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Tiembla… a merced del destino

¡Qué rabia! ¡Vaya suerte la mía! Es viernes por la noche y yo con un gripazo de los de aupa. Por supuesto estoy en la camita con el cuerpo cortado (1), viendo la tele. Ya se acercan las ocho de la noche y a pesar de sentirme realmente molido, no tengo ni pizca de sueño.

Los síntomas empezaron el jueves. Al principio no sabes si se trata de un pequeño catarro o de un brote típico de rinitis por la contaminación de la ciudad de México. Pero el viernes al despertarme se mostró en toda su dimensión: gripe. Lo peor es que en la oficina tenía un par de asuntos importantes que resolver. Y ¡ya se sabe!, cuando te despiden o decides marcharte, tarde o temprano, sale la coletilla de que nadie es imprescindible… pero en el día a día, muchos sí lo somos realmente. Así que me pasé la mañana en la oficina y después de comer me fui directamente a la cama.

Me acaba de llamar Iñaki para avisar que pasan a hacerme una visita. Están todos en la casa de Lucio ya que no hay nada programado para este viernes, ni discoteca, ni ninguna fiesta y nadie tiene ganas de irse a la zona Rosa (2) a tomar nada. Creo recordar que es la primera vez que nuestra agenda social está vacía en un viernes noche. Yo tengo excusa… pero ellos… Aunque el apartamento de Lucio está enfrente de mi dúplex -lo veo desde mi ventana-, le miento a Iñaki y le digo que su llamada me ha despertado, que mejor prefiero descansar.

En aquellos tiempos vivía en la colonia Polanco, calle Lamartine, en un dúplex alquilado a la Sra. del Mazo, hermana de Alfredo del Mazo (3). Era un sexto piso, pero al ser un bloque de pisos dúplex, realmente ocupaba las plantas once y doce del edificio. Lógicamente las habitaciones estaban en el piso de arriba. Así que esa noche estaba en una cama en una planta duodécima. Además a los doce pisos hay que añadirle la altura del estacionamiento, que no es subterráneo. Altura suficiente para que no me gustara nada acercarme a la terraza, ya que padezco de vértigo.

Un poco después de las ocho y media, vuelvo a la cama después de cenar una socorrida sopa de sobre. Los efectos conjuntos de la digestión y de la enfermedad se ponen de acuerdo y empiezo a amodorrarme, con la tele encendida de fondo.

La sensación es extraña, desconocida, casi mareante, como si la cena me hubiera sentado mal. Abro los ojos e intuyo que algo no va bien. No consigo acertar qué está fuera de lugar. Me encuentro mucho peor que hace unos minutos. Creo que mi estado febril ha empeorado de forma repentina. Parpadeo conscientemente para recuperarme de esa sensación de vértigo, de desequilibrio que me embarga. Es entonces cuando veo la lámpara balanceándose, giro mi cabeza hacia la puerta de la habitación y también está moviéndose. El armario castañetea sus puertas. Aunque todo lo demás, la cama y el mueble auxiliar del televisor parecen firmes, sin movimiento, soy ya consciente de que estoy viviendo mi segundo temblor en mi vida –mi bautizo sísmico fue unos meses antes, en septiembre, a primera hora de la mañana en la oficina, en un octavo de un inmueble con tres pisos de estacionamiento no subterráneo; la magnitud fue de 7,3 en la escala Ritcher y sentí cómo todo el edificio oscilaba metro y pico sobre su eje; y pasé miedo mucho miedo-.

Instintivamente me aferro a las sábanas, hundiendo los dedos en el colchón y dejo de respirar, los ojos bien abiertos. Todo yo estoy en actitud de espera, a la defensiva, sumiso a lo que tenga que venir. La mente está en blanco, o tal vez, superactiva, enfocada en la supervivencia, concentrada ante el menor riesgo. Una eternidad. Ajeno al sonido. Inmóvil.

