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Final aristocrático de la trilogía nupcial

El primer asalto fue la petición de mano. Más tarde pasamos de capítulo para llegar a la boda civil. Ya como mero trámite pendiente restaba la ceremonia religiosa.

Por tradición, en un entorno no abiertamente anti-religioso, es el clímax nupcial. Sin embargo, para nosotros, tal y como se habían desarrollado los acontecimientos, no pasaba de ser un trámite.

La idea inicial era celebrar dos pequeñas ceremonias en fines de semana consecutivos a finales de agosto, primero la civil y más tarde la religiosa, la primera en el Distrito Federal, la segunda en Guanajuato. La planificación no es que fuera difícil, simplemente se duplicaba por ser dos eventos distintos. Pero, en el fondo, nada del otro mundo. Más llamadas y más visitas.

Si quieres, lo más engorroso era viajar hasta Guanajuato y elegir el templo. Pero… ¡qué va! Visitar esa ciudad siempre es un placer inmenso. Tras analizar pros y contras y tener muchas dudas elegimos la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato.

Con la antelación necesaria cerramos la contratación del juez, por un lado, y la de la iglesia, por otro. Todo iba sobre ruedas.

En la última visita previa, para ultimar la negociación de la recepción, el párroco nos partió por medio. Resulta que él daba por hecho que estábamos haciendo el curso de catequesis nupcial en México D.F.. A pesar de ser responsabilidad suya el no haber tratado este punto en su momento, se negó a celebrar el matrimonio sin ese requisito. Su necedad nos obligó a retrasar todo hasta el próximo día disponible.

El 28 de septiembre fue la fecha elegida. Y la ceremonia civil permanecía inamovible, un mes antes.

En el abanico de posibilidades, la ex-Hacienda de San Javier y el Castillo Santa Cecilia eran nuestros hoteles preferidos. Pero por razones presupuestarias el banquete lo daríamos en el hotel Misión Guanajuato.

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La víspera nos hemos alojado en la casa de Andrés, tío de la novia. Entre camas y colchones tirados por el suelo cada uno duerme donde puede.

Es un día especial. Igual que cualquier otro, distinto a los demás. Las horas caen con parsimonia. No hay nada que hacer para mí, mas que esperar. Todo está listo. La novia, como todas las mujeres, está envuelta en un remolino de prisas. Todo está pendiente: horas de peluquería y estética.

Comemos un tentempié.

Ya se acerca la hora de los preparativos para mí. Saco el smoking alquilado, lo extiendo sobre la cama y preparo la ducha. Repaso la ropa. ¡Vaya!... ¿y la pajarita? Pregunto a mi ayudante de cámara en este viaje: la mamá de la novia. Como loca deja lo que está haciendo y empieza a buscarla por todas las maletas, el coche, armarios… Finalmente el tío Andrés y yo nos vamos a comprar una pajarita. Por suerte aún disponemos de un colchoncito de tiempo. Volvemos con las manos vacías. Es sábado por la tarde y los comercios ya han cerrado. Mientras yo me preparo, mientras lucho contra los nervios, el tío Andrés organiza por teléfono entre sus conocidos una búsqueda por toda la ciudad. Afortunadamente el conocido de un amigo tiene un vecino que es camarero y su uniforme incluye una pajarita. El tiempo se nos ha echado encima. Así que quedamos en que de camino a la iglesia pasaremos a recogerla.

A pesar de que salimos todos de la casa del tío Andrés, llegamos a la iglesia por separado, yo en mi coche, la novia en el coche de Rafa. Al igual que en la boda civil, hay pocos invitados, sobre treinta personas, que nos esperan en la explanada de la entrada de la Basílica.

Con unos minutos de retraso, llega la novia, impresionante en su vestido, diseñado y confeccionado personalmente por su mamá. Todos estamos embobados viéndola subir con ese porte por las escaleras de la fachada principal, cuando el párroco, con cara de pocos amigos, sale a apremiarnos a los invitados, a los padrinos y a mí a que entremos en el templo para ocupar nuestros lugares.

Los primeros asientos están vacíos, designados para todos nosotros. El resto de bancos están casi abarrotados. Me extraña ver decenas de feligreses cuando yo esperaba una homilía en familia.

La ceremonia transcurre como tantas otras. A su término nos trasladamos al hotel.

