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Un secuestro... éste con otro final

Hablar de violencia en México no es algo gratuito. Hace meses escribí un post en el que me solidarizaba con esa sociedad, harta tanto de delincuencia de poca monta como de bandas organizadas. Fue entonces cuando me comprometí a contar mi pequeña anécdota personal en el Distrito Federal –tengo pendiente relatar una historia de chantaje vivida en primera persona en Monterrey-.

Fue un jueves de octubre de 1995, a penas tres meses viviendo en México. Como ya he contado antes, nuestro fin de semana habitualmente empezaba el viernes noche –aunque luego nos tocara trabajar el sábado y el domingo por la mañana-. Sin embargo, no era extraño que algún jueves saliéramos a tomar algo.

Habíamos tomado unas cervezas y un tentempié en el Freedom de la Zona Rosa (1). Junto a la charla relajada y la música de fondo, unas cuantas miraditas a las chavas (2) del lugar y nada de “ligoteo” –“as usual”, no vayamos a pensar otra cosa-. Poco a poco, recogíamos velas y nos dirigíamos a nuestros puertos, los unos a sus apartamentos o pisos y el otro al hotel. Además de los bilbaínos permanentes en las oficinas –me refiero a los solteros, claro, esto es, Lucio, los Iñaki-, esa noche me acompañaba el otro Juan Carlos, que acababa de llegar de Urduliz.

Éste último se quedaba en el hotel, a tres cuadras (3) del lugar y el resto nos debíamos repartir en dos taxis ya que en un bocho (4) no caben cuatro pasajeros. Como Iñaki Ramos y yo éramos vecinos, íbamos en uno; Lucio y el otro Iñaki, en otro. A la una y pico de la madrugada los taxis pululan en busca de pasajeros y la espera se hizo inexistente. Es más, la parada a sendos taxis la hicimos simultáneamente.

Todo siguió su curso habitual. El taxista tenía sus “pintas”, joven, pelo largo, un pitillo en la mano y muy huraño. Nada extraño. También nos podía haber tocado un platicador (5) simpático padre de familia. Dimos el destino final y el taxi no se salió del rumbo habitual. Yo estaba sentado a la izquierda, justo detrás del conductor.

En Gutemberg, en la antesala del cruce con Mariano Escobedo, un semáforo en rojo nos obliga a parar. Antes de que reanudara su marcha, sin posibilidad tan siquiera de reaccionar, se habían montado dos individuos en el bocho portando sendas navajas.

- ¡Ustedes dos quietos, ni un movimiento! –gritó el cabecilla mientras se sentaba entre Iñaki y yo-. Arranque, ¡vamos! –sentí el frío del metal en mi garganta antes de que nos ordenaran que cerráramos los ojos-.

El compinche iba en cuclillas en el lugar del copiloto –recordad que en el taxi no hay asiento del copiloto- amenazando con otra navaja a Iñaki.

El taxista obedeció e inmediatamente pidió calma a los asaltantes. Textualmente dijo:

- Todos tranquilos, ¿sale (6)? Que nadie se ponga nervioso. Mis clientes son europeos, seguro que les darán todo lo que tienen y nadie tiene que salir herido. ¡Cuidado con los cuchillos, que no quiero problemas en mi taxi!

Su actitud pareció tan valiente, que si la analizas a posteriori, en todo su contexto, se me antoja fruto de su impostura. Aunque no presenciamos en ningún momento un detalle que relacionara a taxista y atacantes, siempre hemos creído que estaban conchabados.

Primero nos pidieron vaciar los bolsillos, uno a uno, recordándonos constantemente que no abriéramos los ojos. Empezaron conmigo. Se tomaron todo el tiempo del mundo mientras el taxi avanzaba por las calles vacías de la ciudad. Se quedaron con las llaves. De la cartera examinaron uno a uno cada papel, se quedaron con el dinero y me devolvieron el resto de la cartera, intacta, con todos los documentos. Tuve que entregar la americana del traje, la corbata, el reloj, el cinturón y los zapatos. Me palparon el resto del cuerpo, desde los pies hasta el cuello, buscando tarjeteros o billeteros ocultos. La amenaza de que no abriéramos los ojos fue una constante.

