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Mi noche obscura

Noche de Halloween…

Ésta es una velada propicia para contar historias de terror. La siguiente no es para echarse a correr… pero te aseguro que aquella noche más de un escalofrío me subió por la columna vertebral.

Así que el primer punto a tener en cuenta es que el presente relato no es fruto de la imaginación, sino más bien un apunte autobiográfico.

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Días antes Brenda se había encontrado con su antigua amiga de colegio Patty. Llevaban más de año y medio sin verse, justo desde el nacimiento de Alazne. Como había muchas cosas para contarse, organizaron una cena en nuestra casa para el sábado, uno cualquiera de aquel otoño.

Sobre las siete de la tarde llegaron en taxi Patty y su novio, Roberto. La charla fue amena, con la niña como protagonista y objeto principal de la misma. Alrededor de las ocho subimos a acostarla.

Mientras las dos señoras se quedaban arriba en nuestro cuarto absorbidas en una bacanal de recuerdos de colegio, risas y conversación desenfrenada, nosotros bajamos a la sala. La nuestra era una plática de circunstancias. Nunca antes habíamos coincidido y el diálogo se apoyaba en los tópicos habituales.

Más tarde, Roberto me acompañaba en la cocina mientras preparaba yo la cena. Un par de sobrecogedores gritos llenaron cada centímetro de la casa. Reconocí el timbre de uno de ellos: el de Brenda.

Subí las escaleras devorando tres escalones en cada zancada. Al entrar vi dos mujeres hechas y derechas de pie, abrazadas, llorando histéricamente, con la mirada perdida.

Roberto, que ya estaba a mi lado, y yo pasamos a tranquilizar a nuestras sendas parejas. Momentos después, con voces entrecortadas, sollozando, aún hiperventilando, nos hicieron entender que habían visto fuera de la ventana una cabeza, de un hombre de avanzada edad con una cara arrugada y verrugosa, de rasgos desproporcionados, casi no humana.

Inmediatamente nos asomamos por la ventana. Lógicamente no vimos nada y nos cercioramos de que era imposible que nadie hubiera trepado hasta allá: no había tuberías, ni árboles cercanos y sí una fachada lisa.

No sé desde hacía cuánto tiempo, pero fue justo en ese momento cuando oí los llantos de la niña. Fui a por ella. Al volver con Alazne en brazos, Brenda me pidió que nos fuéramos a casa de sus padres ya que aún sentía la presencia de esa cara. Patty confirmó que seguía aterrorizada. Para calmar la situación, accedimos a bajar al coche hasta que se tranquilizara todo el mundo.

A pesar de haber pasado ya un tiempo prudencial, Brenda insistía en que no pensaba volver a entrar esa noche en la casa. Así que accedí a su petición.

Lo único que quedaba por hacer era subir y preparar un bolso con el neceser y un poco de ropa para pasar la noche. Lógicamente, sin votación que mediara, sabía que ése era mi papel. Y yo, valiente de mí, tuve la valentía de pedirle a Roberto que me acompañara, argumentando que en realidad no me apetecía nada entrar yo solo a la casa.

Ya en la habitación, mientras yo acomodaba pijamas, y biberones en una bolsa, Roberto me llamó y me señaló un dibujo que colgaba de la pared.

—Eso es la causa de todo lo que ha pasado —me quedé mirando un dibujo a lápiz en un sencillo folio que Brenda había trazado meses atrás y que llevaba desde entonces en la pared. Brenda se ha había aficionado a la pintura al óleo y, ocasionalmente, dibujó en sendos folios de papel común de impresora un par de bocetos de una mujer en la Europa del siglo XVIII. Al igual que el resto de sus cuadros, estos dos esbozos adornaban las paredes de la casa. Mi cara debía ser todo un poema, dado que Roberto prosiguió—. Entiendo de estas cosas, soy una persona que… bueno, que tiene cierta sensibilidad para percibir lo que no está al alcance de todos los demás. No te asustes, no soy ningún chamán (1) ni practico nada de nada… simplemente capto cosas. Y aquí y ahora siento en ese dibujo una fuerza negativa increíble. La casa está limpia, la habitación también, excepto ese dibujo. Te tienes que deshacer de él.

—¡Y eso qué significa! ¿Tirarlo a la basura? Vamos, no estás hablando en serio.

—Tú mismo… pero yo no me sentiría a gusto en esta casa con ese dibujo dentro. Además… y sin ofender, no es un Picasso. Te aconsejo que nos deshagamos de él fuera de la casa. No es suficiente con tirarlo a la basura, lo has de quemar.

—Aquí a media calle hay un parque —me convenció.

Arranqué el dibujo y nos dirigimos nosotros dos al parque. Bajo un cielo limpio, estrellado y sin viento alguno lo quemamos. Nos aseguramos de que el fuego consumiera hasta el mínimo residuo.

Volvimos al coche y contamos lo que acabábamos de hacer. Brenda no tenía el ánimo para protestar por habernos desembarazado de su dibujo. Simplemente me recordó que tendría que volver a subir a por la bolsa de ropa –que con tanta tensión me la había dejado olvidada en la habitación-.

Nuevamente Roberto me acompañó arriba. Fui el primero en entrar. La puerta había estado cerrada, la ventana también, sin embargo, ese inconfundible olor a papel quemado reinaba en toda la habitación. No, no había el menor rastro de humo.

—¿Hueles eso? —con un ligero balanceo de su cabeza él me lo confirmó.

Agarré la bolsa y salí pitando de la casa.

Para confirmar que nosotros no habíamos llevado ese olor hasta la habitación, nada más entrar en el coche les preguntamos a ellas si la ropa nos olía a algo en especial.

—A miedo —respondió Brenda.

En dirección a la casa de mis suegros el coche avanzaba por las calles del Distrito Federal de México. Los cuatro estábamos en silencio, sumidos en nuestras propias incertidumbres. Alazne dormía.

A pocas cuadras (2) de nuestro destino Patty…

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Puedo dar fe de todo lo escrito en las líneas previas.

No obstante, la noche aún no había terminado. Lo que ocurrió a partir del momento en que he dejado el relato fue aún más obscuro, oculto y siniestro.

De esto -de lo cual no contaré nada- no estoy seguro de que en realidad ocurriera. Todo lo que mis cinco sentidos transmitieron a mi cerebro choca con lo que mi sentido común aún me dice. Por ello, si yo dudo, ¿cómo voy a tener la desfachatez de relatar nada?

Carlos Benito CBC

(1) Chamán: Hechicero.

(2) Cuadra: Manzana.

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Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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