Tras la sesión de fotos pasamos a la cena. Un sencillo y delicioso menú de cocina mexicana abre paso a la fiesta.

Una banda en vivo ameniza la velada con las canciones típicas populares, que son las mismas a ambos lados del charco. Lógicamente el pop rock mexicano también forma parte del repertorio. Juan, el hermano de la novia, pide al batería que le ceda su sitio en un par de canciones. Mario (1), amigo de infancia de Juan, pide el micrófono y una guitarra. Ambos se funden perfectamente con el resto de los miembros de la banda y todos juntos suenan maravillosamente. Brenda, la novia, se une a ellos y canta dos canciones demostrando que su voz se defiende a un buen nivel.

Respecto a las bodas españolas, la peculiaridad más destacable es que los amigos del novio lo mantean con la simple ayuda de los brazos. Ellos, todos bilbaínos, en cuanto les comentan la tradición no dudan ni un minuto. Mientras disfrutan como enanos, yo no lo paso nada bien. La duda sobre los reflejos de los manteadores después de muchos cubatas, incrementa mi temor a que la novia enviude demasiado pronto.

Ya es tarde. La banda hace tiempo que recogió. Las luces del salón acaban de apagarse y los rezagados terminan de despedirse.

Repaso mentalmente el día: una comunión de dos culturas en un entorno colonial idílico.

Empieza una historia en común para dos destinos que hasta poco antes discurrían separados.

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Han pasado varias semanas. Hemos vuelto de nuestra luna de miel por España, que ha servido para que mi familia conozca a su nueva hija y hermana.

Hablando por teléfono con el tío Andrés, nos cuenta el aspecto más relevante de nuestra boda, del cual fuimos en todo momento ignorantes. El domingo 29 de septiembre, un día después de la misma, en los medios de comunicación locales se hace referencia al acontecimiento social del año: una joven mexicana del D.F. contrajo matrimonio, el día anterior, con un conde español en la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato, repleta de feligreses ávidos por vivir el momento.

Sí. Sí. Ese supuesto conde español… soy yo.

Después de tanto tiempo aún no sé quién fabricó el rumor y cómo éste se fraguó en una realidad.

Carlos Benito CBC

(1) Mario es un virtuoso de la guitarra española, quien ya ha participado en conciertos de música clásica de prestigio internacional.

Por todo lo alto

La vida me sonreía.

Había conocido la compañera perfecta. Tras el trago de pedir la mano de la novia, la boda ya estaba ahí. Habíamos decidido dos pequeñas ceremonias, la civil en el Distrito Federal y la religiosa en Guanajuato, en fines de semana consecutivos –en México la boda por la Iglesia católica no exime del trámite de la civil-.

A pesar de tener que sufrir a un ser despreciable por jefe, mi trabajo me agradaba y me recompensaba con un salario mucho más que atractivo. Y, sobre todo, me permitía vivir en un apartamento de ensueño.

Poco a poco me sentía parte de esa tierra.

Sí, en efecto, tenía el viento en popa.

Como ya explicaba en un post anterior, en aquellos tiempos vivía en la colonia Polanco, calle Lamartine, en un dúplex. Era un sexto piso, pero al ser todo el bloque de pisos dúplex, realmente ocupaba las plantas once y doce del edificio. Contiguo al salón, una hermosa terraza se extendía por toda la fachada.

Un pero, mi vértigo. Pero la vista, impresionante –y de noche, todo un lujo-. Recuerdo el Parque de Chapultepec y su Castillo, las torres de los hoteles de Polanco, las luces del restaurante giratorio Bellini coronando el World Trade Center y sólo una ínfima parte del urbanizado valle de México.

La boda civil, en su totalidad, la celebramos en el apartamento.

Juan Carlos, máximo responsable mexicano de la empresa –recuerda que el staff directivo estaba copado por bilbaínos de Mecánica de la Peña-, me ayudó a contratar al juez. A pesar del pastón que cuesta que vaya el juez a tu domicilio, hace falta “tocar algunas teclas” para que le hagan un hueco en su agenda a un simple mortal.

El sábado 24 de agosto a las dos de la tarde, en el salón del apartamento, nos reunimos los padrinos, los testigos, los compañeros más cercanos de la empresa por parte mía y los familiares más directos y un par de amistades de la familia por parte de la novia. Un grupo de presentes muy reducido, sobre las veinte personas. Las circunstancias impidieron que me acompañara nadie de mi familia.