Luego le llegó el turno a Iñaki. Fue entonces cuando abrí los ojos y me puse a mirar por la ventana. Desconocía la zona por la que andábamos.

- Le dije que cerrara los ojos –y nuevamente sentí el frío del acero en el cuello-.

- Tranquilo ¿sale? Todo está bien. ¡Los cuchillos quietos! –salió en mi defensa el taxista.- Acaben rápido, ya. ¡Que todos estamos muy nerviosos!

El coche seguía dando vueltas mientras, no me digas por qué, mi mente seguía abstraída de todo, sin preocuparme de lo más inmediato.

- Ya está. Escuchen todos. Usted, bájele la velocidad. Ustedes cuando yo les diga, se bajan del taxi. Paramos el taxi, y se bajan. Sin mirar.

Oí como se abría la puerta. Le gritaron a Iñaki que bajara. Me agarraron del brazo y me ayudaron a avanzar, en la obscuridad, hacia la puerta. A la voz de “ahora” abrí los ojos y vi que el taxi aún seguía en movimiento, justo cuando me empujaron hacia fuera. La inercia y el desconcierto hicieron que me fuera tambaleando unos cuantos metros hasta que al final perdí el equilibrio totalmente.

Escuché el ruido del motor al acelerar al máximo y cuando miré ya no había nada.

Iñaki se acercaba hacia mí. Estábamos bien. Desorientados al principio, hasta que Iñaki ubicó la fábrica de cervezas de La Corona en la Colonia Granada. Por suerte, estábamos cerca de casa, a unos quince minutos andando. Pero en mangas de camisa y descalzos, la travesía sería penosa. Paramos otro taxi. Le explicamos lo ocurrido y nos hizo el favor de llevarnos a casa. Le pedimos que volviera al día siguiente para pagarle, pero se negó en redondo –era el tributo del colectivo para resarcirnos-. Como estábamos sin llaves, tuvimos que llamar a otro compañero bilbaíno, casi vecino, al que levantamos de la cama para que nos dejara dormir en su casa.

Un cálculo racional de lo que duró el incidente del taxi, que por fortuna acabó en simple anécdota, nos indica que estuvimos veinte minutos secuestrados. Mi percepción siempre ha sido que duró apenas unos minutos.

Al día siguiente empezó otra aventura: conseguir un cerrajero que nos abriera las casas y nos cambiara las cerraduras, ir a comisaría a poner la denuncia y llegar tarde a la oficina, donde nos esperaban ansiosos para que les contáramos lo ocurrido.

Todos coincidían: éramos afortunados. Los secuestros exprés suelen acabar con las víctimas sin dinero y con una buena paliza encima, en el mejor de los casos.

Desde entonces siempre doy un consejo para parar un taxi en México: primero, antes de montarte, mirar a la cara al taxista y si no te da confianza, pedirle que siga, aunque se cabree. Segundo, cerrar el taxi por dentro con pestillo y subir la ventanilla del copiloto, por mucho que el conductor se enfade. Lo más seguro es usar el servicio de teletaxi, pero no siempre está a nuestro alcance.

Carlos Benito CBC

(1) Zona Rosa: En el Distrito Federal es la zona de ocio turístico por excelencia, que recoge en sus calles numerosas tiendas, bares de copas y restaurantes.

(2) Chava: Muchacha.

(3) Cuadra: Manzana.

(4) Bocho: Beetle Volkswagen (nuestro escarabajo). Es un utilitario muy habitual en el país, y en la capital, la flota de taxis está conformada casi en su mayoría por este modelo, al que se le quita el asiento del copiloto, con lo que sólo quedan hábiles los asientos traseros para los pasajeros.

(5) Platicar: Charlar.

(6) Sale: Vale

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Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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