfima parte del urbanizado valle de México.
La boda civil, en su totalidad, la celebramos en el apartamento.
Juan Carlos, máximo responsable mexicano de la empresa –recuerda que el staff directivo estaba copado por bilbaínos de Mecánica de la Peña-, me ayudó a contratar al juez. A pesar del pastón que cuesta que vaya el juez a tu domicilio, hace falta “tocar algunas teclas” para que le hagan un hueco en su agenda a un simple mortal.
El sábado 24 de agosto a las dos de la tarde, en el salón del apartamento, nos reunimos los padrinos, los testigos, los compañeros más cercanos de la empresa por parte mía y los familiares más directos y un par de amistades de la familia por parte de
El juez y su secretaria, de pie, de espaldas a
La ceremonia fue breve. El juez se permitió un sencillo discurso acorde a la ocasión, para ganarse sus honorarios. Las palabras de compromiso precedieron a la entrega de anillos y al beso ceremonial.
Marido y mujer, en ese momento. Dos locos enamorados unos instantes antes y durante muchas primaveras después.
El protocolo se rompió y los abrazos, enhorabuenas y parabienes de rigor camparon a sus anchas. La discreta música de fondo que había ambientado el ritual nupcial dio paso a sones de alegres rancheras.
El descorche de varias botellas de champán anunció un par de brindis por los novios. Mientras tanto el servicio de camareros que habíamos contratado reorganizó el espacio del salón para ofrecer el frugal banquete.
Tuvimos que esperar un buen rato, aderezado con mucha alegría, conversaciones, música y fotos, hasta que las paellas, bandejas de croquetas y alguna tortilla de patata llegaron directamente del restaurante vasco Naiara.
La música mexicana, la comida española, todo ello regado por una caja de tinto rioja. No preparamos mesa alguna, el ágape se sirvió al estilo servicio buffet.
Los novios no tuvimos la oportunidad de comer mucho pues andábamos de corrillo en corrillo compartiendo el momento con nuestros invitados. Tuvo que ser la mamá, la que nos obligó a sentarnos un rato y nos trajo ella un poco de comida. Todo ya estaba frío, pero la paella sabía a gloria y las croquetas, creo que las de la vergüenza, estaban deliciosas. Finalmente, sobró comida y faltó bebida.
Después de que los camareros recogieran, algún desalmado cometió la torpeza de pedir que los novios abrieran la sobremesa con un baile, ¡claro está! un vals. La encerrona incluía un cd ya colocado en el equipo de música. Sin embargo, solicitamos silencio e, improvisando, avisamos a los presentes que habíamos elegido un tema totalmente distinto, nuestra canción, para bailarla.
Cambié el disco compacto, y los acordes de una guitarra acústica nos invitaron a unirnos en un íntimo baile. Para todos fue una sorpresa –incluso la mayoría no habían escuchado jamás esa canción... ni ese idioma-. Lau teilatu (versión estudio) creó el escenario sobre el cuál nos comprometimos, realmente, en matrimonio el uno con el otro –todo lo anterior, ante la grandeza de ese momento, no dejaba de ser un puro paripé-.
La reunión prosiguió con la consiguiente fiesta, que acabó en una discoteca para los jóvenes.
Con todo, el día se resume en ese momento mágico, mejilla con mejilla, susurrándonos, moviendo los pies bajo el influjo de Itoiz.
Carlos Benito CBC
Sobre este blog
Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta
jarrillerorojiblanco... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC
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