El juez y su secretaria, de pie, de espaldas a la terraza. Nosotros, los novios, sentados, frente a ellos. Detrás nuestro, un poco adelantadas las sillas de los padrinos –la tía Cecilia y mi amigo Iñaki- y más atrasadas el resto de las sillas de los invitados. A la izquierda del juez un precario atril para firmar los documentos del matrimonio.

La ceremonia fue breve. El juez se permitió un sencillo discurso acorde a la ocasión, para ganarse sus honorarios. Las palabras de compromiso precedieron a la entrega de anillos y al beso ceremonial.

Marido y mujer, en ese momento. Dos locos enamorados unos instantes antes y durante muchas primaveras después.

El protocolo se rompió y los abrazos, enhorabuenas y parabienes de rigor camparon a sus anchas. La discreta música de fondo que había ambientado el ritual nupcial dio paso a sones de alegres rancheras.

El descorche de varias botellas de champán anunció un par de brindis por los novios. Mientras tanto el servicio de camareros que habíamos contratado reorganizó el espacio del salón para ofrecer el frugal banquete.

Tuvimos que esperar un buen rato, aderezado con mucha alegría, conversaciones, música y fotos, hasta que las paellas, bandejas de croquetas y alguna tortilla de patata llegaron directamente del restaurante vasco Naiara.

La música mexicana, la comida española, todo ello regado por una caja de tinto rioja. No preparamos mesa alguna, el ágape se sirvió al estilo servicio buffet.

Los novios no tuvimos la oportunidad de comer mucho pues andábamos de corrillo en corrillo compartiendo el momento con nuestros invitados. Tuvo que ser la mamá, la que nos obligó a sentarnos un rato y nos trajo ella un poco de comida. Todo ya estaba frío, pero la paella sabía a gloria y las croquetas, creo que las de la vergüenza, estaban deliciosas. Finalmente, sobró comida y faltó bebida.

Después de que los camareros recogieran, algún desalmado cometió la torpeza de pedir que los novios abrieran la sobremesa con un baile, ¡claro está! un vals. La encerrona incluía un cd ya colocado en el equipo de música. Sin embargo, solicitamos silencio e, improvisando, avisamos a los presentes que habíamos elegido un tema totalmente distinto, nuestra canción, para bailarla.

Cambié el disco compacto, y los acordes de una guitarra acústica nos invitaron a unirnos en un íntimo baile. Para todos fue una sorpresa –incluso la mayoría no habían escuchado jamás esa canción... ni ese idioma-. Lau teilatu (versión estudio) creó el escenario sobre el cuál nos comprometimos, realmente, en matrimonio el uno con el otro –todo lo anterior, ante la grandeza de ese momento, no dejaba de ser un puro paripé-.

La reunión prosiguió con la consiguiente fiesta, que acabó en una discoteca para los jóvenes.

Con todo, el día se resume en ese momento mágico, mejilla con mejilla, susurrándonos, moviendo los pies bajo el influjo de Itoiz.

Carlos Benito CBC

Sobre este blog

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Con sabor a frijoles... del D.F. a Monterrey, ida y vuelta

... desde los 27 que no vivo en Portu, hace ya casi dos décadas. Me convertí en un nómada, nómada laboral, en pos de un plato de garbanzos. Primero Castilla y León, más tarde Madrid... a pesar de no haber salido de la península me sentía extranjero en esas tierras -mi Portu es mucho Portu-. Más tarde viví casi diez años en México -ellos agradecen que utilicemos la x y a nosotros no nos cuesta nada- y curiosamente allí nunca me sentí extranjero. Ahora me toca vivir en Cataluña... y soy doblemente extranjero... porque añoro más que nunca mi Euskadi y porque me obligan a utilizar un idioma que me cuesta horrores aprender -yo lo siento más que nadie pero lo de los idiomas no es mi fuerte y a estas alturas de mi vida...-.
… desde la adolescencia me ha acompañado un utópico pensamiento: “Libertad… hermosa bandera, desgarrada pero erguida… que se abre paso como el trueno, contra el viento…” Que nadie se equivoque… cualquier cosa menos pretensiones políticas.
Carlos Benito CBC

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