El silencio se quiebra ahora con mi respiración agitada, con puertas aún en movimiento, con el pulso de la ciudad, con el sonido de la televisión, que ya ofrece un busto atemorizado informando sobre el terremoto. El cerebro ha recuperado ya sus parámetros, siento miedo, indecisión, preocupación. Bajo a la otra planta, me asomo a la ventana, pienso en refugiarme en la mesa del comedor, finalmente me acerco al pilar maestro del edificio –como indican las normas básicas a seguir en caso de un temblor-. No estoy allá ni un minuto cuando decido abandonar el edificio. Recojo las llaves y salgo en pijama. Recapacito. Vuelvo a entrar en el piso.

Decido calmarme y ponderar la situación. El seísmo acabó hace unos minutos. El edificio parece en buenas condiciones. La visión que me ofrece mi terraza indica que todo lo que alcanza mi vista se muestra en pie. Me siento en la cama ante el televisor para escuchar las noticias. Ha sido de los grandes, los primeros datos hablan de 6,6 en la escala Ritcher, no llegó al minuto de duración y, hasta el momento, no se reportan daños en la ciudad. El tráfico se ha sumido en un caos circulatorio, con conductores desconcertados y algunos semáforos inutilizados –en casa nunca se fue la luz-. Avisan de seguras réplicas.

Tras mi primer temblor que sufrí en la oficina, el fenómeno telúrico mexicano, y mi curiosidad por entenderlo, me regaló con mucha información desconocida hasta entonces: temblores y réplicas, movimiento oscilatorio y movimiento trepidatorio, la arquitectura en la ciudad de México diseñada expresamente para soportar los enojos de la tierra y la torre de Pemex, edificio que puede balancearse sobre su eje hasta dos metros sin peligro de derrumbe, la magnitud del terremoto del 85 y el anunciado “big one”, la falla de San Andrés que domina el contorno de la costa del Pacífico mexicano y californiano y el suelo blando de la ciudad, ya que ésta se construyó en la antigüedad sobre un sistema de lagos y canales…

Es por eso que ahora temo por las réplicas que con seguridad van a venir. Vuelvo a ser consciente del gripazo que tengo. Palpo mi fiebre con el torso de la mano en la frente y me noto muy caliente. La cabeza me duele. Pero no tengo remedio. Me pongo un chándal encima del pijama y salgo a la calle.

Lógicamente evito el ascensor. Cruzo el estacionamiento del Superama (4) y me planto al otro lado de la calle Horacio. Toco el timbre del apartamento de Lucio y me integro en su reunión.

Juan Carlos, Rafa, Iñaki, Lucio y yo intercambiamos nuestra experiencia sobre el sismo, ellos con unas cervezas en la mano y yo con un café que me acabo de preparar. Las horas pasan con música, algún bocata, cervezas y cubatas y una agradable conversación. Yo hago unos esfuerzos increíbles por mantener el tipo. Me duele la cabeza, se me cierran los ojos de fiebre, pero no estoy dispuesto a subir de nuevo al piso.

Un poco después de media noche, esto es, ya en sábado veintiuno de octubre del 95, soy el último en despedirme de Lucio y no tengo más remedio que volver a casa.

Por suerte, ya en la cama, mi estado febril gana la batalla a mis temores y caigo redondo en un sueño profundo.

Carlos Benito CBC

(1) Cuerpo cortado: Expresión mexicana que refleja el malestar típico de un estado febril: ligeros dolores musculares, escalofríos, fiebre, dolor de cabeza…

(2) Zona Rosa: Zona de ocio y turística por excelencia del D.F., donde coinciden multitud de restaurantes, bares de copas y espectáculos…

(3) Alfredo del Mazo González: Político mexicano del entonces partido dominante PRI, que desempeñó varios cargos importantes, tanto a nivel estatal como nacional.

(4) Superama: Cadena de supermercados en la ciudad de México.

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Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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